Veinte años. Después de la desaparición de Imagfic en 1993 —«la directora no aceptó los intentos oficiales por salvarle de la muerte», así contaba el diario El País el cierre del grifo de la subvención—, durante ese tiempo lo más fantástico que vimos en Madrid fue un endeudamiento público gigante con el fin de sufragar obras versallescas por doquier. Tras el estancamiento de una Muestra SyFy en una programación errática y limitada —por no mencionar al público que hacía de ella un evento más relacionado con la trashumancia que con la cultura—, Nocturna no solo viene a llenar el hueco que demandaba el aficionado madrileño al cine fantástico, sino que aspira a convertirse en un festival de referencia internacional.

Además de poner la primera piedra en pos de este objetivo, con el mérito añadido de no contar con subvención alguna, su edición inaugural ha reflejado la problemática a la hora de abordar el panorama de género en la actualidad. Por un lado, la estructura derivativa del festival de Sitges en sus secciones a competición, con una Oficial Fantástico abundante en esquemas reconocibles, otra dedicada a enfoques “de autor” (Dark Visions) y otra al servicio del cachondeo noctámbulo (Madness). Afortunadamente, este perfil poco innovador se ha visto contradicho por la propia selección de títulos, con una fuerte apuesta por el fantástico conceptual en la citada Dark Visions (lo mejor del festival) y una inclinación en la sección oficial hacia filmes de escasas referencias, a veces inequívocamente de segunda fila. La otra cara de la moneda fue la traducción de estas preferencias en falta de gancho para el público poco curioso o muy exigente (lo que les parezca) y la dificultad de llenar el generoso aforo del cine Palafox donde se celebraban las proyecciones, a excepción de multitudinarias premieres como la de Omnívoros o The Conjuring.

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Como balance global, dentro de su modesto tamaño (alrededor de cuarenta filmes exhibidos) Nocturna 2013 ha conseguido ampliar el espectro de visión del aficionado, aun sin brindarle grandes descubrimientos ni una personalidad diferenciadora de otros festivales. De cara a próximas ediciones, uno recomendaría mirar menos a un Sitges elefantiásico y tomar como referente a otros dedicados a explorar nichos concretos dentro de una oferta anual inabarcable, tales como el After Dark de Toronto o el Rojo Sangre de Buenos Aires. Y ahora que está a tiempo, evitar caer en deudas con los fans del género, una de las muchas troikas cinéfilas que amenazan el estímulo cultural. Álvaro Peña

Inauguración

Silent Hill 2: Revelation 3D, de Michel J. Bassett (Francia, EE.UU., Canadá)

La ceremonia inaugural, presentada por Luis M. Rosales, director del festival, incluyó un homenaje al recientemente fallecido Ray Harryhausen y otro a Samuel Hadida (productor de toda la saga Resident Evil, El pacto de los lobos o los dos Silent Hill entre otras) que introdujo la película. Antes, se proyectó el cortometraje Al otro lado, escrito y dirigido por nuestra excolaboradora Alicia Albares (que también lo presentó personalmente), una historia de corte fantástico con interpretaciones de William Miller y Ramón Barea con un buen uso de la música y el montaje en el que el joven protagonista trata de encontrar un portal a otra dimensión. Bien dirigido e interpretado, y con un agradecido final muy de género que no tira por el lado sensiblero por el que más de uno se habría decantado, fue un prometedor comienzo de festival y de la trayectoria de su creadora. La película, secuela del film de Christophe Gans, la dirige Michael J. Bassett, director de Solomon Kane o la mediocre Deathwatch que aquí realiza un trabajo competente como la adaptación de videojuego que es. La parte inicial con la joven Heather (Adelaide Clemens, a la que hemos visto recientemente en El gran Gatsby de Luhrmann) sumergiéndose en su nueva vida escolar se ve con interés gracias a la ambientación y al carisma natural de la protagonista, si bien cuando empieza la parte turbulenta de la historia se recurre más al piloto automático consiguiendo secuencias verdaderamente inquietantes como la de las enfermeras pero también con tramos más mecánicos (para mal y para bien, como en los videojuegos), y el hecho de llevar las gafas de 3D (con las que lo único que conseguía era no ver borrosa la imagen y poco más) colocadas encima de las gafas de miope no ayudaba para nada. Sergio Vargas

