De jueves a domingo (Last Days, 2013)

Ha finalizado una decepcionante edición, en muchos aspectos. Mal trato a la prensa (al margen de ir cambiando condiciones y procedimientos sobre la marcha y sin previo aviso —todo muy bien detallado aquí, para quien tenga interés en saber como funcionan las cosas en este festival), que ha derivado en que los fines de semana algunos de nosotros pudiésemos ver dos películas al día con suerte (madrugando para ver la primera a las 8:30), y a partir de las 12 o las 13, dedicarnos a otros menesteres hasta el día siguiente (habiendo pases ininterrumpidos hasta más allá de la medianoche); problemas en las proyecciones (los técnicos, que no se han subsanado con la rapidez que se debería, llegando incluso a suspenderse la proyección de alguna película; los humanos, en ocasiones ni llegaban a resolverse, con el resultado de pases completos en formato erróneo); Y en el plano cinematográfico, por supuesto ha habido títulos de calidad, pero también más morralla que nunca. Títulos muy esperados relegados a horarios imposibles, mientras que otros cuya inclusión tendría díficil justificación en un festival de cine fantástico (no lo olvidemos), podían verse sin necesidad de sacrificar horas de sueño o relax. Todo esto, suponemos, orientado a la consecución del rendimiento económico, el fin lógico, pero en cosas así es donde se ve que es difícil desprenderse de la “marca España”. Los recortes siempre se hacen en la dirección equivocada en este país.

Al final, un palmarés, tan discutible como siempre, aunque eso ocurre aquí y en cualquier festival, y una rueda de prensa en la que se tiraban balones fuera ante las preguntas sobre los temas delicados. Estas son algunas de las cosas que vimos los últimos días aunque, como siempre, haremos una crónica final con el resto de títulos que hemos pasado por alto estos días.

Borgman, de Alex Van Warmerdam (Holanda, 2013)

La cinta ganadora arremete contra la hipocresía de la burguesía en una extraña mezcla que bascula entre la mala leche que destila y la ligereza y facilidad con que se despachan sus argumentos, lo que viene siendo trazos bien gruesos (el chiste acerca de la “protección” de los niños es solo un ejemplo de a qué me refiero). Si se entra en el juego se disfruta moderadamente y si no, se puede abominar de ella, algo que caracteriza a muchos triunfadores, en cualquier aspecto. Es algo parecido a lo que ocurre con las cintas de Haneke, pero en este caso juega un papel enorme a su favor un humor negro bastante bestia del que carece el director austriaco. Inicialmente, el espectador se pone de parte de un grupo de vagabundos, encabezado por Borgman (Jan Vijboet), el protagonista, que sufre en sus carnes la violencia de un descerebrado padre de familia que claramente merece la muerte. Su mujer, un ser bienintencionado y completamente idiota, se encaprichará de Borgman, derivando esto en una serie de actos de maldad, todos ellos propiciados involuntariamente por ella y por la determinación incondicional de este y sus amigos. Así, cuando uno se da cuenta de la maldad carente de escrúpulos y de límites ejercida por este grupo salvaje y pordiosero, es demasiado tarde para replantearse las cosas, y se limita a disfrutar de las fechorías como un placer culpable y necesario.  

Open Grave, de Gonzalo López-Gallego (EE.UU., 2013)

Poco bueno puede decirse de la última propuesta de Gonzalo López-Gallego (Apollo 18, El rey de la montaña), nuevamente realizada al otro lado del charco. La historia de un grupo de individuos que despiertan amnésicos en una fosa común, repletos de dudas y sospechas respecto de sus compañeros forzosos, tiene muchas posibilidades a priori, pero desde el comienzo se viene abajo todo su potencial. El primer defecto importante es la incapacidad para que los personajes puedan generar alguna empatía con el espectador, y el problema, más que en la dirección de actores o en la calidad interpretativa de los mismos, probablemente se halla en un guion defectuoso que los describe a brochazos, pero se despreocupa más adelante de matizar sus construcciones. Más o menos mediado el film se desvela prácticamente todo el misterio, a falta de cerrar algunos flecos totalmente intrascendentes, con lo que el poco interés que se podía haber suscitado hasta entonces se pierde por completo. A partir de aquí, se trata de esperar que se acabe (si mueren todos casi mejor), entre escenas de acción rodadas de forma rutinaria y que no transmiten sensación de peligro (p. ej. el tiroteo en la casa, o la persecución por el bosque a cargo de los infectados que terminan deteniéndose ante los cadáveres ahorcados).  

