Ahora que no se precisan justificaciones ni se puede pretender un peloteo, vaya por delante que el máximo aplauso en este D’A se lo merece una organización que lucha contra viento y marea contra toda crisis, por llevar a cabo una tarea (deseada por todos), no sólo con ilusión, sino también con gran profesionalidad. El D’A, menguado en sesiones y duración (3 pases diarios en 4 salas durante 7 dias, más el epílogo filmotequero dedicado a Christian Mungiu) nos ha aportado la dosis anual de cine innovador.

Vaya también por delante una reflexión que se nos antoja tan necesaria como provocadora. Leímos hace días en la prensa unas declaraciones del inefable Albert Serra (de quien el año anterior vimos El Senyor ha fet en mi meravelles, 2011) refiriéndose a la falta de riesgo en las propuestas del supuesto cine independiente y que constituyen el principal enemigo del auténtico cine de autor. Dejando de lado la agudeza combinada con vocación de notoriedad de Serra me permito echar más leña al fuego (…o más gasolina) para reflexionar entre las tendencias autorales repartidas entre la moving image y la moving neck… Mientras algunos autores buscan conmover al espectador (to move) recurriendo al movimiento en una u otra forma (tan diversas como puedan ser las propuestas de Gondry, Baumbach, Campos, Winterbottom o Dolan) otros se remiten al ya cansino estilo de la cámara en la nuca. Lo que fuera innovador en su día ha devenido un recurso estético tan tópico y propio de la supuesta independencia como carente de sentido. Ser independiente es más que seguir una nuca andando por la calle.

Direccions

A última vez que vi Macau (Joao Pedro Rodriguez y Joao Rui Guerra da Mata, 2012)

La sección Direccions aportó grandes alegrías (a los espectadores, claro) con historias tristes. Joao Pedro Rodrigues y Joao Rui Guerra da Mata nos sumergen en un Macao preapocaliptico en A ultima vez que vi Macau. Alejada del estilo de la impactante Morrer como un homem (J.P. Rodrigues, 2009: que vimos en una edición anterior del D’A), esta nueva revisión del melo bebe del ensayo viajero de Chris Marker. La película arranca con un travesti que canta en playback con aspecto dolido frente a una jaula de fieras y parece continuar como un noir, con la búsqueda infructuosa y algo burlona de este personaje por parte de un antiguo amante a quien ha pedido ayuda. La búsqueda se revela un pretexto para una contemplación de la nostalgia y la decadencia de Macao en primer término pero, también, de un amor perdido. Las bellas imágenes son acunadas por una voz over que narra, medita y recuerda para evidenciar la imposibilidad de volver atrás. La cinta acaba con un final tan definitivo como pudiera ser el de El beso mortal (Kiss me Deadly, R. Aldrich, 1955) a años luz del estilo hollywoodiense.

Laurence Anyways (Xavier Dolan, 2012)

Laurence Anyways complementa a la cinta de Rodrigues y Guerra da Mata (y nos hace recordar a Morrer como un homem) en su exploración de nuevas fórmulas para el melodrama. Es el mejor ejemplo de la capacidad del cine para expresar emociones. Y de la capacidad de su autor, Xavier Dolan. Y de las aun no exhaustas opciones para ser creativo. Una obra sobre un inadaptado, una mujer atrapada en un cuerpo de hombre, que se reivindica frente a una sociedad mucho menos permisiva de lo que aparenta. Desbordante, desbordada, excesiva y barroca como todo melodrama, agota y satura al espectador con una historia que pide una revisión en cuanto a duración pero también revisionados por parte del espectador para ver con más calma una obra realmente magna. Una excelente banda sonora ochentera, un diseño atractivo, un montaje y unos movimientos de cámara con identidad propias pero que nos acercan, tal vez inevitablemente, a Sirk, a Fassbinder y a Almodóvar. Y, sobre todo, un personaje protagonista que sería insufrible en su dolida reivindicación sin el contrapeso del personaje femenino, la mujer abandonada, auténtica heroína trágica del relato.

