Obra menor de cineasta menor

Aunque conocemos al sueco Lasse Hallström desde 1985 (por la multipremiada Mi vida como un perro, ganadora del Globo de Oro a la Mejor película extranjera y nominada a dos Oscar, Mejor director y Mejor guión adaptado) y, especialmente, desde 1993 (por ¿A quién ama Gilbert Grape?, que supuso la primera nominación al Oscar para Leonardo DiCaprio con diecinueve años), lo cierto es que a comienzos de los noventa había trabajado ya en tres series para televisión (el medio donde debutó en 1973), un telefilme, tres cortometrajes (dos televisivos), un documental y siete largometrajes; se trata de una parte importante de su trabajo, casi completamente desconocida en España, que nos impide una rigurosa visión globalizadora de su trayectoria.

Ya para entonces había labrado cierto prestigio internacional que en 1995 le permitió participar en el largometraje colectivo Lumière y compañía, que reunió a 41 reconocidos cineastas (como Theo Angelopoulos, Abbas Kiarostami, Arthur Penn, Wim Wenders, Zhang Yimou o David Lynch, por ejemplo) para homenajear el centenario del cinematógrafo. Cómodamente instalado en Hollywood desde entonces, ha ido consolidando su popularidad y el respeto de la profesión con películas que casi todos conocemos, como Las normas de la casa de la sidra (1999, su segunda nominación al Oscar como Mejor director), Chocolat (2000), Siempre a tu lado, Hachiko (2009) o La pesca del salmón en Yemen (2011).

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Si comienzo esta crítica por la alusión a Hallström es porque quizá si no fuera por su presencia en la dirección, una película como El hipnotista no merecería nuestra atención ni, probablemente, se habría estrenado en España; él y el hecho de que adapte una novela negra nórdica (sueca) —tan de moda— son los dos hechos que singularizan el filme. Por otro lado, la textura visual de la película, aun distanciándose del Hallström que conocíamos, mantiene algunas de sus características más reconocibles, sin perjuicio de que se trate probablemente de una de sus películas menos convincentes.

Si hay una película, además de las anteriores del director nacido en Estocolmo, a la que recuerda El hipnotista, esa es Smila: Misterio en la nieve, que comparte filiación, tanto por adaptar una novela negra, danesa en este caso, como por estar realizada por un cineasta nórdico asimilado en Hollywood en aquel momento (el también danés Bille August). La semejanza —dando por hecho que el filme de August es en mi opinión notablemente superior— se concentra, sobre todo, en una de las características más relevantes de El hipnotista, que es la frialdad general, tanto en lo visual como en lo narrativo, que destaca especialmente en la escena del autobús sumergido en el hielo, justo cuando el eco de la película danesa se percibe con mayor potencia.

Curiosamente, creo que es justo esta característica, la frialdad —que entiendo procede del ambiente ético y climatológico de la novela—, la que se aleja considerablemente del clima y el tono de la mayoría de las películas de Hallström y, bajo mi punto de vista, con la que el cineasta sueco no se mueve con comodidad. Da la sensación, incluso, de que él mismo es consciente de esa limitación y pone especial empeño en el impacto del primer y último plano de la película, una magnífica toma aérea de Estocolmo, urbana y gélida, donde —con ciertas reminiscencias apocalípticas de Blade Runner— parece tratar, al mismo tiempo, de advertirnos sobre el tono general del filme y de cubrirse las espaldas ante las posibles deficiencias que encontremos a lo largo de la película en relación con la consecución de esa misma atmósfera.

La frialdad de la que hablo está trabajada en todos los detalles del filme —si por algo se caracteriza Hallström es por cuidar la idea unitaria de textura visual—, no solo mediante la voluntariosa y a ratos excelente fotografía de Mattias Montero (quizá demasiado oscura en demasiadas escenas), sino también gracias a las numerosas tomas lejanas con que la cámara nos distancia de las personas y las acciones, así como por un ritmo lento, denso y plagado de silencios. Estos mecanismos de puesta en escena dan lugar a algunos de los mejores momentos de la película, como el ya citado plano inicial/final, la escena mencionada del autobús sobre el hielo y, sobre todo, uno de los momentos más bellos de la película, cuando la pareja protagonista, cuyo hijo ha sido secuestrado y de la que conocemos su crisis matrimonial, comparten angustia, esperanza y mutismo mientras la elegante cámara de Hallström se aleja en un amplio movimiento de grúa.

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En realidad, todo lo dicho hasta aquí pone encima de la mesa algunas de las contradicciones entre las habituales virtudes del cineasta sueco y la escasa eficacia de su trabajo en El hipnotista. Esa elegancia de la que hablo, y que sin duda adorna varios pasajes del filme, se ve sin embargo empañada por numerosos detalles, como los innecesarios insertos del flash-back del asesinato en los primeros pasajes de la película o la epatante cámara subjetiva cuando entran en la casa donde descubren los crímenes; por otro lado, el ritmo y la puesta en escena parecen querer otorgar al relato una trascendencia de la que a todas luces carece, y que se aleja de la más llevadera ligereza propia de la mayoría de la obra de Hallström, una pretensión cuyo único logro verdadero es un devenir plúmbeo de un metraje excesivo.

Sin embargo, hay siempre algo interesante en las películas de este cineasta, que es su intención de explorar la profundidad de los sentimientos de los personajes y encajarlos adecuadamente en la trama principal; también aquí la película es solo parcialmente disfrutable, pues la profundidad se contagia de esa tendencia pretenciosa y además no acaba de maridar con el resto del argumento. Por otro lado, el proceso de hipnosis que da título al filme y que en teoría vehicula la trama principal es confuso, lento, largo y tedioso, lo cual le otorga un papel secundario respecto a, por ejemplo, esas emociones que interesan más a Hallström pero que no parecen aquí tan relevantes. Se produce así un desequilibrio narrativo que lastra permanentemente la película.

La mediocridad general de El hipnotista se ve salvada por algunas ideas interesantes, en medio de una irregularidad desazonadora. Por ejemplo, la metáfora de la madre enloquecida muriendo bajo la espesa capa de hielo, que es una figura poética a la altura del mejor cine del sueco; o la brillante idea de ir construyendo a lo largo de la película una bonita melodía, que se va adivinando a retazos y que solo se nos ofrece completamente en un sugerente final prolongado por los títulos de crédito de clausura.