Ante todo, había reivindicado la libertad de pensamiento y el placer de vivir en la tierra, pues el reino de los cielos era mejor dejárselo a los gorriones.
— La montaña mágica, Thomas Mann

En la linde de un bosque nevado, Hans Castorp se pregunta por la naturaleza compositiva de las cosas: de qué manera elementos invisibles a primera vista se agrupan para formar unidades perfectas que, sobre la marcha, se estrellarán imperfectamente contra la tierra. El joven, que representa a toda la juventud vacunada contra los horrores que harán posibles los sueños más grandiosos, toma como referente un copo de hielo, y en su reflexión traza un viaje condensado desde la telaraña del pensamiento germano hasta la arquitectura clásica griega. En ese vacío natural, espiritual y, de cierta manera, cultural, Castorp se incomoda ante la evidencia de que las obras perfectas se sustenten sobre la irregularidad que permite sus nítidas apariencias. En el fondo, lo que teme es que el hombre nunca posea la fragilidad que admira en las cosas nacidas de su mano o de la naturaleza. El copo se deshace, pero otros tantos quedan.

La perfección matemática admirable en las partículas de agua congeladas se oculta como la impecable salud de un joven educado y fuerte. ¿Qué sentido tendrán los pulmones rosados, su florida ramificación de bronquios limpios y ejemplares, si sólo el doctor los ve, y a través de una placa, de una placa fría y negra? La danza de Castorp, como la del copo, es lenta y en una dirección vertical que ve ampliarse el suelo. La salud que puede jugar a la enfermedad y el desvío planificado de las proporciones áureas se asemejan al griterío juvenil que quiere cantar bellezas junto a las marchas militares, o que no encuentra diferencia ya entre uno y otro suceso. Como las épocas felices, las que nada temen y se reparten entre la unidad familiar de las ciudades y los sanatorios en lo alto de las montañas.

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Y sucede entonces que Castorp se va de las páginas, como una estrella de nieve que una ráfaga deshace y entremezcla con las demás, y no es necesario saber de él, pues aquella fue la tragedia de quienes, queriendo seguir admirando el cielo, lo vieron todo arrastrado a la tierra. Pawell Huelle intentaría regresar al prólogo del personaje, porque el después, o las últimas preguntas abiertas del libro, carecerán siempre de respuesta. No obstante, Hayao Miyazaki podría haber sido el único en intentar un relevo imposible, quizá por entenderlo como otro dejarse llevar, o una vida activa en la inercia de las cosas. En las almohadas, los trenes que retoman su impulso, los avioncillos de origami que alguien propulsa, los cargueros y los bombarderos destinados a uno u otro lado del cielo.

Hans Castorp es un superviviente de clase alta y no tiene heridas en su superficie. Se ríe de y con los jóvenes, come sano, hojas de periódico y de color verde, canta en el idioma que ya nunca habría de cantar por sí solo, sino al amparo de las naciones, y pule día a día la sonrisa del fracasado que vuelve a escalar la montaña, donde ya no nieva. Y, sin embargo, otras piezas blancas caen, como aviones de papel, anticipando los silencios de la novela de Thomas Mann y aquellos que Miyazaki ejerce con respeto, motivado únicamente por el individuo. Las elipsis que siguen e incluso anteceden al hecho aislado de las cosas deshaciéndose. Un tren accidentado que es recibido por sus protagonistas y daños colaterales sin la pompa del espectáculo. La maleta que se abre para perder algo y el paquete que se desenvuelve para recuperarlo. Y los pulmones, los pechos que tosen esas partículas perfectas en cuerpos al borde del derrumbamiento. Como un resfriado eterno en pleno verano, ahora que los fondos animados brillan con mayor intensidad que nunca y un toque de rojo surca el cielo despejado. Aún no hay cerdos que lo pueblen, que lo contaminen y lo rescaten. Y Miyazaki une el sueño de la realidad con el suyo propio, los que ya tuvo y el que regala como posible último broche, posición que en última instancia no importa porque lo que sueña el niño lo fabrica el adulto, y a la inversa.

Fascina el sonido, o su ausencia: ¿qué debe haber, sino la nada, en una montaña de agosto que nieva? El pensamiento se entorpece a sí mismo y la luz se dilata en todas las curvas imaginables, que arrancan en base gruesa y terminan en punta fina, a punto para la escritura, el dibujo, el pinchazo del insecto que vuela. Los aviones, las avionetas y las criaturas aladas que los han inspirado, como las espigas que corcovean al unísono, las olas ventosas de los terremotos, los silbidos y los golpes de brisa que arrastran las pérdidas de un lado a otro. En busca de nuevos ocupantes, como el asiento vacío del vehículo del kamikaze. Las onomatopeyas que imita el niño al leerlas de los tebeos (esos espacios blancos con violentos sedimentos negros), y el abuelo al remarcárselas en esos relatos orales que los adultos desdeñan (un pasado negro que la memoria blanquea, y que el pequeño acoge como un copo intacto). Unidos, dentro y fuera de la pantalla, imaginando que el amor era proporcionalmente perfecto y que el sueño hecho oficio brillaba a la altura de los planes confeccionados frente a los padres.

Por eso distintas bocas, o una única gran boca que mueve los destinos de personajes tan quietos y separados como Castorp y Jiro Horikoshi, soplan y barritan y mugen y barruntan cuando el avión se estrella y el viento se levanta, y sólo queda vivir porque la ficción no tiene otro propósito, y fuera de ella la lírica de la vida se perdería. Aquí y en un hotel de una falsa Budapest, en verdes valles, en la barca de una inmigrante, y el último año en Marienbad, o en un cuento de James Thurber; cualquier sitio que haga recordar, amarcord. Muy pronto, algo se ha ido, como las conclusiones del joven alemán al seguir la trayectoria de un pedazo de hielo, y semejante pasmo parece ansiar un estallido y el grito del melodrama y de la condena pública, ambos acallados, pues «¡ya vendría la guerra! Y sería bueno, a pesar de que traería consigo cosas muy diferentes de las que esperaban sus autores.»