Sección Oficial

Home Sweet Home, de David Morley (Canadá-Francia)

Probablemente este psychokiller constituyera la muestra de fantástico más puro de la sección oficial, lo cual acarreó la incomprensión tanto de los que buscan en la ficción un refugio emocional con mimbres de género, como la de aquellos necesitados de la coartada de las ideas (Holy Motors) o del drama de personajes (Rebelle) para disfrutar del mismo. Pero si The Conjuring, I Am a Ghost o Home Sweet Home incomodan es por centrar su atención en las casas antes que en las personas, un espacio donde quedan en evidencia los constructos filosóficos y narrativos que supuestamente nos definen. A partir de una sencilla premisa —un asesino acecha oculto en la vivienda de un matrimonio—, David Morley ha sabido proyectar en la filmación de interiores de su nueva obra el pesimismo antropológico que ya expresaba de forma más convencional en su relato apocalíptico Mutants (2009). Los desencuadres, ángulos inusuales y planos detalle van fragmentando la geometría racional que pretende la arquitectura hogareña, revelando un contexto donde adquiere más sentido la irrupción de un psicópata que la ¿feliz? pareja que lo ocupa habitualmente. ¿Qué clase de mundo levantamos a nuestro alrededor para sentirnos confortables? A diferencia de James Wan, Morley trabaja con set pieces cortas y no es capaz de mostrarlo con perspectiva. Le basta con lo que sugiere una violencia que siempre parece estallar en el tiempo y medida oportunos, la recreación del monstruo en el procedimiento previo al acoso o la seguridad con que da rienda suelta a su vena lúdica: un horror que se va asentando plácidamente sobre ese vacío de nuestra vida que consentimos e ignoramos.

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Gallowwalkers, de Andrew Goth (EE.UU.-Reino Unido)

Hay dos historias de Namibia que en este momento interesa contar a todo el mundo. La humana habla de una joven democracia que trata de superar las secuelas de la colonización y un apartheid subsidiario del de Sudáfrica, apenas ayudada por una economía de paro andaluz y magros derechos laborales. La natural nos lleva al desierto del Namib, el más antiguo del mundo, más de ochenta mil kilómetros cuadrados de parajes fantasmales y plantas alienígenas. En torno al año 2006 ambas historias confluyen a favor a dos proyectos audiovisuales de primer orden: el programa de la BBC Science “A 2 B”, que propone hacer cruzar un huevo a través del cañón del río Vis en un artilugio volador (sic), y Gallowwalkers, un western de no-muertos protagonizado por Wesley Snipes y rodado en el citado desierto con el ahorro de costes que permite la legislación namibia. El filme permanece en el congelador hasta el pasado abril, cuando Snipes sale de prisión tras su condena por evadir impuestos; sin embargo, como si alguien hubiera manipulado el termostato, todo excepto la estrella parece mal conservado y remite a un tiempo incluso anterior a la producción. La pobre factura visual, la hibridación de subgéneros sin ningún rigor y un montaje que se empeña en complicar una sencilla historia de venganza nos devuelve al directo a vídeo de finales de los 90. Quizá por ello se nota a Snipes tan confiado como en su época dorada hace dos lustros, capaz de arrancar el aplauso en breves highlights de acción gore y en sus coqueteos con la cámara, que aún le echa de menos. Aunque ningún participante en el programa de la BBC consiguió hacer pasar el huevo al otro lado del cañón, Gallowwalkers sí hace desear el retorno de Snipes a producciones de más enjundia, lejos de esa Namibia que en los gloriosos noventa aún no existía. A.P.

Forgotten, de Alex Schmidt (Alemania)

La historia que nos cuenta esta producción alemana, opera prima escrita y dirigida por Alex Schmidt, muy propicia para la sobremesa en la que fue proyectada, se sostiene sobre una inquietante elipsis hacia la que se volverá a la mitad de la película, pero que no se completará hasta el mismo desenlace. Sus hechuras de telefilm las supera con creces con una realización bien cuidada que combina los sustos silenciosos al principio con otros posteriores más efectistas (y efectivos por contraste). Su argumento bebe de los tópicos del género televisivo (hay un oscuro acontecimiento del pasado, la protagonista pasa un momento complicado con su marido y el reencuentro con una amiga hace que vuelva al lugar donde pasó aquello, añadiendo los clásicos secundarios que esconden algo), pero huyendo de las habituales trampas de guion en que se suelen refugiar este tipo de producciones, aquí nos encontramos con una historia sólida y sin fisuras cuya baza principal es la ocultación de información, para en un último tramo realmente genuino irla desvelando con giros (alguno, como siempre, más previsible que otro) impregnados de una mala leche realmente disfrutable.S.V.

