Existe una tipología de obseso muy particular asociada a la información sobre cine: nos referimos a aquellas personas que siguen metódica y concienzudamente los festivales de cine con más solera, como Cannes, Venecia o Berlín. Consultan diversas fuentes, casi como si estuvieran allí, chequeando los horarios, a la caza de la joya en la que muy pocos han reparado, y luego hablan de las películas como si las hubieran visto aunque, en algunos casos, aun tendrán que pasar unos cuantos meses para que tales filmes lleguen a la cartelera, al festival más próximo o a la página de descargas predilecta (sic). La décima edición del Festival de Cine Europeo de Sevilla, segunda que conduce el equipo liderado por José Luis Cienfuegos, era un destino suculento para todo obseso de los festivales que se preciara, ya que contaba en su programación con algunas de las películas más esperadas del año: lo nuevo de autores como James Gray, Tsai Ming-liang o Claire Denis, por citar sólo a tres; hits indiscutibles de la temporada como El desconocido del lago de Alain Guiraudie, El futuro de Luis López Carrasco o el espléndido documental de Joaquim Pinto E agora? Lembra-me; una jugosa retrospectiva de lo mejor del cine portugués de los últimos años y un largo etcétera… hacia allí, pues, nos desplazamos un sevillano afincado en Barcelona y un catalán a menudo exiliado en algún lugar remoto de su propia cabeza. Los textos que siguen son el reflejo más fidedigno posible de nuestros días de procesiones cinéfilas sevillanas, de Plaza de Armas a la Alameda y viceversa.

El futuro (José Luis López Carrasco)

En las postrimerías de esta misteriosa elegía por la España moderna que es El futuro, primer largometraje de Luis López Carrasco, miembro del colectivo Los Hijos, vemos como unos agujeros negros amenazan con engullir las imágenes, cada vez más fugaces y descompuestas. Esa fiesta que se supone celebra la victoria socialista del 82 navega hacia un vórtice, o se está celebrando ya en el vórtice, en la zona muerta, y tras unos cuarenta minutos durante los que ningún plano sobresale o se diferencia apenas de otro, aunque en algunos oigamos conversaciones y en otros no, la narración empezará a diluirse, a resquebrajarse, a perderse. Como se pierden las ilusiones, o como cuando en la radio del coche la emisora que tenemos sintonizada empieza a hacer interferencias. Sabemos que el director de esta película es López Carrasco y que hay un equipo técnico que la ha hecho posible. Pero cabe preguntarse de quién es el ojo que mira, quién es el narrador de esta obra no-narrativa: quizá son esos padres a los que está dedicado el filme y que, cuando terminó la fiesta bajaron de nuevo a la calle y percibieron que todo seguía ahí, en la cuerda floja, y cerraron los ojos y por un momento anhelaron algo sensiblemente distinto, algo que se notara de veras. El futuro es una película hermosa, de la que algunos han dicho que se nota un poco la pose, otros dicen que no es para tanto. Yo no sé cuál es esa pose que se nota ni si es un notable o un sobresaliente, pero desde luego el debut de López Carrasco se te queda dando vueltas en la cabeza.

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Un ramo de cactus (Pablo Llorca)

Pablo Llorca sigue tomándole el pulso a la España de hoy (que en unos cuantos aspectos sigue siendo la de ayer y la de hace treinta años) con Un ramo de cactus, segunda entrega de una trilogía que el cineasta madrileño abrió el año pasado con el estimulante thriller cotidiano Recoletos (arriba y abajo) y terminará en 2014 con una película ya en proceso de producción. Igual que en su anterior filme, y en sintonía con los tiempos que corren, Llorca hace de la austeridad su razón de ser: el suyo es un filme barato y tosco, en el que lo cinematográfico está depurado al máximo para que el relato se abra paso sin dificultad alguna. El protagonista es aquí Alfonso, un hombre que trata de vivir en base a sus principios y a un determinado código de conducta que le ha llevado a aislarse voluntariamente de su familia, donde quien lleva la voz cantante es su hermano, un empresario relativamente exitoso. Y a lo que nosotros asistimos es a una especie de combate, de Alfonso consigo mismo y con el mundo que le rodea. Aunque, de entrada, la simpleza estereotípica de los diálogos puede molestar, un tono de comedia sutil se va apoderando de algunos pasajes del filme, que Llorca plantea de forma llana y funcional pero nunca del todo obvia. Y, sea como sea, dice unas cuantas cosas que nunca está de más volver a decir, aunque según como se enuncien a veces suenen a hueco.

