El viaje y el hombre

Justo veinte años después de que rodara su primer e interesante filme —y el único no estrenado comercialmente en España—, Tui shou (Pushing Hands, en su estreno anglosajón; 1992), la última película de Ang Lee resulta absolutamente coherente con aquella y complementaria de toda su filmografía; casi se podría decir que era esperable y deseable a la vista de su trayectoria, siempre enriquecedora y arriesgada. Aunque solo fuera porque la espiritualidad que subyace en todo su cine no había dejado lugar todavía a una exposición franca y abierta, sin prejuicios, sobre Dios y la religión, quizá la cuestión que más dará que hablar a propósito de La vida de Pi.

Pero antes de eso, quisiera escribir sobre muchas otras cosas tan o más relevantes.

El propio título del filme describe con exactitud lo que el filme es: una «historia de vida». Todas las películas de Ang Lee constituyen, en el fondo, intensas y emotivas narraciones sobre el devenir de una personalidad, partiendo de sus anhelos íntimos para llegar a un destino posible, solo uno de los posibles; todas sus películas son historias de vidas o, lo que es lo mismo, relatos sobre la vida. En La vida de Pi, un niño nacido en el seno de una familia de clase media de la India, a finales de los sesenta, ve cómo su existencia se desmorona cuando su padre decide que deben irse a vivir a Canadá; pero el destino le tendrá guardada una sorpresa mayor, puesto que el barco en el que viajan naufraga y las circunstancias le llevan a tener que sobrevivir en un bote salvavidas junto a un tigre de bengala como único compañero de viaje. La lucha por la supervivencia, de un modo u otro, forma parte siempre de esas «historias de vida» de los personajes de Lee; lucha a veces infructuosa, como en el dramático y bellísimo final de Brokeback Mountain (2005).

La idea del náufrago enfrentado a un entorno hostil es quizá la metáfora que subyace en la poética cinematográfica del cineasta, de modo que lo que es implícito en toda su filmografía se hace por fin explícito en La vida de Pi. Es en ese entorno donde el ser humano se ve sometido a todo tipo de preguntas del más hondo calado, lo que obliga a los personajes a explorar en las profundidades del espíritu; la situación extrema de Pi, el joven indio, le pone exactamente al borde de la idea de Dios. Esa búsqueda interior mediante un trayecto forma parte inherente también de casi todas sus obras: la identidad y el viaje. Ya lo anunciaba el periplo entre China y Estados Unidos de Mr. Chu (Sihung Lung) en la mencionada Pushing Hands, el itinerario casi permanente en Cabalga con el diablo (Ride with the Devil, 1999) o el destrozo en la identidad de Bruce Banner (Eric Bana) en Hulk (2003), en esta ocasión mediante un viaje casi exclusivamente interior.

También la naturaleza apuntaba su importancia en filmes como Brokeback Mountain o Tigre y dragón (Wo hu cang long, 2000), pero aquí adquiere un lugar preeminente. La personificación del tigre, que acaba siendo un personaje más importante que el propio  Pi, resulta excepcional, y es una de las razones por las que una película de dos horas, en la que más de sesenta minutos transcurren en alta mar con un joven y un tigre en un bote, no resulta tediosa en ningún momento. También es destacable la extraordinaria belleza de algunas imágenes (el hallazgo de la isla carnívora es sencillamente inolvidable), algo habitual en Lee, pero llevado aquí a la expresión más perfecta, gracias a un uso funcional y certero de las 3-D y, sobre todo, gracias al empleo de la belleza estética al servicio de un estado de ánimo, tanto el del protagonista del relato como el que queda como poso en el espectador. La naturaleza, en La vida de Pi, acaba siendo el reducto último de esa pureza tan propia del cine de Ang Lee: el origen y el destino de un mismo viaje.

En relación tangencial con la naturaleza, no podríamos dejar de tratar el tema de la comida. Algo que puede rastrearse en todo su cine, muy especialmente en su trilogía taiwanesa y, sobre todo, en El banquete de boda (Xi yan, 1993) y Comer, beber, amar (Yin shi nan un, 1994). Aquí va mucho más allá, puesto que forma parte sustancial del modo de supervivencia a bordo del bote: la necesidad de que el tigre de bengala no vea a Pi como parte de su menú, mediante una esforzada mezcla de distanciamiento y adiestramiento, acaba siendo uno de los temas que mueve la narración. La comida es muy importante en el cine de Lee, como si ­—por una parte por el placer que conlleva y por otra parte por la necesidad biológica— fuera un elemento que nos ayudara a ponernos en contacto con nuestra esencia más profunda.

