Terrorismo de ida y vuelta

Normalmente, en todo conflicto armado es difícil averiguar quien empezó primero, pues dicho procedimiento tan solo reparte roles entre agresores y agredidos, otorgando cierta legitimidad a los segundos sobre los primeros. La violencia entonces se perpetúa en pos del reconocimiento del estatus de víctima, tratando entonces de atraer para sí la opinión pública foránea a través de la forzada empatía que existe sobre toda comunidad humana despojada de su tierra, sus derechos y su dignidad.

Todo esto puede ser vano en otras circunstancias, pero en el caso del Estado de Israel resulta determinante para poder calibrar en su justa medida los argumentos por los que el ejecutivo de Jerusalén aplica tan severa metodología a sus vecinos palestinos. Cualquier manual de Historia pone las cosas en su sitio a través de los hechos pero, en cuanto al audiovisual, el documental Occupation 101 (Abdallah Omeish y Sufyan Omeish, 2006) pone en evidencia ciertas tesis esgrimidas por esa parte de la comunidad judía que enarbola la teoría de la histórica autodefensa, surgiendo dudas más que razonables en cuanto a los objetivos últimos de la violencia que ejercen sobre la población árabe. Sus imágenes no solo exponen la llegada de los primeros emigrados judíos a Palestina a principios del siglo XX y la oscuridad que envolvió la ocupación militar a partir de 1948, sino que se atreven a denunciar sin tapujos la enfermiza relación entre los gobiernos de Estados Unidos e Israel como herramienta de desestabilización política de la zona. Sin embargo, su estilo -con un montaje propio del videoclip, plagando su banda sonora con una música que enfatiza su dramatismo- y su manera de mostrar los hechos -solo se ofrecen testimonios de una parte del conflicto, negando toda posibilidad de réplica al considerar que ya está suficientemente representada en el discurso oficial norteamericano, condicionado por el lobby sionista a través de la financiación de campañas políticas y publicitarias- desacreditan todo el poder de sus denuncias al disponerse estas en torno a un discurso con bastantes inexactitudes históricas. Su metodología, pues, lo acusa directamente de propagandístico y aleccionador, desarticulando la parte consciente y activa de su potencial público al rumiar las imágenes para hacerlas más digeribles al espectador sensible.

Un aspecto muy interesante para analizar es la función que los servicios israelíes han adquirido a lo largo del tiempo. Desde muy tempranas fechas el Estado de Israel organizó grupos especiales que, bajo la supervisión y el asesoramiento de organizaciones similares de países aliados, comenzó a pasar a la acción, ya fuera cazando nazis, desarticulando comandos terroristas en juegos olímpicos o infiltrándose más allá de las líneas enemigas. Ilustrativo a este respecto es el documental Los guardianes (The Gatekeepers, Dror Moreh, 2012), donde se ofrece una serie de entrevistas con los directores de las últimas décadas de la Shin Bet, la unidad de élite antiterrorista de las fuerzas de seguridad israelíes. Sus miembros explican la historia de esta organización, sus misiones, su ética y su falta de moral, etc., pero también muestran sus frustraciones, pues siguen las órdenes de un Primer Ministro que les azuza en su caza al terrorista, mientras este puede estar mostrando una imagen reconciliadora de cara a la opinión pública, mostrando sus límpidas manos mientras cargan de trabajo sucio a sus ocultos subalternos. Sus testimonios adquieren el valor de la franqueza, al mostrar ante la cámara una doble impunidad: la que disfrutaron ejerciendo su labor y la que les concede su condición de agentes eméritos, permitiéndose el lujo de no esconder detalles sórdidos que son justificados por la presunta eficacia a la hora de salvaguardar la seguridad nacional. Y sin embargo, a pesar de reconocer las tropelías cometidas al margen de las leyes -las de su país y las que imponen los tratados internacionales, lo que lleva a alguno de ellos a establecer similitudes entre su metodología y la que ejercieron las tropas del III Reich en su ocupación del continente europeo-, al final todos ellos abogarán por la necesidad de la paz basada en el diálogo, considerando su actividad como un imperativo ligado a la lealtad y la disciplina.

