Días 20 y 21 de noviembre

Con esta entrega concluyen nuestras crónicas de la edición más reciente del Festival Internacional de Cine de Gijón. Lamentamos que algunas limitaciones de tiempo nos hayan impedido quedarnos hasta el último día del certamen, perdiéndonos películas a priori tan prometedoras como Història de la meva mort (Albert Serra, 2013), Les Apaches (Thierry de Peretti, 2013), Blue Ruin (Jeremy Saulnier, 2013), Jasmine (Alain Ughetto, 2013), Floating Skycrapers (Plynace wiezowce, Tomasz Wasilewski, 2013), My Sweet Pepperland (Hiner Saleem, 2013), Kuro (Hanare Banareni, Daisuke Shimote, 2012) o el filme de clausura, Our Sunhi (Woori Sunhee, Hong Sang-soo, 2013). Sin embargo, las treinta películas a las que hemos tenido acceso corroboran que el FICX de Carballo y su equipo es un certamen serio y de calidad, que ya va tomando una forma concreta, más allá de que a uno le pueda gustar más o menos su apuesta por un «cine de autor para todos los públicos». El premio a Mejor Película recibido por Ida —que además fue premiada por su actriz protagonista (Agata Kulesza), guión y dirección artística— puede darnos una engañosa sensación de continuismo, teniendo en cuenta que el realizador polaco Pawel Pawlikowski ya se había hecho con el galardón principal trece años atrás con Last Resort (2000) y que había competido en la Sección Oficial, en el último año de Cienfuegos como director, con La mujer del quinto (La femme du véme, 2011). Nada más lejos: este es otro Gijón, con una identidad propia, al margen de las preferencias festivaleras de cada cual. Son las secciones paralelas las que dan lugar al malabarismo formal y la experimentación. Por otro lado, creemos que aún hay cierto carácter vaporoso a la hora de definir categorías, y nos sorprende, por ejemplo, encontrar en una misma sección un dramón social, una comedia costumbrista y una obra de género puro. Se requiere, pienso, una mayor firmeza cuando se trata delimitar fronteras. Pero, en fin, celebramos el muy decente nivel general de los títulos proyectados y agradecemos la consolidación de la ya imprescindible AnimaFICX, la redefinición de Géneros Mutantes y la creación de FICXLAB.

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Comenzamos con More than Honey (Gran Angular Documental), el último trabajo de uno de los cineastas estrella del cine sueco, Marcus Imhoof. Se trata de una película que fácilmente podríamos adscribir a la actual moda de documentales de corte ecologista que denuncian la vil explotación de la naturaleza, incluyendo el maltrato a otras especies de seres vivos. En este caso, Imhoof —nieto de un apicultor— nos habla del exterminio a gran escala de las abejas, disecciona las causas de tan dramática tragedia y determina las atroces consecuencias que podría traernos la desaparición del insecto. No hay excesivos alicientes cinematográficos, pese a que el documento, a nivel informativo, es excelso. El toque de distinción lo aporta el tono melancólico y confesional de la voz en off, distante de la asepsia habitual en este tipo de productos. Pero destacamos, por encima de todos sus méritos, sus prodigios tecnológicos, que permiten que la experiencia tenga un carácter inmersivo inusual, presentando, a través de un laborioso y fascinante trabajo técnico, primeros planos de las abejas en plena interacción con sus congéneres o en pleno vuelo. No hay ninguna nota optimista que suavice las conclusiones, como ocurría en la reciente Blackfish (Gabriela Cowperthwaite, 2012), y concluido el metraje, nos quedamos a solas con nuestra consternación. Cualquiera podría decir —y no sin razón— que en estas producciones tan en boga hay no poco de oportunismo, pero al margen de ello, no dejan de ser sintomáticas de un estado de las cosas verdaderamente preocupante.

La última sesión de la Sección Oficial a la que asistí fue, probablemente, la más estimulante de todas. El pasado reafirma a Asghar Farhadi —ahora radicado en Francia— como maestro absoluto de las técnicas de la narración: un intenso drama familiar donde los engranajes del relato responden a los del thriller de raigambre hitchcockiana. Desde Dancing in the Dust (Raghs dar ghobar, 2003) hasta el título que nos ocupa, pasando por obras tan notables como Fireworks Wednesday (Chaharshanbe-soori, 2006), A propósito de Elly (Darbareye Elly, 2009) y Nader y Simin: una separación (Jodaeiye Nader az Simin, 2011), Farhadi ha ido trabajando cada vez con mayor sofisticación en el dispositivo fílmico, incluyendo película tras película una cantidad creciente de elementos narrativos; algo que, no obstante, jamás ha jugado en contra de la robusta cohesión de sus guiones. En El pasado, el peso sobre las imágenes de lo ausente se deja sentir más que en ninguna obra previa del director. La trama arranca con un proceso de divorcio que supondrá, en teoría, el definitivo punto y final para una relación y el comienzo de un nuevo matrimonio; de pronto, por supuesto, empiezan a aflorar oscuros secretos, enigmas a medio resolver, mentiras a medias y verdades parciales. Tensiones, como es habitual en Farhadi, generacionales, de género y de clase, disimuladas en un principio por un barniz de aparente estabilidad. Y aunque los matices interpretativos del sensacional plantel de actores obtengan un gran peso dramático, es en una puesta en escena de obsesiva precisión donde reside el secreto de la enorme fuerza expresiva de la película. La presencia fantasmática del fuera de campo flota en los pasillos de la moderna casa familiar donde se desarrolla buena parte del relato hasta hacerse ineludible y asfixiante para todos, a un lado y otro de la pantalla. El plano con el que cierra El pasado es, sin lugar a dudas, uno de los más bellos y elocuentes de este año cinematográfico.

