Días 15 y 16 de noviembre

Un año más volvemos a uno de los certámenes cinematográficos más emblemáticos, a nivel nacional e internacional, entre los que tienen lugar en suelo español. Va quedando atrás en el tiempo —pese a que el litigio entre José Luis Cienfuegos y el festival siga abierto— la animadversión virulenta que se mascaba en el aire durante la pasada edición, y da la sensación de que Nacho Carballo y su equipo están consolidando la nueva dirección (continuista solo hasta cierto punto) que va tomando el FICX, por más que —y como comentaré en algún momento a lo largo de estas crónicas— pensemos que la Sección Oficial, carnet de identidad del festival, necesita determinar su rumbo con una precisión mayor. Una sección renovada y otra completamente nueva aparecen en el radar, Géneros mutantes —muestrario de películas enmarcadas en el cine de terror y en el fantástico que comparten entre sí una cierta audacia formal— y FICXLAB —co-producido por LABoral Centro de Arte y Creación Industrial—, dedicada al cine experimental y al vídeo-arte. Por otro lado, AnimaFICX vuelve a hacer gala de una jugosa selección de títulos que presta atención tanto a la animación de género como a proyectos de carácter difícilmente clasificable, erigiéndose en una de las pocas ventanas en nuestro país por la que los espectadores puedan asomarse y acceder a una heterogénea selección de filmes animados de todo el planeta. Dejamos a un lado, por razones de tiempo y espacio, las dos maravillosas retrospectivas programadas, la primera de ellas dedicada al ya fundamental Hong Sagn-soo y la segunda a un maestro secreto de la historia del cine animado, Jean François Laguionie, que el año pasado presentó la bellísima Le Tableau. Creemos que, como mínimo, era justo mencionarlas.

Tras su discreto paso por Venecia, inaugura fuera de competición la Sección Oficial de Largometrajes la última película de Patrice Leconte, A Promise. Y lo cierto es que, pese a las antipatías que ha venido despertando, nos hallamos ante un esmerado trabajo tan solo convencional en apariencia. A la hora de articular en una narración la novela de Stefan Zweig en que se inspira, Leconte opta por la recurrencia a la elipsis y a la escisión del relato en evocativas set-pieces que ilustran con sensibilidad el amor escondido y el deseo soterrado de los dos amantes. En una historia sobre la Historia, acerca de los cambios sociales que se dieron en Europa durante las primeras décadas del siglo XX y que incide en una melancólica reflexión en torno a la manera en que el tiempo fagocita nuestro presente hasta hacer de él un islote remoto y añorado, el realizador —siempre sugerente— intercala secuencias estilizadas, construidas bajo el influjo de los reprimidos anhelos de los personajes que interpretan Rebecca Hall, Richard Madden y Alan Rickman, con otras donde el encuadre parece inquieto, se mueve reajustándose a los acontecimientos expuestos, como si así Leconte estableciera una fractura entre su mirada sobre los personajes y el ensimismamiento de los mismos.

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La Sección Oficial prosigue con dos filmes europeos de muy desigual calidad. Henri, de Yolande Moreau, es temible desde la sinopsis: la historia de amistad entre una joven con deficiencia mental y un hombre que acaba de enviudar y, para colmo, sufre de alcoholismo. Un drama formalmente paupérrimo, temáticamente vaporoso, inane intentona de película-diagnóstico que posa su estrábica mirada sobre la amistad, la familia, la alienación afectiva en la sociedad actual, etc., para divagar con llaneza sin llegar a ningún puerto. Bien distinto es el caso de la polaca Ida, de Pawel Pawlikowski —aquí tampoco faltan la familia desmembrada y los individuos existencialmente desorientados, temas capitales en nuestro tiempo—, que se sirve del itinerario de una novicia polaca que durante los años ’60 descubre su origen judío para proponer una honda meditación acerca de la necesidad de configurar coherentemente el relato de la propia identidad —individual e histórica— con el fin de entendernos mejor a nosotros mismos y al mundo que habitamos. La propuesta se decanta por una puesta en escena bellamente fotografiada en blanco y negro, estática, y no es hasta los dos últimos planos que la rígida planificación, que pareciera encapsular a las dos protagonistas —la joven Ida y su tía, una juez del régimen comunista— en esa Polonia incapaz de lidiar con sus traumas, se hace añicos abriendo paso a dos luminosos travellings cargados de sentido. Bajo la lacónica apariencia de Ida se agazapa una negrísima y cruel comedia que imprime su mirada irónica sobre quienes protagonizan el filme.