 Jug Face, de Chad Crawford Kinkle (EE.UU.)

Pese a que en esta interesantísima propuesta se deja (entre)ver una atávica entidad con insaciable apetito por la carne humana, lo que realmente perturba poderosamente al espectador es la brillante plasmación de una comunidad rural totalmente ajena al discurrir de los tiempos, articulada alrededor de un culto primordial que garantiza a sus integrantes, dolorosos sacrificios humanos mediante, la supervivencia en un medio hostil. La meticulosidad con que el debutante Chad Crawford Kinkle filma la cotidianidad de estas gentes, icónicos representantes de un sur profundo particularmente degradado, acerca por momentos su primer largometraje al documento antropológico, pero es la inmisericorde frontalidad con que se nos muestra su decrepitud moral, consecuencia inevitable de la precaria adaptación a un ecosistema en el que son presa y no cazador, la que rompe con cualquier pretensión de buenrollismo ecologista. Como en los mejores relatos de H. P. Lovecraft, las fuerzas que operan más allá de nuestro entendimiento son responsables últimos de nuestro destino, convirtiendo en fútil cualquier pretensión de sobreponernos a este; por más que Ada (Lauren Ashley Carter) apele al libre albedrío, el determinismo que la aboca a morir degollada deviene, finalmente, inapelable. Una premisa de lo más terrorífica, y que Jug Face desarrolla sin concesión alguna. Víctor de la Torre

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Million Dollar Crocodile, de Lin Li Sheng (China)

Desde hace décadas Asia, único continente con dinastías comunistas o juntas militares que pierden las elecciones que manipulan, parece un laboratorio político y económico solo comprensible a través de una pantalla de cine. Si el blockbuster chino de los últimos años refleja en general una voluntad de legitimación histórica de la dictadura del PCC, como exponente del mismo Million Dollar Crocodile ilustra la faceta más paternalista de su capitalismo de Estado. La película es lo que le intentaría colar un padre mojigato a su retoño fan del exploitation SyFy de bestias gigantes —tan queridas, por otro lado, en selvas liberales vecinas del Pacífico como las de Corea del Sur y Australia—, una premisa de comedia de terror (lean el título) infiltrada por los patrones de cine de consumo familiar. La mezcla de conceptos supera la realización de un Lin Li Sheng incapaz de conciliar la ñoñería y la crueldad que comporta la historia de amistad entre un niño y un cocodrilo asesino, lo que le lleva a arrojarse en brazos de sus intérpretes para despertar con notas chillonas alguna fibra cómica. La autonomía con que la taiwanesa Barbie Hsu apela (sin necesidad de teñirse) al estereotipo de rubia tonta, la profesionalidad resignada de Guo Tao o el señorío de Lam Suet, habitual de Johnnie To que se pasea con la panza al aire, deleitarán al aficionado al cine asiático, pero no nos engañemos: Million Dollar Crocodile es la falsa película friki del festival, indigna del título de Croczilla con que se distribuye internacionalmente.

Under the Bed, de Steven C. Miller (EE.UU.)

