Cines del Sur, ese festival heroico de Granada que se ocupa de las cinematografías emergentes de ese concepto tan difuso y a la vez tan fácil de comprender para cualquiera como es El Sur, ha cumplido su octava edición siguiendo su máxima de responder a esa «necesidad de acercar posturas que favorezcan el entendimiento cultural, más que el choque de civilizaciones, hace cada vez más urgente la búsqueda de espacios de confluencia capaces de arraigar una cultura del diálogo» según la afortunada frase que el desaparecido y añorado Alberto Elena —uno de los pilares de este certamen y al que estuvo dedicada esta edición— escribió allá por el 2005. Una principio que sigue teniendo la misma validez e importancia hoy en día aunque no parezcan tenerla del todo claro los responsables del aspecto presupuestario de esta imprescindible propuesta del panorama nacional de festivales de cine, ya que las condiciones en las que han de trabajar su director José Sánchez-Montes y su equipo de programación y producción no son ni de lejos las mínimas deseables para uno de los pocos festivales de este país que combina pleno sentido, necesidad y una absoluta coherencia con lo que propone.

Sigue habiendo no obstante motivos más que sobrados para celebrar Cines del Sur: no solamente mantienen una sección oficial competitiva de diez títulos con un alto nivel de calidad —Cines del Sur cuida de forma excepcional su oferta, con una rigurosidad, sensatez y coherencia digna de todo elogio— procedentes de latitudes tan distintas como Irán, Turquía, Túnez, Líbano, India, Taiwan, Uzbekistán, Kenia, Uruguay o Japón que, huelga decirlo, tienen casi imposible su distribución comercial en nuestro país, a lo que hay que sumar la selección de documentales fruto de la colaboración estrecha con el Festival de Cine Documental de Al Jazeera —una ventana al mundo que se oferta de forma gratuita al público que acude al patio del Corral del Carbón—, el miniciclo Amrika: árabes en América, la pequeña pero esencial retrospectiva dedicada al gran realizador indio Ritwik Ghatak o la incorporación en la sección Tan Lejos, Tan Cerca de títulos sí estrenados comercialmente pero no en Granada que cuadran a la perfección con la filosofía de Cines del Sur como Pelo malo, Metro Manila, La imagen perdida o Érase una vez en Anatolia del reciente ganador de Cannes Nuri Bilge Ceylan.

A eso hay que sumar la recuperación de un espacio perdido en los tres últimos años: las Pantallas Abiertas al público en la plaza de las Pasiegas junto a la catedral, donde se pudo disfrutar al aire libre y de forma gratuita de películas como Sigo siendo de Javier Corcuera , la ganadora de la 7ª edición Nairobi Half Life, la deliciosa Ilo Ilo o la producción india rodada en España y sin embargo inédita en nuestro país Zindagi Na Milegi Dobara.

