Como apuntaba Borja Vargas Llopis en su aproximación a la Sci-Fi del pasado año «La mejor ciencia-ficción es la que mejor interpreta el presente a partir de premisas imaginarias»; Yo añadiría, complementando esta aseveración, que sería igualmente la que permite fabular con un presente/futuro más o menos hipotético, sea este esperanzador o deprimente, volcando todo el talento que se supone a los profesionales al servicio de un arte tan dotado para la estimulación sensorial como el cine. Si prestamos atención a las grandes obras del género, de 2001: una odisea en el espacio (2001: A Space Odissey, Stanley Kubrick, 1968) a A.I. Inteligencia Artificial (A.I. Artificial Intelligence, Steven Spielberg, 2001) sin ir más lejos, veremos que aúnan magistralmente el componente intelectual con el experiencial, apelando en distintos gradientes tanto a nuestra inteligencia como a las diversas emociones elicitadas.

De la nutrida cosecha del 2013, que vuelve a demostrar la permeabilidad de Hollywood a un modelo cinematográfico que, en su vertiente a priori menos especulativa, parece asegurar la taquilla vía grandiosas set pieces de acción aparatosa y escapismo CGI, emergen con fuerza dos títulos que, sin ser totalmente redondos, si merecen ser destacados tanto por el equilibrado conjunto de sus diversos componentes como, fundamentalmente, por arriesgar con su premisa de partida, elevando un concepto tan humano como es el amor a la categoría de hecho sustantivo. Los que echábamos de menos a los hermanos Wachowski de Matrix (The Matrix, 1999) —obra imprescindible para entender el cine del siglo XXI— esperábamos lo mejor de El atlas de las nubes (Cloud Atlas, Andy y Lana Wachowski, Tom Tykwer, 2013), pero lo que al menos un servidor no presagiaba, tal vez por desconocer la novela homónima de David Mitchell, era la creatividad desbordante que se apodera por completo de la película, de su primer fotograma al último.

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El atlas de las nubes arrastra al espectador a un fenomenal periplo a través del tiempo y el espacio, partiendo de un futuro ignoto desde el que se reconstruye, personaje a personaje, siglo tras siglo, la pequeña historia de unos cuantos representantes de nuestra especie, que termina siendo más grande que la vida misma. De modo harto coherente con una conceptualización de la trascendencia erigida a partir del amor al prójimo, la historia se apoya más en el flujo libérrimo de imágenes y sonidos que en la progresividad canónica de lo narrado, una tendencia muy en boga en los últimos años y que en este espléndido filme alcanza una de sus mayores cimas; la sensación final que deja su visionado, pese a sus evidentes desequilibrios, es la de una obra total que persigue y consigue aprehendernos como seres de carne y hueso que, en sus diferentes encarnaciones, aman, odian, ganan y pierden. Todo ello con el recurso a una puesta en escena absolutamente arrebatadora, plagada de momentos inolvidables.

Y si El atlas de las nubes exhibe con suficiencia el estatus de blockbuster de autor, Oblivion (íd., Joseph Kosinski, 2013) trasciende su proverbial condición de vehículo para el lucimiento de Tom Cruise obteniendo el máximo partido de un punto de partida ciertamente estimulante: el desértico erial post-nuclear en que se ha convertido la Tierra posibilita una cascada de imágenes de poderosa impronta metafórica, con el estimulante contrapunto de la asepsia tecnológica de interiores y vehículos que, en sus pasajes más inspirados, remite a la maestría técnica del mejor Kubrick. Pero la evidente pericia de Kosinski —uno de los directores más interesantes del momento— no se queda en su deslumbrante plasmación visual, trascendiendo la tosquedad de su hilo argumental merced a una evocadora love-story que, como sucediera en el título antes mencionado, pervive en el tiempo a través, en esta ocasión, de la memoria genética. Partiendo de premisas creativas ciertamente dispares, dos de las mejores películas de ciencia-ficción del 2013 confluyen en la preeminencia temática otorgada a esa emoción que nos permite seguir siendo humanos, demasiado humanos.