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The Rambler, de Calvin Reeder (EE.UU., 2013)

La atmósfera onírica que se respira durante el segundo largometraje de Calvin Reeder y que en la última parte puede catalogarse de pesadillesca me trae a la mente films como El carnaval de las almas (Carnival of Souls, 1962, Herk Harvey) o Tránsito (Stay, Marc Forster, 2005), ambas con desenlaces que refrendan lo que uno viene sospechando a tenor de lo observado previamente. Lo que aquí comienza con alguna que otra situación extraña (los primeros planos que explican la entrada, estancia y salida de prisión del protagonista, las extrañas luces del cielo, las “interferencias” en la imagen) empieza a ser demasiado demasiado pronto, y mi educación cinéfila previa ha insistido en que comience a esperar la conclusión donde me expliquen si el protagonista está en coma, ha muerto, o simplemente está soñando, y quizá no disfrutando tanto como debería del camino recorrido por el trotamundos interpretado por Dermot Mulroney que da título al film. Hallazgos magníficos y sorprendentes como el tipo de las momias y sus grabaciones de los sueños, otros divertidos como la partida de póker o los combates de boxeo, y algunos más siniestros como los sucesivos encuentros con la chica interpretada por Lindsay Pulsipher (la bella actriz que protagonizó The Oregonian, el debut de Reeder), en una funesta progresividad de lo romántico a lo gore-terrorífico no las disfruté como se debería, pero según la voy recordando me gusta cada vez más. Quizá habría que hacer más caso a los taxistas, sobre todo si antes han sido paramédicos.

Sergio Vargas

Vulgaria, de Pang Ho-cheung (Hong Kong, 2012)

Se diría que la amenaza constante de Vulgaria (Dai Juk Hei Kek, 2012) de subvertir los límites del humor cinematográfico hongkonés es una reacción de su director, Pang Ho-cheung, a que la censura china calificara su comedia romántica Love in a Puff (Chi Ming Yu Chun Giu, 2010) como Categoría III únicamente por la crudeza de su lenguaje. Y digo amenaza porque, a la hora de la verdad, la supuesta provocación de los gags no resulta ni mucho menos tan transgresora como pretende: ejemplos recientes de la nueva comedia americana –una referencia que no me saco de la manga, pese a que pueda parecerlo, ya que Pang ha trabajado de forma parecida, dejando cancha a sus actores para improvisar sus diálogos– como Los amos del barrio (The Watch; Akiva Schaffer, 2012) o Juerga hasta el fin (This is the End; Evan Goldberg, Seth Rogen, 2013) se atrevían a vulnerar de forma mucho más rotunda los códigos del género. De hecho, ni siquiera es que Vulgaria sea demasiado graciosa, más allá de los chistes metafílmicos que pueblan su metraje, y que resultarán desopilantes para los fanáticos del cine de Hong Kong –otra cosa es que alguien más entienda unas referencias tan localistas–. Curiosamente, funcionan mucho mejor los momentos íntimos y/o emotivos de la historia, quizá por el buen hacer dramático de Chapman To como su sufrido protagonista.

Lesson of the Evil, de Takashi Miike (Japón, 2012)