Everyday (Michael Winterbottom, 2012)

De Everyday habría que destacar la rutina. Rutina de una familia atrapada en ella (madre y cuatro hijos) a la espera de la salida del padre de la cárcel. Rutina, según algunos, de Michael Winterbottom en una nueva propuesta que se supedita al crecimiento real, físico y emocional, de los cuatro niños protagonistas a los que filmó durante este periodo. El experimento no tiene, a mi parecer, nada de rutinario. Winterbottom, que si tiene una constante en toda su filmografía esta es el respeto por sus personajes, sigue los esfuerzos cotidianos de la madre por tirar adelante a sus vástagos con la distancia pero con la calidez con la que Winterbottom observara a los personajes de Génova (íd., 2008). La mirada que proyecta sobre los niños revela la sorpresa ante la evolución, ante la vida misma, que tanto el cineasta como todos podemos tener si nos apercibimos que esta pesada rutina esconde un cambio, tozudo, progresivo. Intermitentemente falto de la otra gran característica de su cine, la sensualidad, Winterbottom consigue secuencias realmente conmovedoras en las fugas a la playa.

The We and the I (Michel Gondry, 2012)

Y si Everyday es un experimento feliz, no lo es menos The We and the I, gozosa versión de Gondry de La clase (Entre les murs, L. Cantet, 2008). Gondry ensayó con los alumnos de una escuela del Bronx la preparación de la obra, los argumentos diversos según los alumnos plantearon, los diferentes estilos que conforman un collage tan peculiar y la acción se concentra en el transporte de un grupo de adolescentes del Instituto a sus domicilios en el último día de clase. Comedia gamberra, plagada de sal tan gruesa como sabrosa, la cinta es tan irregular como interesante, revelando, a medida que su metraje avanza, ser tan artificiosa como divertida y también que el amor de Gondry por el cine es muy contagioso.

Like Somebody in Love (Abbas Kiarostami, 2012)

También experimenta Kiarostami en Like Somebody in Love aunque en su caso el resultado se salda en fracaso. Aunque hay quien defiende la estrategia del veterano director, otros ven en su obra un fallido vodevil. Ciertamente, la propuesta se queda a medio camino de demasiadas cosas, arrancando con una evocación inequívoca a Ozu, en lo argumental, y en un estudio del off visual, de la imagen partida, de la desubicación, que Kiarostami ya trabajara en obras anteriores. La película se centra a continuación en una trama algo simple, nada nuevo en él, pero carece de interés, se pierde en meandros tan plácidos como vacíos y acaba bruscamente, como si el director se hubiera cansado de jugar a este juego.

A perdre la raison (Joachim Lafosse, 2012) / Sister (Ursula Meier, 2011)

A perdre la raison y Sister fueron dos muestras más de un cine doliente, opresivo, pero lúcido e inteligente, narrativamente hablando. Dos obras que heredan los valores y renuevan la calidad de directores como Michael Haneke o Claude Chabrol. La primera sigue la trayectoria de una pareja de jóvenes enamorados que no dudan en tener una prole de cuatro hijos (como en Everyday) pese a la escasez financiera, mientras viven con el padre adoptivo y jefe del marido. Sutilmente la felicidad deviene rutina, obligación y acaba en una situación asfixiante que, de un modo tal vez demasiado brusco, lleva la historia del drama a la tragedia. Sister es una de las mejores propuestas del festival, por su contundencia expresada de manera austera, por su capacidad descriptiva de un adolescente condenado a delinquir, por su descripción nada amable de una familia absolutamente disfuncional sin caer en lo redundante ni estridente. Sister nos revela el mundo que tenemos, apartado, en el patio de atrás, al que no queremos mirar pero que va a ir creciendo con la crisis.

