Viernes 11 (Friday the 11th, 2013)

Sitges no es Crystal Lake ni hemos visto todavía a Jason Vorhees, pero hay viernes tan criminales como el de ayer. Dormir tres horas después de terminar de hacer el equipaje a las tantas para despertarse cuando aún no han puesto las calles y ver a un taxista a pecho descubierto boxeando con un adolescente borracho al que (además) ha estado a punto de atropellar, delante de tus narices, no es el mejor escenario para irse de vacaciones. Sí, esto son las vacaciones para nosotros: reunirnos con los amigos, los de siempre y los de allí,a los que  solo vemos una vez al año pero es como si hubiese sido ayer, y levantarnos todos los días a las siete de la mañana para intentar reservar unos tickets de prensa que desaparecen a las siete y cinco segundos. Cuando llegan las películas de la tarde se puede hacer cuesta arriba, y quizá no es la mejor decisión programar uno detrás de otro a Jafar Panahi  Peter Greenaway en un festival de cine fantástico poco después de la comida. De momento aguantamos luchando contra el sueño en las salas y pudimos rescatar algunas cosas de la jornada de ayer, que os relatamos a continuación. Por la noche hemos descansado mejor (salvo el citado interruptus de las 7 AM) porque esta tarde será nuestra gran tarde, presentaremos Macnulti Editores y nuestro libro John Carpenter. Ultimátum a la tierra en el Espai FNAC a las 19.00, al lado del Auditori, y tenemos que estar frescos. Mañana os contamos qué tal y si queréis, estáis invitados a acercaros.

Upstream Color, de Shane Carruth (EE.UU., 2013) Sección Oficial Fantàstic

Estamos demasiado acostumbrados a cualquier cosa que vemos en una pantalla de cine. Cada día que pasa es más complicado que nos sorprendan narrando. No hablo de monólogos ingeniosos ni de la nueva crítica. Tampoco me refiero a no saber lo que va a suceder a continuación, algo que cada vez ocurre con menos frecuencia, no obstante. Estoy hablando de lo que hace Shane Carruth en su segunda aportación tras la cámara desde Primer (íd., 2004). Su puesta en escena es tan rigurosa y bella como un teorema cuando es enunciado por vez primera y comienza a ejecutarse la demostración ante una audiencia experimentada y expectante. Como en una demostración matemática, se parte de unos axiomas y unos métodos que son los mismos de siempre, en este caso luces, cámara y acción; un montaje que alterna normalidad con breves secuencias de planos encadenados muy ligeramente más cortos de lo estándar, pero lo suficientemente largos y distinguibles como para no ser tildados de ráfagas; una frialdad en la fotografía que contribuye a mecanizar lo que nos está contando de modo que podamos centrarnos en eso mismo, lo verdaderamente importante. El sonido y la música, minimalista, puro ambient, también nos llevan de la mano a reducir al absurdo ese inicio, con una abducción, escopolamina (o burundanga si se prefiere) mediante, que podría llevarnos a pensar en otros derroteros, ya olvidados esos extraños compases iniciales, esos experimentos con gusanos, licores y ¿coreografías? Como en una demostración matemática, la película también es exigente con nosotros, podríamos decir que lleva por bandera aquel “Que se joda el espectador medio” que dijo David Simon. Plano a plano, nota a nota, son todo ramas que nos impiden ver los árboles que no nos dejarían ver el bosque. Pero la verdad está ahí fuera, como diría otro David.