Parte de las vivencias personales de estos agentes de fuerzas especiales están dramatizadas en Ha-shoter (Nadav Lapid, 2011), filme donde su protagonista debe conciliar su vida familiar con su pertenencia a un comando antiterrorista. A lo largo de su metraje asistiremos a distintos episodios que retratan la dureza de su actividad, desde buscar los resquicios legales para cargar la muerte de una familia palestina sobre los hombros de un compañero enfermo a tener que abandonar una celebración familiar -el cumpleaños de su propia madre- para ejecutar, con nocturnidad y alevosía, a un supuesto líder terrorista. Ha-shoter resulta una película extraña por su peculiar estructura, pues a mitad de metraje abandonamos a su personaje principal para adentrarnos en la frágil y pueril estructura de un conato de célula antisistema, formada por jóvenes acomodados, pero descontentos con la actual situación en Israel. Sus cantos revolucionarios, a medio camino entre lo poético y lo dogmático, denuncian el injusto reparto de la riqueza en su país, y para ello llevan a cabo el secuestro de dos grandes empresarios en el día de la boda de la hija de uno de ellos, aprovechando la confianza que en dichos individuos provoca la impunidad política y social de su mafiosa actividad económica. Los secuestradores, en su desesperado gesto suicida, serán abatidos por el comando del que forma parte el protagonista, quien no podrá evitar una prolongada mirada final a los ojos de la única mujer que formaba parte de los delincuentes: en ciernes de convertirse en padre de familia debe enfrentarse con un enemigo interior de características étnicas similares a las suyas, segando el futuro en su propia sociedad encarnado en la juventud y la belleza de la terrorista. Su carácter de generador de vida debe enfrentarse a la impune y fría ejecución de una compatriota, cuya contemplación hace tambalear sus principios, observándose en su mirada un atisbo de incertidumbre: la que le asaltará en el momento en el que su futuro hijo le pregunte de qué forma se gana la vida.

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Volviendo a la eterna pregunta que anteriormente nos planteábamos, no hay duda de que no existiría una reacción sin una acción previa. En el toma y daca que define el conflicto entre Israel y Palestina, podemos estar seguros de que ambas partes tomarán para sí el papel de víctimas, y que en ambos bandos se escuchará el argumento de la autodefensa como justificación de sus propios actos. Es así como nos encontramos aturdidos en medio de un fuego cruzado, azuzados por una opinión pública que exige posicionamiento sin medias tintas: un apoyo incondicional hacia los palestinos, cuando también en su seno habitan elementos generadores del terror. Y es que, al final, cada uno de los dos pueblos está secuestrado por su propio miedo, siendo utilizados respectivamente por aquellos individuos que practican la guerra y el terrorismo como forma de prolongar sus parcelas de control y de poder. En el momento de empuñar un Kalashnikov, cualquier persona pierde su estatus de víctima, convirtiéndose en parte del problema, y todo argumentario basado en la consabida autodefensa queda desacreditado al transformarse el individuo en verdugo, ejecutando a un otro anónimo y desconocido en nombre de un ente superior cuyas mejores características acaban vilmente raptadas.

El terrorismo palestino, a través de múltiples organizaciones como las Brigadas Ezzedin Al-Kassam (comando vinculado a Hamás), Al-Quds (brazo armado de la Yihad Islámica) o los Mártires de Al-Aqsa (grupo armado perteneciente a Tanzim, facción armada a su vez de Fatah), practica el siniestro doble juego de amparar a la población civil, facilitándola apoyo logístico y suministros -en muchas ocasiones procedentes de la solidaridad internacional, que ellos mismos gestionan haciéndola pasar por suya propia-, mientras reprimen con contundencia cualquier conato de resistencia que amenace su poder, ya sea en el interior -purgas indiscriminadas de facciones entre sí, ataques contra todo tipo de autoridad oficial a la que acusan de complicidad con el enemigo judío, etc.- o en el exterior -ataques con cohetes Qassam contra territorio israelí, incursiones en las colonias hebreas, secuestros de ciudadanos judíos, etc.. Como cualquier actividad terrorista que haya asolado la faz del siglo XX en prácticamente todos los continentes del planeta, la opacidad de su estructura y la valentía de sus acciones han desatado sentimientos encontrados en la opinión pública, siendo vistos indistintamente como simples delincuentes o como luchadores por la emancipación y la libertad, recibiendo elogios y condenas a partes iguales.

