Movistar Americana Film Fest

Nos contaba Mar Canet, una de las responsables de producción del Americana Film Fest, que este proyecto empezó a tomar forma en una de esas conversaciones de borrachera, en la que las personas reunidas se proponen a sí mismas y a las demás toda clase de ideas para salvar el mundo o, como mínimo, para hacerlo un poco más divertido. Que finalmente este festival se haya celebrado es, pues, entre otras cosas, una pequeña victoria de la embriaguez. Luego, la historia es que Movistar convocó un concurso, se presentaron y lo ganaron, pero esto es más aburrido y no importa tanto. Lo que importa es que, del 13 al 16 de febrero, los barceloneses cines Girona acogieron la primera edición de un festival de cine independiente americano, tres palabras que, juntas, hoy en día quizá suenen a canción pasada de moda, aunque en Estados Unidos siguen haciéndose películas con cuatro u ocho duros, que merecen ser vistas e incluso, algunas, disfrutadas. Estuvimos allí, nos tragamos unas cuantas y esto que sigue es lo que tenemos que decir sobre ellas.

The Motel Life (Alan y Gabe Polski, 2012)

Cuenta el debut de los hermanos Gabe y Alan Polsky con un nutrido arsenal de postales vintage sobre el fracaso (no sé si el adjetivo correcto sería vintage, o retro, o americana como el nombre del festival), evocando unos Estados Unidos sucios y tristes pero inevitablemente molones, con sus carreteras, sus letreros y sus neones. E igual que ocurre con sus escenarios, las tragedias de los protagonistas de The Motel Life huelen también a producto prefabricado, o como máximo a sonata de perdedores escrita con mimo pero sin demasiada inspiración. Son dos hermanos que malviven y se quieren. Les han ocurrido algunas cosas a lo largo de la vida, y les va a pasar alguna más. Quieren escapar del infierno de mugre reluciente por el que deambulan, pero no saben muy bien cómo. Uno de ellos le cuenta al otro historias fantasiosas, para ayudarle a evadirse, y estas historias aparecen en la película como fugaces insertos animados. También hay una historia de amor, bonita y triste, por si lo dudabais. Nada de todo esto es demasiado alentador, y tengo que decir que el último plano de la película me sabe a un rancio de mil demonios. Más que nada por el detalle del cartón de leche.

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Audrey the Trainwreck (Frank V. Ross, 2010)

Dormité durante la primera mitad de esta película que empezó pareciéndome fea, nada agradable a la vista. Cada vez que despertaba los personajes estaban hablando de cosas sin gracia ni importancia, por lo que yo trataba de agarrarme a las posibles dobles lecturas de frases como “este bollo es tan denso que no me lo puedo comer”. Tenía que haber algo ahí, agazapado tras esa insustancialidad casi de filme de terror cotidiano, y a medida que me fijaba en las caras de los protagonistas, de Ron (Anthony J. Baker) y Stacy (Alexi Wasser), descubrí que ellos también se daban cuenta de su pertenencia a este mundo extraño y a menudo desolador. Así, mirándoles, oyéndoles hablar, asistiendo a su primer beso en la noche, fue creciendo en mí esta comedia romántica imperfecta, humilde y sincera, crónica de los primeros coletazos de un amor entre dos personas que se resisten a resignarse. Y si antes decía que The Motel Life tenía un último plano de lo más rancio, el anticlimático gag con el que acaba Audrey the Trainwreck condensa de forma estupenda el tono y las intenciones de la película.

The Retrieval (Chris Eska, 2013)

A priori, sonaba bien: una historia de iniciación ambientada en las postrimerías de la Guerra de Secesión norteamericana, con elementos de western y road movie. Una vez vista, The Retrieval resultó ser ante todo una pieza de cámara, pese a desarrollarse toda ella a campo abierto, una obrita de teatro con paisajes hermosos y buenas intenciones. Y aunque funcionar, funciona, y tiene diálogos cargados de verdad y los personajes son hasta cierto punto estimables, todo termina resultando muy pautado y esquemático, como si una vez hubiéramos oído las frases de rigor sobre unos cuantos temas cruciales ya nos pudiéramos ir a dormir contentos. Y a mí terminan interesándome menos las enseñanzas morales que el viaje en sí, el ver a dos figuras anónimas cruzando bosques, yendo hacia algún lugar. No está mal, pero su embrujo es de corto recorrido.