Antoni Peris i Grao

Manha de Santo Antonio (Joao Pedro Rodrigues, 2012) / O que arde cura (Joao Rui Guerra da Mata, 2012) / The Capsule (Athina Rachel Tsangari, 2012)

Salí de esta sesión con la fastidiosa sensación de haberme dormido durante el mejor de los tres cortometrajes proyectados, O que arde cura, del que tan sólo pude retener su majestuoso plano final, sobre el que desfilaban los créditos y en el que aparecía un teléfono de los de antes, descolgado y abandonado a su suerte, envuelto en llamas, y pensé, o pienso ahora, en los primeros compases de Oscuro affaire, un tema de Radio Futura, para no pensar en otro verso, más adecuado si cabe, del maldito Sabina. Tenía que haber cogido el sueño durante el primer corto, el de zombies de Rodrigues, que no me dijo mucho, y eso que el día anterior me había disfrutado con su A última vez que vi Macau. En cuanto a The Capsule, la bizarrada de Athina Rachel Tsangari, es el tipo de refrigerio con el que uno se deleita en un festival de cine fantástico o en una playlist de Youtube que tú mismo te haces para tocarte de madrugada, pero, quizá porque estaba pensando en si me daría tiempo a llegar a Frances Ha, no llegué a dejarme fascinar por una propuesta cuanto menos hermética, en el buen sentido de la palabra, sobre unas chicas confinadas en un palacio, bajo la tutela de una suma sacerdotisa que las somete a distintas pruebas. Pensad en Robbe-Grillet o el Jess Franco más experimental, añadidle insertos animados y tendréis algo parecido a The Capsule, que me dejó una vez más haciéndome la siguiente pregunta: ¿por qué nos gustan tanto las escenas de las películas en las que la gente baila?

Frances Ha (Noah Baumbach, 2012)

Como un capítulo de Girls (Lena Dunham, 2012-) en blanco y negro, y despojado del afán de arrojar luz sobre una generación y sobre su propio cuerpo que caracteriza a la serie de Lena Dunham, la última película de Noah Baumbach es una comedia ligera, que pasa como si nada importara y, al mismo tiempo, el personaje de Greta Gerwig fuera a recordar el resto de su vida estos días extraños. Los días en los que ella y Sophie, su amiga del alma, dejaron de compartir piso y de ser uña y carne para ser otra cosa que, intuyo, ni siquiera ellas saben todavía cuando el metraje termina. Gerwig, que coescribe el guión junto a Baumbach, capitaliza totalmente Frances Ha, que deviene un one-girl-show en toda regla, ya que a su amiga sólo la veremos cuando está con ella, y siempre a través de su acomplejado punto de vista. Su tono liviano, casi naïf, puede hacernos dudar de entrada, pero, yendo de la mano del personaje de la Gerwig en su travesía del desierto neoyorquina, encadenando escenas de esas que son para cubrirse de gloria (y de sonrojo), acabaremos aprendiendo a adorarla. No se me ocurre nada que reprocharle a una película en la que, además, suena Modern Love de Bowie, en un guiño muy explícito a Mala sangre (Mauvais sang, 1986) de Carax. La conexión: Frances (Gerwig) es bailarina en la película, lo que la convierte en una versión evolucionada o alternativa de la memorable Violet Wister, su personaje en Damsels in Distress (Whit Stillman, 2011).

Toni Junyent

Talents

Tower (Kazik Radwanski, 2012) / Boy Eating the Bird’s Food (Ektoras Lygizos, 2012)

