Breve nota sobre Jason Blum

El productor: esa figura tan necesaria como vilipendiada, viviendo a la sombra de los que tradicionalmente se ha considerado a los verdaderos autores de un film —los directores y, a veces, los guionistas—, infundiendo en los platós de rodaje un respeto en muchas ocasiones convertido en miedo —su fama les precede: despidos arbitrarios, cierre de los grifos de la financiación, tijeras en las salas de montaje… ¿directores frustrados?—. De Mack Sennett a los hermanos Weinstein, de Howard Hughes a J.J. Abrams, de Samuel Bronston a Elías Querejeta, todos ellos basculando entre su deseo de dejar impronta y lo antipático de su labor, exponiendo su honor y su patrimonio para llevar a cabo un sueño: ser el motor que genera el cine.

Es, quizás, la figura de Jason Blum la que en estos días más interés concita. Su labor, con cada nuevo proyecto, está adquiriendo unas dimensiones autorales más propias de lo que se asociaba con un director que con las tradicionales de un productor. Una labor que comienza a mediados de la década de los 90 y en la que, durante sus primeros 12 años de actividad, refleja lo que se espera de un productor: variedad temática a través de distintos géneros y formatos —del drama a la comedia, del documental a la animación—, pero que adquirirá un nuevo sentido a partir del año 2007, fecha en la que decide producirle un film a un desconocido Oren Peli una cinta que devendrá en poco tiempo en un film de culto por su éxito y su influencia posterior: Paranormal Activity.

Es a partir de aquí cuando la carrera de Blum adquiere un sentido profundamente coherente y unitario, siendo una muestra de ello el clip de su productora, la Blumhouse Productions, que aparece al principio de cada película: toda una carta de presentación de la inquietud que pretende transmitir cada proyecto suyo, con una habitación siniestramente vacía y en semipenumbra, con objetos levitando, la presencia fantasmal de una figura infantil y, sobre todo, una puerta que se cierra sin fuerzas aparentes que la muevan, clausurando el espacio a espaldas de la voluntad del espectador.

En los últimos seis años, la gran mayoría de los proyectos de Blum contienen elementos del fantástico de terror, plagados de hechos sobrenaturales, respondiendo al interés que hoy en día demanda la crisis de lo material. Lo paranormal, más allá de estar de moda, se ha convertido en un campo de exploración más allá de la realidad visible —incluso dentro de la investigación universitaria y científica de mente más abierta, por lo que no es extraño tener que acudir a los EE.UU. para encontrar muestras de ello—, desmontando mitos y bombardeando con preguntas de las que ni siquiera es necesario obtener una respuesta, sino tan sólo demostrar que el misterio existe y su mera observación tiene de por sí su propio interés.

Es quizás la televisiva —y malograda, pues sólo pudimos disfrutar de su primera temporada al clausurarse precipitadamente— The River el ejemplo que mejor expresa este interés de ir un paso más allá, pues utilizando el tan manoseado formato del found footage —o película encontrada, donde un material es emitido después de ser hallado en misteriosas circunstancias, como otro de los productos de la Blumhouse, The Bay (íd., Barry Levinson, 2012)—, la serie se atreve con el poco explorado fenómeno del chamanismo y de las fuerzas sobrenaturales en plena selva amazónica, convirtiéndose el espectador en cómplice tanto del equipo de rodaje original como del grupo de rescate que va descubriendo los misterios que rodearon la desaparición del intrépido explorador Emmet Cole (Bruce Greenwood).

Ha sido esta serie de televisión el único ejemplo de terror a cielo descubierto, instalando en plena naturaleza la invisible amenaza que se manifiesta a través de inexplicables efectos. Pues, repasando los elementos que predominan en las películas producidas por Jason Blum, encontramos que la gran mayoría de ellas se desarrollan dentro de edificios —normalmente casas unifamiliares—, tomando todo su sentido ese portazo sobrenatural que destacábamos al hablar del clip de presentación de la productora Blumhouse: el verdadero terror está dentro del hogar, pues cada protagonista arrastra consigo sus propios fantasmas.