We are the Best! (Lukas Moodysson)

Hubo un tiempo en el que, por alguna extraña razón, Lukas Moodysson aparecía a menudo por mi vida, sin dejar nunca demasiada huella, como uno de esos compañeros de facultad a los que te encuentras de vez en cuando y no sabes qué contarles de tu vida. Lilya forever (Lilja 4-ever, 2002) era desoladora. Juntos (Tillsammans, 2000) y Descubriendo el amor (Fucking Amal, 1998) estaban bien. Ett hal i mit hjärta (A Hole in my Heart, 2004) no me gustó y ahí ya como que me despedí de Moodysson, sin tener conciencia de ello, hasta el otro día en Sevilla, casi diez años después, cuando decidí de improviso acercarme a ver We are the Best!, su última película. Y cuento todo esto porque no tengo mucho más que contar de una película tan amable como inane, que pasó veloz ante mis ojos, como pasaría un insípido y moderno tren de mercancías. Moodysson nos presenta a tres punkis adolescentes que tienen muy claro que quieren ser ellas mismas, y que ser ellas mismas implica no formar parte del rebaño. De vez en cuando sueltan alguna que otra chanza certera y graciosa, pero me fue imposible conectar, no con ellas sino con la película en sí; había algo increíblemente anodino en ella, quizá fuera la extrema liviandad de su montaje, que no te sujetaba lo suficiente, o quizá fueran factores extracinematográficos, manías personales, deseos de otras cosas, el caso es que todo me dio bastante igual. Hasta dentro de otra década, Lukas Moodysson, y sin acritud.

A vingança de uma mulher (Rita Azevedo)

El compañero Víctor Paz, de A cuarta parede, insistía (lo dijo al menos en dos ocasiones) en que esta película de Rita Azevedo le recordaba al Raúl Ruiz de Misterios de Lisboa (2010). Ambas son melodramas que adaptan novelas dieciochescas, pero yo no lo tenía tan claro, porque Misterios de Lisboa es un vasto fresco de personajes, un río con un montón de meandros, y para mí A vingança de uma mulher fue, ante todo, una experiencia espacial: me sentí como arrastrado, impelido hacia una dimensión secreta y hasta cierto punto claustrofóbica, ya que buena parte de la película transcurre en las estancias de una prostitutas, de paredes rojas como la sangre. El rojo es también el color asociado a la pasión, y es que este es un filme sobre los abismos insondables del amor. Si acaso, a mi en un primer momento me recordó a La noche de enfrente (2012), la obra póstuma de Ruiz, por el uso de papel pintado a modo de decorado. En el filme de Azevedo también late una bellísima devoción hacia el cine como artificio, los trucos de magia asociados al arte de representar historias: la narración y lo narrado, el presente y los recuerdos, el cine y el teatro se hibridan y confunden en esta obra portentosa y presidida por el embrujo de Rita Duräo, una actriz en estado de gracia, una presencia arrolladora.

Les salauds (Claire Denis)

Vi dos películas esencialmente nocturnas en el Festival de Sevilla: una fue Mala sangre (Mauvais sang, Léos Carax, 1986), que habla del amor y de las posibilidades, mientras que la otra, Les salauds de Claire Denis, habla lo justo, más bien susurra e insinúa, y aterra, mediante la elipsis y la sugerencia. Hablando con Carles Matamoros y Covadonga G. Lahera del filme de Denis, ella recordó una expresión que otro compañero, Sergio Morera, había acuñado a propósito del cine de la directora francesa: decía que la suya es una “narrativa-archipiélago”, y encuentro que es una forma idónea de definir la estrategia que sigue este oscuro y malsano thriller, o neo-noir si os place la pronunciación francesa, que se toma su tiempo para emerger a la superficie. Y cuando lo hace, lo que vemos, lo que veríamos si estuviéramos a bordo de un avión o de un helicóptero y viéramos aparecer un conjunto de islas de la nada, es una configuración de horror, o un rostro indescifrable en primer plano. Como me decía hace unos días Miguel Blanco, tratar de buscarle sentido a cada cabo suelto, a todas y cada una de las decisiones de los personajes, a aquellos planos que no sabemos por qué pero nos han puesto la piel de gallina, no procede en este caso. Toca experimentar esta película, cuyos instantes finales son, no tengo dudas al respecto, los más terroríficos del cine de 2013.

