Elogio de un cine menor

En tiempos del blockbuster masivo, la cuestión de la identidad creativa en Hollywood se ha convertido en un desafío apasionante para todo aquel que se acerque a evaluar los trabajos de una generación de cineastas amparados bajo esa coyuntura. Como antaño sucediera con figuras como Michael Curtiz o Richard Thorpe, la versatilidad temática, donde un relato clásico de aventuras convive con un vehículo para Elvis, no esconde las gotitas de personalidad tras la cámara que proporciona el oficio. En ocasiones, subordinar una película a su estrella también puede generar un deseo de demolición del mito, como hizo Frank Tashlin con Jayne Mansfield. En definitiva, pasa el tiempo y la historia se repite con nuevos actores. De ahí que algunos de los pequeños cineastas que integran el mapa del blockbuster atesoren una obra cuyo valor merece la pena atender y, sobre todo, entender.

Gore Verbinski ha tenido a lo largo de su trayectoria dos importantes sostenes creativos. De un lado, Dreamworks SKG en sus primeros años de vida, donde el cineasta norteamericano inició su entrenamiento en los géneros cinematográficos; y del otro, la figura del productor total, Jerry Bruckheimer, cuya alianza comercial ha catapultado a Verbinski hasta el punto donde quería llegar: el encuentro con una identidad cinematográfica propia, que podríamos cifrar en ese extraordinario ensayo animado que es Rango (íd., 2011). Este detalle es bien curioso, puesto que lo que podría ser un capricho artístico, una fuga dentro de una carrera compacta, para Verbinski supone el encuentro con un medio donde disfrutar de una libertad expresiva completa. Y es que si algo puede servir para definir su cine es el aprovechamiento constante del espacio en el que se mueve, ya sea una comedia con tintes de cartoon o una road movie con ribetes de suspense. En manos de Verbinski, cada recurso al género revela una voluntad de aprendizaje, el deseo de inscribir unos rasgos propios en un cine cada vez más asimilado a la pantalla global.

Muchacho Punk

A caballo entre la publicidad y los videoclips, Verbinski había labrado una reputación comercial antes de despuntar en el cortometraje con The Ritual (íd., 1996). Aunque su anuncio para Budweiser es, tal vez, la pieza más reconocida de aquella primera época, resulta mucho más estimulante detenerse en las conexiones que establecerá entre su trabajo en el videoclip y su primer corto de envergadura. Con la complicidad de Bad Religion, Verbinski hizo de aquellos vídeos un banco de pruebas que encontraría su síntesis imperfecta en The Ritual. Si 21st Century (Digital Boy) es su trabajo más atrevido visualmente para la banda californiana, lo es precisamente por mostrar al vocalista Greg Graffin saliendo literalmente del aparato de televisión frente a la mirada ensimismada de un niño. Guiño posmoderno a la aglomeración visual que precipitaba la década de los ’90, esa idea se verá corregida y ampliada en su primer contacto con el cine.

The Ritual podría definirse como una obra casi beckettiana, donde el absurdo que rodea a la situación de sus tres protagonistas plasma la agonía pasiva a la que se han entregado por completo. Por mucho que se muevan, por muchas ideas que tengan en mente, siempre vuelven al punto de partida: la casa, la televisión. En el fondo, las maneras del cortometraje son más propias de un trabajo de fin de carrera, donde las premisas y el desarrollo de la trama son exhibidos con total frontalidad. Sin embargo, además de enlazar con ese aire de parodia posmoderna de la época, la principal virtud de este primer paso consiste en su forma de sacar partido a cada una de las situaciones que plantea. Así, lo que en un principio parece un turbio relato donde un par de individuos van a llevar a cabo una especie de ritual ocultista, se transforma en un extraño cartoon donde un vecino obeso cae con su inodoro por un agujero en el techo. A partir de esa situación delirante, Verbinski no deja de explotar cada una de las escenas mientras sus personajes comparten conversaciones banales reflejo de su propia existencia. El corto, a su manera, se hace eco de la falta de personalidad de sus protagonistas mientras busca la suya navegando entre diferentes géneros. Ambientado en un Los Angeles poblado de personajes pintorescos, The Ritual termina donde empezaba el clip para Bad Religion: pegados a la televisión, el único espacio estable dentro de la trama, los tres personajes quedan absortos ante un documental sobre la vida de las abejas. Fuera de esa realidad microscópica tiene lugar el auténtico milagro del filme, que sus protagonistas nunca verán.