Sección oficial

40 Days of Silence (Chilla, Saodat Ismailova, 2014)

Chilla es una palabra persa que significa cuarentena y ese también es el título original de esta deslumbrante opera prima de la directora uzbeka Saodat Ismailova que proviene del mundo de las video instalaciones y que ha expuesto sus trabajos en sitios como la Bienal de arte de Venecia. Con esos precedentes no era de sorprender encontrarse con la producción más arriesgada y radical desde el punto de vista narrativo que nos hemos encontrado en esta 8ª edición de Cines del Sur y que sin embargo fascinó al jurado al punto de convertirse en la gran triunfadora de esta edición, consiguiendo la Alhambra de oro a la mejor película. En su primera escena, un largo plano fijo de una joven que mira la nada mientras se ve rodeada poco a poco por el fantasma de su tía, asistimos a su decisión de emprender un voto de silencio, del que no conocemos sus motivos. Estamos en un pequeño pueblo aislado en las montañas de Uzbekistán y la joven que emprende ese voto de silencio, algo no inhabitual en aquellas latitudes, vive bajo el mismo techo con otras tres mujeres de tres generaciones distintas: su abuela que enviudó siendo aun muy joven, una tía que ha regresado al pueblo tras vivir en una ciudad más grande y la hija pequeña de ésta. Mientras la historia se desarrolla con largos planos que nos van desvelando poco a poco las costumbres y los ritos de esa casa, vamos aprendiendo que esas cuatro generaciones de mujeres —en la película no aparece ni un solo hombre, aunque sean muy importantes en el relato— tienen formas casi incompatibles de ver la vida, de equilibrar su herencia cultural y la tradición con sus deseos. La rutina de esa vida rural es el centro de una película en la que la directora va obligando poco a poco al espectador a acostumbrar la mirada a un ritmo muy distinto, a prestar atención a los detalles que se cuelan por unos encuadres milimétricamente estudiados en una puesta en escena muy meticulosa. Es muy exigente, si. Pero a cambio ofrece al espectador algo a lo que no está acostumbrado, a usar el tiempo para reflexionar, incluso dentro del mismo plano, aquello que se le está ofreciendo.

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La interpretación de lo que uno ve está preñada de un fuerte simbolismo que hace posible una pluralidad de lecturas en las que intuyo que no hay una sola verdad, sino aquella que el espectador deduce de su interpretación de las imágenes —a menudo muy fascinantes— que Ismailova construye en su relato, estamos ante una de esas propuestas desafiantes que crispan los nervios a los que buscan respuestas fáciles y pueden resultar un atractivo reto a los que buscan nuevas fronteras del lenguaje narrativo. Llegados a este punto, este cronista ha de ser honesto consigo mismo y con el lector y confesar que no tiene una opinión definida sobre 40 Days of Silence. A ratos me sentí fascinado por su ritmo hipnótico y su inquietante y un tanto perturbadora poética. A ratos me desesperó su críptica forma de narrar la historia y de forma un tanto soberbia, uno se siente tentado de culpar a la directora de la propia incapacidad para acabar de atar todos los cabos de la historia. Eso genera una cierta incomodidad. Podría argüirse que ese desconcierto es bueno para alguien con una cierta experiencia en esto de ver cine. Pero también he de confesar que no me siento particularmente seducido por tan radical propuesta narrativa. Si el problema está en mí o en la propia obra es algo que no resolví ni con un segundo visionado: no cabe duda que es una propuesta muy interesante y su uso de ese silencio que a menudo viene impuesto a las mujeres de una forma que resulta elocuente y no resignada la hace efectiva en su denuncia. Es una película que en cualquier otro festival habría sido un excelente premio del jurado por su atrevida propuesta narrativa. Aquí esa audacia formal le valió la Alhambra de Oro, algo quizás excesivo pero no injusto.

Liar’s Dice (Geetu Mohandas, 2014)

Las primeras y deslumbrantes imágenes de Liar’s Dice nos llevan a un pequeño pueblo nevado de la frontera indo-tibetana. Allí viven la pequeña Manya y su joven madre Kamala esperando el retorno de Harud, el marido de Kamala, que hace semanas que viajó al sur en busca de trabajo para mejorar su situación. Desesperada al no tener noticias de Harud, Kamala y Manya emprenden un viaje a la gran ciudad. Pero una mujer joven y una niña procedentes de una zona rural viajando solas en la India conlleva peligros y dificultades. En el camino conocen a Jampa, un buscavidas que se gana la vida como trilero desplumando a los incautos, que acepta por dinero acompañar a Kamala y ayudarla a encontrar a Harud.