En la sección Gran Angular, que ha recogido algunos de los títulos más suculentos del último Festival Internacional de Cine de San Sebastián, nos hemos topado con Pelo malo de Mariana Rondón, ganadora nada más y nada menos que la Concha de Oro a Mejor Película. Muy en sintonía con los gustos y preferencias del público más afín al certamen donostiarra, la cinta venezolana ofrece un drama social que es hiriente solo hasta cierto punto y sórdido hasta donde el buen gusto lo permite. No faltan, por un lado, el determinismo autocomplaciente que pareciera conducir a los personajes irrevocablemente a la derrota, ni tampoco el presunto tratamiento naturalista del conflicto, traducido aquí en el uso de la cámara en mano y en una narrativa amorfa que funciona a base de vaivenes. Esto último entra en contradicción con lo ofrece Pelo malo, que en realidad es un producto muy pensado, sembrado de metáforas visuales evidentes que determinan el sentido que el espectador debe otorgar a las imágenes. La disfuncionalidad del conjunto viene dada, precisamente, por la colisión entre un realismo únicamente aparente y el control férreo sobre la significación de lo expuesto.

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Continuamos explorando AnimaFICX con tres películas que manifiestan concepciones del cine animado muy distintas entre sí. La brasileña Uma história de amor e fúria, galardonada con el premio a la Mejor Película en el Festival de Annecy, es una lírica y violenta travesía por la historia de la nación americana que comienza con la llegada de los europeos a América del Sur y culmina en un distópico año 2096. El hilo conductor es la biografía de un inmortal que, de tragedia en tragedia, viaja por el tiempo para encontrarse con las sucesivas reencarnaciones de su alma gemela. La fusión entre estilización y costumbrismo en la animación da lugar a un puñado de bellas secuencias que basculan entre una inusual agresividad y un calmo lirismo. Sin embargo, al director Luiz Bolognesi no lo ayuda su maniquea mirada sobre la Historia, que reduce los conflictos sociopolíticos de cada época a una batalla, cíclicamente repetida, entre malhechores y héroes. Aun así, cabe destacar la inventiva visual y el fragor de aquellos instantes en los que las imágenes alzan el vuelo, lejos de los rieles narrativos… Yasuhiro Yoshiura, que ha firmado animes de culto como Pale Cocoon (2006) o Time of Eve (2008), presenta Patema Inverted, secuela de la webserie Patema Inverted: Beginning of the Day. Pese a que la película parte de una original y poética idea —la historia de amor entre dos jóvenes pertenecientes a mundos diferentes y sometidos a leyes gravitatorias opuestas—, desaprovecha alarmantemente la posibilidad de indagar en el a priori riquísimo universo recreado. El resultado no es desdeñable, ni mucho menos —especialmente por su florida imaginería audiovisual—, pero casi toda su enjundia se concentra en la premisa. Mucho más potente es el último trabajo de Yeun Sang-ho, cuya descarnada y cruenta ópera prima The King of Pigs (2011) le dio un prestigio destacable en el circuito de festivales de qualité tras ser proyectada en Cannes. The Fake es un thriller expresionista y retorcido cuyo salvajismo sin concesiones no deja asidero emocional para el espectador. En un primer momento, uno podría pensar que este cineasta-francotirador ha puesto su punto de mira sobre algunas sombrías ramificaciones del movimiento evangélico —que tanto proliferan en Corea del Sur—, pero el alcance de su rabioso discurso cruza las lindes de lo metafísico. Así, este segundo proyecto de Sang-ho se erige en un filme incómodo, atravesado por una honda amargura existencial, cuyo único problema serio es una cierta dispersión narrativa que ya nos resulta familiar cuando abordamos una película surcoreana.

También encontramos largos segmentos animados en An Oversimplification of her Beauty (Límites), primer largometraje del músico y artista visual Terence Nance, una pieza indie francamente imaginativa, brillante y vigorosa; implacable y sensible trabajo que se cuestiona obsesivamente dónde radica la esencia de lo amado y qué es lo que añoramos de la otra persona cuando una relación de pareja acaba. Lo mejor del conjunto está en la mutabilidad formal de un trabajo en permanente reinvención, capaz de aunar las estrategias retóricas de la performance, el experimentalismo anarrativo, las epístolas audiovisuales, la meditación metacinematográfica y el reportaje testimonial; en sus hermosos últimos compases, asistimos a un (des)encuentro entre el cine y la vida. Nance piensa y medita los sentimientos, lejos de limitarse a escenificarlos, apoyándose para ello en modelos humanos que no son sino versiones simplificadas de aquello que somos, de aquello que deseamos.