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La jungla interior (Juan Barrero)

Empieza La jungla interior con una voz en off en holandés (¿por qué?) hablando de un mosquito y de una flor y no sé qué historias, un poco a lo Herzog, aunque quizá Herzog se enfadaría si supiera que he asociado su nombre a una película tan cursi. Lo que sigue pretende ser hipnótico y reflexivo, cito textualmente adjetivos leídos en el programa de mano del festival y, aunque de entrada sentía cierta curiosidad por la propuesta, esta fue mutando en una terrible falta de empatía con la misma, hasta el punto de maldecir a sus personajes y desear que acabe. La película de Juan Barrero es un bricolaje o ensamblaje de materiales y procesos vitales: tal y como acontece en el filme, su director se enteró mientras estaba en la selva de que su novia se había quedado encinta, una noticia que no le alegró demasiado al principio. Mezclando grabaciones diversas, de su novia, de su anciana tía, que se supone que guarda secretos, de unas procesiones religiosas, etcétera, Barrero articula una especie de relato confesional, una película que no es ficción pero tampoco documental cuyas intenciones podemos ver, están ahí, pero que no funciona y termina induciendo a la risa y al espanto antes que a otra cosa.

A espada e a rosa (Joâo Nicolau)

Es cierto que esta película libre e inclasificable, debut en el largo del portugués Joâo Nicolau, empieza con dos escenas que ya presagian su fantasiosa naturaleza: primero, vemos cómo unos científicos sintetizan una misteriosa sustancia, mientras un helicóptero de juguete da vueltas sin rumbo por el plano; a continuación, cambio radical de escenario, y seremos testigos de un delirante número musical, cantando a dúo Manuel, nuestro protagonista, y un recaudador de impuestos. Pero las escenas que se sucederán a partir de aquí y hasta que empiecen los títulos de crédito, una media hora después, dibujan un día a día compartido a épocas, más largas de lo que a menudo nos gustaría, por muchos de nosotros: un pasar sin hacer ruido, a la espera de algo que desbarate nuestra mediocre seguridad cotidiana, un correo que nos abra la puerta de los sueños, los que ya teníamos o unos nuevos, puestos de repente ante nuestros ojos. Manuel recibirá un correo, efectivamente, en el que se le anima a reencontrarse con una tropa de viejos amigos, que viven y navegan, parece que jubilosamente, a la deriva, en busca de aventura y de claridad. Lo que sigue es un delirio que bascula indolentemente entre el absurdo y la melancolía, como una dilatada y espumosa canción de Jaume Sisa, o un canto a la juventud eterna como política y como utopía, que vienen a ser la misma cosa, solo que el segundo término lleva consigo menos pretensión y menos lastre. Y más poesía, que es el género narrativo al que podemos adscribir este cuento marino desbordante, capaz de dejarnos fuera de combate por momentos, pero en el que merece la pena embarcarse.

Grand Central (Rebecca Zlotowski)

Segundo largo de la francesa Rebecca Zlotowski, Grand Central no es una gran película, pero tiene una cualidad pegajosa, virulenta, que nos mantiene aferrados a ella. La penetrante música de Robin Coudert, el cuanto menos singular paisaje de la central nuclear y la belleza turgente de Léa Seydoux son las principales bazas de este efectivo romance adúltero, en el que caen como moscas borrachas Karole (Seydoux), una joven prometida, y el solitario Gary (Tahar Rahim). Zlotowski evita recrearse demasiado en sus encuentros furtivos, haciendo buen uso de la elipsis y convirtiendo a la Seydoux en una presencia insinuante, casi fantasmagórica cuando la vemos a lo lejos, entrando o saliendo del bosque. La película también apunta, sin acabar de definirla, cierta mirada hacia el desgaste asociado a trabajar en un lugar peligroso como es una central nuclear, y las relaciones que se establecen entre los trabajadores, pero, como a Gary, lo que nos acaba importando es saber si volveremos a ver a Karole, cuya mirada en la última y abrupta escena de la película, acompañada por unas palabras escasas, prácticamente justifica el que hayamos pasado noventa minutos y pico junto a ellos.

