Domingo sangriento (Tourist, Come to Sitges, 2013)

El nuevo disco del grupo sevillano Pony Bravo, De palmas y cacería, es el ejemplo de que la lucha independiente te pemite poder ser, eso, independiente. Nada de inventos de mierda de políticos (neoliberales, siempre) o de productora pequeña que pertenece a una productora grande que pertenece al diablo que realmente pertenece a dios, que es lo chungo y lo inhumano. Nada de decir de una cosa y hacer la contraria. Nada de sonar fantástico en disco y luego, cuando te has dejado el dinero en el concierto, avisar de que no vas a tocar igual porque no sabes, porque no quieres o porque simplemente ese era el plan desde el principio. No es cuestión de que las canciones sean un producto para ganar dinero, para edificar tu ego o para hacer fiestas con famosos (Mi DNI es la canción más bonita del mundo sobre la prensa musical que es tan parecida a la cinematográfica que hasta yo me puedo permitir hacer una reseña de Pony Bravo para hablar del desastre del Festival de Sitges 2013) Es cuestión de vida o muerte, porque la vida sin levantar la cabeza es demasiado parecida a estar bajo tierra.

No queremos aburrir pero no debemos callar. No sería justo ni una cosa ni la otra. Ni explayarnos sobre el (mal)trato reiterado e injusto que recibimos los acreditados desde alguna alta instancia (la clase obrera del festival, fenomenales como siempre), ni soslayar el tema temerosos de perder unos privilegios inexistentes, pero todo el tiempo presentes dentro de la timorata concepción de la vida y la lucha de mucho de los acreditados por prensa (cosa que también es falsa porque la acreditación se ha convertido en un bono más a un precio razonable para no escribir ni una sola línea, ni decente ni indecente). No sería justo porque nos gusta Pony Bravo y nos gustan nuestros lectores y no queremos aburrirles con el cabreo que sobrevuela estos días nuestras cabezas. Un cabreo por otra parte provocado por no poder cubrir el festival como lo hemos hecho otras veces porque simplemente no se nos deja. Y es una pena, porque nos gusta mucho este festival, porque estábamos muy ilusionados por presentar un libro aquí y porque yo, personalmente, creo que puede que sea la última vez que vengo. Estos tres primeros días han sido definitivos para darme cuenta que a veces cuando vas al circo puedes acabar convirtiéndote en uno más de los payasos. 

Patrick, de Mark Hartley (Australia, 2013)

A veces tenemos tanto respeto por lo que admiramos que acabamos haciéndole un flaco favor mediante la mímesis anacrónica e innecesaria de sus supuestos valores. A veces no sabemos separar nuestra cinefilia del hecho cinematográfico en sí y eso supongo que cuando en lugar de crítico eres director puede llegar a ser más complejo aún. Mark Hartley, amante recalcitrante del cine australiano como postuló en el interesante documental Not Quite Hollywood, esquiva casi todo el tiempo esa sensación aunque a veces no puede (o no quiere, más bien) o se deja llevar por una concepción de clasicismo que le acerca peligrosamente más al pastiche posmoderno que al hálito mítico que aspira conseguir. Si el filme original de Richard Franklin no era tampoco ninguna maravilla, su remake se nos descubre como un festival de lugares comunes muy queridos para los espectadores del cine de terror, con sus mad doctors irritantes, sus enfermeras misteriosas que aparecen por sorpresa con cada giro de cámara, su telequinesis de saldo, el amor fou más allá de los comas y los puntos y comas, la música omnipresente de Pino Donaggio que casi parece una parodia de sus trabajos con Argento, De Palma o Dante y su montaña rusa de agujas hipotérmicas, ojos inyectados, carne quemada y pasiones crudas conservadas en bilis. Todo un mejunje que se salva de ser indigesto por su capacidad para intuir los problemas antes de que se transformen en tara y por un sentido del humor, afortunadamente, desagradable.

Manuel Ortega

The World’s End, de Simon Wright (Reino Unido, 2013)

