La evolución de una especie, la coherencia de una saga

«Si nos pincháis, ¿no sangramos? Si nos cosquilleáis, ¿no nos reímos? Si nos envenenáis, ¿no nos morimos? Y si nos ultrajáis, ¿no nos vengaremos? Si nos parecemos en todo lo demás, nos pareceremos también en eso.»

Extracto de El mercader de Venecia, de William Shakespeare

La introducción de George Taylor/Charlton Heston en El planeta de los simios (Planet of the Apes, Franklin J. Schaffner, 1968) era toda declaración de intenciones de lo que pretendía la película: sacudir nuestra conciencia. Sentado en la cabina de su nave espacial, hablando como alguien que ya lo ha visto todo y sin embargo con la amargura de saber que ya no volverá a hacerlo, el comandante dirigía estas palabras a la nueva generación que suponía iba a encontrarse tras casi un año de misión para él, pero setecientos años terrestres:

«El hombre, esa maravilla del universo, esa gloriosa paradoja que me ha enviado a las estrellas, ¿sigue haciéndole la guerra a su hermano y dejando morir a los hijos de los vecinos?»

Entre esperanzado y derrotado, Taylor nos habla a todos nosotros: tendremos que superar nuestros propios miedos, nuestras ansias de poder, nuestra ambición. Únicamente unidos saldremos adelante, y evolucionaremos como nos merecemos. Más conocimiento, más facilidades. Mayor armonía, mejor convivencia.

Pero ese conocimiento nos hace débiles, porque dejamos en manos de nuestros inventos nuestra propia subsistencia. Un buen ejemplo nos lo mostrará ya El amanecer del planeta de los simios: sin electricidad ya no sabemos vivir, y nos volvemos seres irracionales, capaces de iniciar guerras. Guerras que serán nuestro fin, obligándonos a dejar de ser esa maravilla del universo que prodigaba el astronauta.

Aquí, la gran pregunta: ¿sobreviviremos a nuestra propia evolución? ¿Cuál será – y cuándo llegará – el detonante que haga que todo vuelva a empezar (porque sabemos que será una realidad), y consiga situar al hombre en su lugar, sea cual sea, o deba ser, éste? La cuestión, simplemente, es ¿merece el humano la salvación, tal y como se comporta, o ya es hora de dar la oportunidad de evolucionar a otras especies? Y, reflexión adicional: para el ego del hombre, ¿sería mejor abogar por la erradicación total de la especie, antes que verse relegado a un segundo plano? 

El concepto “evolución” en un mundo cíclico: sobre la base teórica de la saga

El planeta de los simios planteaba una evolución en la que el hombre ha sido destruido, pero no completamente… Los pocos años que pasaban desde que la nave parte de la Tierra ya eran una advertencia: es imposible que el desarrollo de los simios hubiese sido natural. Algo debía haber pasado para que no se tratase de una destrucción masiva de la raza humana, pero sí de su involución (tecnológica, que no física). Como decíamos, eran esas incisivas líneas citadas al inicio las que se verían respondidas con el terrorífico descubrimiento final del protagonista que, no obstante, ya había sido debidamente advertido nada más llegar al planeta por uno de sus compañeros, al que no quiso (quisimos) hacer caso: «el caso no es dónde estamos, sino cuándo estamos».

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Más de cuarenta años después nos llegaba la respuesta con la no tan original pero sí viable El origen del planeta de los simios (Rise of the Planet of the Apes, Rupert Wyatt, 2011): el virus que es capaz de reconstruir y activar nuevas neuronas de los chimpancés, volviéndoles inteligentes, tiene un efecto mortífero en los humanos que, involuntariamente, desperdigarán la cepa a lo largo y ancho del mundo.

El progreso del hombre es su propia perdición.