De alguna manera, Lesson of the Evil viene a completar el cuestionamiento del planteamiento social de la enseñanza secundaria en Japón que Takashi Miike apuntaba en esa especie de trilogía que formaban Crows Zero (Kurozu Zero, 2007) y su secuela, Crows Zero 2 (Kurozu Zero II, 2009), junto a For Love’s Sake (Ai to Makoto, 2012). A través del filtro del thriller de psicópatas y, por supuesto, sin la agresividad ni la visión radicalmente nihilista de All About Lily Chou-chou (Riri Shushu no Subete; Shinju Iwai, 2001) o Confessions (Kokuhaku; Tetsuya Nakashima, 2010), el director traza una imagen en absoluto halagüeña de la sociedad nipona y, de hecho, retrata a los institutos secundarios como nidos de depravación y de corrupción. De la misma manera que no es nada nuevo que Miike alterne un cierto clasicismo formal con sus ya icónicas salidas de madre, tampoco lo son sus arranques moralistas. Su uso de Die Moritat von Mackie Messer, la canción que compusieron Kurt Weill y Bertolt Brecht para su Ópera de tres peniques –más conocida por la versión jazzística de Louis Armstrong y/o Bobby Darin–, es una declaración de intenciones muy clara: como el dramaturgo alemán, Miike convierte al psycho creado por el literato Yusuke Kishi en un antihéroe con la misión de limpiar de escoria su entorno. Lástima que, como le acostumbra a ocurrir, el metraje se le vaya de las manos, y tan sugererente material acabe en un clímax alargado y poco interesante, lleno de altibajos muy graves de ritmo.

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Retornados, de Manuel Carballo (España/Canadá, 2013)

El éxito masivo de producciones como The Walking Dead (íd.; 2010-) o Guerra Mundial Z (World War Z; Marc Forster, 2013) señala el decisivo paso hacia el mainstream que ha dado el mito del zombi. Ya no es cosa de friquis con camisetas negras, pelo largo y fanzine bajo el brazo: se ha convertido en un negocio, así que hasta nuestra abuelas pueden disfrutar (o no) de los muertos vivientes. A ese público, precisamente, se dirige Retornados (The Returned; Manuel Carballo, 2013), que un poco como La resurrección de los muertos (Les revenants; Robin Campillo, 2004), quiere convertir al zombi en metáfora sociopolítica… Pero sin acercarse de forma demasiado explícita a él. Marcando distancias. Lo que podría haber sido interesante si Hatem Khraiche hubiera tenido claro qué es lo que quería contar —pasa de la metáfora del racismo a la del SIDA, por el thriller y por la historia apocalíptica—, en lugar de intentar todos los palos posibles sin decidirse muy bien por ninguno. Algo similar a la labor de Carballo detrás de las cámaras, tan aséptica como en sus anteriores colaboraciones con Filmax, y que a pesar de su corrección —hace un uso interesante de los planos secuencia de seguimiento— no logra transmitir ni un ápice de tensión ni, lo que es peor, de emoción hacia lo que le ocurre a sus protagonistas. En lo que quizás tiene que ver la sensación de producto derivativo, falto de personalidad, que transmite, incluido determinado giro que se parece mucho, quizás demasiado, a La niebla (The Mist; Frank Darabont, 2007).

Tonio L. Alarcón

Europa Report, de Sebastián Cordero (EE.UU., 2013)

Viendo este quinto largometraje del ecuatoriano Sebastián Cordero, primero que rueda en inglés, a uno le venía continuamente a la memoria Apollo 18, programada en Sitges 2011, que corrió también a cargo de un extranjero, el español Gonzalo López-Gallego, contratado para dirigir un relato formulaico que mezclaba como Europa Report la ciencia-ficción y el metraje encontrado. Se cuenta que López-Gallego llegó a Apollo 18 con la producción ya iniciada, y que poco pudo hacer con el execrable guión de un tal Brian Miller más allá de jugar con las texturas de la imagen. Como resultado, su película devenía una basura atmosférica en la línea de Atrapados en Chernobyl (2012); una historieta de Creepy tan simpática como reciclable. Sebastián Cordero, en cambio, parece haber tenido demasiado tiempo a su disposición, se ha tomado muy en serio la odisea de una primera expedición privada y multinacional al satélite de Júpiter que da título al film, escrita por el asimismo ignoto Philip Gelatt. Ello le ha procurado la presencia de actores como Embeth Davidtz, Sharlto Copley y Michael Nyqvist, rendidos previsiblemente a la verosimilitud, el detallismo y la compostura de la producción. Características que a la postre solo provocan el aburrimiento, más cuando uno se da cuenta de que Europa Report juega, sin dar siquiera pábulo a los sustos o el juego con nuestras expectativas, a lo que cualquier muestra vulgar de found footage: A crispar la paciencia del espectador hasta llegar a un final apoteósico, inaprensible por la cámara y por ello doblemente aterrador, que en este caso solo provoca indiferencia.