Este año cinematográfico parece marcado por los personajes que perdieron el norte o que nunca tuvieron brújula, ya sea en los Estados Unidos post-Segunda Guerra Mundial de The Master (Paul Thomas Anderson, 2012) o en el París de Simon Killer (Antonio Campos, 2012), cuyo protagonista juega a ser malo y se da de bruces con el mal. La película canadiense Tower y la griega Boy Eating the Bird’s Food, presentadas ambas el primer fin de semana del D’A, también nos permiten colarnos en el día a día de dos personajes algo descentrados, y ambas lo hacen sirviéndose del recurso de la moving neck, del que hablábamos en el texto introductorio. El efecto que me produjeron las dos películas (la griega la había visto semanas antes, en el Atlántida Film Fest) fue muy similar: su visionado es moderadamente incómodo y desasosegador, pero cuando terminan descubres que en realidad no te han dicho gran cosa. En Grecia las están pasando putas y casi todo el mundo ha hecho la suma de rigor: se supone que Boy Eating the Bird’s Food habla de los efectos colaterales de la crisis, aunque la película también muestra de forma bastante explícita como su protagonista se masturba, permitiéndonos ver de cerca su mano pegajosa, y yo me pregunto si, en último término, la intención de Lygizos no es precisamente esa: hacerse una paja, provocar, epatar al respetable, lanzar la piedra, esconder la mano y perdonar al pájaro. La apuesta estilística de Kazik Radwanski en Tower es si cabe más radical, ya que si en la película griega de vez en cuando se nos obsequia con planos abiertos en los que vemos el espacio que rodea a los personajes, en la canadiense apenas veremos algo más que caras, nucas y manos de las personas que aparecen en la película, pero de alguna manera su director se las ingenia para que el filme destile cierta humanidad. El protagonista de Boy Eating the Bird’s Food podía pasar prácticamente por un extraterrestre, alguien completamente alienado, mientras que el diseñador 3D de Tower al menos parece que intente encajar, encontrar una forma de hacer las cosas. La de Radwanski una película de gestos, de miradas esquivas y palabras escatimadas, que puede remitirnos al cine de Todd Solondz, aunque le falta algo, o quizá le sobra desidia, o no le falta ni le sobra de nada, sino que es lo que es, una película que no recordaré el año que viene.

Leones (Jazmín López, 2012)

Acudí a esta proyección sin otra intención que la de relajarme con una película que, según había oído, consistía en largas tomas de unos chavales caminando por un bosque, un poco en la línea de Béla Tarr o del Van Sant de Gerry (2002). Pero no comulgué demasiado con la propuesta de la argentina Jazmín López, de la que cabe destacar el diseño de sonido, que realmente logra que sientas la cercanía de la naturaleza, pero lo que son sus personajes no me importaron lo más mínimo. Me habría gustado que fuera una película totalmente silente o bien que en su último tramo un tipo con una careta de Leo Messi los descuartizara brutalmente a todos, pero tuve que conformarme con una zambullida acuática en la que, menos es nada, puede disfrutarse de una muchacha en bañador haciendo maniobras. Antes de Leones pusieron Paradise (2012), un mediometraje de Marçal Forès, que fue el gancho que hizo que la sala estuviera repleta de gente muy moderna con pintas extrañas, algunos de los cuales abandonaron la proyección cuando empezó la película argentina. El corto parecía divertido, aunque me quedé dormido a los pocos minutos y no puedo juzgarlo.

Los ilusos (Jonás Trueba, 2013)

A cierta hora de la tarde que no es nada concreta sino más bien aleatoria, me quedo sopa, y la modorra se apoderó de mí cuando Los ilusos no llevaba ni diez minutos. Afortunadamente, me recuperé a tiempo para asistir a una cautivante secuencia musical, en la que El Hijo interpreta el tema Cabalgar mientras el ojo de la cámara de Jonás Trueba se revuelve por la habitación, en la que vamos viendo a personas que hablan y beben o buscan sitio o parecen absortas, con la cabeza en otro lugar, fuera de campo. Esta es una película que no se esconde ni de sus referentes ni de su naturaleza de entretiempo, proclamada por su director antes de iniciarse la proyección, y lo cierto es que captura muy bien esa divertida pulsión que suele sobrevenirnos a los que gustamos de contar historias, ya sean escritas o filmadas o cantadas, me refiero al volver una y otra vez sobre las cosas que ocurren, reinventarlas al narrar, perfeccionarlas, parodiarlas o hacerlas más acordes a nuestros deseos. Los ilusos es una comedia de retazos y borradores e incluso puedo aventurar que los mismos personajes de la película son retazos, borradores, proyectos, igual que lo somos la mayoría de nosotros.