Sea por razones de presupuesto o por inclinación de los programadores, la primera edición de Nocturna ha destacado por su querencia hacia un fantástico subterráneo, autores extraídos solo por una tarde del direct-to-DVD, VOD y otros circuitos de repercusión limitada. Steven C. Miller sería el paradigma de este director de género que no vive en márgenes críticos, sino en otros más duros: los de beneficios. Sus películas, de bajo coste y sin estrellas, carecen de ímpetu vanguardista, y tampoco abundan en guiños que rindan pleitesía a la comunidad de fans. Miller es serio. Puede que por ello no supiera hacer un subproducto de zombis a la moda en Automaton Transfusion (2006) y con el tiempo su labor se haya acreditado en complicadas revisiones de mitos sin coartada cómica, como el telefilme Scream of the Banshee (2011) o Silent Night (2012), actualización del clásico popular de los ochenta Noche de paz, noche de muerte (Silent Night, Deadly Night, Charles E. Sellier Jr.) sin un ápice de la conciencia trash que dictan los cánones posmodernos. Under the Bed era a priori la más problemática de estas exploraciones, enfrentada al reto de trasladar al medio cinematográfico un concepto más bien literario, el de ese monstruo debajo de la cama al que teme cualquier niño. Si bien su bajo perfil técnico y la perezosa resolución del guión impide hablar de éxito en este caso, quitándonos la venda que algunos llaman filtro crítico podremos apreciar un retrato de cómo incorporamos el miedo a nuestra rutina en diferentes etapas de la vida. Miller respeta la psicología de sus personajes infantiles, reflejando la soledad a la hora de afrontar los problemas de fondo que nos impiden avanzar al ritmo de nuestros semejantes. Solo estas características ya hacen de Under the Bed un título obligado en Institutos de la Mujer, oficinas del Defensor del Menor y demás observatorios de violencia doméstica que nunca se paran a observar debajo de la cama. A.P.

Wither, de Sonny Laguna y Tommy Wiklund (Suecia)

Decir que es un remake sueco (no declarado) de Posesión infernal no es descabellado; al margen del argumento y el escenario en esa abandonada casa de campo de madera, con trampilla incluida, también la fotografía y la estética nos remiten al film de Sam Raimi de 1981. Si nos olvidamos de la nula originalidad de la propuesta, casi todo lo que se puede decir de Wither es bueno. Su gusto por el gore está bien nutrido por unos efectos y un maquillaje nada desdeñables sobre todo si tenemos en cuenta su presupuesto inferior a 50.000 euros. Los directores Sonny Laguna y Tommy Wiklund tienen personalidad y la muestran al espectador a través de planos cenitales y picados e incluso esos oblicuos que tanto gustaban a Orson Welles y mediante algunos primeros planos llegan a transmitir verdadera angustia y mal rollo (sin necesidad de las vísceras, que también son malrollistas a ratos) en no pocos momentos (p. ej. tras el primer contacto de Maria con el zombie, elidido con esmero hasta un mini-flashback posterior, o cuando Albin tiene que deshacerse de su amada) pero también con un perverso sentido del humor que mantiene al espectador en un complicado equilibrio entre la risa y la ansiedad. S.V.

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Dark Visions

Toad Road, de Jason Banker y Resolution, de Justin Benson y Aaron Scott Moorhead (EE.UU.)

Puede parecer injusto reseñar de manera conjunta dos obras de rasgos tan particulares como Toad Road y Resolution, esta última ganadora de la sección Dark Visions. En realidad, no puedo separarlas de una tercera experiencia: el visionado en fechas cercanas dentro del contexto de Nocturna. Quiero detenerme y escuchar por un momento los armónicos de este mundo.

En Toad Road una pareja experimenta con las drogas con la intención de recorrer, física y espiritualmente, la senda que da título a la película. En Resolution un hombre se encierra con un amigo yonki para acompañarle en un proceso de desenganche contra su voluntad. En Nocturna un servidor cubre el festival. Durante la primera mitad de Toad Road no se aprecia apenas guión, la cinta se apega al cinéma vérité —Larry Clark y Jonathan Caouette son los referentes más citados en los medios— para describir el desenfreno de James y Sara con su grupo de amigos. En Resolution nada parece progresar tampoco; el ángel desintoxicador se topa con personajes extraños y found footage ininteligible en las cercanías de la cabaña ocupada por su amigo. Lynch viene a la mente. Por mi parte trato de cumplir un plan de sesiones previamente trazado, sin saber aún a dónde me lleva. Traspasado el ecuador, James y Sara se pierden en el camino de las drogas de Toad Road, el redentor de Resolution se enfrenta a inercias incontrolables y yo sigo sin encontrar el norte, no veo coherencia en la programación del festival ni en mi amor al fantástico. Finalmente, la humildad de Toad Road nos suelta la mano dentro de un bosque; la ambición de Resolution, en un laberinto; me bloqueo en esta reseña después de ver The Conjuring en la sesión de clausura. Uno no tarda en darse cuenta. Toad Road, Resolution, el festival, ninguno define espacios lynchianos, sino el horror de hallarse fuera de ellos. Cuando el alma intenta adueñarse del mundo con un manto de subjetividad —drogas, metraje encontrado, el marco fantástico que trata de abarcarlos—, en algún momento surge la percepción de una realidad exterior e inconexa respecto a nuestra experiencia vital, el terror de la conciencia al saberse parte prescindible de algo mayor. Somos hijos de la bruja de Blair, pero ese miedo nos hace seguir creyendo en las historias, aunque todas terminen de cara a una pared.