L’inconnu du lac (Alain Guiraudie)

Aunque es sólo aparente, inducida por el paisaje y por la economía de elementos con los que trabaja su director, la placidez inicial que emana de las imágenes de El desconocido del lago nos introduce en una atmósfera particular, en la que el tiempo y el espacio apenas se mueven. Y es que así son algunos veranos. Gradualmente, sin que apenas nos demos cuenta de ello, un suspense atenuado, diluido, pero muy presente, irá enrareciendo el ambiente, y la amistad entre dos de los protagonistas del filme, cuyas sencillas y, por eso mismo, adorables conversaciones generan una extraña calidez a la que es difícil resistirse. La película de Guiraudie, una de mis favoritas del festival, desarma por la sencillez de su planteamiento y ese ritmo transparente, clásico, armónico con que se mueve, sinuosa, entre géneros y arbustos, esbozando no sin ironía el retrato de una comunidad de seres anónimos que van a tomar el sol y a conocer otros cuerpos pero que nunca dejan de sentirse a un milímetro escaso de la soledad más cruel.

Pettring (Eloy Domínguez) + Árboles (Los Hijos)

Prácticamente he olvidado ya la mayoría de imágenes de Pettring: me vienen a la cabeza tejados, herramientas (con el nombre de Eloy escrito en ellas) y mujeres vistas a través de cristales. Una mesa de billar. Vaya, quizá no las había olvidado tanto como creía. El cortometraje de Eloy Domínguez nos entró muy bien a todos. Al menos las personas con las que hablé coincidían en su transparencia y humildad. Es nada más y nada menos que la voluntad por parte de su director de mostrar algunas imágenes sobre su vida actual, el lugar donde vive, su trabajo, su novia. Las imágenes de Árboles, tercer largometraje del colectivo madrileño Los Hijos, en cambio, se relacionan entre ellas y con el espectador de varias formas: vinculándolas al peso de la historia escrita, mediante narraciones orales e intertítulos, en la parte que sucede en Guinea Ecuatorial; creando una sensación de fragmentación (el episodio de “La casa de la abuela” se me antoja un puzle compuesto por planos detalle) o recurriendo a la plástica de las líneas y los contornos para generar significados. Todo suena muy teórico, y es que la película tiene algo de banco de pruebas, de cine en construcción, que, quizás, sugiere cierta idea de las ciudades como yugo o como contagio, como enfermedades colectivas inducidas por el statu quo. Su condición de película abierta, película interrogante, la hace más que interesante, y yo no puedo dejar de agradecer a Los Hijos que invitaran al baile, ni que sea mediante alusiones indirectas, al gran Tobe Hooper, director de Poltergeist (1982).

La liga extraordinaria (Programa de cortos, VV.AA.)

Este cronista es humano y, una vez más, no tendrá reparo en admitir que se durmió durante prácticamente todo el metraje de Rafa (Joao Salaviza, 2012), el corto que ganó el Oso de Oro en el festival de Berlín de 2012, así que poco puede decir acerca del mismo. Era el segundo de esta sesión dedicada al cortometraje portugués, que había empezado con Baby Back Costa Rica (Gabriel Abrantes, 2012), una píldora de apenas cinco minutos protagonizada por tres mozas de buen ver que estaba bien filmada pero no capté o no me dijo nada. La cosa se puso interesante con la dulce y ácida Redemption, de Miguel Gomes, un atrevido experimento que no llegaremos a entender del todo hasta que acabe, y que, material de archivo y trozos de películas mediante, construye cuatro memorias, cuatro confesiones de cuatro gobernantes europeos, narradas de forma epistolar. Y, para terminar, una de campamentos: Gambozinos, de Joâo Nicolau, es una rica fantasía infantil que remite a aquellos tiempos en los que creíamos que podíamos restaurar o, como mínimo, suspender por un tiempo indefinido las reglas del mundo. Una pequeña delicia, vagamente wesandersoniana, que a este cronista le funcionó a modo de prólogo o primer avistamiento de lo que sería A espada e a rosa, único largometraje de Nicolau hasta la fecha.