Diego Salgado

Much Ado About Nothing, de Joss Whedon (EE.UU., 2012)

Hay que aceptar que éste Mucho ruído para pocas nueces cumple, plenamente, con su título, por la vacuidad de la propuesta, más allá de la belleza e ingenio de los inmortales versos. Cuando Kenneth Branagh empezó a dedicarse a versionar a Shakespeare, todos miramos atrás para comparar sus obras con las canónicas creaciones de Laurence Olivier, considerado hasta entonces (con el permiso de Orson Welles y Akira Kurosawa) el referente máximo del bardo a nivel cinematográfico. En la actualidad tenemos que mirar a Branagh antes de valorar cualquier nueva versión de las inmortales obras. Y, si comparamos la versión de Whedon con la ahora canónica de Branagh, veremos que la nueva opción se revela absolutamente silenciosa. Hay varias versiones televisivas de la obra y tal vez sería más interesante buscar alguna de ellas porque la opción de situar la historia a nivel contemporáneo y rodarla en blanco y negro no aporta nada nuevo a la propuesta. Puestos a aggiornamentos o originalidades me quedo con la versión musical de Trabajos de amor perdidos (Love Labour’s Lost, K. Branagh, 2000), una obra plenamente dinámica e innovadora, más allá de un argumento discutible. Rezan las notas de producción que esta nueva versión se rodó en 12 días en le domicilio de Whedon mientras se dedicaba a filmar Los Vengadores (The Avengers, 2012), y se nota, porque parece realizada en piloto automático. Tal vez, de pretender originalidad, podría haberse rodado, como Roger Corman habría hecho, en los escenarios de Los vengadores en los descansos del rodaje de la superproducción. Un Shakespeare habitado por Hulk, el Capitán América, Ironman y Thor,habría sido un producto agradablemente ruidoso.

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La fille de nulle part, de Jean Claude Brisseau (Francia, 2012)

Entre 1999 y 2002 Jean Claude Brisseau preparó su nuevo proyecto, Choses secretes, a raíz del cual fue condenado a un año de cárcel y penalización económica por acosador de las aspirantes a actriz a quienes sometió a pruebas de casting que incluían desnudos y actos eróticos. Tuvo el valor (o la desfachatez) de reflejar la experiencia en Les anges exterminateurs (2006), cinta que vimos hace un par de años en Sitges y que desconcertó por la confusión (buscada) que se establecía entre realidad e imaginación, entre verdad y mentira, entre biografía y cine; una experiencia tan atractiva como gratuita, tan exhibicionista (en todo sentido) como rompedora. La fille de nulle part (2012) nos sitúa de nuevo en el desconcierto aunque la propuesta sea ahora más modesta y, a mi parecer, más simpática. Un profesor de matemáticas jubilado y viudo (el propio Brisseau) acoge en su apartamento a una joven maltratada. A partir de su llegada al piso, se producen extraños fenómenos y aparecen espectros y fantasmas de apariencia un tanto ridícula, mientras Brisseau y la joven establecen una relación que progresivamente pasa de distante a cordial y, finalmente, a paternal. Brisseau trabaja una historia sobrenatural con extrema naturalidad y salpica, aquí y allá, leves toques eróticos, evitando llevar más allá las situaciones, tentando al espectador con su propia imaginación y dejándole en una suerte de coitus intrruptus mental. Moviéndose en un terreno próximo a Manoel de Oliveira y a Raul Ruiz, Brisseau deja sinnúmero de detalles por explicar pero sin embargo, por ello mismo, crea cierta poética en torno a los personajes y a tan incierta historia. La sucesiva irrupción de lo fantástico, asimilado por el protagonista casi con indiferencia, determina de manera sutil una evolución en su camino vital que Brisseau, director, recoge con sutileza y ternura. 