I Am a Ghost, de H.P. Mendoza (EE.UU.)

Es importante salir de un festival con una sensación de descubrimiento personal, poder justificar la experiencia por el recuerdo de una sola película. A juzgar por el Premio del Público que se llevó, I Am a Ghost cumplirá esa función para una mayoría de espectadores de Nocturna, como ya lo hiciera en otros festivales donde ha cosechado un éxito similar. El perfil modernito del filipino americano H.P. Mendoza, autor de dos musicales indies y otros experimentos juguetones en el audiovisual, explica su participación al margen de la sección oficial en el apartado Dark Visions de intrusos en el fantástico, y prácticamente le garantiza un eventual derribo por la crítica antihype si llegara a pisar el mainstream en sus próximos trabajos. Con lo que saque de la reventa de alguno de sus Blu-ray de Nicolas Winding Refn, recomiendo al lector disfrutar un visionado de I Am a Ghost sin los prejuicios que le impidan reconocerse en su protagonista Emily, un fantasma que intenta escapar de la mansión donde habitó con la ayuda de una médium desde el plano físico. Mendoza afronta la exigente premisa del grueso del metraje “un personaje, una casa” con un rigor formal comparable al de otros asiático-americanos como James Wan y M. Night Shyamalan, jugando con la definición de espacios del decorado, los ritmos internos del montaje, la repetición de encuadres y la expresión corporal de la actriz Anna Ishida —la emoción de un espíritu es un principio físico, ahora lo sabemos— para crear lo que alguno llamaría poesía de interiores. No frivolicemos. Quien alguna vez se haya sentido atrapado en su casa, en su vida, en sus problemas o en su falta de problemas, sabe que para un fantasma no existe más que la prosa de interiores, y que la muerte es un final abierto sin créditos ni ovación. Por esa razón nuestro aplauso a Mendoza y a Ishida, presentes al terminar la proyección, también fue para Emily.

Panorama

The Complex, de Hideo Nakata (Japón)

Solo los grandes pueden decepcionar a lo grande, y Hideo Nakata hizo cundir tal desazón entre el público de Nocturna que se hubiera quedado en las lejanas The Ring (Ringu, 1998) o Dark Water (Honogurai mizu no soko kara, 2002). Sin embargo, los problemas y aciertos de The Complex se aprecian mejor a la luz de las no tan bien recibidas en su momento Kaidan (2007) y Chatroom (2010). De la primera permanece lo que podríamos denominar “supraconciencia” de género, la distancia respecto al objeto filmado (una historia de fantasmas) que sitúa a Nakata en un incómodo punto medio entre la fidelidad al canon y el cinismo. El director establece con absoluto dominio los elementos sugerentes (los inquietantes espacios exteriores e interiores del bloque de apartamentos donde transcurre el relato, la tensión de cada personaje entre la soledad y la dependencia respecto a los demás) y con absoluta desgana los más explotativos (sustos, elementos sobrenaturales). Sobre este segundo aspecto el director de fotografía Junichirô Hayashi parece huérfano de indicaciones, dando lugar a un clímax entre la psicodelia de House (Hausu, Nobuhiko Ôbayashi, 1977) y la asfixia cromática de Evil Dead Trap (Shiryô no wana, Toshiharu Ikeda, 1987). Más interesante es otro distanciamiento ya presente en Chatroom y ahora acentuado: el de nosotros los espectadores en relación a los personajes que aborda Nakata. Sean americanos o japoneses, se diría que sus vidas transcurren en una línea temporal paralela a nuestro mundo, en la que apenas ha cambiado la manera de relacionarnos o el uso de la tecnología desde los primeros 2000. Si restamos importancia al hecho de no vernos reflejados en tales existencias —concesión habitual en este tipo de festivales— y las encaramos como relatos de espíritus atormentados en su lógica interna, la película ofrece lecturas para varios visionados. Tanta vida dentro de la debilidad cobra sentido al pensar que con The Complex Nakata ha creado una residencia de la tercera edad para el J-Horror, como la que (si somos afortunados) habitaremos cuando solo nos queden el miedo y los recuerdos. A.P.

