Qué bonito es el amor cuando llega.
Se asoma, te atrapa y vuela.
La pegatina

Son películas que me obsesionan. Sin excepción. Cada una de las que componen la filmografía de Gonzalo García Pelayo lo hacen por su fuerza, por la intensidad con que están realizadas, por la manera en que se expone la vida, por la libertad con que están rodadas, por la temática que toman como motivo o porque su narración está apoyada en una especie de material pro fílmico que manifiesta a cada momento su deseo de poder llegar a ser una historia. Pero sobre todo por dos razones que tienen que ver una “didáctica” no declarada que viene a romper con el “realismo didáctico” en el que se acomoda gran parte del cine español, y que oscila entre la representación de lo mal que están las cosas y una respuesta simplona a la confusión política del presente ,amparándose en las heridas del tiempo de la guerra civil o la dictadura franquista.

La “didactica” de García Pelayo tiene que ver, en primer lugar, con la manera de acercarse, representar, utilizar y dignificar la cultura popular que guarda una peor imagen. Pongamos como ejemplo la película que firmó en 1982, Rocio y José, antes de poner punto y aparte en su carrera como cineasta para recorrer los casinos de medio mundo. En este film, dos jóvenes adolescentes aparecen imbuidos plenamente en la romería del Rocío. Su camino aparece marcado por algunas de las sevillanas más famosas, escogidas de una manera exquisita para narrar su aventura amorosa. Entre el caos de la fiesta, logran encontrar la manera de desplegar una historia de amor y hacer de ella una experiencia verdadera. Allí, en ese Rocío que ha quedado en el imaginario popular como un viaje de borrachos fanáticos, todo el acompañamiento sonoro se muestra como espacio para el acontecimiento, donde se consiguen trazar vínculos relacionales que escapan de lo efímero.

En Alegrías de Cadiz, película con la que ha vuelto a la carga en el año 2013, ese espíritu continua intacto. Buena parte del metraje está puntuado por los grupos de chirigotas que se han hecho famosos en el carnaval de la ciudad. Grandes artistas, no reconocidos ni puestos a la altura de los intérpretes más famosos de cualquier otro género musical, pero que en cuanto ejercitan la voz no cesan de confirmarlo. La habilidad de García Pelayo en la dirección consigue exprimir como nunca antes la fuerza política de una voz; no por las letras de marcada tendencia crítica, sino por la manera en que esas voces se conjugan para modular un ritmo que es capaz de sacudir a los cuerpos hasta invadirlos y ponerlos en marcha a través del baile. Desde Deleuze somos «un cuerpo sin organización, sin verdad, sin elementos preexistentes, definido sólo por los cambios de intensidad de las potencias que lo componen y que afectan a su naturaleza» Las voces, de esta manera, confieren una organización, le otorgan unas mínimas coordenadas sobre las que moverse. Esa voz es la que consigue que Jeri se desplace por la ciudad buscando su amor, y que en su recorrido se encuentre con distintitas figuras musicales ajenas al carnaval (como el tremendo cantautor Fernando Arduan) que componen una banda sonora exquisita. No obstante, García Pelayo es uno de los productores musicales más importantes de nuestro país, y cabe recordar que es la persona que impulsó el llamado rock andaluz en la década de los 70.

De aquí mismo nace la segunda de las razones por las que me obsesiona tanto el cine García Pelayo: por la manera que trabaja la relación con un espacio, por como ese espacio es una parte indisociable de una vida, de una identidad, de un conjunto de relaciones. A menudo se nos olvida que somos fundamentalmente la relación que entablamos con los lugares por los que atravesamos o habitamos. Haciendo un poco de memoria, nos encontraremos con que todo el alarmismo que surgió en la década de los noventa alrededor de la definición de no-lugar, trataba de apuntar a la manera en que los espacios se estaban convirtiendo en neutros, eliminando toda posibilidad relacional en ellos. Aeropuertos y estaciones, entre otros espacios, eran señalados y criminalizados por Marc Augé porque estaban configurados para impedir que en ellos se encarnara cualquier historia. Gracias al cine de García Pelayo sabemos que la historia no tiene nada que ver con lo neutro o arcaico del lugar, ni siquiera con las condiciones que dispone para la vida. El lugar, pese a todo, no es un objeto ya que son demasiado los factores que influyen en la construcción de ese espacio como experiencia. En Manuela (1975) fue la finca de un terrateniente, en Vivir en Sevilla (1976) la capital andaluza y en Corridas de alegría (1982) el trayecto a través de la comunidad autónoma. No había historias o todas estaban por hacer. Aparecían los monumentos, las canciones, los documentos, la arquitectura, las historias personales de cada familia, pero faltaba algo para integrarlas. La variable indispensable para hacerlo posible pasaba por el amor.

Como se sabe, el amor siempre comienza en lo físico, se cultiva en lo afectivo y culmina en lo espiritual. Y pocas veces, por no decir ninguna, se logra encontrar en la misma persona las necesidades de cada estadio del sentimiento. El amor, su búsqueda, es la figura clave para entender en cine de García Pelayo. Pero el amor definido de esta manera, como punto de partida, como ejemplo para encontrar una experiencia relacional con las personas, con los espacios y con la cultura. Jeri recoge esta tradición y en su viaje de mujer en mujer en estas Alegrías de Cádiz, da forma a un Cádiz que podría pasar por mítico. Tal vez pueda verse de esta manera, pero lo importante de ese Cádiz es la posición que ocupa como lugar para no verse a si misma como una ciudad a lo lejos. Es decir, como un lugar para aprehender el sentido siempre excesivo de una ciudad como si fuera una vida.