La realizadora Geetu Mohandas, veterana actriz casada con el director de fotografía Rajeev Ravi (sin duda responsable del espléndido envoltorio formal) aborda varios temas delicados en su primera película, que navega entre la contundente denuncia social y el drama de esa relación de conveniencia que se establece entre las mujeres y el hombre que las ayuda sin que sepamos gran cosa de sus motivaciones o su pasado. Liar’s Dice se configura así como una obra en la que al espectador le quedan meridianamente clara la situación de indefensión e inferioridad a la que se ve sometida la mujer india frente al hombre por su simple condición de mujer, además de la denuncia de las penosas condiciones socio-políticas que atraviesa ese continente inabarcable y por momentos incomprensible que es la India.

La película gana vuelo cuando centra su mirada en lo pequeño, en la relación del desconocido con la joven esposa y con la niña. El trilero, interpretado con calculada ambigüedad por un estupendo Nawazuddin Siddiqui, es un personaje oscuro al que el espectador nunca acaba de pillarle las vueltas o comprender sus motivaciones, lo mismo que le sucede a esa mujer tan decidida como necesitada que encarna a base de miradas y silencios la actriz Geethanjali Thapa. Ambos, espectador y joven esposa, se quedan enganchados a ese oscuro misterio, a esa tensión no resuelta hasta su final, que se convierte así en el motor principal de una película más que estimable a la que quizás solo cabe reprochar un desarrollo algo moroso de los acontecimientos. Geetu Mohandas sabe mirar de frente a la realidad que describe al espectador y ser asimismo coherente en todo momento con esa mirada. Liar’s Dice se beneficia de esa coherencia hasta su resolución final, por más que a alguno pueda resultarle abrupta o que tira de un recurso de guionista tan trilero como el personaje de Jampa pero que sin embargo no carece en absoluto de fuerza.

It’s Us (Ni Sisi, Nick Reding, 2013)

Ni Sisi es una obra teatral surgida a raíz de la violencia que se desató tras las elecciones del 2008 que causaron cientos de muertos que ha sido representada en las barriadas más pobres de Nairobi y en diversas zonas rurales y montañosas de Kenia. La película que nos ocupa es la traslación a la pantalla de dicha obra. El argumento de la misma es sencillo: transcurre una comunidad rural keniata típica, con su amalgama de tribus, matrimonios entre distintas etnias y familias extensas que viven más o menos en armonía. Hasta que un político local oportunista ve la forma de conseguir votos desatando una campaña de rumores sobre las distintas tribus que generan una espiral de muy peligrosa desde la desconfianza al otro, verdadero caldo de cultivo del odio y la violencia cuyos resultados todos conocemos.

It’s Us tiene dos puntos de interés que hacen que consiga sobreponerse —no del todo, bien es cierto, pero sí en gran parte— a su condición omnipresente de vehículo educativo para la comunidad. El primero de ellos es que su director Nick Reding, de forma muy inteligente, no esconde el origen teatral de la obra sino que lo potencia intercalando con habilidad las escenas de una representación teatral en un pueblo abarrotado de espectadores con las secuencias de la película que estamos viendo siguiendo la misma línea argumental. Aunque no sea especialmente original, este recurso es atractivo y efectivo, consiguiendo disimular uno de los defectos habituales del cine subsahariano: su simplicidad rayana en la ingenuidad, necesaria para que el mensaje llegue fácil a esas comunidades pero poco interesante para el espectador occidental.

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El segundo punto a favor del filme es su juego entre géneros. It’s Us comienza como una comedia de enredo muy ligera, una de esas pelis en las que nada parece demasiado importante y la comicidad bascula entre lo divertido y lo sonrojante. Sin embargo la película cambia bruscamente de tono y hasta de género cuando comienza a desarrollarse la campaña de rumores que desata la desconfianza, las acusaciones de racismo, el miedo y finalmente la violencia. Reding tiene la habilidad de abandonar el juego teatral y ponerse todo lo serio que la ocasión requiere, hasta tal punto que el espectador puede quedar algo desconcertado por el brutal giro de los acontecimientos que experimenta la película. Y ahí es cuando el espectador puede sentir muy de cerca, con los pelos erizados, el objetivo que It’s Us persigue, que no es otro que reflexionar sobre las causas de la violencia, el odio y por supuesto, la corrupción política tan habitual en el continente negro. Educar para prevenir, pero sin renunciar al impacto y la seriedad cuando la ocasión lo requiere. Una obra que zizaguea con habilidad entre géneros pero a la que esta Mención Especial, en opinión de este cronista, le viene francamente grande sobre todo si analizamos los méritos de otras propuestas que se fueron de vacío.