Una pregunta siempre interesante es saber si un terrorista nace o se hace, si la natural predisposición a la violencia y al asesinato predetermina a un individuo a alistarse en dichas organizaciones clandestinas o si, por el contrario, sus avatares vitales y sus experiencias cercanas al sufrimiento le han empujado a recuperar su dignidad perdida a través de fórmulas desesperadas. Teniendo por cierto que habrá tanto de lo uno como de lo otro, la celebrada coproducción entre Palestina, Francia, Holanda, Israel y Alemania Paradise Now (Hany Abu-Assad, 2005) trató de dar respuesta a esta diatriba, sumergiéndose en los conflictos personales y emocionales de dos aspirantes a mártires suicidas. Su desencanto por una vida cotidiana definida por la miseria y la falta de futuro parecen predisponerles en ese marco favorable del que no tiene nada que perder, ofreciéndose para el sacrificio como consecuencia lógica de su desesperanza. Sin embargo, a través de un argumento planteado como si de un thriller policial se tratara -repleto de suspense y persecuciones, de reuniones clandestinas y carreteras polvorientas, de misiones abortadas e incursiones clandestinas al otro lado de la alambrada-, las motivaciones de uno de ellos -limpiar la reputación de su familia, estigmatizada al ser acusado su padre de colaboracionista con las fuerzas de ocupación israelíes- irán aflorando al mismo tiempo que surgirán las dudas en su entorno: su compañero de misión estará cada vez menos convencido sobre la inmolación, y la hija de un conocido líder terrorista abrirá la puerta de una tercera vía no violenta, difícil de aceptar cuando se vive en el epicentro del terror, pero, por ello, más eficaz a largo plazo que el acto criminal.

Dicha película ofrece un elemento de puesta en escena que sobrecoge, al mostrar la comparación entre la miseria que se vive en el lado palestino con la opulencia del israelí. El contraste entre los edificios, las calles, los comercios, los medios de transporte, etc., agiganta el abismo que se separa ambas realidades, fomentando ese sentimiento de que la prosperidad de una minoría está gestada sobre la precariedad de una mayoría. La usurpación económica se vuelve visible en esa materialidad insoportable a los ojos del que sufre el constante expolio, asistiendo con impotencia y rabia contenida a una humillación que dura ya demasiado tiempo. Son, quizás, los motivos que llevan a la esposa del protagonista de El atentado (The Attack, Ziad Doueiri, 2012) a llevar a cabo su inmolación en un local público de Tel Aviv, matando con su acción a un grupo de niños que celebraban allí un cumpleaños. Su marido, un eminente y premiado médico que pertenece a la comunidad árabe israelí, quedará entonces estigmatizado social y profesionalmente, habiendo estado durante toda su relación conyugal ajeno a las pretensiones de su mujer. Desde el mismo momento en el que se conozca la vinculación de su compañera con dicho crimen, este hombre comenzará a ser víctima de una campaña de acoso por parte de sus compañeros de profesión, sus vecinos y la policía, creyéndole todos ellos cómplice necesario. Su entorno se volverá así inestable y peligroso al quebrarse el pacto social en el que hasta ese momento vivía, y sus intentos por exonerar a su amada de toda responsabilidad le llevarán a los territorios ocupados, en un viaje a sus orígenes étnicos. Los claroscuros sobre los que se mueven tanto sus fotogramas como su argumento hacen que el protagonista se desplace entre las luces y las sombras de una realidad muy diferente a la que él vivía, y su afán por descubrir la verdad hará aflorar la verdad sobre su situación personal: la integración en la que creía estar viviendo resulta ser una falacia, un hecho circunstancial -casi accidental- que enmascara un generalizado estado de segregación económica y racial, germen del terrorismo.

