Stoller y Lowery, vecinos de casas enfrentadas

Tal vez me encuentro en el lado equivocado para escribir esto. Porque no me he reído en determinados momentos, o no he bostezado en otros. Porque no llevo tal tipo de camisa, o en mi mesa de noche hay un libro y no otro, o en una fiesta pediría tal cóctel y no aquel, o cualquier rasgo más o menos azaroso o combinación de rasgos siempre decididos por otros que imponen que uno debe o no escribir algo, que pertenece a uno u otro lado de la valla. Porque, dirían, no se puede hablar de Malditos vecinos (2014) al mismo tiempo que se evoca En algún lugar sin ley (2013); hay parcelas excluyentes y barrios que nunca podrán tocarse, a costa de las normas físicas de la cartografía y de un sentido común inventado según el cual los individuos funcionan por principios moleculares: si esos dos se encuentran, se rozan, algo detonará y la metralla será sucia, desagradable.

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Cada una de esas facciones carga con un equipo de deberes en parte heredados por tradición, en parte asumidos por convicción social, lo cual no implica que ambas razones lleguen a contradecirse. Los estudiantes deben aprovechar al máximo la flexibilidad y resistencia de sus cuerpos jóvenes, y los padres primerizos sacrificar el egoísmo del ocio por un estado de vigilia y vigilancia permanente. Sin embargo, esas convenciones se adaptan de forma dificultosa a otras circunstancias, como el bebé que se convierte en pedal que espolea o frena, o ambas cosas al mismo tiempo y en direcciones enfrentadas, la plenitud de la vida y las responsabilidades legales. Si las fraternidades universitarias erigen su vocación de riesgo dentro del juego de resistencia de unos patrones de conducta, o normas de rectorado, y los matrimonios en sus treinta y pocos terminan probando la tolerancia de lo biológico ante lo cultural, ¿no está legitimada una pareja rota físicamente a demostrar su cercanía emocional?

En caso de que lo mitológico sirviera para algo más que descripciones socorridas, si el viaje del antihéroe de En algún lugar sin ley equivale al tan comentado Odiseo y su persecución de la idealizada Ítaca, los enfrentados en Malditos vecinos serían centauros y lápitas que se esconden tras los compromisos empañados por la ebriedad. El banquete deriva en un caos orquestado por impulsos primarios, aquellos que rápidamente disuelven la lógica y la efectividad de los principios básicos de la etiqueta. No obstante, a la hora de abordar esta clase de historias, estas dos clases de relatos tan bien diferenciados en la teoría, las etiquetas se invocan como principal argumento en la práctica y entre quienes practican la apropiación real de la materia ficticia. ¿Por qué no ejercitar, entonces, la misma actitud en lo teórico, y llevar la borrachera fuera del tubo de ensayo? Que la comedia soez y el melodrama épico pueden dialogar, que el resultado puede ser desastroso, que los finales no conducen necesariamente a un orden nuevo. Cuanto más oscuro resulte el panorama de cierre, con mayor prontitud se encenderán las linternas de emergencia: el lugar común, el chiste beatífico, un lens flare. El hastag que ahora también correrá el peligro de clasificarse como algo legal o prohibido.

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Pero la importancia recae en la cirugía aplicada a lo legítimo. Sólo en una ocasión entré en un Abercrombie&Fitch, intentando rastrear una camiseta. El local, ubicado en Estados Unidos, recreaba una penumbra atípica y desconcertante, allí donde hacía unos segundos brillaba el sol contra el escaparate y ahora marcaba el pulso de las compras una melodía a un volumen más elevado de lo saludable. No había modelos, como Zac Efron, luciendo abdominales en la puerta (una estrategia real, por otra parte), pero en la bolsa aparecía una reproducción en blanco y negro del torso, desprovisto de cabeza, de otro efebo semejante. Quizá sea uno de los lugares más solitarios del país, más aún que cualquier sala de fiestas dotada del mismo ambiente, ya que en ese enclave al menos todos han acudido a buscar algo escondido bajo las camisetas, y no a estas. Se trata de un apunte más pesimista de lo que parece para el personaje de Efron en Malditos vecinos, ese ser anónimo, torso sin rostro, que ha adelantado el reloj de apurar el tiempo antes de quedarse con arrobas de años largos y, con mala suerte, vacíos. Su cuerpo es un reclamo efímero, una farsa que algunos compran y en la que otros tantos creen religiosamente, como esos trofeos de guerra conservados en estuches de la no menos oscura tienda de En algún lugar sin ley. Dos peceras revestidas de moho y herrumbre. Cualquier cosa puede haber sobrevivido y germinado dentro de ellas, tal vez fuera de los límites.

