Fiebre del sábado tarde (Saturday Afternoon Fever, 2013)

Como comentábamos en la primera crónica, estamos de vacaciones, pero ayer teníamos una continua sensación de intranquilidad, ya que presentábamos el libro por la tarde y era algo que no se nos iba de la cabeza. Empezamos el día con sesión doble: Magic Magic de Sebastián Silva y The Green Inferno de Eli Roth. Particularmente esta segunda nos devolvía por fin a la realidad de un festival de cine fantástico como mandan los cánones: un festín caníbal divertido y con su pizca de mala leche que nos recordó que aquí, a ser posible, se viene a ver sangre y vísceras y no a señores paseando con un perro por un piso vacío, por muy bien que esté amaestrado el can. Sin embargo The Jungle de Andrew Traucki no consiguió absorbernos como las dos primeras y volvíamos a pensar en esa tarea deseada pero que era a la vez obstáculo para disfrutar apropiadamente del festival. Después de una comida grupal en Big Al’s Burger, una merecida siesta del carnero y un whisky reparador que el cuerpo nos pedía a gritos, Lolo y servidor nos dirigimos a la terraza del Meliá a encontrarnos con el resto de los ponentes. A partir de ahí, todo fue a pedir de boca y ante una carpa FNAC bastante concurrida, Antonio José Navarro habló muy bien de nosotros, por lo cual le estamos muy agradecidos, y después fuimos nosotros los que hablamos de la editorial, del libro, e incluso tuvimos tiempo de recordar a los presentes que cada vez queda menos para precomprarlo con el descuento, que termina el día 15, y tras atender a sus preguntas, nos quitamos ese peso de encima que nos atenazaba para ahora, por fin, con la satisfacción del deber cumplido, poder disfrutar de un festival que acaba de empezar, aunque ayer por la noche nos pareciese que llevábamos aquí una eternidad.

Magic Magic, de Sebastián Silva (Chile, EE.UU., 2013)

Miedo… a saltar desde un acantilado, porque las rocas podrían matarte. Insomnio… cuando has de dormir con desconocidos, porque podrían hacerte algo. Dependencia… de una amiga que dice que va a hacer un examen, aunque la realidad sea bien diferente. Hipnosis… para inducir el sueño, aunque no crea en esas cosas, porque quizá funcione. Enfermedad mental… cuando no hay otra explicación. Chamanismo… cuando no hay otra solución. La última película del chileno Sebastián Silva, director de la magnífica La nana, es todas estas cosas y muchas más. A veces una elipsis en un momento crítico es mejor que mil explicaciones, a veces el final más abrupto deja mejor sabor que el más ansiado. Tan simple como puede parecer la melodía de Cab Calloway que sin embargo es capaz de poner la piel de gallina a Barbara (Catalina Sandino) o como puede serlo el pisco con cola preparado por Brink (un Michael Cera ultra creepy que habla un castellano regulero, mata loros o se disfraza de perro salido cuando esta ebrio), pero que cuando te lo bebes son palabras mayores. Y claro, está Juno Temple, que ya es una habitual de las pantallas de Sitges (Mr. Nobody de Jaco Van Dormael en 2009, Kaboom de Gregg Araki en 2010, Killer Joe de William Friedkin en 2011 y Jack & Diane, de Bradley Rust Grey en 2012), y es gran parte de la magia que esta película desprende, y no solo en su título.

Sergio Vargas

The Green Inferno, de Eli Roth (EE.UU., 2013)

La ideología es algo tan nuestro y tan importante que es tan importante saber tomársela en serio como poder tomársela en broma. Así que no ofende ni quien quiere ni quien puede (vaya mierda de refranero el español) si el espectador es inteligente y sabe tomarse las cosas más a cerebro y corazón que a pecho. Por eso no hay otra manera de disfrutar de la última barrabasada de Eli Roth que con una sonrisa de corteza cerebral a cerebelo. Con su ritmo desigual, con sus actores desubicados, con su discurso desmitificador, con sus des y sus contra, con su sorna y sus espinas, con su gore sin Al y su altivez sin presunción (de inocencia), con su lengua venenosa y sus sabrosos higadillos. Con todo eso y sin algunas cosas de las que parecen fundamentales para una película seria, The Green Inferno es una traviesa expedición, desternillante a ratos, terrible todo el tiempo, que desbroza los prejuicios sobre los prejuicios y desvela que dentro de su gratuidad y su superficial praxis, palpita una humanidad inquieta e inquietante: el cuestionamiento de la propia identidad (la entrada en el grupo activista), del concepto de liderazgo entre los que no se sienten así (todo lo referente al personaje de Alejandro), de la imagen externa de la sexualidad propia (la virginidad candente de Justine), del peso de la conciencia en nuestros actos (el incidente de Amy, los tatuajes y el plato) o del inconformismo conformista de las nuevas generaciones (de los que creen que una manifestación puede ser festiva, cuando es un oxímoron descomunal) apuntan que el trasfondo que intenta (y consigue) imprimir Eli Roth es más complejo de lo que parece querer mostrarnos su aparente simpleza.