De la sección Géneros Mutantes hemos podido disfrutar de dos propuestas, ambas estimulantes y ambas proyectadas en Sitges, la primera el año pasado y la segunda durante la edición más reciente. Antiviral, ópera prima de Brandon Cronenberg, hace gala de un tono aséptico y un carácter áspero y hermético para trazar los contornos de una distopía en la que los seres humanos pueden comprar las enfermedades que sufren las celebridades a quienes admiran e introducirlas en su cuerpo para sentirse como ellas. Escalofriante parábola —no muy distante en su discurso a lo propuesto por Sofia Coppola con The Bling Ring— de tiempos donde la experiencia ya no se vive, sino que se consume, la enfermedad aparece literalmente como nexo físico y espiritual con las estrellas más lumionosas del olimpo económico-cultural —términos hoy día indisociables—. Y tampoco sería conveniente eludir las persistentes agresiones al legado de David Cronenberg que nos reservan sus imágenes. Vincenzo Natali, responsable por su parte de las míticas Cube y Cypher, lleva ya unos años sufriendo la recelosa desconfianza de quienes encumbraron —acaso en exceso— sus primeros trabajos. Haunter no teme el bochorno y se entrega felizmente a la locura creciente de una historia que, jugando con elementos bastante tradicionales de las películas de casas encantadas, hace gala de un sorprendente arsenal retórico en el que no faltan los bucles narrativos o la coexistencia de distintas dimensiones espacio-temporales. Lecturas de tipo existencial aparte, en sus imágenes se dan cita la esencial Otra vuelta de tuerca de Henry James, Pesadilla en Elm Street, El resplandor o The Lovely Bones, derivándose de todo lo comentado un trabajo que bordea lo cochambroso despreocupadamente y que resulta, al fin y al cabo, divertido y más que estimable. 

La primera película de AnimaFICX a la que pudimos asistir fue la canadiense The Legend of Sarila, de la primeriza Nancy Savard, y que no disimula su adscripción —rozando la mímesis— al cine de animación de género desarrollado en el país vecino por Dreamworks y, especialmente, Blue Sky Studios. Un producto protagonizado por tres jóvenes esquimales que deben recuperar el favor de su diosa madre para que los habitantes de la aldea no mueran de inanición, pues los animales que antes campaban por la zona han desaparecido. El trío protagonista, entre los que se encuentra una muchacha nada tradicionalista, un cazador que heredará el mando de la tribu y un muchacho con extraños poderes, viaja a la mítica tierra de Sarila en busca de alimentos. Sin embargo, el pérfido y corrupto chamán del pueblo, Crulik, no cejará en su empeño de hacer fracasar la heroica gesta, utilizando todas sus malas artes para destruir a los viajeros. El problema de este mediocre trabajo no es tanto su deficiente apartado técnico, sino su absoluta torpeza para narrar con solidez una fábula de raigambre clásica, la sosería de la aventura —a lo largo y ancho de un escenario helado y prácticamente vacío, ¡ni siquiera evoca un paisaje polar!— y la sensación de que el estudio responsable se ha subido al carro de este tipo de animación algo tarde. Ni gota de virtuiosismo, y ni siquiera corrección, en hora y media de metraje. Una inclusión incomprensible en una sección plena de títulos a priori atractivos. Por eso mismo, uno agradece toparse acto seguido con Ma maman est en Amérique, ella a recontré Buffalo Bill, traslación de la novela gráfica homónima de Jean Renaud y Emile Bravo a cargo de Marc Boréal y Thibaut Chatel. Jean, un crío de cuatro años, comienza las clases en un colegio nuevo y se enfrenta, a través de la imaginación, a su orfandadad maternal para poder sentirse normal en su día a día escolar entre los compañeros de clase. Correctísimamente animada, su principal mérito reside en plantear una aproximación a la infancia que no elude la crueldad —tanto más cruda por lo ciega que resulta— de los niños a la hora de relacionarse con sus semejantes. Prima, eso sí, la ternura, si bien la tristeza atraviesa la narración de principio a fin. Un conjunto simpatiquísimo en su asumida sencillez, que habla sobre la necesidad, a la hora de madurar, de aceptar las verdades más amargas renunciando a la fabulación escapista.

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Concluimos esta primera crónica con la última película de Ari Folman, The Congress, también exhibida en AnimaFICX y, a nuestro parecer, lo mejor que hemos podido ver en estos dos primeros días de festival. Robin Wright se interpreta a sí misma: una actriz que, pasados los cuarenta años, ha vivido el declive cada vez más acentuado de una prometedora carrera. Así arranca este filme agotador y de inabarcable riqueza conceptual, con un intempestivo primer plano de Wright que va alejándose progresivamente de su rostro mientras escuchamos el rapapolvo que le está cayendo por parte de su agente. Es en esos momentos cuando llega una oferta inusual que puede rescatarla del relativo olvido en que ha caído y, de paso, devolverle la añorada juventud en un Hollywood alérgico a las arrugas y a los rigores estéticos de la edad. Ante ella se abre la posibilidad de vender su imagen digital a Miramount Studios, con la condición de no volver a interpretar ningún personaje durante el resto de su vida. Tras la algo sobrevalorada Vals con Bashir, Folman firma una obra maestra visualmente deslumbrante que mezcla imagen real y animación, de inagotable inventiva cromática y formal, que no es sino un diagnóstico del porvenir del audiovisual audiovisual, donde la fisicidad es sacrificada en el altar de lo virtual, el trabajo creativo es reemplazado por una mera operación de diseño industrial, y el cine, arte que, como tal, nos permite mediar con la realidad sin renunciar a ella, muta en una experiencia vertiginosa, inmersiva, irreflexiva, que nos envuelve hasta instituir una nueva forma de percibir lo cotidiano, reformulando el estatuto de lo real, anestesiándonos hasta hacernos incapaces de sentir el alcance de las tragedias individuales y colectivas que tienen lugar a nuestro alrededor. Inspirada en El Congreso de Futurología de Stanislav Lem, The Congress no es nostálgica, sino melancólica. Un cine que no reivindica el valor del mundo que perdemos sino el horror de la dictadura corporativa que se avecina.