Una de las características del filme de Gervasi, que creo que puede compensar parte de la decepción global que supone, es su habilidad para escudriñar por entre las raíces de las motivaciones últimas del Hitchcock cineasta. Para comprender esto, eso sí, habría que quitarse los velos de tantos análisis hipertrofiados y realizados desde muy lejos del corazón hitchcockiano, y saber asumir lo que ya el propio autor le confesó a Truffaut: que hacía películas para entretener al público.

En esa tesitura, el juego de expectativas con el que construía su cine, y que le valió el ya mítico apodo de «mago del suspense», no era solo un modo de rodar y montar las películas —aunque sobre todo era eso— sino también una manera de entender el espectáculo cinematográfico en su conjunto. En ese sentido, Hitchcock fue uno de los pioneros de eso que ahora tiene tantos «padres» y «expertos», el storytelling. La historia de Stephen Rebello para esta película lo recoge bien en la descripción de las indicaciones que Hitchcock dio para el estreno de Psicosis: «Mi primera instrucción para los dueños de los cines es que contraten guardias para garantizar el cumplimiento de nuestra excepcional política de acceso. Porque Psicosis es tan aterradora y única que necesitarán guardias para ayudarles a controlar a los clientes que salgan corriendo despavoridos. Coloquen relojes especiales en los vestíbulos para recordarle al público a qué hora comienza Psicosis. Si alguien es tan ingenuo como para intentar entrar por las puertas laterales o por las salidas de emergencia o por el techo, se le expulsará usando la fuerza bruta. Para hacer más énfasis en el miedo, la implacable impresión y el suspense de Psicosis, en cuanto termine la película sugerimos que cierre las cortinas del escenario durante treinta segundos. Al hacerlo, el horror de Psicosis quedará grabado indeleblemente en la mente y el corazón del público». Eso sí era jugar con las expectativas, crearlas, tensarlas hasta el paroxismo.

Otro aspecto crucial del filme interpretado por Anthony Perkins y Janet Leigh, y al que la película de Gervasi presta especial atención, es el relato erótico-emocional, que sin duda resultó crucial para el impacto de Psicosis en el imaginario colectivo. La historia de Rebello incide mucho en las dificultades de Hitchcock con la censura. En la primera entrevista entre el cineasta y el censor, este lo deja claro: «El código no te permitirá mostrar un cuchillo penetrando la piel de una mujer»; el rostro de Hopkins evidencia que hará lo que le plazca, aunque diga que sí a todo para ir pasando los filtros administrativos. Gervasi rueda con delectación la escena de amor con que comienza Psicosis y, de hecho, cuando ya la película está preparada para el estreno y Hitchcock es de nuevo requerido por el censor, el británico le envuelve con sus halagos prometiéndole que le dejará modificar esa escena inicial tal como quiera, con la condición de que deje intacta la de la ducha; el intercambio nunca se producirá y la película quedará como Hitchcock quiso, al menos tal como nos cuentan Rebello y Gervasi. Precisamente, en lo que se refiere a la escena de la ducha y su claro componente sexual, queda evidenciado cuando se recrea su rodaje, en el que Hitchcock/Hopkins acaba cogiendo el cuchillo en sus manos para someter a Marion/Leigh/Johansson al terror necesario, sublimando así el deseo por ella que late durante todo el filme de Gervasi. Quizá la escena donde se exprese con mayor obviedad sea aquella en que ruedan la escapada de Marion por carretera y, para sugestionarla y conseguir los gestos que él busca, Hitchcock le llega a decir: «Porque hasta él puede oler el rancio y acre olor del sexo en tu cuerpo» y, justo en ese momento, metaforizando la efervescencia del deseo, comienza a arder el celuloide.

Durante una conversación sobre la preparación de Psicosis, Hitchcock/Hopkins le dice a su esposa, Alma/Mirren: «Piensa en el valor del impacto. Matar a la protagonista a mitad de la película. Confiesa que estás intrigada. Vamos, admítelo. Admítelo», ante lo que ella le contesta que «En realidad creo que es un tremendísimo error. No deberías esperar a la mitad. Mátala después de la media hora», y él asiente interesado. No sé si es error mío percibir que Gervasi deja caer que finalmente Hitchcock le habría hecho caso a su mujer —una de las tesis del relato de Rebello y Gervasi es la influencia que Alma habría ejercido sobre la obra de su esposo—, o el error es de Gervasi al afirmarlo, pero lo cierto es que el asesinato se produce justamente a los 48 minutos, transcurrido casi el 45% del metraje.  Pero lo relevante es que este diálogo evidencia ese interés hitchcockiano por jugar con el espectador a través de sus expectativas, en este caso el convencimiento de que la protagonista nos acompañará durante todo el filme, tal como ocurre en el 99% de las películas que se realizaban entonces y que se realizan ahora. En otro momento, Hopkins/Hitchcock le dice a su productor: «El público quiere que lo impresionen, Barney. Quieren algo diferente. Y con esto se lo daré», dejando aún más claro el objetivo principal del cineasta.

Y, en este sentido, llegamos a la escena antológica de la película de Gervasi, sin duda lo mejor, y que en cierto modo, en mi opinión, la salva de la mediocridad más absoluta (teniendo en cuenta su conexión con todo lo dicho hasta ahora, y con algunos matices que no caben en este texto). Se trata del momento en que Gervasi abandona a Hitchcock ante la soledad del estreno, que sigue con el mismo placer voyeurista con el que vigila permanentemente a las mujeres; justo en el momento en que llega la escena de la ducha, cierra las puertas y se dedica exclusivamente a escuchar; en un éxtasis de placer narcisista, Hopkins —magnífico en este pasaje— mueve las manos exactamente al ritmo con que él espera que se produzcan los gritos de los espectadores, mezclados con la poderosa partitura de Herrmann; los movimientos de sus manos, los acordes y los gritos se funden en un todo armonioso que se convierte en perfecta metáfora del auténtico éxito de un cineasta, que no es otro que lograr sus objetivos. Y Hitchcock, insisto, ya se lo dijo a Truffaut: «Con Psicosis, dirigía a los espectadores exactamente igual que si tocara un órgano».

Es ese carácter lúdico, divertido y vitalista de Hitchcock lo que más aparece subrayado en el filme de Sacha Gervasi y, sin duda, en mi opinión, su mayor mérito, por no decir el único.