Los espacios cerrados, aquellos que teóricamente son más fáciles de dominar, se convierten así en ratoneras, donde sus habitantes pierden el control de sus vidas, desafiando las leyes de la lógica. Y es que esta serie de películas, al fin y al cabo, denuncian la obsesión por la seguridad que vive la sociedad —la norteamericana en particular, siendo un hecho extensible al conjunto de la occidental—, donde el atrincheramiento generalizado es una solución falaz y lo exterior suele ser visto como una amenaza, habitada por seres extraños y ajenos que desean algo que nosotros poseemos: felicidad y tranquilidad. Así, los espacios interiores se encogen y, paulatinamente, se vuelven más y más opresivos —por muy amplios que desde un principio éstos puedan parecer—, y ni siquiera la ayuda de la actual tecnología digital —a través de decenas de cámaras de vigilancia y con un ordenador portátil como centro de operaciones— puede aliviar la incertidumbre de ver violado el carácter sagrado del hogar.

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Para llevar a cabo esta exploración de los miedos más profundos y resguardados en el interior, Blum lleva varios años realizando una labor de seguimiento sobre directores y guionistas que demuestren una previa preocupación en dicho diagnóstico: James Wan —Saw (íd., 2004) y Silencio desde el mal (Dead Silence, 2007)— contó con su guionista habitual, Leigh Whannell para su Insidious (íd., 2010); Tod Williams con el veterano guionista de televisión Michael R. Perry —Eerie, Indiana (1991), América oculta (American Gothic, 1995-1996), Millenium (1998-1999), La zona muerta (The Dead Zone, 2002-2007), Persons Unknow (2010), y siendo el principal sustento de la posterior y ya mencionada The River— para Paranormal Activity 2 (íd.,2010); y tanto Scott Derrickson —El exorcismo de Emily Rose (The Exorcism of Emily Rose, 2005)—, Rob Zombie —sobran las presentaciones— y James DeMonaco pusieron en escena sus propios guiones para, respectivamente, Sinister (íd., 2012), The Lords of Salem (íd., 2012) y La noche de las bestias (The Purge, 2013).

Pero tan interesantes como las películas ya estrenadas son sus proyectos de futuro, unos ya realizados y otros en vías de posproducción: la fascinante Dark Skies (íd., Scott Stewart, 2013), sobre visitantes de dormitorio y abducciones extraterrestres; el regreso de Daniel Stamm —director de El último exorcismo (The Last Exorcism, 2010)—, que llevará por título Angry Little God (2013); la segunda parte de InsidiousInsidious: Chapter 2 (2013)—, repitiendo director y guionista; Mockingbird (2013), bajo la dirección de Bryan Bertino —quien ya dirigiera en 2008 la apasionante Los Extraños (The Strangers), una película que responde a las inquietudes de Blum de tal forma que la podía haber producido él mismo en su día—; la esperadísima Area 51 (2013), nueva colaboración con Oren Peli; Not Safe for Work (2013), con la dirección de Joe Johnston —El hombre lobo (The Wolfman, 2010)—; Mercy (2014), con Peter Cornwell como director —Exorcismo en Connecticut (The Haunting in Connecticut, 2009)— y guión de Matt Greenberg —1408 (íd., Mikael Håfström, 2007) y el episodio de Masters of Horror titulado “The Fair Haired Child” (William Malone, 2006)—; The Town That Dreaded Sundown (2014), con la dirección de Alfonso Gomez-Rejon —responsable de cinco episodios de American Horror Story (2011- ); Jessabelle (2014), con la dirección de Kevin Greutert —Saw VI (íd., 2009), Saw VII 3D (íd., 2010) y la futura Visions (2014)—; o The Amityville Horror: The Lost Tapes (2014), de David Bruckner —director del segmento “Amateur Night” de la muy interesante V/H/S (íd., 2012).

La continuidad de este buen periodo en el cine de terror, donde la inquietud y lo sobrenatural son elementos indispensables, parece garantizada. Jason Blum ha iniciado una senda donde los modestos presupuestos —entre los 3 y los 5 millones de dólares, aunque habría que destacar los 15.000$ con los que Oren Peli contó para realizar su primer Paranormal Activity— no son un impedimento para desarrollar buenas ideas y contar con profesionales que, a pesar de la limitada experiencia de la mayoría de ellos, demuestran que sus capacidades están muy por encima de caché. Con esta sencilla fórmula, Blum está consiguiendo forjar un muestrario altamente eléctrico, logrando acechar la frágil seguridad del espectador más allá de la pantalla.