Hipnosis colectiva

Desconcierto. Después de 137 minutos de sonidos e imágenes en movimiento, sientes confusión, incluso frustración, mientras intentas asimilar en toda su magnitud lo que acabas de presenciar. Descienden por la pantalla los títulos de crédito mientras suena el magnífico score de Jonny Greenwood y es como si todavía te encontraras bajo el influjo de una hipnosis colectiva: la mesmerizante obra maestra de un director en pleno apogeo de sus facultades, capaz de utilizar en su justa medida cada uno de los instrumentos de que dispone. Cada secuencia es un derechazo directo al mentón o un doloroso gancho en el abdomen, obra de un Paul Thomas Anderson capaz de dejar K.O. en el primer asalto a cualquiera que se adentre en la sexta película de su brillante filmografía. En la segunda parte de The Master, cuando la tensión ha sido construida paso a paso, escena a escena, la película se vuelve a cada plano más enigmática, más elusiva. Es pura abstracción, free-jazz a toda pastilla. Tras un primer visionado y antes de convivir unos días con el recuerdo de la película, uno entra de lleno en la paradoja de sentirse fascinado por unas imágenes y no ser capaz de encontrarles sentido. Tan intensa es la experiencia que algunas secuencias de la película se reproducen incluso en sueños, una prolongación onírica y sensorial poco común.

The Master no es un film sobre L. Ron Hubbard, fundador de la Cienciología. Ni siquiera se interesa en desentrañar los orígenes de la secta que les tiene comido el coco (y el bolsillo) a Tom Cruise y John Travolta. Lo que importa en The Master, el motor que mueve sus oscuros engranajes, es la relación entre Freddie Quell y Lancaster Dodd. El alcoholizado e inestable Quell busca un sentido a su vida, una manera de reintegrarse en la sociedad tras volver de su servicio en la marina durante la II Guerra Mundial. Quell es un tullido emocional, como Daniel Plainview o T.J. Mackey, que se aferra como su última oportunidad de salir del agujero a la figura paterna de Dodd, carismático líder de un extraño credo pseudo-científico. Por eso, ante las insinuaciones de que el autoproclamado maestro es un farsante, su fiel discípulo responde ejerciendo una violencia incontrolable, puramente animal. La razón de esa furia desatada es que vislumbra, a través de los demás (incluido el propio hijo de Dodd), que aquello a lo que ha decidido agarrarse, su última esperanza para encarrilar su descarriada existencia, es pura elucubración, cuando no un burdo engaño para mentes débiles y maleables como la suya.

Por su parte, Lancaster Dodd posee el encanto natural y la locuacidad propias de un embaucador nato. En su papel de extrovertido y sonriente gurú siempre se muestra calmado, en pleno control de sus emociones, salvo cuando alguien se atreve a llevarle la contraria o pone en duda alguna de sus inverosímiles teorías. Entonces surge la ira, el impulso irracional que le lleva a soltar un explosivo “pig fuck” a un tipo que ha osado interrumpir una de sus sesiones para plantear dudas más que razonables acerca de La Causa. Dodd teoriza sobre la perfección inherente al ser humano, cuando sabe que el hombre es radicalmente imperfecto. Él mismo está dominado por impulsos y anhelos puramente animales, pero intenta dejarlos fuera de la vista de los demás. Su oportunidad al conocer al incontrolable Quell es intentar desarrollar una práctica para domesticar esos instintos a través de sucesivas aplicaciones, cada vez más parecidas a un lavado de cerebro en toda regla. Dodd le dice a Quell que será su “conejillo de indias y protegé” en su primer y fascinante cara a cara («¡no parpadees!»), y cumple a rajatabla con su promesa. El extraño vínculo entre ambos surge porque los dos permiten al otro, aunque sea en momentos aislados, atisbar la verdadera herida existencial que les corroe por dentro.

La progresión del relato en The Master, fragmentado y elíptico como es habitual en el cine de Anderson, se diluye aún más ante la apabullante presencia escénica de Joaquin Phoenix y Philip Seymour Hoffman. Aunque el verdadero origen del afecto que se profesan los personajes que interpretan no queda claro en ningún momento, sigue siendo igual de fascinante verlos en acción, uno frente al otro o en solitario, apoyados en la profusión de primeros planos y en una más que visible libertad creativa. Por momentos la película parece un constante desafío entre la contención y el carisma de Hoffman y la intensidad febril de Phoenix, en un duelo interpretativo de alto voltaje.

En la rueda de prensa posterior al pase de la película en Venecia, Anderson, harto de que le preguntaran por la dianética y la Cienciología, habló del verdadero referente que tuvo en cuenta a la hora de escribir y rodar esta historia: el documental Let There Be Light (John Huston, 1946), una de aquellas piezas a priori propagandísticas que Huston y otras grandes figuras del Hollywood dorado (John Ford, Frank Capra…) filmaron para el ejército de los EEUU durante y después de la II Guerra Mundial. Censurada hasta los años 80 por presentar con toda crudeza las secuelas psicológicas de la batalla en una docena de soldados internos en un hospital psiquiátrico, Let There Be Light es un complemento indispensable de obligado visionado para intentar comprender el auténtico significado de The Master. Aparte de muchos detalles de la dirección artística, el errático comportamiento de Quell y la interpretación de Joaquin Phoenix provienen directamente de dicha fuente documental: ahí está el balbuceo incomprensible, la mirada perdida y el andar encorvado, el test de Rorschach y las sesiones de hipnotismo. Pero sobre todo la sensación de que la reinserción de esos soldados en la sociedad, su búsqueda de trabajo y de comprensión por parte de los demás de los traumas que han sufrido durante la contienda, es prácticamente imposible y, en todo caso, conlleva un enorme sufrimiento. Eso emparenta a The Master con Remordimiento (Broken Lullaby, Ernst Lubitsch, 1932) y Los mejores años de nuestra vida (The Best Years of Our Lives, William Wyler, 1946), que exploran, cada una a su estilo, la angustia del soldado que no ha perdido la vida en el campo de batalla, pero que sí ha perdido su vida. Una tragedia colectiva con la que Anderson continua el camino iniciado por Pozos de ambición (Let There Be Blood, 2007),  su particular estudio de la evolución social e individual en los EEUU del siglo XX, una sociedad enferma poblada por seres solitarios condenados a fracasar, sea cual sea su objetivo vital.