Así, evolución y destrucción van de la mano y, al más puro estilo Doce monos (Twelve Monkeys, Terry Gilliam, 1995), El origen del planeta de los simios encontraba una explicación racional a la película de Schaffner (y novela original de Pierre Boulle) tanto para el radical decrecimiento de la especie humana como para el rápido desarrollo de los simios. Un desarrollo basado no exclusivamente en el empuje científico de los humanos (la obsesión de encontrar una cura a la enfermedad de un familiar cercano no puede evitarnos pensar en La fuente de la vida [The Fountain, Darren Aronofsky, 2006]), sino en la creación de un líder que, asumiendo la posibilidad de hacer llegar a buen puerto el experimento ya relatado en el documental Proyecto Nim (Project Nim, James Marsh, 2011), aprendiese a comunicarse con la especie dominante. La película de Wyatt supuso una forma de acercar la historia al publico consumidor de cine comercial, pero también conseguía atrapar al amante de la película original, tanto por sus guiños (nuestro héroe, César, jugando con un muñeco con forma de estatua de la libertad o un puzzle de un hombre y mujer cabalgando en una playa – escena eliminada; la alusión a la nave espacial con misión a Marte, que acaba perdiéndose en el espacio…) como por ayudarnos a realizar conexiones inconscientes acerca de la explotación animal (el trato que reciben los animales en sus sucias celdas, tanto en el laboratorio como en el zoo; los manguerazos de agua… veremos a Taylor sufrir las mismas vejaciones décadas más tarde, y el porqué de tratarles así: Koba nunca olvidará lo que los humanos hicieron con él, y tampoco sus descendientes) o la semblanza entre las dos especies (no en vano se llama a César y su madre “ojos azules” – ‘bright eyes‘ en inglés, igual que Zira apodará a su humano predilecto), algo que se explotará mucho más en la continuación de ésta, El amanecer del planeta de los simios (de hecho, se tratará de la base del guion de la nueva entrega).

Por tanto, aunque El origen del planeta de los simios es algo atropellada en la resolución de algunas de sus escenas (en concreto las que tienen que ver con los sentimientos encontrados del científico) y deliberadamente se basa en otros filmes para la construcción de su discurso, se trata de un excelente inicio para dar explicación a un futuro de la humanidad quizá no tan descabellado.

Distopía para los humanos, utopía para los simios.

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En El amanecer del planeta de los simios veremos, además, cómo se conforma la sociedad: los simios se retirarán en su antecesora a vivir a un gran bosque, su espacio natural, igual que el que un día fue el de los primitivos humanos; ahora veremos que han creado una gran tribu que parece patriarcal y en la que un grupo de guerreros protege al resto. El pensamiento humano es igual: es necesario proteger la sabiduría de los más débiles. Así que las “clases” sociales empezarán a vislumbrarse poco a poco, hasta que en El planeta de los simios ya estén creadas: los chimpancés serán los científicos; los orangutanes, doctores; los gorilas, militares. Simios con ropajes, con leyes, y, cómo no, con una religión. Alcanzando ya el conocimiento equivalente a lo que el hombre alcanzó algo más allá de la Edad Media. Es decir, evolucionando como lo hicimos nosotros, al mismo ritmo, para acabar siendo, precisamente, eso: nosotros mismos, simios/hombre, hombres/simio. Porque si el hombre proviene del simio, es la única interpretación lógica.

La creación de esta sociedad vendrá de la mano de César, que ha vivido entre humanos y es consciente de qué desea y qué no para su pueblo. La concepción de César, que nos acompañará en El amanecer del planeta de los simios ahora ya como jefe indiscutible de su manada, es fascinante porque busca, y consigue encontrar, la rápida empatía del espectador, de igual forma que ya se consiguió con el personaje de Taylor. Y es que las similitudes entre los dos protagonistas no son casuales.

César vs. Taylor y viceversa: la personalidad del elegido

El elegido. Una vez cada cientos de años aparece en la Tierra aquel que ayudará a la evolución de la especie. En el Prometheus de Ridley Scott (2012) se hablaba de extraterrestres; en las escrituras, de Jesucristo. En la (innecesaria profecía que introduce la edición especial del 35 aniversario de la película original) del 68, de la llegada del hombre parlante.

Ciencia y religión, una explosiva combinación no explotada de forma directa en El origen del planeta de los simios (más centrada, como debía ser, en querer demostrarnos que es posible alcanzar la distopía presentada en los años sesenta que en aportar nuevo material). Y aunque es sencillo objetar esta afirmación diciendo que los cuarenta años que separan los dos filmes demuestran la evolución en el pensamiento de nuestra sociedad occidental del primer mundo (Dios no existe, únicamente la ciencia y hechos demostrables), sin embargo la película original no nos sorprende en este aspecto, siendo mucho más crítica en este sentido…

¡Ah! Qué bonito disparate era hablar de “herejía científica”. El simio/hombre, que buscaba explicación racional a todo, decidía apelar a la religión y sus escrituras para tapar una verdad que no le convenía: que el hombre dominaba la tierra antes que ellos. Así, el Dr. Zaius era el ministro de ciencia y religión. Apabullante verdad y una crítica mordaz a la doble moralidad del hombre, que abraza una u otra “ciencia” para tener siempre la razón.

Lo que sí veremos en los dos filmes, y también incluida la secuela actual, es el símbolo de la libertad, pero desde dos puntos de vista muy diferentes: si en El planeta de los simios el astronauta se reía de su compañero al clavar la mini-bandera en el desierto, en El origen del planeta de los simios la ventana será el nuevo símbolo (e internacional, también) que acompañará el alzamiento de los simios. Así que, de nuevo, la original cargaba contra la sociedad con toda su artillería, incluyendo una (posiblemente nada aceptada por el espectador) burla hacia lo que consideramos importante en momentos de crisis social, mientras que la otra intenta simplemente crear referencias con las que nos sintamos identificados.