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De ratones y viejas pistolas

La historia de los primeros años de vida de Dreamworks daría para un texto por sí sola. En ella, Gore Verbinski fue uno de los directores encargados de abrir el fuego creativo, y lo hizo con una producción tan singular como Un ratoncito duro de roer (Mousehunt, 1997). Visto en perspectiva, este filme podría leerse como un intento de parasitar esa estética burtoniana dulcificada que, antes de su definitiva asimilación al mercado, calaría en propuestas comerciales como Casper (íd., Brad Silberling, 1995). Sin embargo, los intereses de Verbinski caminarían en una dirección diferente, al hacer de su primer largometraje lo más parecido a una carta de presentación de su talento visual. Pocos géneros como la comedia, en su versión desenfrenada, son tan permeables a la experimentación con la cámara. En este sentido, Un ratoncito duro de roer toma el aire de un cartoon febril cada vez que su ratón protagonista se enfrenta a sus dos adversarios humanos, ocasión que Verbinski aprovecha para diseñar planos imposibles, alterar escalas —esos planos que, de pura filigrana, muestran la persecución del ratoncito a través de las paredes y canalones de la casa— y poner en escena un espíritu del gag cercano al de Chuck Jones. A ratos, además, Verbinski aborda sin complejos la figura de sus actores como si se tratasen de personajes animados. Ahí está, por ejemplo, el exterminador interpretado por Christopher Walken, al que el cineasta dibuja en la mejor tradición del Coyote, como un elemento perpetuamente sometido a las argucias del ratón, derrotado en cada una de sus iniciativas.

Tras su mensaje de recuperación de los viejos valores y las tradiciones, Un ratoncito duro de roer es un filme que funciona como asentamiento de las bases creativas de Verbinski: no importa el material, sino el partido que puedas sacar de él. Y, en este sentido, su debut como director condensa en apenas hora y media toda una panoplia de recursos suficientes como para advertir un rasgo de personalidad muy marcado: hay que hacer de cada escena, de cada personaje y narración, la búsqueda de una identidad a través del trabajo, del oficio. Así, si su debut fue un tanto desconcertante, la siguiente experiencia cinematográfica de Verbinski no lo sería menos, al tratarse de un vehículo hecho a medida de Julia Roberts y Brad Pitt. 

Con The Mexican (íd., 2001), la vara de medir debería ser parecida a la que en su momento despertaron proyectos como Frenético (Frantic, Roman Polanski, 1988) o la citada alianza entre Tashlin y Jayne Mansfield. Nunca sabes hasta qué punto el director escoge a sus estrellas para burlarse de ellas y dinamitar por el camino toda su elegancia. Si Polanski no paraba de construir situaciones para poner en ridículo a Harrison Ford, Verbinski se esfuerza en encontrar las versiones más histéricas e histriónicas de sus dos actores. En el fondo, The Mexican es una apología del fracaso personal, donde el supuesto viaje de auto-conocimiento que desliza toda road movie no ejerce ninguna clase de influencia sobre sus protagonistas. Sin embargo, lo que le interesa al cineasta californiano es desmenuzar cada uno de los géneros que tienen lugar durante la trama y, como un reloj con el engranaje a la vista, aprender su funcionamiento. Así, mientras narra la odisea de la recuperación de esa vieja pistola perdida en el México profundo, Verbinski se entrega al juego con cada uno de los elementos de que dispone: convierte al sicario incorporado por James Gandolfini en un consejero sentimental gay para Julia Roberts; bloquea cada una de las salidas del personaje de Brad Pitt para alargar un poco más las escenas de burla; y, por fin, localiza en el western el territorio donde sentirse plenamente identificado. Si para la pareja protagonista del filme, nada cambia al llegar a la conclusión, para Verbinski The Mexican significará el hallazgo de un espacio, el oeste, que varios proyectos más adelante le ayudará a definir y configurar los conflictos creativos de un cineasta en Hollywood.

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Por los cineastas menores

Lejos de buscar un consenso crítico, para quien esto escribe el cine de Verbinski representa, ante todo, diversión y un dibujo (casi) completo del itinerario que debe seguir un cineasta cuando se consagra a la religión del blockbuster y el cine comercial. Ambos, detalles que proporcionan un retrato más apasionante sobre el proceso de fabricación del cine comercial contemporáneo y sus continuas mutaciones, donde aún existe lugar para que los (viejos y jóvenes) cineastas gocen de un campo de pruebas en el que experimentar con la fórmula y crear estrategias alternativas. He ahí, por ejemplo, la importancia de Joseph Kosinski a la hora de comprender el blockbuster como un relato donde intervienen a partes iguales el diseño y la arquitectura con la narración y el drama. Lo importante no es encontrar autores en las producciones de Jerry Bruckheimer, sino observar cómo se desenvuelven y trabajan en cada uno de sus proyectos, en una búsqueda continua de nuevos medios y expresiones que definan los cambios en la forma de entender el blockbuster.

A diferencia de otros compañeros de generación, más constreñidos por la taquilla, Gore Verbinski ha gozado de varias posibilidades para llevar a cabo sus propios proyectos sin tener que partir de un material previo. Y, sin embargo, no ha dejado de zambullirse una y otra vez en todo tipo de géneros, como si en ese camaleónico recorrido se hallase el secreto del oficio: no dejar de aprender y aprovisionar recursos que más adelante podrás utilizar para tus intereses. Ahí radica el valor de su cine, en que nunca deja de recoger elementos para incorporar en su puesta en escena, en su capacidad para mutar en cada nuevo proyecto. Esa es, tal vez, la mejor definición para entender en qué consiste cuajar una personalidad propia en Hollywood. Y el cine de Verbinski ha sabido construir el mejor elogio posible por todos esos cineastas menores que han contribuido a levantarlo.