Dark Skies, de Scott Stewart (EE.UU.)

Los planos que acompañan a los créditos iniciales de esta película denotan inquietudes tras la cámara. Saber como y donde colocarla es gran parte del trabajo de un director, y ese comienzo con diversas tomas ralentizadas, dotadas de una gran belleza plástica, de un típico vecindario americano, como podría ser el de Donnie Darko o The Hole, y sus gentes desvela el savoir faire de Scott Stewart (Legion, la serie Defiance…) en ese aspecto. La película narra los extraños acontecimientos que quitan el sueño a la familia Barrett, y que según avanza el metraje (nada nuevo porque una oportuna cita de Arthur C. Clarke al comienzo del film ya nos pone sobre aviso) apuntan a la presencia de extraterrestres. Mientras su mujer y los dos hijos sufren las consecuencias, el padre de familia, como el Barrett (el nombre podría ser un guiño) de La leyenda de la mansión del infierno (John Hough, 1973), se muestra escéptico ante los hechos, tratando de buscar una explicación racional aunque él mismo es víctima de extraños episodios de sonambulismo y heridas nada naturales. Quizá el Scott Stewart escritor no alcanza el mismo nivel que el director, que además relaja bastante en lo visual tras el interés despertado en los citados créditos, y peca de falta de ideas que a ratos hacen tediosa la sucesión de episodios similares que van pasando a través de varios miembros de la familia, y redunda en algunos clichés durante el tramo final. No ayuda un relativo abuso del sonido y la música a la hora de los sustos, aunque también hay aciertos puntuales, particularmente en las secuencias oníricas, que dejan un regusto agridulce tras el visionado.

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Texas Chainsaw 3D, de John Luessenhop (EE.UU.)

La franquicia de La matanza de Texas (The Texas Chainsaw Massacre, Tobe Hopper, 1974) ha dado a luz una nueva criatura. Esta vez se han pasado por alto las secuelas anteriores, el remake de Marcus Nispel (2003) o el reboot de Jonathan Liebesman (2006) y se toma como interesante punto de partida el desenlace del film original (con un cameo de Bill Moseley, que siempre se apunta a estas cosas) para a continuación trasladarnos a la actualidad en la que una Alexandra Daddario muy bien conservada, si creemos que tiene los cuarenta años que debería, es la única superviviente de la familia Sawyer tras la muerte de su tía-abuela que le deja una mansión en herencia. Ah, sí, y un Leatherface, que vive en el sótano, bastante ágil con la motosierra para sus sesenta (o así) tacos. Chascarrillos anacrónicos aparte, la película arranca, como tantas otras piezas pertenecientes al género, con una panda de muchachos y muchachas de buen ver (con la televisiva Tania Raymonde incluida) que se van a una gran casa de campo en su furgoneta. El 3D resulta bastante discreto, aunque siempre se agradece que te lancen a la cara una sierra mecánica en funcionamiento, y la cuota gore que incluye algún desmembramiento decente, compensan en parte los vanos intentos del guion por intentar llevar la cosa un poco más allá con algún giro interesante pero también previsible, y con una dejadez tal que llega a abandonar un personaje (como el hijo del alcalde) y que no potencia lo suficiente la poderosa vena del lado oscuro de la protagonista y su pertenencia a la familia en un pacato y desganado tramo final que prometía mucho más de lo que luego nos ofrece. S.V.