La familia, y sobre todo la figura del padre, continúan siendo esenciales aquí, como ya lo eran en su mencionada trilogía taiwanesa (Pushing Hands y las dos ya citadas) y en casi todas sus obras posteriores. El padre, Santosh Patel (Adil Hussain), no solo se encuentra al comienzo del flash-back que cuenta la historia de Pi, sino que se revela como el motor de la historia (él decide el viaje en el que sucederá el naufragio) y, además, determinante en la propia identidad de Pi Patel, pues es él quien le enseña —en el zoo que regenta la familia— lo que es y lo que no es un animal. El padre, como en casi todas las películas del taiwanés, resulta una figura distorsionadora, a veces temible y casi siempre lacerante de la propia identidad de los jóvenes protagonistas pero, al mismo tiempo, una referencia ética y emocional, a la que los personajes acaban volviendo siempre, aunque sea tarde, mediante la nostalgia. No es necesario decir que, en cualquier caso, aquí es el tigre el que acaba formando parte de la familia de Pi, o así lo siente el propio Pi, aunque el filme no caiga en ningún momento en la cursilería propia de las películas donde ese sentimiento acaba siendo mutuo.

Si la familia es relevante a la hora de tratar el tema de la propia identidad, no menos trascendente resulta la cultura. Hay un momento en el que el escritor (Rafe Spall) que escucha la narración del Pi Patel adulto (Irrfan Khan) trata de resumir lo que está contando: «Es decir, que era usted un joven indio con nombre de piscina francesa a bordo de un carguero japonés con rumbo a Canadá». Esta frase explicita la multi-identidad cultural de Pi —tema central de todo el cine de Lee, especialmente en el eje Asia/América— que, en este caso, va muy lejos: siendo niño se fascinó por todas las religiones («creer en tantos dioses es como no creer en ninguno», se dice en un momento del filme) y hoy resulta que es cristiano, islámico, hindú y judío. Este es otro ejemplo de cómo determinadas cuestiones más o menos implícitas en otras películas de Ang Lee resultan aquí prácticamente zanjadas. Para el cineasta taiwanés la interculturalidad siempre es signo de riqueza.

Pero si La vida de Pi es interesante y sugestiva por todo lo que tiene de culminación sobre muchos asuntos cruciales en el cine de Lee, lo es aún más por sus singularidades. Son estas las que resultan definitivas para hablar de su excelencia. Así, por ejemplo, la violencia había estado siempre implícita —desde los ataques de ira en Pushing Hands, pasando por la estilizada violencia de Hulk o la extrema crueldad de Deseo, peligro (Se, jie, 2007)— pero nunca como aquí se había convertido en tema principal; una de las enseñanzas del padre de Pi es que los animales deben matar para comer y por tanto nunca podemos humanizarlos equivocadamente, aprendizaje que resultará fundamental para que el joven acabe sobreviviendo. De hecho, si algo cuenta esta película es que el hombre es violento por naturaleza, y que una de las luchas que le dignifican como ser humano es la lucha contra su violencia, incluso cuando eso pone en peligro su propia vida.

Otra idea fundamental, que forma parte inherente de su cine pero de una manera menos rupturista que aquí, es la idea del relato, del cuento, de la narración. Al final de la película, el propio Pi adulto cuenta cómo tuvo que inventarse una historia diferente a la del naufragio con el tigre para que la aseguradora japonesa pudiera tramitar los papeles, ya que la otra les resultaba inverosímil; pero es entonces cuando le plantea al escritor, a quien le cuenta todo el relato en flash-back, la duda sobre cuál de las dos es la verdadera historia. Nunca Ang Lee había jugado con la verosimilitud de su propia narración de una forma tan radical, quizá porque nunca había abordado tan directamente un tema como el de la religión, que le resulta al mismo tiempo cercano y lejano, dependiendo de la perspectiva. Y es que esa duda sobre el relato le sirve al Pi adulto para realizar un paralelismo con el «relato de Dios»: ¿cuál es el verdadero?, ¿o lo importante es cuál queremos creer, qué cuento nos gusta más? Magnífico modo de abordar el concepto divino de un modo elegante y, al mismo tiempo, sin eludir la enorme carga de profundidad y complejidad que conlleva la reflexión.

Lee no ofrece una respuesta, pero quienes le seguimos desde siempre como un cineasta absolutamente imprescindible de nuestro tiempo creemos saber lo que piensa: que el camino será duro, y que no es tan importante tener la certeza de si existe Dios o no, como de abrazar aquel relato —aquel relato sobre nosotros, sobre el otro, sobre el universo, sobre la vida— que nos haga más llevadero el camino. Y esta idea, que queda en el aire cuando se apagan las últimas notas de la música de Mychael Danna, nos ofrece otro de esos agridulces finales felices o, lo que es lo mismo, otro de esos finales donde el protagonista, repleto de heridas (de las de fuera, pero sobre todo de las de dentro) encuentra un hálito de felicidad que le permite continuar ese viaje apasionante que son las vidas contadas por las películas del maestro Lee.