Pero lo que resulta más interesante es que, en cualquier caso, el carácter de los dos futuros héroes se ha definido exactamente igual, precisamente para manipularnos a la hora de posicionarnos y comprender, y aprobar, el comportamiento de César y sus seguidores. El público actual no puede escapar a la retadora mirada de César, imponente desde el primer plano de El amanecer del planeta de los simios, que ya se presenta protagonista absoluto de la rebelión. La personalidad de César es una copia de la de Taylor: altivo, no deja que nadie le cuestione hasta que él mismo es capaz de comprobar si sus teorías son ciertas o no pero, de igual forma, los dos se presentan justos, bondadosos y cercanos con los que se lo merecen, sean de la especie que sean. El escandaloso beso de Taylor sería comparable al abrazo de César con Malcolm: el sello de una imposible alianza.

El amanecer del planeta de los simios: digna secuela, apabullante precuela

Hay un plano secuencia en El amanecer del planeta de los simios que resume a la perfección la película (y que me recuerda mucho -una de esas extrañas conexiones mentales que a veces hacemos- a la reflexión que se puede hacer de la vida de Brandon en Shame – Steve McQueen, 2011): Koba, desde la parte superior de un tanque, extermina humanos. La cámara está fija enfocando al simio, por lo que nunca le veremos a él moverse más allá de la necesidad de mirar a los lados, y en cambio será su entorno el que irá girando para que podamos observar el resultado de la matanza: hombre y simios corriendo desesperados por las calles. Así, Koba se nos presenta inmóvil ante su furia, incapaz de evolucionar, de razonar tal y como le pide César.

Es, por lo tanto, el personaje de Koba incluso más interesante que el del líder: ¿por qué sentimos antipatía hacia él, por querer vengarse de los humanos que una vez ya le trataron simplemente como a una cosa sin sentimientos? ¿Acaso la venganza no es uno de los sentimientos más arraigados en el ser humano? Su dolor le llevará a enjaular a los humanos, tal y como le enjaularon a él. Y en El planeta de los simios, veremos, seguirá siendo práctica habitual… tendremos que esperar a saber (esperemos se nos dé respuesta) qué es lo que pasa con nuestra especie para que precisamente esto sea así.

Por tanto, Koba es el centro de la idea básica de esta El amanecer del planeta de los simios: no hay diferencia entre simios y humanos. César se dará cuenta de que su sociedad nunca podrá ser perfecta, pero será incapaz de aceptarlo y, por tanto, acabará diciendo eso de «tú no eres un simio». Curiosa afirmación: para César, y para el espectador, el “malo” debe seguir siendo el humano.

Con el guion y puesta en escena de esta película nos pasa como con la de su predecesora: vemos demasiado de La máquina del tiempo (The Time Machine, Simon Wells, 2002), incluso de El rey León (The Lion King, Roger Allers, Rob Minkoff, 1994), y se centra más en el puro entretenimiento, dejando a un lado la reivindicación de la saga del siglo XX pero, no obstante, cumple su papel, porque no podemos esperar más de ella. La película, por encima de todo, necesita ser coherente con el material que hereda y eso es, sin duda, incuestionable desde el momento que se inicia con las mismas imágenes con las que finaliza la anterior: la propagación del virus por todo el planeta. Si le sumamos unos efectos especiales creíbles (las mejores interpretaciones son sin dudarlo las de Andy Serkis, con permiso de un Gary Oldman relegado a un papel demasiado secundario) y una banda sonora a cargo ahora de Michael Giacchino que ha sabido evolucionar la anterior (más parecida a la que se pondría a un experimento científico en una adaptación de un cómic de Marvel), llevándola a un terreno más épico e introduciendo sonidos que nos recuerdan a los que oíamos en la original, tenemos el blockbuster por excelencia de este verano.

Para finalizar, una última reflexión: el domingo anterior al estreno español de El amanecer del planeta de los simios, nos encontrábamos ante una increíble pero verídica noticia: investigadores de la universidad de las Islas Baleares han probado con éxito en animales una molécula que consigue recuperar las neuronas alteradas por el Alzheimer. En moscas, eso sí, pero la base es la misma que nos proponía El origen del planeta de los simios. Así que queda dicho. Aprendamos cuando aún hay tiempo.  Y si no, aprendamos a convivir, a no ser el macho alfa de las especies. Porque, definitivamente, la experiencia nos dice que dejaremos de serlo… algún día quizá no muy lejano.