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Idénticas circunstancias se pueden observar asimismo en Death in Gaza (James Miller, 2004), un documental inacabado por la muerte de su realizador a manos de las fuerzas de ocupación israelíes. El hecho, enunciado desde los primeros compases de la cinta, condiciona su visionado, estableciendo sus fotogramas como la crónica de una muerte anticipada, un réquiem dedicado a las gestas de todos aquellos reporteros y equipos de filmación que se juegan la vida en su deseo de mostrar los acontecimientos registrados in situ, tratando de denunciar con su sola presencia que la violencia continuada contra la población civil empuja a su parte más sensible, la infancia, hacia el protector y funesto abrazo del terrorismo.

Su metraje está plagado de imágenes impactantes, mostrando un entorno deshumanizado sumido en circunstancias vitales adversas para que se establezcan la convivencia y la cordura: niñas traumatizadas por los bombardeos y las demoliciones masivas, deseando que algún día el camino hacia la escuela esté libre de terror; o niños que juegan a la guerra, donde sus siniestras normas implican que gana el que muere, pues ofrecer la vida significa convertirse en héroe. Este juego, realizado con armas de madera, resulta ser el paso previo para su ingreso en las milicias y usar armas de verdad, que matan de verdad y por las que se muere de verdad, por las que se alcanzará el verdadero paraíso. Incluso su educación en las escuelas parece empujarles a ello: «Cuidado con mi hambre y mi enojo», recita un niño en clase. Por ello, su acercamiento a las brigadas terroristas parece una consecuencia lógica y natural, encontrando en sus miembros a una especie de “hermanos mayores” que les cobijan e instruyen, vinculando su futuro con el del liberador martirio.

La fatalidad, pues, está inserta de tal manera en su realidad cotidiana que a cualquier espectador debe espantar asistir a tal deprecio por la dignidad, reducidos los habitantes de las zonas ocupadas a una categoría inferior a la humana, pues su situación no es muy diferente a la de un molesto hormiguero al que hay que destruir para evitar una posible e incómoda plaga. Pero el documental -inacabado, pues su continuación lógica era visitar a los niños del lado israelí para testimoniar sus inquietudes y sentimientos sobre el conflicto- concluye con una nota de esperanza: la muerte de James Miller se ha convertido en ejemplo para uno de los niños, que ha sustituido su metralleta de madera por una cámara, encontrando en el registro de su entorno otra forma de combatir, disparando a la realidad con su mirada.

La reconciliación… ¿es posible?

Ante un entorno tan degradado, producto de décadas de enfrentamiento y odio mutuo, pudiera parecer que cualquier nota de esperanza en una hipotética paz entre los pueblos sería un síntoma de ingenuidad. Cada una de las partes, dentro y fuera del territorio en disputa, reclama para sí valores como la justicia y la paz, cargando las alforjas ajenas con aquellos elementos que impiden la reconciliación. El cine, como no podía ser de otra manera, ha tratado de aportar no tanto soluciones, sino sobre todo perspectivas sobre las que construir un futuro más prometedor que el que la triste realidad trata de imponer, condicionada por imperativos geoestratégicos que actúan como dique de contención para la paz.

El devenir, como en el documental póstumo de James Miller, está indefectiblemente ligado con las generaciones que lo deben ocupar, y es por ello que los ejemplos dedicados a tratar de aportar algo de luz al conflicto se han trufado de figuras infantiles y juveniles, imprimiendo con sus presencias una visión dominada por la inocencia no contaminada por los convencionalismos ni los intereses políticos, sino sencillamente por las ansias depositadas en la convivencia. Así, en los albores de esta Segunda Intifada apareció en escena Promesas (Promises, Carlos Bolado, B.Z. Goldberg y Justine Shapiro, 2001), un proyecto que trataba de dar voz a niños israelíes y palestinos, recogiendo sus testimonios para establecer vínculos y diferencias entre sus formas de ver la vida.

