Bendito mes de enero

Todos nos sentimos de la misma manera hace casi un año: superados. La gran acumulación de estrenos que se produjo durante el mes de enero de 2013 es uno de esos tourmalets que, de cuando en cuando, se deben superar para, ya desde la cima, observar con emoción y orgullo el esfuerzo realizado. Incluso así lo reconocía Carlos F. Heredero desde la publicación que dirige (Caimán Cuadernos de Cine nº. 12, enero 2013), destacando el «efecto caníbal» que produjeron unos estrenos potentes sobre el resto de la cartelera, ante la cual los espectadores pasamos «del ayuno al empacho», sin olvidar el importante desembolso económico que ello produjo —maltrechas economías apuntilladas por una abusiva subida del IVA en el ámbito cultural.

Sin embargo, y a pesar de todo, aquel acopio de novedades cinematográficas, fruto del frenético sprint pre-Oscars, determinó una interesante lectura del momento ideológico que la cultura occidental está viviendo, devolviendo a un primer plano un cierto debate político a través de ejemplos concretos. Películas que se interrogan sobre dónde habita el bien común y las herramientas para su consecución, apoyándose en la teoría filosófica que parece haber sido la gran vencedora desde que cayese el Muro de Berlín: el utilitarismo.

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Lo primero que habría que decir es que no hay ni una sola escuela o tendencia filosófica que no pretenda el bien para el ser humano. Otra cosa muy distinta sería distinguir lo que para cada uno significa el bien e, incluso, las distintas categorías de humanidad —fundamentalmente dos: nosotros y los demás— que se pueden barajar a la hora de recibir las recompensas que promete el pensamiento. Es por ello que la bondad intrínseca no existe, que la verdad es un concepto tan voluble que habría que cuestionarse su misma existencia, y que aquello que se puede llamar universal no deja de ser una quimera que enmascara la pretenciosidad de quien trata de imponer su personal visión del mundo. Hay, por lo tanto, que posicionarse, escoger la más conveniente de entre todas las filosofías, actuar en consecuencia con dicha elección y prepararse para la lucha, pues la convivencia no está garantizada. Más bien lo contrario.

Así, se llevan ya varias décadas en las que cualquier forma de dogmatismo ideológico —ya tenga que ver éste con la política o con la religión— es sistemáticamente rechazado por una buena parte de la sociedad occidental, que prefiere instaurar su pensamiento crítico ajeno a un sistema preestablecido de valores que agarrote el análisis mediante unas normas previas e inamovibles, un código de valores imposible de cuestionar por su valor unificador entre aquellos que se han adscrito a su canon. Más concretamente: los individuos prefieren sacrificar hoy en día su integridad ética y/o moral, pero estar seguros que son los dueños de sus actos y su destino. Desean, por encima de otras muchas cosas, los beneficios del libre albedrío.

Existe una apuesta clara a favor del consecuencialismo, aquello que dicta que los resultados de los actos son los que deben vincular el comportamiento, pasando radicalmente del deber al poder de una forma desprejuiciada y natural. Fueron numerosos los ejemplos cinematográficos que durante el mes de enero de 2013 ejemplificaron esta tendencia, donde la conducta se ve modificada por el resultado y los personajes perdieron el miedo a proceder lejos de cómo se espera de ellos: se podría citar a Scott Voss (Kevin James), el protagonista de la muy interesante Peso pesado (Here Comes the Boom, Frank Coraci, 2012), quien expone su integridad física para conseguir una educación de calidad para sus alumnos. O también la revolución emprendida por René Saavedra (Gael García Bernal) en No (Pablo Larraín, 2012), quien transformó una idea política en un producto publicitario en nombre de los ideales democráticos.

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Y es este concepto de lo democrático lo que vehiculó otras tres propuestas de aquel bendito mes de enero, que por su alto nivel de controversia fueron de lo más potente de aquellos días. Y no es de extrañar que las tres, cada una a su manera, acabaran hablando de lo mismo: la necesidad de recurrir a una serie de herramientas incómodas y poco éticas —e, incluso, inmorales— en nombre de un bien común. Pues tanto La noche más oscura (Zero Dark Thirty, Kathryn Bigelow, 2012) como Lincoln (Id., Steven Spielberg, 2012) y Django desencadenado (Django Unchained, Quentin Tarantino, 2012) hablan del uso de la violencia y del engaño para conseguir unos objetivos que garanticen el bien de una mayoría.

Si bien los tres modelos no desataron el mismo nivel de polémica: no hay duda de que el film de Bigelow se llevó la palma en este aspecto, al presentar la tortura como instrumento autojustificativo en la lucha contra el terror—a pesar de ese final repleto de dudas, tan ambiguo e interpretable que deja en evidencia su eficacia redentora—, mientras que los otros dos tratan de exponer que no hay límites a la hora de utilizar aquellos métodos que restituyan el equilibrio derogado por el tiránico poder ejercido por el opresor —en ambos casos, por parte del temible wasp—. Así, en el film de Spielberg la política se convierte en una auténtica intriga palaciega, repleta de espías, chantajes, compra de votos y retóricas parlamentarias que coquetean con el eufemismo —uno de los grandes males de nuestros días, donde no llamar a las cosas por su nombre parece garantizar la transformación de la realidad—, donde la voluntad de un solo hombre se encamina hacia la transformación de toda una nación —emparentándolo con figuras trascendentales de la Historia, sincrónicamente en el año de la muerte de uno de sus máximos representantes, Nelson Mandela.

El film de Tarantino consigue por su parte algo parecido, pero a través del pequeño gesto del hombre anónimo, que aplica una brutal violencia que se termina convirtiendo en algo terapéutico, una catarsis colectiva donde, por unos breves instantes y en forma de relato fantástico, el devenir histórico se transforma y la venganza se torna en justicia —un terreno ya explorado en estos mismos términos en su anterior film, Malditos bastardos (Inglourious Basterds, 2009)—. No es de extrañar, por lo tanto, que no haya resultado difícil de digerir la gran cantidad de productos fantahistóricos devenidos de esa misma época, comenzando por todas las adaptaciones protagonizadas por Abraham Lincoln mostrando una fiereza inusitada —ya haya sido combatiendo vampiros, zombis o fachas— y rematando este 2013 —como no podía ser de otra manera— con otro alegato antiesclavista, esta vez de la mano de Steve McQueen y su 12 años de esclavitud (12 Years a Slave, 2013).

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Al fin y al cabo, no es casual que todos estos ejemplos concurriesen en un mismo momento, allí donde el presidente Barack Obama —en cuya administración ha habido gran cantidad de referencias hacia Lincoln— renovaba su mandato y todas las esperanzas que se habían puesto en él en un primer momento se tornaban en un mal menor frente a la amenaza de los integristas —los islamistas o los neocon, qué más da—, haciendo gala del utilitarismo que aproveche todos los mecanismos que a su mano están para mantener la dignidad de los suyos. Unas veces sus actos gustarán más y otras menos, pues si concitase unanimidad ya no sería el presidente de los Estados Unidos… sino el de Sudáfrica.