I’m Not Angry! (Asabani Nistam!, Reza Dormishian, 2014)

Un primer plano sostenido de una mujer de rostro desencajado que grita cuando ve algo fuera de plano. Tras el corte al título de la película, conocemos a Navid, un iraní de origen kurdo que trabaja en una fábrica textil cuyas máquinas y ruidos le descentran de forma evidente. Un momento. ¿Seguro que estamos en una película iraní? Parece que estuviéramos en un remake persa de Requiem por un Sueño de Aronofsky: hay planos de menos de una décima de segundo, los personajes se mueven por la pantalla a toda velocidad, las transiciones son frenéticas, brutales, el montaje no da respiro al espectador. Ay, si Kiarostami o Panahi levantaran la cabeza. ¿Pero esto qué es? Superado el susto inicial, pero aun frotándonos los ojos, nos adentramos en el argumento del filme.

Navid tiene serios problemas para controlar su ira. Expulsado de la universidad por su activismo político en las elecciones del 2009 que perdieron los reformistas, su situación es muy precaria cuando pierde su trabajo en la fábrica textil por agredir a su jefe tras el enésimo abuso que éste ejerce sobre él. Sin trabajo, compartiendo piso con dos músicos tan tirados como él y sin perspectivas de que su situación mejore en un futuro cercano, Navid ve peligrar su compromiso con Setareh, hija de un próspero comerciante de muebles que le pide que se mantenga alejado de ella para no arruinar también su futuro. Desesperado, Navid se embarca a contrarreloj en una frenética búsqueda para poder conseguir un préstamo o un trabajo que le permita salir de esa situación pero con el paso del tiempo y sus sucesivos fracasos, la frustración va poco a poco transformándose en agresividad.

Reza Dormishian, nacido en 1981, consigue con su segunda película algo muy parecido a lo que Asghar Farhadi hizo con su monumental Nader y Simin: Una Separación, que nos embarquemos en un viaje profundo y honesto por el interior de la sociedad iraní actual, en la que disponer de un trabajo, un techo o la posibilidad de prosperar es la clave de la felicidad porque en caso contrario puedes asistir a cómo se desmoronan todos los sueños hasta que no te quede nada por lo que vivir. Navid y Setareh se quieren pero la espada de Damocles que el padre de ella hace oscilar sobre la cabeza del Navid consigue el doble efecto de desesperarle y hacerle encerrarse en sí mismo, pues no puede compartir con su pareja sus preocupaciones, lo que le lleva a una espiral inacabable de frustración y agresividad. Dormishian utiliza sus recursos narrativos de forma muy inteligente: cuando Navid está solo, buscando o reflexionando sobre su situación, la cámara y el montaje se vuelven frenéticos, demostrando su agitado estado mental. Solo cuando está junto a Setareh encuentra algo de paz y Dormishian lo reproduce en una puesta en escena mucho más tradicional, calmada. El director está buscando su propio lenguaje narrativo para contar una historia que le toca de cerca no solo a él, sino a toda su generación en Irán.

Pese a ciertos excesos perdonables, el resultado es muy notable: como en la película de Farhadi, las lecturas políticas y sociales son tan nítidas como contundentes. No es de extrañar que las autoridades iraníes hayan prohibido la película: es una durísima diatriba contra algo que va muy mal en aquella parte del mundo. Y una película soberbia pese a que uno abandone la sala laminado ante una resolución una vez más absolutamente coherente con todo lo que se ha expuesto. La realidad es lo que tiene. Duele. Duele mucho. Para quien esto escribe, la joya de este 8º Cines del Sur 2014 y algo ciertamente inexplicable que el Jurado dejara que se fuera de vacío de Granada.

