El año que matamos el celuloide

Se nos ha ido el 2012. Por estas fechas como siempre tratamos de recopilar estrenos, intentamos dejar como legado individual olvidables listas que quedan como testimonio de nuestra ceguera y de lo implacable que corre el tiempo en nuestra contra, apilamos tendencias que quedan olvidadas con la llegada de otras más novedosas y menos sobadas. Al final, sólo quedan títulos vacíos de contenido que han ido sustituyendo a lo tangible, lo experimental o sensorial. Pero este año es diferente, un cambio, una tendencia sí que será recordada traspasando grupos endogámicos o capillitas, este 2012 nos deja como testimonio el abandono del celuloide por parte de los grandes estudios a favor de la implantación obligatoria del digital. A partir de este año, las distribuidoras no facilitarán una sola copia en 35mm de sus nuevos estrenos forzando a todos los cines que no lo hayan hecho con anterioridad a la sustitución de sus antiguos proyectores por uno digital. El modelo de exhibición sufrirá un cambio radical con la desaparición de muchas salas que no se puedan acoger económicamente a la medida y a la aparición de un cada vez mayor número de contenidos audiovisuales disponibles únicamente en un entorno digital [1].

Los grandes cambios surgen de las grandes derrotas y no sólo el proceso de distribución ha sufrido grandes cambios durante este pasado año. 2012 también quedará para los registros de la historia cinematográfica como el año del fracaso de John Carter (Andrew Stanton, 2012). La adaptación de la saga marciana de Edgar Burroughs fue una de las grandes apuestas económicas de Disney para la temporada, además de estar desarrollada bajo la supuesta mirada protectora del grupo creativo de la compañía Pixar. Mencionar el fracaso económico y de recepción de John Carter también es hablar de la muerte y extinción de cierta manera de entender el cine contemporáneo de grandes presupuestos o de la imposibilidad del relato tradicional en un entorno digitalizado.

El propio padre de la criatura, Disney, no dudó en acabar con su ella cuando anunció las pérdidas a bolsa que iba a originar el estreno de la película cuando no habían pasado ni diez días desde su lanzamiento, mientras auguraba tiempos mejores con la venida de Los Vengadores (The Avengers, Joss Whedon, 2012), ejemplo de la desnaturalización de la historia tradicional en búsqueda de nuevas sinergias que la conducen a posturas casi empresariales. La valía de John Carter, su auténtico superpoder, cabe únicamente entenderlo desde la perspectiva del fracaso, del que no ha podido reintegrarse en una sociedad que lo oprimía y ha necesitado otras reglas para poder ser realmente el mismo. John Carter es como Wall-e, otro de los protagonistas de las ficciones de Stanton, un juguete tecnológico destinado a  rescatar y reciclar los restos de una civilización derruida y del que el mundo parece haberse olvidado. En este sentido, no es de extrañar, y también de modo absolutamente simbólico, que la mejor escena de la película, aquella donde John Carter carga contra una horda de enemigos mientras se nos muestra en un montaje paralelo cómo fue enterrando a su familia con sus propias manos, sea aquella donde se nos incita a sobrevivir mientras se aprehende nuestro pasado.

Es significativo que este año también hayamos visto desde nuestra frontera el fracaso del padre del blockbuster contemporáneo, George Lucas, con Red Tails (Anthony Hemingway, 2012), su más reciente producción, que no sólo apenas ha tenido repercusión comercial sino que permanece inédita en buena parte de las carteleras del mundo pese a lo amplio del presupuesto. El filme de Anthony Hemingway proponía un universo, una fantasmagoría de la II Guerra Mundial en la que se utilizaba una cierta narrativa tradicional procedente de EC Comics para ofrecer un espectáculo digital de primer orden. Nuevamente la imposibilidad de emparejar la narración tradicional con las nuevas formas audiovisuales.

Quizás el cambio de paradigma más significativo lo encontremos en dos películas que lejos de los grandes presupuestos de la industria han sabido encontrar un nicho de mercado a base de afrontar con nuevas narrativas lo que cuestiones económicas no les permitían. Acto de valor (Act of Valor, Mike McCoy & Steve Waugh, 2012) y Chronicle (Josh Trank, 2012) son el presente del audiovisual, narrativas híbridas entre nuevas formas de entretenimiento, puntos de ruptura y visión casi infinitivos para el espectador y unos guiones nada rupturistas, acomodados en su propia economía moral e incapaces de doblegar su destino de convertirse en la avanzadilla de un cine futuro para plegarse moralmente hacia un pasado conservador. La modernidad nunca había sido tan retrógrada, por eso resulta imprescindible velar el cadáver de John Carter, porque Barsoom es esa utopía cinematográfica donde entender y dejar a un lado nuestro pasado nos hará más libres.

[1] Durante 2013, Netflix, compañía norteamericana de distribución de contenidos audiovisuales y que comenzó como un videoclub por correo que ha ido progresando hacia un modelo digital con el paso de los años, emitirá House of Cards de David Fincher y Arrested Development sus dos primeras producciones dando un paso más hacia la transformación a un modelo digital del entorno de producción y distribución.