Manuel Ortega

sitges02

Blind Detective, de Johnnie To (2012)

El habitualmente interesante Johnnie To tiene una filmografía no sólo extensa (casi 60 películas como director, cerca de 70 como productor) sino harto curiosa por la alternancia tonal entre unos y otros productos o, en otras ocasiones, por la mezcla, precisamente, de comedia y drama policial (más próximo a veces al thriller, otras al género negro). Su trayectoria en los últimos años nos lleva de Sparrow (Man jeuk, 2008), una comedia feliz en torno a un grupo de carteristas, de prodigiosa coreografía, a Venganza (Fuk Sao, 2009) un espectacular y duro noir de aire decadente o Life Without Principle (Dyut men gang, 2011), un agudo collage en torno al impacto de la crisis en una sociedad capitalista a través de las peripecias de un gangster de segunda, una empleada de banca y un policía. En uno u otro ámbito To sabe lucirse, tanto si trabaja en tono ligero como en la severidad de una masacre. En el caso de Blind Detective, sin embargo, busca el tono de una comedia de acción. El problema radica en que se trata de una comedia hongkonesa y aquellos toques de humor bruto al que Hollywood nos puede tener acostumbrados son en estos casos sustituidos por un humor blanco, propia de aquella sociedad. El tono que funcionaba bien en Sparrow o en algunos pasajes de Life Without Principle, con personajes caricaturescos y situaciones grotescas no cuaja en esta cinta, al menos para el espectador occidental. La investigación criminal (brillante la reproducción del asesinato en la morgue o los sucesivos enfrentamientos en la cabaña llena de cadáveres o el restaurante) se resuelve con gran planificación visual. No obstante los pasajes de humor y las escenas románticas lastran en esta ocasión el resultado final y se echa en falta la coreográfica puesta en escena y la rotundidad de sus grandes obras. Puestos a luchar en la oscuridad lucía más la historia contada en Mad Detective (San taam, 2007) dónde el detective protagonista no era ciego sino que, adentrándose progresivamente en la locura, fundía tensión y humor lacerantes.

Antoni Peris

Bad Milo, de Jacob Vaughan (EE.UU., 2013)

Guste o no, el fantástico ha dejado de ser un elemento agresor, está demasiado instaurado en el colectivo popular como para que pueda resultar ofensivo. Los directores más prestigiosos se pasan al género sin que nadie se lleve las manos a la cabeza, los festivales más reputados del mundo programan películas que ahondan en sus registros y nadie duda que se tratan de obras de prestigio. Otro asunto bien diferente es la comedia. La comedia sigue perteneciendo a un tipo de cine herido de muerte por el prestigio público, donde los límites del género los marca la agresión a su audiencia y donde la incomodidad y lo insano han pasado a sustituir al humor cotidiano como símbolos cómicos del nuevo milenio. Quizás por eso, durante este años hemos asistido a una avalancha de comedias que ahondaban en las raíces del terror para dinamitar todos los conceptos y volver a dotar de cierta peligrosidad a las películas. Bad Milo, película del debutante Jacob Vaughn, juega a ser la perfecta pesadilla del hombre middle class. Agobiado por un trabajo que no le lleva a ningún lado, por su total represión social y por sus complejos paternofiliales —abandonado por su padre y se niega a tener un hijo por ese mismo motivo—, su represión acaba evolucionando en una criatura asesina, mezcla de lo cronenbergiano y de las criaturas de películas como Critters o Munchies, que representa el libre albedrío retenido analmente. Una tierna parábola camino del mumblecore — Vaughn es editor habitual de las películas de los hermanos Duplass— que reflexiona sobre la incomunicación de una generación estreñida por su vida diaria y sobre las ansiedades de convertirse en padre. Por si fuera poco, es el primer papel protagonista del siempre brillante Ken Marino —si obviamos claro, la 1º temporada de la delirante webserie Burning Love— y la presencia de la siempre adorable Gillian Jacobs.

Roberto Morato