Heritages (Mirath, Philippe Aractingi, 2013)

A poco que uno esté familiarizado con la historia de Líbano, país desgajado del Imperio Otomano tras la I Guerra Mundial, protectorado francés hasta su constitución como estado en 1943 y desangrado en diversas guerras civiles y por hallarse empotrado entre dos enemigos históricos como Israel y Siria, se es algo consciente de lo doloroso que ha sido y sigue siendo para los libaneses sobrevivir en medio de tantas tragedias. El último conflicto con Israel, en el 2006, destruyó de tal forma la infraestructura del país que aun está inmerso en un largo proceso de recuperación, con miles de desplazados y heridas bien abiertas. Fue precisamente en julio del 2006 cuando el realizador franco-libanés nacido en Beirut Philippe Aractingi se vio obligado a abandonar su país en compañía de su familia por tercera vez en dirección a Francia, huyendo con su mujer y sus tres hijos de la guerra y buscando la seguridad que su país de adopción podía ofrecerle.

Es precisamente la toma de conciencia no solo de su propia repetición del proceso del exilio, sino de esa historia familiar en la que durante cinco generaciones sus antepasados han tenido que recorrer el mismo camino huyendo de todo tipo de guerras y masacres, lo que ha llevado al cineasta a contar la historia de su país a través del prisma de su propia experiencia y la de su familia. La propuesta no se detiene ni mucho menos en la descripción de los sucesivos exilios familiares sino que —y esto es lo que hace verdaderamente novedosa e interesante la propuesta— Aractingi se embarca en un delicado proceso personal en el cual describe su propio desgarro entre sus raíces libanesas y francesas y la necesidad de mantenerse fiel a su país de origen al tiempo que es consciente de que su familia tendrá una vida mucho más segura y llena de posibilidades si se queda en Francia.

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Aractingi se abre al espectador de forma casi impúdica, con toda su carga de miedos y contradicciones, mientras intenta transmitir a sus hijos la importancia de la memoria histórica en un país, Líbano, al que describe como en perpetuo suicidio mientras lo asesinan y que huye de todo lo que implica esa memoria. La película contiene así momentos fascinantes como aquel en el que el director les cuenta a sus alucinados hijos su infancia en medio del horror de la guerra mientras rescata del pasado su colección de balas de todo calibre o la contraposición de la vivencia del director con la de su mujer, mucho más luminosa aunque no menos desarraigada en el fondo, que le da a la película un engañoso toque de ligereza que el espectador agradece, como un respiro entre tanta tragedia.

Heritages (herencias, un título de lo más adecuado) se configura así como un relato sobre el exilio y la importancia de la memoria, no solo histórica sino también emocional. El objetivo fundamental del director, transmitir a sus hijos dicha importancia y la plena conciencia de sus raíces parece bastante conseguido a juzgar por la naturalidad con la que estos expresan sus impresiones. Probablemente el realizador también les habrá transmitido sus angustias vitales y eso no evitará que éstos generen las suyas propias. Pero eso será otra historia. Lo que queda entretanto es una película tan valiosa por lo que cuenta como por la novedosa y arriesgada forma narrativa que asume. Y eso que salimos ganando aquellos a los que nos fascinan las historias ambientadas en ese territorio llamado Oriente Medio.

