Los Estados Unidos de los años cincuenta eran como esas personas con una enfermedad que, sin embargo, tienen buena cara. Ese país estaba siendo consumido por un cáncer a la vez que enarbolaba la bandera de las libertades democráticas. No es de extrañar, por lo tanto, que esta psicosis colectiva, basada en el miedo y la delación, tuviera su eco en el cine. Y más concretamente entre los directores extranjeros, quienes más estaban sufriendo el acoso del temido Comité de Actividades Antiamericanas.

Alfred Hitchcock llevaba dos décadas instalado en Hollywood. Pero su reconocida aversión hacia cualquier tipo de control y de represión —la policía en sus películas siempre transmite un aire de amenaza— se convirtió en un factor determinante a la hora de abordar determinados proyectos desde su llegada a Estados Unidos. Viendo cómo amigos y colaboradores muy cercanos iban cayendo en desgracia por el arrollador ímpetu depurativo del senador McCarthy, un sentimiento de pesadumbre se fue instalando en el director de origen británico. Su natural desconfianza hacia el ser humano le fue conduciendo hacia una callejón, al final del cual estaba la adaptación de una novela titulada Psicosis.

En un repaso detallado a su filmografía podría aflorar la importancia de la puesta en escena de un elemento como las cortinas. Tomando como referencia el título de una de sus obras, Cortina rasgada (Torn Curtain; Alfred Hitchcock, 1966), nos daríamos cuenta del gran peso alegórico que estas tienen, vinculándose a través de este ejemplo con el inevitable Telón de Acero, esa arma de represión y contención que utilizaron los soviéticos para evitar fugas y taponar indeseables contaminaciones foráneas. La cortina clausura la mirada. La cortina esconde el crimen. La cortina borra la historia.

En la famosa escena de la ducha, los papeles se reparten a ambos lados de una cortina: en uno, Marion y su cuerpo desnudo, desprotegido, deleitándose con el agua caliente que corre por su piel, brillante por la incisión de la luz directa; en el otro, Madre descorre con violencia ese velo que les separa, apareciendo su perfil como una figura oscura, investida de sombra, camuflada baja unos ropajes vetustos. Lo único que vemos con claridad es ese cuchillo de filo brillante que, por su vigor a la hora de cercenar, parece duplicarse, convirtiéndose en unas tijeras. Las mismas que cortaban el fotograma, tanto para propiciar un efecto soberbio a través del montaje como para eliminar todo aquello indeseable. El censor actuando como un montador más, editando la obra que él desea.

No es de extrañar que la censura se mostrara tan reticente con el cuarto de baño, el que quizás sea el espacio más sagrado —por privado— que se puede llegar a violar. No había minuto de su metraje ni plano de su composición que el censor no quisiera retocar, alterar o, directamente, eliminar. El ojo inerte de Janet Leigh daba todo el sentido a lo inmediatamente mostrado: la fina mirada de Hitchcock dotaba al espectador el poder de manipular a su antojo lo visto, transformando en su imaginación la insinuación en morbosas fantasías. Un ejercicio mucho más poderoso que la visión de lo explícito.

Hitchcock (Sacha Gervais, 2012) nos da una idea aproximada de lo que debió ser enfrentarse a uno de los representantes del Código, henchido en sus ínfulas de garante del orden y la decencia. El realizador debe enmascarar su desprecio tras el telón de la ironía, una cortina de representación que proteja su obra y su independencia, que le asegure el suficiente espacio de libertad para no traicionarse a sí mismo.

El censor como figura paternalista, que cuida del decoro. No se fía de las nocivas influencias que puedan mancillar la moralidad del pueblo, virginal y modélico, virtuoso siempre y cuando exista la vigilancia. En todas las sociedades y sistemas políticos fue (y sigue siendo) así. El pecado debe ser extirpado con su sabio bisturí, mutilando el arte y la creatividad si hiciera falta. Su labor es ingrata, pero alguien debe hacerla. Debe convertirse en un asesino implacable, en un psicópata descuartizador. Pero que nadie crea que lo hace por placer. Aunque su mirada le delate.

El terror que la película transmite es un reflejo de lo real. Si Hitchcock se basó en la novela de Robert Bloch para componer su obra, y este a su vez tomó prestada la vida de Ed Gein para realizar la suya, el psicópata no era más que el producto de una sociedad paranoide y desquiciada, de alma psicótica y desestabilizada, donde la pesada presencia censora de la moralidad, como siempre suele ocurrir, conduce a la locura. Uno de esos callejones sin salida, al fondo del cual se halla, indefectiblemente, un cadáver exquisito.