Toni Junyent

Stop the Pounding Heart (Roberto Minervini)

Roberto Minervini, director italiano afincado en Estados Unidos, ya había viajado a Texas para rodar Low Tide y The Passage, filmaciones sobre relaciones familiares y el entorno que les rodea. Con Stop the Pounding Heart retoma el estilo y la temática de aquellas y cierra la trilogía recogiendo de nuevo modos de vida arcanos y reservados, realizando un ejercicio de convivencia con esta familia texana alejada de la ciudad y que habita sin salirse de sus dogmas ni del entorno social que han creado. El conflicto de la película reside en la inquieta adolescente, la joven Sarah Carlson, cuando afloran sus dudas ante la figura de Dios y sobre cómo debe actuar en las futuras relaciones de pareja. Los actores de la película, verdaderos habitantes de ese espacio, recrearon junto al director las secuencias de la película basándose lejanamente en sus historias, y entre todos logran un filme contenido e íntimo, que parece residir en un estado extraño de latencia y suspense que no termina de explotar, recordándonos al último Malick, quizás por ese exceso de contención emocional de los personajes, como si el miedo de llegar a la catarsis venciese a todos ellos.

The Selfish Giant (Clio Barnard)

El programa del festival de Sevilla emparentaba a The Selfish Giant con Ken Loach y esto hacía temer lo peor. Pero muy poco de ese esquematismo folletinero de Loach está en la cinta de Clio Barnard, que resulta ser una conmovedora historia de supervivencia en la infancia. Con el apoyo de dos niños simplemente sublimes en sus papeles, la directora, basándose libremente en un relato homónimo de Oscar Wilde, filma con suma crudeza los modos de subsistencia de estos dos niños de los suburbios del norte de Inglaterra, en un retrato áspero de las condiciones de vida que existen en el extrarradio inglés. La pega a todo el entramado es ese sentimentalismo con el que remata las secuencias finales posteriores a la tragedia de la película, restando veracidad a la historia y empeorando un conjunto muy bien hecho que, a pesar de todo, no impiden que la película destaque por encima de ese cine realista inglés actual de mirada compasiva y condescendiente.

The Congress (Ari Folman)

The Congress, la nueva incursión en la animación de Ari Folman tras Vals con Bashir, se basa libremente en un relato de Stanislaw Lew para ofrecer una feroz crítica al stablishment de Hollywood. ¿Para qué recurrir al bótox si un estudio cinematográfico puede absorber tus virtudes ad aeternum? Tejiendo un panorama inquietante por lo realmente advenedizo de su planteamiento, Folman divide la película en dos partes, la tesis y su desarrollo, que se complementan entre sí pero que resultan descompensadas. La crítica al mundo de Hollywood en la primera parte es sutil y certera: esa extraña pasión por la inmortalidad y el embalsamiento que emana el cine y nubla a sus estrellas puede ser real gracias a la sesión de escaneo a la que se someterá Robin Wright, en la secuencia más brillante y emotiva de la película. A cambio, deberá desaparecer del mundo del cine para dar paso a ese holograma que congela para siempre sus virtudes. Por desgracia, ese mundo virtual y psicodélico en el que entramos en la segunda parte tiene más de estética y mensaje new age (no lo olvides, sé tu mismo) que de otra cosa, a pesar de albergar virtudes, como la idea de diseñar el mundo real como una especie de Interzona a lo Burroughs, donde los malos de la película son los magnates de Hollywood que quieren tener controladas a sus estrellas en un extraño régimen policial.