Vivimos en una sociedad ordenada, normativizada, predefinida… Con gente de primera y segunda clase ( …y hasta de serie Z, claro), arbitrios desproporcionados que favorecen a los que tienen más dinero y unas desigualdades preestablecidas. Nuestro mundo es injusto pero ordenado, alejado de aquellas épocas oscuras del medievo, y sitúa a cada uno dónde (alguien cree que) debe estar… No es, definitivamente, el mundo de libertad que un Rey puede desear. No es el mundo de Gary King, quien en su primera adolescencia soñó con un destino repleto de diversión y aventuras y se topó, de bruces, con un mundo exigente, poco simpático y excluyente. Por ello, veinte años después del colofón con que cerraron su enseñanza básica, un rally por los 12 pubs del pueblo de su infancia, convoca-engaña-lía a sus cuatro compinches para regresar y completar la ruta que la tasa alcohólica limitó  a la mitad. Los colegas, todos ellos asentados con familia y prósperos trabajos, no saben que Gary es ahora un mentiroso compulsivo, alcohólico, yonqui mal rehabilitado y con antecedentes suicidas. Y ninguno de ellos sabrá, hasta la mitad de la cinta, que su ciudad natal es ahora una base para la invasión extraterrestre. Aunque da igual, ellos a la suya, un pub tras otro, trasegando tantas pintas como chupitos posibles quepan en sus gaznates. La última comedia de Edgar Wright cuenta con los cómplices habituales, Simon Pegg y Nick Frost. Estamos por ello ante un hito de una comedia inglesa muy específica, que se constituye en género propio y que bebe tanto  de las fuentes de la comedia gamberra como de las comedias clásicas de la Ealing. Los cuatro amigos, su juventud y su libertad recuperadas parcialmente gracias a las mentiras de Gary y a las que la cerveza ayuda, se enfrentarán, entre despropósitos propios y risas del espectador a su realidad cotidiana, sus insuficiencias y sus frustraciones. La comedia como el mejor vehículo para la crónica social. Rizando el rizo, empinando el codo, apurando la última espuma del vaso, los tambaleantes héroes de Wright y Pegg no huirán. Al contrario, se enfrentarán a los invasores reivindicando su territorio como hacían los protagonistas de Attack the Block. En este caso, además, también reivindicarán su modo de vida, su manera de ser, sus insuficiencias, las miserias que los extraterrestres menosprecian pero que confieren nuestra dolida identidad… El fin del mundo que nos ofrece Wright puede parecer disparatado, absurdo incluso, pero es tan lamentable como humano y coherente.

Antoni Peris

 sitges03

The Battery, de Jeremy Gardner (EE.UU., 2013)

Ben (el propio director del film, Jeremy Gardner) y Mickey (Adam Cronheim) son dos jugadores de béisbol con pinta de modernos de tomo y lomo (barba rollo Bigott el primero y bigotito a lo Hidrogenesse el segundo), que recorren los EE.UU. sin rumbo fijo, en un entorno post-apocalíptico por el que campan los muertos vivientes. Mientras Mickey escucha canciones indie con sus gigantescos auriculares, añora el sexo femenino husmeando en cajones y algo de estabilidad que podría ofrecerles una comunicación de radio desde una “colonia” que sin embargo les indica que no serán bien recibidos, Ben se lo toma de un modo más práctico, el de la supervivencia, sin anhelar imposibles. Gardner consigue sacar partido a lo corto de su presupuesto alargando las canciones y las secuencias intrascendentes con pocos planos y buenos encuadres, y la película tiene detalles interesantes y alguno incluso brillante (p.ej. la masturbación de Mickey en el coche), alternando la escasa acción con lo que puede dar de sí la convivencia de estos dos individuos en medio de un bosque y la eterna confrontación entre los deseos del débil Mickey y la autoridad resignada de Ben, que tampoco es demasiado. 

Sergio Vargas

A Glimpse Inside the Mind of Charles Swann III, de Roman Coppola (EE.UU., 2012)

Si algo puede definir la obra de Roman Coppola es su inextinguible deseo de conseguir que la realidad se convierta en fantasía. Como le pasaba a Giulietta Massina, que soñaba despierta en el cine de Fellini, los personajes de Coppola no dejan de fabular aunque sus ojos permanezcan abiertos. Nada más empezar, el propio cineasta define la identidad de su protagonista, Charles Swann III: una criatura multirreferencial, que tan pronto parece escapada de un guion de Elaine May como nacida bajo los neones de aquella Las Vegas que Francis Coppola filmó en su estudio. Por eso, cada parpadeo al que alude el título del filme resulta una invocación al mismo cine. Mientras la película narra el desenganche sentimental de su personaje, las imágenes escapan hacia un improbable musical, un relato de marionetas, exploits de vaqueros, nazis y mujeres esculturales y animaciones entre el arte pop y el estilo de los Monty Python. Desde CQ, su primer largometraje, Coppola ha aprendido a cambiar la nostalgia de no ser parte de una época por la celebración hedonista de la herencia que esa época nos dejó. Así, mientras Charlie Sheen ensaya pose de granuja crepuscular y repasa sus amoríos y devaneos, Coppola se imagina rodando un improbable melodrama musical en algún decorado perdido de los años ’70. Pura celebración del cine construido a partir del propio cine, donde las imágenes siguen siendo nuestra mejor escuela para aprender el sentido de vivir.

Óscar Brox