Nobody’s Home (Köksüz, Deniz Akçay, 2013)

La debutante Deniz Akçay exorciza con habilidad los demonios personales de su propia autobiografía en una obra de ficción en la que nos narra el proceso de descomposición de una familia a la que la desaparición del padre ha sumido en una deriva de autodestrucción difícilmente soslayable: mientras la madre, una obsesa de la limpieza y adicta a los culebrones televisivos, se atrinchera en su casa y renuncia a salir al mundo, la hija mayor asume la responsabilidad de sostener la unidad familiar tanto desde el punto de vista económico como emocional, algo que intuye un callejón sin salida que puede costarle su propia felicidad. El único hijo varón de la familia es un ni-ni traumatizado y a ratos agresivo con el que no pude contar, perdido en su propia espiral de confusión adolescente y su hermana pequeña, es una niña que bastante tiene con ser testigo alucinado de las tensiones desatadas en el seno de esta familia cada vez más disfuncional… y un trasunto de la futura directora.

Nobody’s Home tiene pues todos los mimbres para ser un dramón considerable de esos que hay que ver con el paquete de pañuelos cerca por si urge secar el lacrimal. Pero no. Lo que hace verdaderamente interesante esta notable película de Akçay es su sutileza e inteligencia a la hora de abordar la historia: sin que en ningún momento permita que se le escape al espectador la deriva terrorífica de esa familia sin timón, la realizadora turca consigue desactivar los elementos más melodramáticos de la misma apoyándose en una puesta en escena que nunca carga las tintas y dotándose de un socarrón sentido del humor. Este humor fino e irónico, nunca grosero, es el que permite al espectador se ría abiertamente de algunas escenas impagables en las que aunque la tragedia esté al acecho a la vuelta de la esquina, quede en segundo plano ante la humanidad y la comicidad de las situaciones planteadas y los personajes que los protagonizan.

Deniz Akçay no hace trampas y es coherente hasta el final, pues una cosa es que se sea consciente que el humor cotidiano puede ir de la mano con las cosas más terribles de la vida y otra que convierta estos asuntos en algo trivial. No lo son en absoluto y a nadie debería extrañar, si se está lo suficientemente atento a lo narrado, la forma en la que la directora finaliza su película. Los años de terapia para superar según qué traumas enseñan eso, que uno puede reírse de la tragicomedia que es a menudo la vida, pero que eso no es lo mismo que esquivarla. Una película que inauguró el festival y también esa colección de sugerentes miradas femeninas que dominaron esta sección oficial hasta en el palmarés, donde quizás habría merecido algún reconocimiento.

El lugar del hijo (Manolo Nieto, 2013)

Ariel, un chaval con ciertos problemas motrices, activista universitario, recibe en Montevideo la noticia del fallecimiento de su padre y ha de viajar a Salto, en el interior del país, para hacerse cargo de su herencia. Allí descubre que su padre le ha dejado un buen puñado de deudas, un rancho hipotecado, unos terrenos que contienen un ganado que tendría que liquidar para hacer frente a sus acreedores y una casa familiar en la que se ha instalado la amante de su padre. Se pone en contacto con los universitarios de su ciudad, igualmente ocupas en huelga, igualmente desorganizados, y trata de integrarse en ellos. Ariel asiste a todo lo que le rodea un tanto superado por los acontecimientos.

Curiosa esta película del uruguayo Manolo Nieto, autor de La perrera, en la que seguimos la peripecia de Ariel, militante confuso y desubicado que es incapaz de encajar con nada de lo que le rodea. Lo mejor de la propuesta es la profunda sorna con la que se retrata a esos huelguistas/ocupas de poca monta y menos entendederas, asambleístas hasta el absurdo, fiesteros impenitentes y conseguidores de nada. Eso y el choque que supone para el afable Ariel ver como sus valores, su discurso de izquierdista de salón, choca mal con la realidad en sus desalentadoras experiencias tanto en el ámbito universitario como sobre todo en ese amenazante entorno rural con el que no tiene nada en común y que en el tramo final de la película provoca un sorprendente cambio de género cuando se transforma en algo casi parecido a un western, haciendo que adquiera un insospechado nuevo vuelo. La leve parálisis y esas dificultades en el habla reales del actor Felipe Tieste incorporadas al personaje son un elemento esencial de la propuesta: a Ariel le excluyen de todo ámbito del que intenta formar parte y al espectador le genera una incomodidad que en el fondo le va bien a la historia que está contando Nieto.