La cinta está doblemente condicionada por la presencia detrás de las cámaras de Justine Shapiro, la famosa presentadora de la televisiva serie de viajes Lonely Planet, pues su condición de sudafricana, por una parte, le hacen observar cualquier política segregacionista como un atentado contra la dignidad humana que ha de denunciarse, y su experiencia como mochilera, por la otra, marca su labor como codirectora y coproductora del documental, pues la cámara pierde así la noción de las fronteras, viajando a través de los muros y los puestos de control para encontrarse situaciones a veces muy parecidas y otras muy diferentes: unos muy conciliadores, deseando entrar en contracto con niños del otro lado; otros con el odio metido muy dentro, incapaces de trascender su entorno y una educación impuesta, basada en la distancia. Varios de ellos llegan a conocerse en persona, enriqueciendo sus experiencias al ver en el otro a alguien como ellos, las mismas inquietudes infantiles. Pero tras varios años la relación se rompe, apareciendo de nuevo la distancia y una cierta incomprensión, desterrándose de sus miradas esa inocencia con la que observaban el mundo y que les empujaba a la curiosidad de contactar con ese otro desconocido.

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En fechas mucho más recientes ha sido la industria cinematográfica francesa la que más se ha interesado en financiar proyectos fílmicos que retraten a la juventud como lugar de encuentro en el conflicto entre israelíes y palestinos, pues entre los años 2011 y 2012 podemos encontrar varios ejemplos que, íntegramente producidos o a través de apoyos económicos, cuentan con el protagonismo de niños y adolescentes para contar historias de encuentro y reconciliación. Así, Una botella en el mar de Gaza (Une bouteille à la mer, Thierry Binisti, 2011) toma como punto de partida elementos como el azar y la necesidad para que dos jóvenes, una muchacha judía de origen francés que vive en Tel Aviv y un joven gazadí, entren en contacto y comiencen a intercambiar sus ideas y sentimientos en torno a sus respectivas situaciones. Y es que, a pesar de los imperativos que diferencian sus vidas cotidianas -sobre todo en lo que se refiere a la prosperidad o la depresión económica, que determina el resto de aspectos políticos, materiales y sociales en los que se desenvuelven-, sus inquietudes, ilusiones y frustraciones son muy similares, encontrando más puntos de comunión de los que en principio se podría pensar. La cámara les retrata, por lo tanto, como si fueran dos individuos que habitaran distintos barrios de la misma ciudad -de la misma “aldea global”-, y los distintos medios que utilizan para comunicarse -desde el teléfono al correo electrónico, pasando por ese mensaje encerrado en la botella que se enuncia en su título- acaban por demoler los impuestos muros que delimitan a sus respectivas sociedades.

Un paso más allá en la destrucción de identidades étnicas y nacionales quiso ir el largometraje El hijo del otro (Le fils de l’autre, Lorraine Lévy, 2012), al introducir el consabido conflicto de los hermanos separados al nacer. Y decimos hermanos porque, a pesar de no serlo -pues cada uno de los jóvenes protagonistas pertenece a una familia distinta-, sobre el argumento planea la sombra del origen histórico de cada uno de los pueblos: los israelitas proceden de Jacob, y los musulmanes de Isaac, ambos hijos de Abraham, por lo que los dos pueblos tienen las mismas raíces. Este tronco común es lo que quizás explique el enfrentamiento entre ambos pueblos, pues la Biblia no deja de recordarnos que las mejores relaciones no son precisamente las que se establecen entre hermanos.

