Crecer (o no)

Viendo algunos de los gags de Bad Grandpa, que sigue la estela de una de las cocreaciones (el programa Jackass) de su coescritor Spike Jonze, uno podría llegar a plantearse algunas dudas sobre la madurez mental de este (y de sus compañeros). Retrospectivamente, si atendemos a sus inicios en el largometraje, también podríamos albergar sospechas parecidas, incluso a propósito de su cordura. De un tío que dirigía cortos y videoclips bien majos, con aparente vocación autoral, sorprendía que al lanzarse al largometraje se decantase por un trabajo marcadamente de guion, sobre todo porque no era suyo: Como ser John Malkovich, escrita por Charlie Kaufman. Pero la explicación era más racional: el texto ya había pasado por no pocos realizadores que no veían por donde meterle mano. Jonze sin embargo le encontró muchas posibilidades y gracias a su abordaje consiguio hacerse un nombre más allá de la realización de clips musicales, una labor hoy en día más reputada que entonces. Asumió un reto y un riesgo, el de quedar sepultado por un texto superlativo y no fácil de trasladar a la pantalla, del que en definitiva salió bien parado. Director, guionista, crítica y público quedaron contentos con el resultado y Jonze se puso nuevamente tras la cámara en Adaptation (El ladrón de orquídeas), un nuevo texto de Kaufman basado en un libro de Susan Orlean donde incluso los personajes centrales eran el propio guionista y la autora de la novela (Nicolas Cage y Meryl Streep respectivamente) en un ejercicio de metacine con cierto componente de narcisismo autoconsciente, que sin embargo tampoco se podría reducir a algo tan simple, tratándose de algo más parecido a un autoexorcismo para purgar inseguridades personales y un intento para nada infructuoso de resultar original en un Hollywood atascado en los clichés habituales. En cualquier caso, un trabajo donde no resultaría extraño ni complicado que quedase totalmente anulada la figura de un director poco avezado.

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Así, más valiente que loco, jugando con fuego como John Cusack dentro de la mente de John Malkovich, y con un estilo bastante discreto y clásico en líneas generales, apoyado fundamentalmente en el plano-contraplano, Jonze consiguió introducirse en los textos de Kaufman, dejando su impronta en las partes que se prestaban más a ello, bien los viajes al interior de la mente del actor que daba título al primer film, bien los flashbacks o fugas “documentales” en el segundo, jugando con la fotografía, efectos ópticos, empleo de insertos o zooms in (más sosegados, eso sí, que los que gastaba en Sabotage, de los Beastie Boys), fast-forwards, artefactos casi siempre procedentes de su origen como autor de videoclips (el mejor ejemplo quizá es el desenlace de Adaptation que remite directamente al inicio de Da Funk, que rodó para el dúo francés Daft Punk), pero siempre con respeto hacia el trabajo de guion de Kaufman, sin ponerse en ningún momento por encima del escritor del texto, se quiera o no protagonista en ambos trabajos, pero a la vez dejando patente que con otro director el resultado podría haber sido bastante distinto y no para bien.

A pesar de los beneficios obtenidos por ambos con estas dos piezas previas, sobre todo a nivel de reputación, a partir de aquí emprendieron caminos separados y para el tercer film de Jonze, este trabajó sobre su propio guion, con la importante colaboración de Dave Eggers. Aunque partieron del cuento infantil Donde viven los monstruos (Where the Wild Things Are, 1963) de Maurice Sendak, hay que tener en cuenta que se trata de un libro ilustrado que no llega a treinta páginas y cuyo texto cabe de sobra en un folio. Viendo el resultado final, el esfuerzo vertido en recrear esa historia es meritorio, logrando una sobrecogedora dualidad, en varios aspectos, que la convierte en una película especial. Por como se construye el entorno familiar de Max y como lo deriva a esa tierra perdida (lo que en el cuento ocurre en poco más de cinco ilustraciones con su correspondiente frases), por como insufla la vida en esos monstruos, o cosas salvajes, privados de voz en el cuento, y los convierte en seres entrañables pero a la vez temibles. Por como desprende angustia y vitalismo cambiando de una a otro sin solución de continuidad (p. ej. al principio, cuando Max juega y se divierte lanzándose bolazos de nieve con los amigos de su hermana y de repente termina sepultado en el iglú, al borde de la asfixia, llorando, para dejarse llevar por la ira en el cuarto de ella; o cuando, ya donde viven los monstruos, Max se está divirtiendo con KW en la playa y de repente esta derriba a pedradas a los mochuelos Bob y Terry —dejando a Max y al espectador como poco desconcertados—, que luego resultan estar vivos, pero con un semblante triste y sombrío), de modo que nunca nos llegamos a sentir del todo cómodos ni en el pellejo de Max, ni en el de los monstruos, con los que el espectador también se siente identificado, en sus distintas y complejas personalidades, pues también tienen sus conflictos, unos con otros y consigo mismos, transformándose así un cuento infantil en un relato por momentos áspero, profundamente melancólico y perturbador.