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El lugar del hijo es una película francamente pesimista en su irónica visión de la diferencia de clases y en su retrato de ese conflicto urbano-rural de la que habría que comprobar su eficacia como sutil metáfora del propio Uruguay, algo que parece estar en el ánimo de su realizador. Entiendo que no es una película para recomendar a todo el mundo, pero sus aciertos, que no son pocos, hacen que merezca la pena su visionado.

Bastardo (Néjib Belkhadi, 2013)

En un barrio marginal de una ciudad tunecina, un hombrecillo llamado Mohsen pero al que todos conocen como ‘Bastardo’ y desprecian más o menos abiertamente, rumia su mala suerte cuando le despiden de su trabajo. Su amigo Khlifa, en un raro golpe de suerte, consigue que una empresa de telefonía instale encima de su casa una antena que servirá como repetidor de señal y que trae consigo dos efectos inmediatos: el primero es que Mohsen empieza a recibir unos sustanciosos ingresos mensuales y el segundo es que la antena trae al barrio la modernidad en forma de teléfonos móviles, cuyo contrabando también se convierte en un jugoso negocio que trastoca la forma de relacionarse de todo el barrio, despertando las envidias del jefe local Larnouba, un tipo que heredó el puesto de su padre y que aunque se crió con Mohsen no duda en enfrentarse a él para conseguir su parte del negocio.

Nejib Belkadhi, que con su primer trabajo VHS Kahloucha consiguió asomarse a los festivales de Cannes y Sundance en el 2006 y alcanzar así una cierta notoriedad, traza en Bastardo una metáfora bastante evidente sobre los peligros que puede acarrear la modernización y la riqueza inmediata en determinadas comunidades que siempre se han regido por una cierta tradición inmovilista. La ascensión al poder y la nueva consideración social de Mohsen sobrevenida por el dinero y algo tan banal como una antena de telefonía permite cierto juego pero el realizador parece mucho más interesado en mostrar su originalidad al poblar su relato de algunos personajes estrambóticos que rayan en lo grotesco o coqueteos con lo fantástico que funcionan como puntos de fuga de una historia en el fondo bastante convencional.

A nadie se le escapa que en esta historia de lo que es necesario hacer para conquistar y perpetuarse en el poder y la trasformación progresiva de ese hombre gris y inicialmente repleto de buenas intenciones que es Mohsen en otro tirano tan desconectado del pueblo como el anterior y finalmente solitario y embriagado de soberbia, subyace una crítica evidente de los pobres resultados alcanzados por la Primavera Árabe precisamente en este país que fue el foco principal y la bandera de ese movimiento que se extendió como un polvorín por el norte de África y lo llenó de esperanzas ahora ya convertidas por completo en desilusiones. Desde ahí, no cabe duda que Bastardo desprende una considerable amargura que probablemente es la misma que siente su realizador ante esa oportunidad perdida en la que la apariencia de modernización ha dejado paso a más de lo mismo. Esa mirada amarga al devenir de su propio país es lo más interesante de una película quizás demasiado frontal en su denuncia.

Ice Poison (Bing Du, Midi Z, 2014)

Esta producción de Myanmar, la antigua Birmania, comienza con la historia de dos agricultores, padre e hijo, que tras una mala cosecha se ven obligados a bajar al pueblo para pedir un préstamo que permita al hijo adquirir una motocicleta desvencijada para trabajar como transportista de personas o mercancías, lo que se tercie. El padre dejará en garantía del préstamo la única posesión que les queda, una vaca. Samnei es una joven birmana obligada a casarse con un chino que regresa a su pueblo para asistir al funeral de su abuelo. No tiene la más mínima intención de volver a China pero necesita dinero para traerse de allí a su hijo, así que le pide a su hermano, traficante de drogas, que le deje entrar en el negocio como contrabandista… y contratará al joven agricultor como su transportista.