After Earth (íd., M. Night Shyamalan, 2013) vendría a ser la tercera en discordia, constituyéndose en ejemplo ilustrativo de los denodados esfuerzos de uno de los grandes cineastas de nuestro tiempo por no ceder a la presión de las grandes audiencias ni a los condicionantes de producción, pese a la inexorable tendencia a la baja de su prestigio. Esta poderosa alegoría naturalista sobre la superación de la adversidad y las rugosidades inherentes a las relaciones paterno-filiales se beneficia enormemente de la belleza de sus imágenes, cargadas de plasticidad y simbolismo, así como de la suma convicción con que Shyamalan desarrolla su temática-matriz, que conecta modélicamente su primera obra 100% Sci-Fi con el resto de su filmografía: cuanto mayores son las dificultades a las que nos enfrentamos, más importante resulta confiar en nuestras propias capacidades para lograr hacerles frente. Y superarlas. Un ideario humanista condenado, es evidente, al ninguneo masivo —cuando no a la chanza despectiva— en estos tiempos de descreimiento desaforado.

PACIFIC RIM

En un año como vemos especialmente pródigo en distopías —¿la resaca del 2012?—, Elysium (íd., Neill Blomkamp, 2013) estaba llamado a ser uno de los grandes títulos de la temporada estival, pero su prometedor punto de partida y la innegable fuerza de algunas secuencias aisladas se queda en nada por la manifiesta torpeza de Blomkamp a la hora de narrar inteligiblemente en imágenes, torpedeando a través de pueriles resabios actioner las premisas más interesantes de su guión. Y si la insalvable rémora de Elysium es ofrecer mucho menos de lo que promete, Pacific Rim (íd., Guillermo del Toro, 2013) atesora por el contrario la gran virtud de dar punto por punto lo que cabía esperar: un avasallador entretenimiento que lleva la fascinación hi-tech hasta cotas difícilmente superables, cortesía de un espectacular diseño de producción cuyo énfasis en la verosimilitud extrema posibilita la más que convincente recreación en pantalla de esos enormes ingenios de metal, última defensa de la humanidad contra la amenaza de los temibles Kaiju. En el interín de los vibrantes combates y la ceremonia de la destrucción masiva la visualización de un planeta frío y deshumanizado, no tan alejado como pudiera parecer a primera vista de los desolados parajes de Oblivion y Elysium.

A este empeño en mostrarnos el futuro imperfecto de nuestra (mal)querida Tierra no ha escapado ni la space opera por antonomasia —con permiso de la saga Star Wars—, renacida de sus cenizas merced al innegable talento del nuevo Rey Midas de Hollywood: Star Trek: en la oscuridad (Star Trek into Darkness, J.J. Abrams, 2013) se repliega sobre las propias raíces de la serie para ofrecernos una fibrosa reformulación de sus estándares mucho más interesada en los conflictos a que dan lugar los lazos emocionales establecidos entre los protagonistas —propiciados por un villano/demiurgo de auténtico lujo— que del escapismo espacial de antaño. En el caso de El Hombre de Acero (Man of Steel, Zach Snyder, 2013) sus responsables creativos también aportan una nueva mirada sobre el superhéroe por excelencia, considerablemente más introspectiva y virulenta, pero a la hora de visualizar sus orígenes se apuesta por una agradecible visión enciclopédica de la Sci-Fi clásica, la de los añejos seriales de entreguerras, convirtiendo el extenso prólogo ambientado en Krypton en un auténtico festín vintage. Tanto Star Trek: en la oscuridad como El Hombre de Acero constituyen pues clarificadores ejemplos del empeño actual de cierto blockbuster por ofrecer mucho más que dos horas y pico de evasión intrascendente, al menos los que caen en manos de cineastas inquietos.

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Y para terminar, ¿Qué mejor que una visión panorámica, que nos aleje de tanta destrucción y pobredumbre? Sea o no Gravity (íd., Alfonso Cuarón, 2013) la película de ciencia-ficción del año, la prodigiosa experiencia que supone su visionado en pantalla grande acerca al conmovido espectador a dos de los temas fundamentales del género, como son la reflexión sobre las consecuencias, habitualmente funestas, de los avances tecnológicos por un lado, y el influjo trascendente a que da lugar el contacto con determinadas realidades, sean o no ultraterrenas. Los denodados esfuerzos de los astronautas encarnados por Sandra Bullock y George Clooney por regresar al bellísimo planeta azul que orbita, majestuoso, ocupando el fondo del plano, ajeno a las turbulencias pergeñadas por guionistas de diversa índole, constituye el mejor corolario posible para un 2013 donde los títulos más destacados del género de ciencia-ficción han conseguido proyectar de manera convincente nuestros temores del presente hacia un futuro incierto, apocalíptico en no pocos casos,  sin por ello renunciar a la plasmación de lo que nos convierte en humanos de pleno derecho: amor, esperanza, sabiduría.