Stray Dogs (Tsai Ming-Liang)

Sigue el cine Tsai Ming-Liang transitando los mismos terrenos de antaño y aún así no pierde un ápice de emoción formal. Aquí volvemos a tener esos personajes solitarios que ya conocemos, más vagabundos si cabe, que habitan una Taipei lluviosa y apocalíptica, representación extrema de la peor de las distopías posibles. El trabajo con el tiempo fílmico es llevado al extremo y exige de la colaboración del espectador, especialmente en ese largo plano final que a mucha gente en Sevilla le provocó la risa o directamente le echó de la sala. Esta escena interminable desemboca en una imagen no menos poderosa, la contemplación final de un paisaje por parte del protagonista, un espectador anclado en una ruina, pasando a forma parte desde ya como una de las imágenes icónicas del cine de Ming-Liang. Sí, quizás Ming-Liang se repita en sus conceptos y en su crítica a la deshumanización del ser, pero en la composición del plano y la ubicación de sus personajes en él sigue residiendo gran parte de la esencia de su cine, enigmático y absorbente.

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Lacrau ( João Vladimiro)

Pudimos ver en Lacrau, de João Vladimiro, una de las películas más inclasificables del festival y a la vez una de las más complicadas de trasladar al papel. Poema oscuro y abstracto sobre la naturaleza, la cinta de Vladimiro nos quiere devolver a los misterios inextricables del paisaje, a sus formas misteriosas, llenas de vida inquietante. En un mundo de excesos y edificaciones aberrantes, Vladimiro nos interpela para que miremos hacia el interior de la naturaleza, en una primera parte de tono más contemplativo que dará paso a una segunda más oscura, en la que las imágenes se tornan pesadas, acompañadas de un trabajo de sonido penetrante, donde los cantos que aparecen al final nos invitarán a sumergirnos aún más en la abstracción del paisaje portugués. No hay ánimo de pedirnos que abandonemos la ciudad para adentrarnos en mundos bucólicos paisajísticos; la intención parece que es enseñarnos a dibujar y contemplar formas aún por conocer en la desconocida naturaleza.

O quinto evanxeo de Gaspar Hauser (Alberto García)

Es difícil reseñar las sensaciones que transmite el experimento formal que es O quinto evanxeo de Gaspar Hauser, la revisión de la historia del personaje alemán alejado de la civilización que ha filmado Alberto García y que hace meses le valió el premio de la crítica en Rotterdam. La cinta, filmada en 16 mm., se presenta como un material bruto, con la apariencia de ser un artefacto inflamable encontrado al azar en mitad del bosque. De esta manera, consciente de su radicalidad pero a la vez socarrona y de estilo libre, las imágenes de la película son el perfecto correlato de la mente de este personaje, un Gaspar Hauser primitivo, ajeno al lenguaje de la razón, que en este caso le permite al director alejarse igualmente del lenguaje convencional cinematográfico y componer una película única por su excepcionalidad, un extraño objeto de difícil catalogación.

Torres y cometas (Gonçalo Tocha)

Quizás por las esperanzas que tenía depositadas en la nueva película de Gonçalo Tocha tras É na Terra não é na Lua, o por los comentarios de amigos que en un pase anterior me la pusieron a caldo, salí con cierta decepción de Torres y Cometas, la película que ha filmado Tocha junto a su sonidista Dídio Pestana sobre Guimarães, en el año cultural de la ciudad portuguesa. En esta película planteada como una investigación y un diario de viaje a través de las leyendas y misterios de la ciudad, Tocha filma brillantemente sus pesquisas en torno a ciertos lugares de Guimarães (la librería, la iglesia a la que le falta a una torre, lo que queda de la muralla de la ciudad) e indudablemente sabe cómo acercarse y encontrar la complicidad con los habitantes, pero aquí abusa de su presencia, ofreciendo un sentido del humor más plano y directo que en otras ocasiones. Quizás sea en su excesiva exposición (a veces intrascendente) donde radique mi decepción, viendo que en anteriores trabajos conseguía introducirse en cada plano y llevar él mismo el peso de la narración pese a no mostrarse prácticamente en cámara.