Viola (Matias Piñeiro, 2012)

Cuando era pequeño hubo un tiempo en el que una chica que era amiga de mis padres trató de enseñarme a ir en bicicleta, pero nunca le puse demasiado interés al asunto y me quedé para siempre en esa etapa primeriza en que llevas dos ruedecitas traseras que te sostienen. Ver a gente montar en bici me da envidia a veces, por la fluidez y elegancia con la que esos artilugios se deslizan, una fluidez de la que yo no me siento capaz al atribuirle una complejidad que igual no tiene pero tras la que me gusta excusarme. Viola, que precisamente arranca con una chica montando en bici, da un poco esa sensación de complejidad fluida o fluidez compleja, es una película sinuosa, de requiebros, en la que el ensayo de un fragmento de Shakespeare sirve para establecer paralelismos y concomitancias entre los sentimientos que emanan de la obra de teatro y aquellos que gestiona su atribulado reparto femenino, que cuando no está ensayando se dedica a teorizar sobre las relaciones amorosas, con Viola, quien da título al filme, en el centro de una especie de jugada de ajedrez. Viola es una película un tanto hermética y misteriosa sobre algo esencialmente hermético y misterioso, esto es, la caprichosa circulación de los anhelos amorosos. La larga toma en la que dos de las chicas repiten una y otra vez, hasta perder el sentido, el fragmento que poco antes han ensayado fue sin duda una de los momentos del festival.

Toni Junyent

Children of Sarajevo (Djeca, Aida Begic, 2012)

Los petardos que asustan a la protagonista le traen resonancias de la guerra. Las resonancias de Children of Sarajevo provienen de Loach y, muy especialmente, de los Dardenne. Y ahí radica el defecto de esta cinta que habla sobre una chica explotada en su trabajo y explotada por su hermano, en su obsesiva imitación de un estilo ajeno. La asfixiante imitación balcánica de Rosetta (J.P. y L. Dardenne, 1999) es demasiado forzada para conmover.

Arraianos (Eloy Enciso, 2012)

Arraianos, ganadora del premio de la crítica, es una buena película, con gran fotografía y llena de ideas. Sin embargo, a diferencia de la opinión de su autor, Eloy Enciso, me parece que el montador le ha hecho un flaco favor. La abstracción de dos tercios de la cinta, sumergida en una suerte de bosque de Brigadoon, que alterna declamación por actores no profesionales con planos secuencia de luces y sombras o calles solitarias, es francamente sugerente. No obstante, la evolución al documental rural frena sus méritos. Tal vez a alguien le impactó la referencia buscada a Straub y Huillet pero yo lo veía más gozosamente próximo a Albert Serra en una ironía inicial que evoluciona finalmente a una seriedad impostada.

Kauwboy (Boudewijn Koole, 2012) / Wasteland (Rowan Athale, 2012)

Kauwboy y Wasteland son dos de esas obras agradecidas. Cintas que refrescan largas sesiones y que bien podrían estrenarse comercialmente pero que dan menos de lo que prometen. La primera, buena aproximación a niño con problemas y familia desestructurada, que se enfrenta a los mismos con la ayuda de un pájaro caído del árbol. Sencilla, bien interpretada y con buen giro de guion, parece más contenida de lo que debería ser y por ello no aguanta la comparación con la equivalente SisterWasteland es una divertida mezcla de comedia juvenil, película de robos a la Ritchie y Sospechosos habituales (The Usual Suspects, B. Singer, 1995). Funciona muy bien, con buenos actores y hábiles giros de guión pero resulta ser tan calculada para agradar que pierde la frescura.