Sergio Vargas

Grand Piano, de Eugenio Mira (España, 2013) Gala Inauguración

¿Cómo se deja atrás el impacto de una ópera prima tan personal y tan excéntrica como The Birthday (íd.; 2004)? O convirtiéndose en un francotirador –cosa harto difícil en un contexto cultural tan deficitario como el español– o integrándose en el tejido industrial. Eugenio Mira ya lo intentó con la ambiciosa y algo deslavazada Agnosia (2010), pero finalmente lo ha logrado con un proyecto, sobre el papel, menos interesante, como Grand Piano (Id.; 2013) –el guión de Damien Chazelle es, sin duda, poco menos que funcional–, pero en el que ha sido capaz de volcarse a nivel estético y narrativo, construyendo un andamiaje visual tan abrumador que arrolla, y de qué manera, su debilucha premisa. Y es que, a grandes rasgos, el largometraje auspiciado por Rodrigo Cortés y su inseparable Adrián Guerra es un thriller hitchcockiano con una premisa sencillísima, pero Mira relativiza su importancia y se vuelca en la creación de un torrente de sensaciones visuales y sonoras –atención a la ligazón de la banda sonora de Víctor Reyes con las imágenes, con un trabajo de ritmo prodigioso– que recuperan, precisamente, el aspecto más depalmiano de The Birthday. Sus briosos 90 minutos pasan como un suspiro, y establecen una tensión constante que se apoya, es justo señalarlo, en un Elijah Wood brillante, vulnerable y humano, que se complementa a la perfección con el increíble trabajo vocal de un John Cusack que no necesita presencia física para inquietar. Una tremenda demostración de músculo narrativo que vuelca sobre la pantalla, por fin, todo el talento estético del director valenciano.

Tonio L. Alarcón

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Byzantium, de Neil Jordan (Reino Unido, EE.UU., Irlanda, 2012) Sección Oficial Fantàstic Especial

Me imagino a alguien hablándole a Neil Jordan del supuesto nuevo rol de la mujer dentro de la nueva hornada de cine fantástico. También me imagino a ese mismo alguien hablándole de cómo ha cambiado la figura del vampiro desde que dirigió Entrevista con el vampiro y como el responsable de Juego de Lágrimas acabó uniendo las dos ideas en una película por aquello de reverdecer viejos laureles. La unión de una nueva sensibilidad con respecto al género choca diametralmente con su elegante clasicismo y su nula trasgresión hacia las formas. No existe ni una idea original digna de elogio dentro de Byzantium, todo suena a reciclaje de algunas de las últimas películas vampíricas. Quizás lo más destacado es ese cambio de roles de la figura femenina en el subgénero, de personaje secundario únicamente concebible como objeto del deseo femenino a la perfecta encarnación del depredador sexual draculiano que encarna con brutal carnalidad, una espléndida, en todos los aspectos, Gemma Arterton, que sabe como utilizar su sensualidad como arma de locura y perdición para los hombres. El neovampiro como residuo de un fantástico ya extinguido y que sin embargo es incapaz de dejar atrás su legado.

Roberto Morato

Antisocial , de Cody Callahan (Canadá, 2013)

No hay peor forma de fracasar que dejándole claro a todo el mundo que no puedes triunfar ni aunque lo intentes con todas tus fuerzas. Mostrando que tal vez pudieras hacer otra cosa aunque te dejes la piel en no conseguir algo que sientes como “lo tuyo”. Antisocial tiene tanto de gatillazo como de eyaculación precoz, de quiero y no puedo pero es que no puedo, de una buena idea que quizá no era tan buena idea quizá. Porque el debut de Cody Callahan se estrella en sus principios modales y en su reiterativo subrayado en pos de la parábola social y sociológica de baja intensidad y diminuto calado, en sus giros tonales átonos, en un presupuesto moderado e invisible y en un juego de reflejos y pantallas donde la hiperrealidad y, paradójicamente, la falta de verosimilitud nunca llegan a darse la mano de manera efectiva. Una pena porque el punto de partida, cruce divertidamente disparatado entre Cloverfield y Movie 43, cuenta con una, a priori, atractiva mezcolanza de factores que apuntan a algo que nunca llega a darse, por mor de un desarrollo que se revuelca sin rubor ninguno en la obviedad más meridiana y en un discurso que no tiene más argumentos que los esbozado en cuatro verdades intrascendentes (y que ni siquiera son tan verdad). Al final parece arrepentirse y cambia la palabrería y la explicación constante, la moralina de saldo y el mensaje alarmista y perroflaútico anti redes sociales, por una voluntad icónica y de violencia garrula que no llega a dar ni simpatía, ni repelús.

Manuel Ortega