Mi verano con Sara

De una manera modesta, minimalista, obligada por los condicionantes de producción de una obra planteada desde la economía —en todos los sentidos de la expresión—, Otro verano (Jorge Arenillas, 2012) plantea la posibilidad de que los recuerdos puedan adquirir existencia física más allá de nuestra propia mente. De forma muy inteligente, el director desarrolla la narración como una construcción subjetiva —la película empieza y acaba con su protagonista despertándose, lo que sugiere que su visión de la historia es, como mínimo, poco confiable—, en la que Cano (Pablo Chiapella) reconstruye de forma obsesiva, hasta el más mínimo detalle, los últimos días que pasó con su desaparecida novia Sara (Ángela Villar) con el objetivo de desentrañar el misterio de su paradero… Aunque, en realidad, lo que está haciendo es refugiarse en su sentido de la culpabilidad mediante esa proyección cíclica de su última semana como pareja, un ritual que ha repetido en los anteriores cinco veranos hasta el punto de impregnar de recuerdos la casa vacacional que ambos alquilaron, permitiendo que incluso una persona ajena como Lucía (Verónica Perona) sea capaz de captarlos, de sintonizar con sus anomalías —otro tema a discutir sería si Lucía es un personaje real o más bien un constructo de la mente de Cano, que intenta a través de ella darle sentido a su confusión mental—.

Lo que a primera vista, pues, parece una narración que juega con los saltos en el tiempo a la manera de un puzzle, en realidad está ofreciéndonos, desde la perspectiva de su desquiciado protagonista, un relato de su progresiva renuncia a la realidad a cambio de un mundo preñado de recuerdos, de memorias repetidas, compulsivas, que acaban adquiriendo una entidad palpable, casi fantasmagórica. Pero Otro verano también es, en segundo plano, una reflexión sobre el acto creativo, sobre el poder del arte para la recreación de la realidad, pero también, al mismo tiempo, sobre cómo la obra puede escapársele de las manos al artista, tomar entidad propia y desbordar sus propias intenciones. Cano, del que se nos explica que es compositor por encargo —en lo que parece un guiño autobiográfico de Arenillas, que tras labrarse cierta fama como director de sketches de Muchachada nui, ha elaborado, por fin, con su ópera prima, un trabajo personal, en el que intenta desarrollar un cierto universo personal—, emplea su intuición creativa para intentar averiguar lo ocurrido con Sara, y sólo logra resultados palpables cuando deja de implicarse directamente en la reconstrucción, y es capaz de situarse a una cierta distancia de lo ocurrido. Un discurso que, en realidad, no está muy lejos del desplegado en el guión que coescribió, junto a Enrique Urbizu, para su telefilme dentro del proyecto Películas para no dormir, Adivina quién soy (2006).

Arenillas plantea una puesta en escena muy sencilla, muy directa. La falta de presupuesto —y por tanto, las limitaciones que ello supone a la hora de mover el encuadre libremente— le lleva a desarrollar la narración a base de planos fijos, compuestos de forma absolutamente exquisita, y en los que los movimientos de cámara sólo aparecen muy puntualmente, en general para remarcar el paso de los recuerdos de Cano a la realidad, el tiempo presente en el que se sitúa la historia. El trabajo de iluminación es, también, muy naturalista: las escenas situadas dentro de la casa tienden a ser oscuras, deprimentes, lo que también se corresponde con el estado de ánimo de su protagonista; en cambio, cuando la cámara sale al exterior, se produce una explosión de colores, los encuadres ganan viveza y reflejan una cierta esperanza que también representa, hasta cierto punto, el personaje de Sara. De hecho, el magnífico trabajo de los actores es fundamental para el desarrollo de la trama de Otro verano, no solamente porque de sus prestaciones dramáticas depende que resulte creíble el proceso de descomposición de su pareja protagonista, sino sobre todo porque adquiere una gran importancia la presencia física tanto de Chiapella como de Villar. Ambos, sobre todo ella —que descubriera Norberto Ramos del Val en su webserie Hienas (2009) antes de que se consolidara en la muy celebrada Diamond Flash (Carlos Vermut, 2011)—, se atreven a desnudarse tanto física como emocionalmente, desbordando sensualidad y vulnerabilidad, y dotando de una tremenda naturalidad a unos personajes trazados, de forma consciente, a vuelapluma, dejando que sea el espectador quien rellene los huecos, quien intente responder a las preguntas que quedan en el aire.