Simon Killer (Antonio Campos, 2012)

Simon Killer era una de las obras merecedoras de premio. La manera de ver una historia conocida de modo original. Campos recupera un personaje marginal, un desequilibrado por la pérdida de su novia (y se intuye que por motivos más profundos) y que ralla el límite de la psicopatía. Sin embargo, Campos se las apaña por no caer en la rutina y elabora una planificación inquietante. Simon, con su aire de fragilidad, es sin embargo un personaje amenazante, desagradable. Desde la secuencia inicial en que cuenta su sensación (¿real, paranoica, inventada?) de que su novia se ha acostado con otro a su fallido primer intento de chantaje, Campos presenta un personaje tan torpe como peligroso, tan vulgar como repulsivo. Sus intentos de encontrar medios expresivos mediante panorámicas, travellings o imágenes divididas no siempre son útiles pero su esfuerzo por provocar sensaciones es encomiable y revela un director al que seguir muy de cerca.

El impostor (The Imposter, Bart Layton, 2012)

El impostor es la otra cinta a reivindicar en este festival. La demostración de que el montaje lo es todo y también la importancia de contar con un buen equipo. Si alguna cinta rompe en esta edición los límites de documental, es ésta. Si alguna obra plantea las dudas sobre los límites de la representación, es El impostor. La reaparición de un niño perdido en Tejas tres años más tarde en Jaén podría dar lugar a un thriller ficcional. Y, sin embargo, Layton espabila por imprimir tensión a un documental. Podría, también, haber ocultado parte de la historia, pero pone, ya desde el comienzo las cartas sobre la mesa. Podría haber optado por un reportaje de apariencia televisiva, acaso un docudrama, pero opta por las entrevistas. Y, no obstante, no se había visto tanta tensión en un documental de bustos parlantes. Layton nos cuenta, brevemente, mediante una representación como un niño desaparecido en los Estados Unidos era encontrado una noche de lluvia en Linares para, a continuación, presentar un personaje que, mirando a cámara, explica que él quería encontrar una familia que le acogiera y estaba dispuesto a todo. A partir de allí Layton y Andrew Hulme, el montador, combinan una serie de entrevistas con algunos materiales rodados en interiores y despliegan la historia en orden cronológico: cómo el personaje en cuestión trató de engañar a la justicia española y se hizo pasar por un adolescente cuando él ya tenía 24 años, cómo se planteó la suplantación de un desaparecido americano, cómo la familia del niño ausente aceptó a este desconocido por su hijo, cómo venció las resistencias de la fiscal española y cómo se integró en su supuesta familia, pese a su diferente aspecto físico y cambio de edad…

Las sucesivas entrevistas (interpretaciones en realidad) dan lugar a una suerte de muñecas rusas sucesivamente abiertas ante nuestros ojos. ¿Por qué, en primera instancia, se acepta la impostura por parte de la familia? La situación es aceptada, deseada, tanto por el delincuente como por la familia… hasta el punto de molestar al intruso, inicialmente amenazador, que pasa de la satisfacción a la incomodidad y finalmente al temor de ser víctima de una trama que pase por encima de él. Layton y Hulme consiguen invertir los papeles, sembrando dudas sólo mediante entrevistas, de quién es culpable y quien es víctima. Un montaje extremadamente inteligente lleva la historia a situaciones de tensión y un final desasosegador al que las evidencias oficiales no llegan a calmar. Un documental con una narrativa digna de Hitchcock y de Lang.