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Ice Poison es una de esas películas compuestas casi en su totalidad por planos larguísimos e inacabables de esos en los que te puedes salir a echar un café y volver a la sala antes de que haya terminado (el plano, no la película) sin que te hayas perdido gran cosa. La cámara apenas se mueve y cuando lo hace es todo un acontecimiento. Hasta ahí las bromas con su puesta en escena. Pero la historia sí puede enganchar lo justo si uno soslaya su minimalismo narrativo y que el acuerdo profesional entre el campesino metido a transportista y la chica metida a camello tarda más de una hora en producirse. A partir de ahí la película crece en interés y afortunadamente la cámara también vuelve a la vida. Pero una historia cuyo desarrollo uno puede anticipar con facilidad —resulta tan inevitable como predecible que ambos, mototaxista y camella, se enganchen al material que distribuyen para huir de sus realidades— hace que la propuesta se quede en muy poquita cosa, más allá de una resolución tan desolada como impactante, lo que no evita que uno se pregunte si la película no viniera de un país tan exótico como Myanmar tendría cabida en una sección oficial como ésta.

Tokyo Bitch, I Love You (Kôki Yoshida, 2013)

Adaptación al Tokio contemporáneo de un clásico del bunraku —teatro japonés de marionetas— llamado Los Amantes Suicidas de Sonezaki que fue escrito originariamente en el siglo XVIII y cuyo atractivo probablemente sea la vigencia en su traslación a la actualidad (aunque con final modificado) de ese relato repleto de una brutal soledad, insatisfacción e inevitable dificultad de los personajes no ya para conseguir lo que desean sino simplemente para relacionarse entre sí. Una prostituta que se enamora de uno de sus clientes, un hombre casado e insatisfecho con su vida, más la esposa estéril de éste y un compañero de trabajo que le mete en un serio problema. El director Kôki Yoshida plantea una puesta en escena casi minimalista: ambientes fríos y proclives a la idea de la alineación, repetición de secuencias como esos paseos a ninguna parte de su protagonista o rituales de trabajo que convierten el sexo en algo mecánico y desprovisto de interés, incapacidad de los personajes para revelar lo que de verdad sienten… Todo encaja con esa sensación de hermetismo que a veces las películas japonesas pueden transmitir al espectador occidental, pero sin esa sensación de calidez subterránea y profundas emociones que bullen bajo el exterior que puede llegar a hacer tan atractivo esa cinematografía en manos de sus mejores directores.

La película se deja ver con cierto agrado, más que nada porque su mínima duración de 70 minutos evita que uno pueda hartarse de ella y sus personajes a la búsqueda de una improbable felicidad en sus desnortadas vidas. Pero eso tampoco hace que el espectador se muestre especialmente proclive a identificarse con ellos o a vivir como propias sus cuitas. Más bien al contrario, el distanciamiento emocional que impone la puesta en escena genera esa misma sensación de desinterés en el espectador. Baste señalar que en el tramo final de la película, a un servidor le resultaba del todo indiferente si los protagonistas decidían o no suicidarse tras contemplar esa posibilidad desde la azotea de uno de esos edificios grises e impersonales. Una película de clausura que desde luego no estaba a la altura del nivel medio del certamen.

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Cines del Sur echó el cierre a su octava edición con la incertidumbre cerniéndose sobre el futuro de un festival coherente y sin duda necesario. No sabemos que ocurrirá pero resultará muy difícil continuar su labor en las circunstancias actuales. Por el bien no solo de Granada sino de todos los que amamos este certamen, ojala aquellos de los que depende económicamente tengan la sabiduría de saber apreciar su importancia.