El dedo gusta de trazar palabras gruesas y groseras en esas superficies sucias. El dedo ha quedado igualmente cubierto de porquería, pero poco importa una vez plantada la etiqueta. Dentro de Abercrombie & Fitch las prendas parecen iguales, poco llamativas; logotipos de tamaños variables por todas partes. A la salida, donde el mozo de turno no luce nada más que musculatura, los individuos se dispersan y reparten por el mundo los emblemas de la tienda. De pronto, las letras parecen más grandes y los compradores, más originales. En esta clase de comportamiento comercial reposa uno de los principios del fenómeno de algunas comedias nuevas, con independencia de las reflexiones suscitadas en torno a la posible existencia de una nueva comedia, estadounidense o de cualquier coordenada ajena. Es un principio narrativo que podría aplicarse en otros géneros, así como el tono de la película de David Lowery no tiene nada que ver con el de Stoller. Y en este, como en Apatow, Jay Roach, Jake Kasdan o el tándem Josh Gordon y Will Speck, se percibe una tendencia al uso de la etiqueta con sus implicaciones globales: es esta una historia de personajes que querría ser la síntesis definitiva de un demográfico, mientras otros como Adam McKay, Rawson Marshall Thurber, Joe Swanberg, los Duplass, Gregg Mottola, Paul Feig o Phil Lord y Christopher Miller invierten el proceso de presentación y allí donde se recrea una situación tópica o un contexto genérico preocupa antes la vocación individualista, la comedia limitada al microscopio y no al altavoz generacional. Habría que recelar, entonces, de quienes se identifican con los vecinos de Stoller como adhesivos de presentación en una gala de antiguos alumnos: allí donde fui Efron hoy soy Rogen. Pero esas son idealizaciones de la farra y del cansancio paterno-materno-marital, un sueño disfrazado de lamento que delata ese plan de tarde de sábado en calma. Los padres que se entretienen de puertas adentro disfrazando a su hija de personajes emblemáticos en la cultura catódica contemporánea. Unas instantáneas que equivaldrían a aquellos retratos de estudio enrojecidos por el tiempo, en los que el bebé de turno entreabre la boca incrédulo por el traje de perifollos que enorgullece a su abuela. ¿Se reconocerá con ternura, después de treinta años, la mujer vestida como Walter White o Don Draper? Quizá hay un exceso de confianza en la supervivencia de las cosas amadas, en la herencia de los padres condenados, hagan lo que hagan, a haber avergonzado a sus hijos.

La familia de hoy sustituye a los Cary Grant y Myrna Loy de ayer, y los veinteañeros que persiguen el retrato de francachela perfecta serán los brontosaurios de mañana. Los prototipos de un lado evocan los referentes del otro, como esa pandilla que confunde a Robert de Niro y Al Pacino. Cuando se habla de matar, David Lowery introduce un destello antitético de sol que no invoca con ironía ni con literalidad las señas de un Malick, aunque las estepas están igual de secas y los vestidos caen en esas mismas ondas lacias, que parecen rastrojos, como personajes vestidos en un saldo de década indefinible. La construcción del presente a través de los padres legítimos o putativos genera bastardos que poseen mayor interés en los puntos negros del relato. El tema de las casas y de su capacidad de representación de un poder y un orden superiores es común a las películas de Lowery y Stoller; en ambas los progenitores defienden el orgullo de un legado de cuatro paredes cuya intimidad es fácilmente violable. He ahí por qué el fugitivo interpretado por Casey Affley se muestra ofendido cuando descubre que ha sido el hombre viejo, y no él, quien ha dado un hogar físico y estable a la esposa y la hija que ya no esperan. ¿Cuál es la historia de ese hombre que crió a dos niños, más tarde amantes como un desvarío entre el romance artúrico y la novela del Oeste de veinte centavos? ¿Es que ya se ha olvidado al padre original, refugiado en su tienda oscura y en el porche de enfrente, y la acción debe reposar en el otro lado de la valla, donde respiran ilusiones jóvenes, es decir, ingenuas?

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Las dos niñas de Malditos vecinos y En algún lugar sin ley contemplan sin reaccionar las tragedias protagonizadas por sus padres, ya estén revestidas de algo hilarante o grosero, melancólico o sentimental. Cada película se define de manera diferente, según la encañone uno u otro habitante del césped común, según la juzgue la altura del ave que cree situarse sobre todas las cosas. La mirada pura y vacía de esas dos niñas encierra la lectura esencial, la que nunca nos será leída en voz alta. Ese momento en que el juego entre jardines revela tablones sueltos por los que acceder a otras parcelas libremente, y objetos perdidos en la maleza que rememoran el pecado de los padres y las diversiones futuras, siempre antes de regresar a casa a una hora prudente, sin que se noten las ausencias. Ni las cartas manuscritas ni el walkie-talkie dan aviso de ningún acto de rebeldía o queja por parte del bebé. Aún carecen de parte en estas historias y, sin embargo, todo trata de ellos. Los hijos que ratificarán la buena decisión de trasladarse a un buen barrio en el que invertir todos los ahorros, poco a poco recuperados para una buena universidad, para otra casa en la que el niño festeje y olvide que sus padres nunca fueron adultos. Se le impondrá la elección de un terreno de medidas estándares, uno que poblar con vasos de plástico rojo y restos de fuegos artificiales, antes de tener que barrerlo y fingir, frente a nuevas generaciones, que la tierra es un lienzo en blanco, sin etiquetas ni bandos. Un vecindario sin tensiones ni victorias, que no bufó cuando sus padres se degradaron al nivel de las rencillas adolescentes y a la muerte en brazos el uno del otro, totalmente pasada de moda. Un Walter White, un Don Draper.