Volver a los diecisiete

La tercera película de Mia Hansen-Løve (no he visto su opera prima y no sé si esto supondrá un lastre para este texto) ha sido como un soplo de vida en el panorama cinematográfico de 2012. Mi primer amor es una película que fluye, la historia que cuenta discurre sin cortapisas —deteniéndose caprichosamente en instantes descargados de trascendencia y dramatismo, aunque también existan momentos de esta índole en el filme—, y los personajes transitan y transcurren en el tiempo —como cualquiera de nosotros—, solos en un mundo que no siempre va con ellos y saturados de dependencias varias. En apariencia, es una película de actores —principalmente, Lola Créton y Sebastian Urzendowsky brillan de una manera especial— y la labor técnica pasa a un segundo plano; incluyendo el trabajo de la directora que podría pasar desapercibido… pera vaya si lo hay…

Si algún adjetivo existe para definir el cine de Mia Hansen-Løve es el siguiente: sencillez. O quizás habría que hablar de aparente sencillez. Sus películas parecen surgidas de historias livianas y su cámara no se muestra jamás como protagonista de las mismas. Es complicado elegir una escena en concreto para ejemplificar las virtudes de su cine pues la potencia de su autoría emana del conjunto de la historia que cuenta. Y es que, básicamente —sin atisbos de peyorativos—, Hansen-Løve relata ficciones—independientemente de que parte de ellas provenga de sus propias experiencias—.

Hansen-Løve, sin embargo, sabe jugar con el espectador. Como sucedía en El padre de mis hijos, su anterior película, divide Mi primer amor en dos partes claramente diferenciadas. Si en su anterior filme el punto de inflexión estaba en el suicidio del padre al que hacía mención el título y que hasta ese momento se había erigido como el protagonista central de la historia,  en Mi primer amor es el viaje a Sudamérica de Sullivan el que traslada la perspectiva de la narración a Camille —con intento de suicidio incluido, para ahondar más en las coincidencias—. Del duelo a la muerte del padre al duelo de la pérdida del primer amor. Esto sucede pasada la media hora de metraje; Hansen-Løve se toma su tiempo para contar la historia de amor de estos dos adolescentes que, por el contrario, quieren vivir su vida a toda prisa.

Hansen-Løve no toma partido por ninguno de sus personajes. En sus películas, éstos se definen por sus actos y, sobre todo, por sus quehaceres —tanto en sus vidas privadas como en el ámbito laboral y/o académico—. La esfera familiar es importante porque arraiga a los personajes pero lo que acaba definiéndolos e identificándolos es el ámbito laboral —la arquitectura en el caso de Camille—. Sullivan no habrá encontrado, al finalizar la película, su sitio, su quehacer y por este motivo continuará siendo el más perdido de todos los personajes.

Hansen-Løve marca, subraya, el paso del tiempo. Este es el gran protagonista de la película. No se nota demasiado en la cara de sus personajes pero sí en su mirada y en el continuo pasar de las estaciones. Las elipsis son la herramienta preferida de Hansen-Løve para distinguir estos tránsitos; ella no necesita grúas o travellings para manifestarse… por decirlo de algún modo, sólo debe plantar la cámara y dejar pasar la vida —como tan bien recoge una de las canciones de la estupenda banda sonora del filme, Volver a los diecisiete de Violeta Parra—.