Esta mañana ha ocurrido algo inesperado. Los tres cronistas hemos madrugado y hemos coincidido sin ponernos de acuerdo en el pase de las 9:30, la película danesa Limbo, de Anne Sofie Hartmann, enmarcada en la sección Nuevos Directores, cuya sinopsis insinuaba un romance lésbico entre una profesora de instituto con una de sus alumnas (de hecho es uno de los films que optan al premio Sebastiane). La cosa luego ha resultado diferente, una obra contemplativa y difusa, donde planos interminables de carreteras, paseos en moto, incluso de una fábrica de ázucar que inicialmente pensábamos que era una cantera o una recolectora de patatas se mezclaban con la historia de la mentada adolescente y sus compañeras de clase en un pueblo perdido de Dinamarca. Algo tenía que tener para que aguántasemos estoicamente con el estómago vacío (no ha sido tanto el madrugón como para permitirnos desayunar antes) hasta el final, pero desde luego todavía no sabemos el qué.

Still the Water (Futatsume no mado; Naomi Kawase, 2014). Perlas

El cadáver flotante que abre la historia y que pudiera parecer el punto de partida para una investigación, es tan solo un anclaje, un punto de apoyo, un macguffin de libro. Es mucho más importante el mar que lo contiene. La joven Kyoko es como el océano salvaje cuyas olas nos abruman en los primeros planos de la película, impetuosa y decidida. Su amigo Kaito es todo lo contrario, es el mar en calma antes de la tempestad, que la habrá, pero después de poner en orden sus sentimientos. A tenor de lo que vemos habitualmente en el cine nipón, parece un problema común en gran parte de la sociedad japonesa el de la comunicación emocional, y los protagonistas que pueblan la película de Naomi Kawase tienen serios problemas a ese respecto. Kaito no sabe expresar su amor, porque antes tiene que dejar salir a su insatisfacción y al dolor que siente por la separación de sus padres, pero su progenitor no sabe explicarle ni por qué se enamoró de su madre ni por qué se separó de ella. Esta nunca está en casa, o está con un hombre distinto cada día, comunicándose con él a través de notas o llamadas de teléfono unidireccionales. Las voces de la sabiduría son las del viejo y el mar, que encaminan a los personajes entre torrentes de agua y emociones, algo de folklore japonés y preciosos paisajes oceánicos, desde la superficie y desde el interior. Para mi gusto una Kawase tan poética como siempre y más amena que nunca. Sergio Vargas

62 Festival de San Sebastián Crónica 3 - Still the Water

Still the Water, de Naomi Kawase

Loreak (José Mari Goenaga y Jon Garaño, 2014). Sección Oficial

El misterio de unas flores que llegan sin remitente deja de serlo bien pronto para el espectador. En un suspense que se precie, esto podría ser un error, dejarnos marchar un paso por delante de los protagonistas, esperándoles en la siguiente esquina del camino, como quien espera en una curva peligrosa a quien supone una amante bandida. En Loreak es una decisión inteligente en primer lugar porque no es precisamente un suspense y cambiar las reglas y el género hace que nos interese mantener la atención sin dar nada por sentado, y en segundo lugar porque aunque sepamos más que ellos, seguimos ignorantes respecto a sus reacciones futuras. Ante un desconocido que te regala flores o ante una desconocida que se las ofrece a tu difunto esposo, al que no vas a visitar. Porque la muerte es algo que afecta de forma diferente a cada cual, y no se sabe hasta qué punto puede perturbar la vigilia o profanar el sueño de según qué vivos. Goenaga y Garaño sí que saben lo que hacen, y con una buena dirección de actores y unos diálogos creíbles consiguen dotar de veracidad a una historia que ya es buena de por sí. Con una puesta en escena que apuesta por la profundidad de campo, el fuera de foco y los contraplanos (y de la ausencia de estos en determinados momentos), y la mano amiga de la música de Pascal Gaigne logran, después de todo, que sí, que nos encontremos en un suspense, e incluso llegan a recordarme puntualmente el cine de Julio Medem, sin desmerecer toda una personalidad propia, que vaya si la tienen. S.V.

P’tit Quinquin (Bruno Dumont, 2014). Zabaltegi

Hasta el momento Bruno Dumont había pasado delante de mí sin que se dieran las circunstancias para que me interesase por su obra antes que por la de otros cineastas (algunos a los que ya ni recuerdo). Después de ver esta excelente serie proyectada en Zabaltegi en un solo pase de 200 minutos, estoy seguro de que iré recuperando, sin prisa pues tampoco es necesario, sus anteriores trabajos. Sirva esta anécdota no tan personal como llamada de atención sobre lo mucho que ofrece este desafiante thriller cómico o pantomima criminal. Como si se tratara de una especie de Twin Peaks europeo, el pueblo costero del norte de Francia donde se desarrolla la imposible (pero creíble) historia esta continuamente expuesto: de la descacharrante investigación y comportamiento que siguen la no tan inepta como parece pareja policial, a las gamberradas no siempre tan inocentes del grupo de críos liderados por Quinquin; de lo que hay debajo de la rutinaria vida de los habitantes del pueblo, a lo que vienen a poner sobre la mesa los extraños y desagradables crímenes; del ruido de fondo que trae consigo el episodio bélico que tuvo lugar en la zona hace 70 años y que aun pervive de forma tangible, a las consecuencias de no saber compartir ni convivir entre unos y otros en comunidad; de una mal entendida diferencia entre lo que está bien y debe ser lo correcto, a la certeza de que el mundo está demente: curas, policías, políticos, ganaderos, niños, viejos, negros, blancos, retrasados… e incluso las vacas y los cerdos. Nadie se salva. Todos podemos ser exterminados… seguramente por una buena razón para alguien. ¡Bah! No me hagáis caso; estoy bromeando. JD. Cáceres Tapia

62 Festival de San Sebastián Crónica 3 - P'tit Quinquin

P’tit Quinquin, de Bruno Dumont

Pasolini (Abel Ferrara, 2014). Perlas

En esta diminuta y predecible aproximación al último día de Pier Paolo Pasolini resulta agradable imaginar, como hace Abel Ferrara, qué forma audiovisual podría haber tomado ese guion (o preludio de) que el escritor y cineasta romano no llegó a realizar, según parece titulado inicialmente Porno-Teo-Kolosal y protagonizado por Epifanio el cual sigue a la estrella que anuncia la llegada del Mesías hasta los confines del mundo, literalmente hasta la antesala de un supuesto Paraíso en el que se aprecia a lo lejos la Tierra. Contar con la presencia de Ninetto Davoli (protagonista de varios films de Pasolini) en el papel de ese Epifanio entrado en años encaja a la perfección en los planteamientos metacinematográficos con los que se siente tan cómodo Ferrara y que en otras ocasiones han entregado películas muy estimulantes caso de Juego peligroso / Snake Eyes (1993). También funciona hasta cierto punto, y por mimetismo, la textura y sentido de esos pasajes que intentan atrapar, a sabiendas sin poder, la manera de entender el arte y el cine de Pasolini. El resto de la cinta resulta insípido, por bien sabido, por manoseado, por cargante; con escaso riesgo y demasiada afectación (en la recreación de la época, en la caracterización del director, en la interpretación de todos los actores, en la fotografía y hasta en la música). Sin embargo, contra todo pronóstico Pasolini invita a volver sobre (algunas de) las películas de Pier Paolo Pasolini y más todavía a recuperar su larga trayectoria como poeta y escritor. JD.C.T.