En El hijo del otro es una prueba genética la que precipita que la verdad sea desvelada, desestabilizando los planes de futuro de ambos jóvenes y propiciando una grave de crisis de identidad, tanto para ellos como para sus progenitores. Habiéndose producido el hecho en el momento de cumplir la mayoría de edad, el guion pone el acento en la madurez de las nuevas generaciones, capaces de tomar decisiones por sí mismas y de asumir lo mejor de la otra cultura, iniciándose un fértil intercambio de familias donde el peso emocional de las madres aplica una mirada repleta de comprensión, diálogo e integración. Así, comenzarán a tambalearse convicciones e identidades raciales y religiosas, encaminándose su resolución hacia un final feliz que puede explicarse por su férrea voluntad de ofrecer soluciones y no denuncias: el odio y el miedo son superables mediante el contacto directo con aquel que se consideraba el enemigo.

Idéntica premisa sustenta el conflicto emocional en Zaytoun (Eran Riklis, 2012), al converger los intereses vitales de un piloto israelí, cuyo caza ha sido abatido cerca de un campo de refugiados de Beirut, y un niño palestino que acaba de quedarse huérfano, y que forma parte del plantel de carceleros del soldados hebreo. Ambos, por distintos motivos, desean regresar a Israel, y en su periplo tendrán que ayudarse mutuamente, compartiendo fuerzas y experiencias. En su huída, sus figuras aparecerán insignificantes entre los valles y las colinas, perdidos sus cuerpos en un paisaje geográfica y climatológicamente hostil, cuya aridez parece predisponer hacia la muerte a todo aquel que por allí pase. La suya será, pues, la gesta de dos seres que lo tienen todo en su contra para sobrevivir -controles de carretera, batidas de soldados armados persiguiéndoles, campos minados, accidentes de coche, etc.-, y su mejor trofeo no será conseguir su objetivo, sino encontrar en el otro la humanidad que la distancia no les permitía apreciar, transformando así su mirada para ver un posible aliado en aquel al que hasta el momento solo veían como a un enemigo abstracto.

Como hemos podido ver, estos tres últimos ejemplos transmiten en su propuesta la necesidad de la convergencia, estableciendo a través del contacto personal la base para el entendimiento, aportando con ello modelos que faciliten la superación de los conflictos. Y, sin embargo, todas estas miradas quizás caigan en la trampa de la ingenuidad, invitando a pensar en un mundo ideal que poco tiene que ver con la realidad, pues los individuos que las protagonizan se mantienen ajenos a los imperativos de orden superior -fundamentalmente toda expresión de poder- que son los que determinan las relaciones entre los pueblos.

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Volver sobre nuestros pasos hacia el comienzo de este estudio supone reencontrarnos con Amos Gitai y trazar un círculo a través de su acerada mirada, dominada por el desencanto del expatriado que observa desde la distancia la degeneración de la realidad, al mismo tiempo que su exilio forzado es el resultado directo su espíritu crítico. Es por ello que sus distintas situaciones personales y profesionales se condicionan y retroalimentan, y las conclusiones hacia las que nos empujan sus filmes pueden ser tomadas como el resultado de un largo y meditado proceso por el que una parte de la comunidad judía autoevalúa su lugar en la Historia.

Así, un largometraje como Zona libre (Free Zone, 2005) permite a Gitai actualizar conflictos históricos para enmarcarlos en un contexto de crisis personales, resultado a su vez de una serie de tensiones étnico-nacionales que impiden a los individuos el pacto social que resolvería parte de sus problemas y diferencias. La condición foránea de la protagonista (Natalie Portman) resulta ser decisiva para transmitir el punto de vista del realizador, observando las complejas relaciones entre las distintas comunidades desde una perspectiva neutral que facilite entender a todos y no comprender a nadie. La “zona libre” a la que alude el título se transforma así en un espejismo, en una quimera inalcanzable debido a la influencia que lo personal imprime a las relaciones entre los miembros de las distintas comunidades. Oriente Medio se convierte de este modo en un laberinto, por el que sus habitantes circulan topándose con callejones sin salida en su anhelo por encontrar una inexistente salida. Una visión tristemente parecida a lo que la realidad nos ofrece, y que amenaza con perpetuar el desencuentro por muchas generaciones más.