Premiere

Omnívoros, de Óscar Rojo (España)

Hay un principio moral de Óscar Rojo que se enuncia muy claramente tanto en su ópera prima Brutal Box (2011) como en este nuevo trabajo presentado en Nocturna: no se debe ejercer la violencia sobre otros en beneficio propio. Uno está de acuerdo y, por tanto, dispuesto a conceder que la incomodidad que provocó en una platea vestida de cóctel para la premiere fue por el bien de la sociedad. El mal rato de algunos les llevó a catalogar Omnívoros como el primer torture porn español, pero su fe en lo que cuenta y su escasa sofisticación más bien lo emparentan con Olaf Ittenbach, el autor de ultragore alemán más parasitario de los esquemas clásicos de género. Rojo recurre a los del thriller para contarnos las andanzas de un crítico gastronómico que se topa con una organización dedicada al canibalismo; como era de esperar, si analizamos la obra en esa clave se desmorona rápidamente. Claro que si uno se enfurruña por su tosquedad formal, las malas interpretaciones o la falta de sutileza de su guión, corre el riesgo de perder de vista sus auténticos valores como pieza de cine trash. Porque para formular esa denuncia de la violencia y la hipocresía de la alta sociedad, Rojo no vacila en utilizar los cuerpos de sus actores al borde de la humillación; ni en agredir con el gore más allá de lo que le permite la excusa dramática; ni en afirmar los estereotipos de clase en el comportamiento de los personajes o en el diseño de los suntuosos escenarios. Menos festiva que otros terrores de simpatía blue-collar como Society (Brian Yuzna, 1989), Omnívoros es un verdadero film socialista que se apropia de las convenciones de aquello que critica sin disimulo ni preocupación por las contradicciones internas, lo cual la hace vulnerable a ataques academicistas como los que pueda proferir un gourmet gilipollas en un bar de carretera.

Madness

A Little Bit Zombie, de Casey Walker (Canadá)

Después de un apagón de títulos significativos a mediados de los noventa, en la pasada década los muertos vivientes experimentaron su propia burbuja, expandiéndose al mainstream hasta filmes recientes como World War Z o la serie Walking Dead. Por su parte la comedia zombi, un subgénero cuyo nombre define su estado actual, se ha acomodado dentro de estos horizontes de estabilidad, desde la mitificada Zombies Party (Shaun of Dead, Edward Wright, 2004) a Cockneys vs Zombies (Matthias Hoene, 2012) —abuelos que se vuelven enrollados matando zombis, ¿no dice mucho del género?—, y ahora A Little Bit Zombie. Su punto de partida promete —un infeliz se transforma poco a poco delante de su prometida y amigos después de ser atacado por un mosquito zombi— y da lugar a algunas secuencias inspiradas; sin embargo, a mitad de metraje queda claro que su director Casey Walker no va a correr riesgos, limitándose a enganchar gags sin considerar el tempo cómico u otros recursos que en nuestra época no pueden despreciarse con tanta facilidad. Como planteaba más en serio Memorias de un zombie adolescente (Warm Bodies, Jonathan Levine, 2013), la dificultad de la asimilación del subgénero a cánones comerciales radica en la renuncia a ciertas constantes del mismo (el gore es casi testimonial) y la aceptación en su lugar de las reglas a las que se acoge cualquier comedia. Aunque lo intenta (y así lo demuestran las bromas a propósito de los roles sexuales), sin el filtro de la inagotable complicidad del fan de sesión golfa A Little Bit Zombie arroja un discreto resultado, y le lleva a uno a preguntarse el por qué de su incorporación a una sección del festival denominada “Madness”, ratificada además con el premio del jurado. Un ejemplo de locura controlada, recomendable para aquellos que consideran el colmo de la iconoclasia fumarse un porro o meterse con Mourinho. A.P.

Palmarés

Premio al mejor Cortometraje Nacional: Human Core

Premio al Cortometraje Internacional: (ex aequo)  L’Heritage Death of a Shadow

Premio del público al mejor cortometraje: Mr. Bear

Premio a la Banda sonora: Insensibles

Premio a los Efectos especiales: Wither

Premio a la mejor Fotografía : Forgotten

Premio al mejor Guion: Jug Face

Premio a la mejor Interpretación: Lauren Ashley Carter en Jug Face

Premio al Mejor director: Sonny Laguna y Tommy Wiklund por Wither

Premio del público a la Mejor Película: I am a Ghost 

Premio Dark Visions: Resolution

Premio Madness: A Little Bit Zombie

Mejor película Oficial Fantástico: Wither