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Drinking Buddies (Joe Swanberg, 2013)

Se toma algún tiempo Joe Swanberg para mostrarnos a las claras los puntos que supuran en esta película que poco tiene de comedia y sí mucho de laberinto amoroso, un laberinto trucado y fatal, que dejaría de serlo si las cuatro personas que por él deambulan fueran más transparentes y menos bastardos respecto a lo que hacen y sienten. Poco se le puede reprochar a Drinking Buddies, un filme que se propone contar una historia y la cuenta, sin alardes ni injerencias, apegándose a sus personajes y dándonos la información justa para que sepamos qué es lo que está ocurriendo. Me parece especialmente digno de mención el que Swanberg sea tan fiel a la idea de contar una historia de sentimientos: aunque veremos algún que otro beso, apenas seremos testigos de intercambios físicos entre los personajes, porque no importan y porque este partido donde nadie gana y nadie pierde se está jugando en un estadio que no es el de la consumación sino el de saber por quién quieres apostar.

 Toni Junyent

Ain’t Them Bodies Saints (David Lowery, 2013)

Si Upstream color (Shane Carruth, 2013), de la cual Lowery es montador, parece la obra sci-fi de Terrence Malick, Ain’t Them Bodies Saints tiene mucho también del maestro. Esta cinta noir rural se mueve entre paisajes con ecos de Malas tierras, Dias del cielo o To the Wonder. Pero incluye, además, no pocas  de las estrategias de Malick, de una fotografía que busca los haces de luz natural a un montaje elíptico que esconde situaciones o diálogos y que deja otros a la colaboración del espectador. Iniciada con un conjunto de secuencias intensas que presentan a los personajes a la par que desarrollan el conflicto en breves minutos, el metraje restante mantiene la tensión de principio a final. Ecos de La jauría humana (The Chase, Arthur Penn, 1966) nos llevan a la olvidada América profunda y a una historia de amor condenada, como el director da a entender, desde el inicio. Un amor fou que topa, brutalmente, con la realidad y que se enfría unilateralmente. Lowery sigue y narra con serenidad, concisión y brillantez. Hay, sin duda, discutibles opciones de guion pero no empañan una obra ni la labor de un director al que habrá que seguir. Una de las más interesantes apuestas de este nuevo festival.

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Short Term 12 (Destin Cretton, 2013)

Cuando los Dardenne decidieron seguir a Rosetta con una cámara enfermizamente obsesionada por su presa, cuando Gus Van Sant hizo algo parecido clavándose en el cogote de sus protagonistas, se produjo una doble reacción. Por una parte, la división entre detractores y admiradores del modelo pero, especialmente, y, por otra parte, la creación de tal modelo. A partir de ellos buena parte de las obras de autor se autodefinieron colocando la lente prácticamente sobre los protagonistas. En el caso del cine independiente americano se han definido otras claves para el modelo. Personajes insertos en un medio que rechazan y que luchan por mejorar, aunque sea con pequeños gestos. Historias menores y ambientes cotidianos pero que se alejan del realismo sucio para orientarse a una suerte de costumbrismo. Buenrollismo en las relaciones aunque los personajes estén naufragando, profesional, sentimental y/o emocionalmente. Brotes de rabia, los justitos para demostrar que la bonhomía de los protagonistas es real. Un punto de feminismo, tal vez. En este sentido Short Term 12 (para mí, injustificadamente alabada y reconocida ahora con el premio del público) es una cinta tan prefabricada en su guion como Drinking  Buddies. Dos películas que parecen haber sido diseñadas para un público y una crítica específicos (tal vez deba decir que lo siento, no estoy entre ellos). Dos películas de chicas fuertes y simpáticas, aplicadas en sus respectivos trabajos y con una sesgada perspicacia personal que les permite avanzar más laboralmente que en el ámbito personal (aunque este hecho sea más marcado en el segundo caso). Dos personajes a los que se les caracteriza también mediante la bicicleta que utilizan (pobre recurso tópico) y sobre la que son captados mediante diversos planos. Drinking  Buddies resulta tan funcional en su búsqueda de lo cotidiano, de lo independiente, que se disuelve en la memoria y podría no sólo identificarse sino confundirse con muchas obras de las dos décadas previas. El problema es peor para Short Term 12, que nos remite a obras tan viejas como La ciudad de los muchachos (Men of Boys Town, Norman Taurog, 1941) sin aportar más que una muy discreta puesta al día de las propuestas de superación personal y solidaridad.