Costa da Morte (Lois Patiño)

Lois Patiño sigue fiel a su querencia paisajística y en su intención de ubicar la cámara frente al paisaje como si de un lienzo se tratase. Costa da Morte nos sumerge en el paisaje gallego confrontando al ser humano frente a la inmensidad de ese paisaje mítico, una actitud cercana a la mirada romántica, pero que busca inteligentemente en la incorporación de la voz en off una lectura más allá de la simple contemplación extática e introduce a su vez cierta narración en estos estéticos lienzos fílmicos. Jugando con la temporalidad del plano y su evolución interna, aquí el off nos mostrará la labor de los trabajadores del mar, la vida diaria de ellos y ciertos fantasmas que emergen de narraciones del pasado.

Double Play: James Benning and Richard Linklater (Gabe Klinger)

¿De verdad existen lazos posibles entre el cine de Richard Linklater y el de James Benning? La película no pretende establecer relación entre el cine de ambos pero sí que, en base a la amistad entre estos dos vecinos de Texas, les acerca para que diserten sobre muchos temas, entre ellos el tiempo en el cine. Así, quizás a la hora de hablar del tiempo cinematográfico, es lógico que la trilogía de Linklater dialogue con la concepción del tiempo que ofrecen obras de Benning como Ten Lakes, Ten Skies o Ruhr. Dos formas de filmar el tiempo, la radicalidad desde una cierta tradición narrativa y la radicalidad como actitud disidente que pretende volver a los orígenes, a “aquellas zonas que ya el hombre no quiere volver a visitar”, como afirma Benning. Double Play no se aleja del formato de la serie Cineastas, de nuestro tiempo (a la que pertenece) y fundamenta su estructura sobre la palabra de los directores y las imágenes de sus películas. Pero, además, es un retrato cercano e íntimo de dos amigos que dialogan sobre cine e industria en un paseo agradable a través de la cotidianidad de estos dos cineastas (impagables esas escenas, en apariencia intrascendentes, de ambos jugando al béisbol y al baloncesto).

E agora? Lembra-me (Joaquim Pinto)

E agora? lembra-me puede que sea la película más íntima y honesta que he podido ver en este Festival de Sevilla. La exposición ante la cámara que hace el cineasta Joaquim Pinto conviviendo con su tratamiento contra el VIH ha sido una de las cintas destacables de esta edición. De una sinceridad descarnada y nada autocomplaciente, este diario cercano y desnudo ofrece sus intenciones desde el primer minuto, cuando Pinto explica a cámara que filmará día a día su tratamiento contra el virus. La habilidad en la narración, la repetición de hábitos y de planos como síntoma de la angustiosa lucha, y una voz cinematográfica experta y madura, que recurre al archivo para invocar amigos como Monteiro o Kramer, hacen de estas dos horas y media de película un lúcido retrato de la vida del cineasta, de sus quiebras emocionales y las complicaciones gubernamentales a las que debe hacer frente. Como ocurre en los grandes relatos, desde una perspectiva unívocamente personal se puede llegar a un retrato más amplio y global; aquí es el viaje a una España quebrada por los recortes, las luchas del pasado, la relación de pareja, o el ciclo vital con la naturaleza, en la parte de la película más reiterativa y donde más adolece el director de un cierto abuso de las ventajas del digital.

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The Immigrant (James Gray)

Si siempre había tenido el cine de James Gray la capacidad de trasladarnos a tiempos pretéritos, a lenguajes cinematográficos de otra época, en The Immigrant esta mirada hacia el pasado se agiganta. Como si de un hipotético spin-off de El padrino II se tratase, Gray se lanza hacia ese gran tótem narrativo americano que es la inmigración en los años veinte y, partiendo de un fragmento de la vida de una mujer es capaz de proyectar resonancias sobre las historias de tantos europeos llegados a Estados Unidos en el siglo XX. El cine de Gray apuesta más que nunca antes por ubicarse junto a aquellos cineastas norteamericanos de los setenta en cuanto a pulsión narrativa (qué uso de la banda sonora) e imagen (el acertado tono añejo de la fotografía de Darius Khondji). Para el recuerdo, la filmación de los rostros de los protagonistas, otra composición de Joaquin Phoenix donde nuevamente su cuerpo se desquebraja, y el intenso monólogo final de expiación de culpas y reproches de Phoenix, acompañado de un último plano que, a pesar de remitirnos a tantas películas de años atrás, habla por sí solo de The Immigrant.

Aurelio Medina