Antoni Peris

V/H/S 2, de VV.AA. (EE.UU., 2013)

Si por algo destacaba V/H/S era más por sus formas rupturistas y transgresoras para con la nostalgia que por su carácter de recopilatorio general. La simulación y embrutecimiento de la imagen analógica en plena era digital suponía una agresión directa tanto al pasado como al presente. Ese espíritu de desobediencia audiovisual desaparece por completo en esta secuela. El quebrantamiento de la imagen es sustituido por una estandarización de la misma, por la asimilación de un concepto del mainstream donde cada segmento no es una revolución contra sí mismo, sino un simple ejercicio de estilo en plena era digital. Así, el corto de Adam Wingard acaba siendo la actualización 2.0 de la clásica historia de órganos prestados, tan tópica en fondo como en forma o Ride in the Park, el segmento de Gregg Hale o Eduardo Sánchez no es más que una plasmación de una narración POV con el elemento zombie de fondo. Algo más atención merece Safe Heaven, el corto de Evans/Tjahjanto por como es capaz de plasmar el Apocalipsis empezando por una concepción mínima y por su narración on rails, que la emparenta tanto con el mundo del videojuego, como con la sempiterna mención al tren de la bruja. Nuevamente, su condición de puro ejercicio de estilo vuelve a jugar en su contra. Slumber Party Massacre, la pequeña obra de Jason Eisener sí que responde a los prefectos que convirtieron a la primera película en una pequeña revolución dentro del subgénero found footage. Nuevamente, se produce una agresión contra el pasado, utilizando el formato de las home movies domésticas para matar la nostalgia de las películas de la factoría Amblin retorciendo sus códigos más reconocibles.

Roberto Morato

Dragon Ball Z: Battle of Gods, de Masahiro Hosoda (Japón, 2012)

Han pasado diecisiete años sin que llegara a las grandes pantallas un OVA de Dragon Ball, y bastante más tiempo desde la última vez en que el desbordante ingenio de Akira Toriyama diera vida a las aventuras de Goku y compañía. Y lo mejor de todo es que, frente a cualquier expectativa, Masahiro Hosoda –director de la serie anime–, el autor del libreto Yūsuke Watanabe y el propio Toriyama rehúyen cualquier intencionalidad nostálgica –los protagonistas son presentados con una naturalidad banal–, aun cuando convocan a un puñado de personajes que llevábamos años sin ver, como el pérfido Pilaf y su patética tropa. Quienes esperen reencontrar la épica hipertrofiada de Dragon Ball Z: El regreso de Broly (Doragon Bôru Z 10: Kiken na futari! Sûpâ senshi wa nemurenai, Shigeyasu Yamauchi) o el sentimentalismo de Dragon Ball: El episodio de Bardock (Doragon Bôru: Episôdo obu Bâdakku, Yoshihiro Ueda, 2011) se toparán con un desconcertante trabajo que bordea el autotrolleo. Pese a relatar el enfrentamiento cósmico entre uno de los dioses de la destrucción y el Dios Super Saiyan, la gran batalla tiene lugar durante el cumpleaños de Bulma en un ambiente familiar y hasta casposo –con bingo y karaoke de por medio– que nos remite, en su gozosa chabacanería, a la eternamente reivindicable Doctor Slump. Toriyama va tumbando a manotazo limpio toda la iconografía de Dragon Ball sin perdonar un alma –atención a ese Gohan que ha degenerado en vulgar mago de barrio–, pervirtiendo el carácter de los dos héroes más emblemáticos: el purísimo Goku revela el egoísmo que subyace a su afán de superación y Vegeta se humilla –e incluso reniega de vengar una vieja ofensa familiar– para salvarles el pescuezo a los suyos. De entre sus muchos méritos, sobresale el villano de turno, Bils, un simpático pero algo irascible felino que termina siendo el alma de la fiesta, capaz de aniquilar un planeta porque alguien lo interrumpe cuando intentaba saborear un bizcocho. Mucho mejor construida de lo que se viene diciendo –su narrativa parodia muy eficientemente el ramplón esquematismo que fue tomando el control de la serie–, La batalla de los dioses es el cruel –y divertidísimo– ajuste de cuentas creativo de un autor con su obra, aunque el bonito mensaje final dulcifique las conclusiones.

Ignacio P. Rico