Antoni Peris

Film Diaries

The Juan Bushwich Diaries (David Gutiérrez Camps, 2013) / Mapa (Elías León Siminiani, 2012)

Ocurre que en los festivales de cine uno siempre se encuentra, en sus programaciones oficiales, con que todas las sinopsis prometen hipnosis pura, documentos fílmicos apasionantes repletos de momentos para el recuerdo. Es ley de vida, hay que vender lo que tienes en el escaparate. Así, el D’A nos dice que Gutiérrez Camps “debuta con un largo profundamente plástico, de imágenes sugestivas y fascinantes”. ¿Quién no firmaría ver algo como eso que describen? Ahora viene la buena noticia y es que The Juan Bushwick Diaries me gustó y, de hecho, me atraparon sus derivas experimentales, cuando la cámara de Juan Bushwick (Barry Paulson) filma lugares, superficies y texturas en las que, quizá, espera encontrar una vía de escape para su aburrimiento crónico, hasta que conoce a Andrea (Andrea Carballo), a la que nombra musa oficial de su reino… Me hizo gracia constatar que los problemas que en su momento tuve con Mapa de León Siminiani, una película que me interesa pero con cuyo protagonista, una persona real, no fui capaz de simpatizar, no se dan en el filme de Gutiérrez Camps. El diario fílmico de Bushwick es una ficción hábilmente travestida y, sin embargo o quizá a resultas de ello, no detecto en ella ese interés algo cansino en dar enjundia a las imágenes y a la persona que las filma, ese rollo de “joder, lo estoy pasando mal y estoy haciendo cosas un poco penosas, pero mírame, aquí, sobreviviendo, buscando el amor, creando arte”. Sin ir más lejos, mientras Siminiani parecía tenerle miedo a usar la palabra “follar” y cada vez que hablaba de encamarse recurría a la pomposa expresión “nos amamos”, Juan Bushwich va y nos dice, todo contento, que acaba de echar un polvo estupendo y, encima, se arriesga por nosotros, trata de mostrarnos el rostro de la chica a la que ha seducido. En fin, que disfruté con esta humilde pieza (su mismo director la presentó como “una película muy pequeña”) y también con la de Siminiani, que quede claro, aunque igual tengo un problema con él o le tengo envidia porque parece estar más cerca que yo del corazón secreto de las cosas o tener más interés en encontrarlo, si es que algo con ese nombre, ese adjetivo y ese complemento existe.

Toni Junyent

Clausura

La plaga (Neus Ballús, 2013)

Llegué a La plaga, película que clausuraba esta edición del D’A, un poco harto ya tras más de dos semanas prácticamente seguidas de festivales, primero en Lisboa y luego aquí, y además recién había salido de un pase de King Kong (Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack, 1933) en la Filmoteca. Quería verla porque, por alguna razón, me daba buenas vibraciones y, además, me apetecía ver de cerca a Neus Ballús, por la pura curiosidad morbosa de saber si era guapa, en las fotos parecía no estar mal. Luego ese objetivo secundario se me fue de la cabeza y no me percaté de ello hasta que llevaba unos minutos sentado en las filas traseras de la Sala 1 del Aribau y ella, algo indistinguible para mí a tanta distancia, salió a presentar el que es su primer largo tras rodar varios cortos documentales. Sobre la película, que pasó ante mis ojos sin que yo quisiera ya implicarme mucho con nada ni con nadie, debo decir que terminé simpatizando con sus personajes, que son personas reales, de carne y hueso, y preguntándome si era una feliz casualidad el hecho de que varios de ellos, a lo largo del metraje, dijeran la frase “vendrán tiempos mejores”, el leit motiv del filme. Una parte de mí se imaginaba a Neus Ballús y a su equipo diciéndole al personaje: “ahora vuélvelo a hacer, pero acuérdate, al final tienes que decir eso de que vendrán tiempos mejores”. La naturalidad de los personajes, con especial mención para la luminosa y carismática Maria Ros, desgraciadamente fallecida poco antes de que La plaga viera la luz, lleva a buen puerto esta ficción localizada en Gallecs, un pequeño núcleo rural en la provincia de Barcelona, que es donde residen y plantan cara al día a día los protagonistas del filme. Me habría gustado quedarme al postscreening para saber más sobre hasta qué punto lo que habíamos visto estaba dramatizado, pero me esperaba una pizza caliente en casa, esa es la triste verdad.

Toni Junyent