Where The Wild Things Are

La música de Karen O, que en 2011 cantó un tema en el disco Crazy Clown Time de David Lynch y en el momento de realizarse la película era la pareja de Jonze (ahora está casada con otro director, Barney Clay), es la cómplice ideal del salvajismo y la furia, entendidos como liberación, distensión; la vitalidad de Max sin limitaciones, sin una autoridad a la que dar explicaciones; saltar, golpear, romper cosas, correr, gritar. La cámara del director también lo es. Jonze rueda con claridad, nuevamente, como hacía con los guiones de Kaufman, no busca la floritura ni dejar especial constancia de su presencia tras el objetivo, intentando que lo principal sea lo que se cuenta y no el cómo se cuenta, priorizando la historia, pero a la vez sin descuidar el envoltorio. Es por ello que existen destellos formales de interés como el empleo del contrapicado con una función narrativa, que ejemplifica una nueva dualidad de las que hablaba inicialmente. En casa de Max, es empleado como visión subjetiva del protagonista, que observa desde el suelo a su madre, la autoridad contra la que se rebela, mientras que en la tierra de los monstruos, cuando Judith inicia una conversación maliciosa con este, en la que de repente comienzan a reir alternativamente, para acabar en la pura agresión, cuando las carcajadas se convierten en un desafío mutuo, es ella quien le ve desde abajo a él; Max se ha convertido en lo que odiaba, lo que le hizo huir de su mundo. También están las secuencias musicales que no dejan de ser pequeños videoclips comprimidos con detalles como los saltos voladores de los monstruos o el imaginativo montaje de planos circulares de estos arañando un tronco, o las inclusiones puramente fantásticas, como la aparición de un perro gigante en medio de un paseo desértico o la maqueta de la ciudad acuática que Carol le enseña a Max, recorrida por la cámara al nivel del agua…

Del mismo modo que Max emprende un viaje de crecimiento personal camino de la madurez, Spike Jonze inició con esta película otra travesía, muy necesaria para poder dejar de ser “el realizador de los videos de X” (que al final no está tan mal) o “el director de los guiones de K”. Donde viven los monstruos fue un proyecto mucho más personal (aun contando con la colaboración de Eggers y el punto de partida de Sendak) en el que demostró que la habilidad y solvencia exhibida en sus dos películas previas no eran fruto del talento ajeno. Con Her, en un nuevo paso hacia la adultez cinematográfica, tal vez el definitivo, se desprende de toda ayuda adicional en la escritura y nuevamente le ha salido bien la jugada, inventando un futuro cercano en el que los hombres llevan pantalones por encima del ombligo y los humanos mantienen relaciones estables con sus sistemas operativos, pero sobre todo consiguiendo una película fiel a su estilo, con imaginativas ideas visuales que contaminan la sobriedad de la puesta en escena, y que incita a reflexionar sobre la deriva de los avances tecnológicos y el futuro de la humanidad tan solo yendo un poco más lejos de la realidad actual, con un resultado bastante inquietante. Mientras haga cine como este, puede olvidarse de la madurez mental en juguetes como Bad Grandpa, juguetes, que como todo su cine, son capaces de emocionar.

(Este videoclip no lo dirige Jonze, pero poco importa)