The Kings of Summer (Jordan Vogt-Roberts, 2013)

Libertad, diversión, frustraciones, amor, rechazo… como dice uno de los personajes, ritos de paso a la edad adulta. The Kings of Summer es otra obra sobre la adolescencia. Pero no es una obra más. Vogt-Roberts elabora una brillante, intensa y muy divertida mirada sobre una etapa de la vida tan rica como variada en experiencias. A Joe y Patrick, los dos amigos protagonistas, adolescentes frustrados  por unos padres aburridos y realmente insoportables, se les une un tercer personaje más joven (Biaggio, toda una sensación, interpretado por Moisés Arias), obsesionado por las tácticas de guerrillas y la supervivencia en la jungla. Aprovechando las vacaciones estivales huyen al bosque vecino (un pequeño espacio verde no alejado de la ciudad, mucho mayor en su imaginación que en la realidad) dónde construirán una casa, su refugio frente a unos adultos que les menoscaban. Ecos de Tom Sawyer y Huck Finn, de robinsones suizos, y de tantas obras juveniles, sin ser excesivamente innovadora, The Kings of Summer es una obra absolutamente recomendable por el buen humor que desprende, por sus diálogos y gags visuales y por la falta de pretensiones. Ello, unido a la agilidad y la sutileza que el director sabe insertar en su narración, da pie a una obra que supera a la que podría ser su referente más claro, Stand by Me (Rob Reiner, 1986).

In a World… (Lake Bell, 2013)

Una película de aquellas que nos sumergen en situación contradictoria. Producida, escrita, interpretada y dirigida por Lake Bell, esta cinta sobre una dobladora de tráilers cinematográficos que competirá con su padre (y un ocasional amante) por un trabajo muy valorado, constituye una divertida comedia de brillante guion. El tema de por sí es original, la competición entre dobladores, ambiente poco trabajado en el cine salvo por algunas apariciones tangenciales en cintas de Almodóvar o en la sugerente y mórbida (nada que ver) Berberian Sound Studio (Peter Strickland, 2012). El tono, de comedia ligera, eleva la historia y la hace realmente atrayente, junto con buenos gags y diálogos chispeantes. Lamentablemente la realidad llama a la puerta. Y debemos reconocer que en este mundo hay cine y hay televisión y la obra de Bell está gravemente limitada por una puesta en escena muy estática, poco imaginativa y absolutamente deudora de las sitcom. Si ello no nos hace sufrir podemos, incluso,  pasar un buen rato.

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Jack Goes Boating (Philip Seymour Hoffman, 2010)

Señal de la profesionalidad e interés de los organizadores de Americana, se incluyó con gran agilidad la única pieza dirigida por el recién fallecido Philip Seymour Hoffman. Tuvimos suerte de apreciar esta obra oculta (no estrenada, como tantas otras, por estas latitudes) en un único e improvisado pase. Jack Goes Boating es una cinta basada en la homónima pieza teatral en la que se narra la mínima historia de un solitario e introvertido chófer de limusina, una pareja de amigos y la relación que establece con una conocida de aquellos. Más próxima, ahora sí, al realismo sucio que a la comedia de la Costa Oeste, nos presenta trabajadores vinculables a los white collar (administrativos) que viven en pequeños apartamentos. A diferencia de los protagonistas de In a World o de Drinking Buddies ni se codean con estrellas audiovisuales ni son guapos y marchosos. Jack viste los rasgos desproporcionados de Hoffman, Connie no es ya una jovencita y la pareja que integran Clyde y Lucy está lejos de ser una pareja feliz como lo sería la de los admirables protagonistas de Short Term 12. Hoffman no puede evitar cierto vacío en algunas escenas al retratar la monotonía de sus personajes y se echa en falta una mejor descripción de sus antecedentes pero el tono aproxima espléndidamente la narración a las emociones, a la timidez, el miedo a ser rechazado, a fracasar, la rabia que pequeños contratiempos desencadenan en contextos de zozobra. Por otro lado, más allá de conseguir buenas interpretaciones a partir no sólo de un texto sino de cierta improvisación, Hoffman revelaba que tenía posibilidades como director al despegar la historia de su origen teatral mediante el uso de planos cenitales, de montaje con fundidos entre imágenes de la calle y del agua o el recurso al clima para vincularlo al estado emocional. Si su pérdida como actor fue dolorosa, este descubrimiento nos hace, si cabe, lamentar aún más su muerte.

Antoni Peris i Grao