2 o 3 cosas que sé de Sevilla

Llego a Sevilla desde el aeropuerto en un taxi, junto a dos chicos vietnamitas y una chica francesa. Alguien me indica cómo llegar a Nervión y empiezo a caminar, arrastrando mi maleta a ruedas. El paisaje cada vez tiene más aroma de barriada pura y dura. Me detengo ante un bulevar para fotografiar los carteles de la entrada. Hay un letrero de neón de una tienda de tatuajes, y, entre otros negocios, también se anuncian un salón de masajes y otro en el que te hacen las uñas. Pensiones sórdidas que parecen querer engullirme. Otro neón en una esquina anuncia una agencia de detectives. Paso junto a un descampado, al lado de Hipercor, que me permite respirar y disfrutar de un fragmento del cielo nocturno, prácticamente a la altura de mis ojos. Veo bares cuyos precios son muy baratos y pienso que quizá vaya a alguno entre película y película. Hasta que me doy cuenta de que me he pasado de largo y debo volver sobre mis pasos. Cruza mi mente la fantasía de no llegar nunca a mi destino: pasarme los días deambulando por esas calles, comiendo en los bares, preguntando de vez en cuando la dirección del hotel Hesperia Sevilla, sin darle mucha importancia. Sin embargo, no estoy tan lejos como para perderme del todo y termino llegando al hotel.

En ese momento aún no lo sé, pero durante mis días en la ciudad andaluza voy a ver algunas películas que tratan precisamente sobre desplazamientos hacia lo incierto, o hacia el territorio de los recuerdos y las ensoñaciones, como pueden ser Jauja (Lisandro Alonso, 2014), Cavalo Dinheiro (Pedro Costa, 2014) o incluso Las altas presiones (Ángel Santos, 2014).

Ausencia de maldad

Llevo leídas casi setecientas páginas de La broma infinita (Infinite Jest, 1996) de David Foster Wallace y he llegado a la conclusión de que una de las cosas que pretende transmitir el libro es la ausencia de maldad. Foster Wallace habla de compulsiones, de adicciones y de gente que hace cosas grotescas, ridículas e incluso criminales, pero podría decirse que los quiere a todos, porque los sabe víctimas de un estado de las cosas y unas lógicas a las que no pueden escapar. DFW los quiere, aunque para vivir con ellos y poder tocarlos se enfunde el impermeable de la escritura. Una sensación parecida vino a mí viendo dos películas en Sevilla. Primero, con In the Basement (Im Keller; Ulrich Seidl, 2014), un documental que, literalmente, nos muestra los secretos que ocultan en sus armarios o habitaciones varias personas. In the Basement es eso y nada más, y la encontré algo simple, como si al director austríaco le bastara con hacer el chiste e ir montando viñetas hasta alcanzar la hora y veinte minutos, sin que medien otras conexiones o sugerencias.

SEFF 2014 Anecdotario - In the Basement

In the Basement

Reglas

También la ucraniana The Tribe (Plemya; Miroslav Slaboshpitsky, 2014) describe un inquietante microcosmos. En un internado para sordomudos, regido por un clan mafioso a la sombra de los patios traseros, dos chicas serán obligadas a prostituirse. Veremos bajeza por doquier en la película, pero sus personajes actúan en todo momento como si no tuvieran otra opción al hacer lo que hacen y sufrir lo que sufren, como si la inercia pudiera más que sus propias piernas. Que en el filme los personajes se comuniquen en lengua de signos acentúa la sensación de que estamos en un lugar que funciona en base a unas reglas muy rígidas y opacas. Creo que The Tribe termina en parte sucumbiendo a esa misma rigidez: funciona como narración de horror, a un nivel retorcido, pero no detecto mucha vida en ella.

Jadeos

Una cosa más sobre The Tribe. Me llamó la atención cómo irrumpen los jadeos en la película. Apenas oiremos sonidos que provengan de las bocas de los personajes, hasta que tiene lugar una escena de sexo. Con los consiguientes jadeos por parte de los amantes. En el cuerpo del joven protagonista del filme nace algo que podría ser un sentimiento. Podría incluso ser amor. Y ese sentimiento empieza a crear interferencias, a perturbar la paz de abusadores y abusados. Jadeos y resoplidos, y una intensidad que se apoderará de todas las conversaciones, pondrán de manifiesto que los sentimientos no estaban previstos en ese lugar.

Benidorm, España

En Sueñan los androides (Ion de Sosa, 2014) estamos en Benidorm, en 2052. El mundo está siendo desmantelado. El skyline de la ciudad alicantina sigue siendo frondoso, aunque, por dentro, lo que le ocurre a los edificios es algo parecido a lo que mostraba Víctor Moreno en Edificio España (2012), documental sobre una chapuza millonaria, bien visible en pleno centro de Madrid.

“El de la coleta”

El lunes, la Guardia Civil detuvo a una treintena de personas por adjudicación irregular de contratos públicos. Once de las detenciones tuvieron lugar en Sevilla. Mientras el festival seguía su curso, la Diputación Provincial, sita en la ciudad, estaba siendo registrada en busca de pruebas. Es miércoles y entro a tomar un cortado en un bar llamado La Candelera, decorado con abundantes motivos religiosos. Está teniendo lugar una de esas tertulias de bar. El camarero y dos hombres discuten sobre lo mal que está todo y valoran las posibilidades de “el de la coleta”. Se refieren a Pablo Iglesias, el líder de Podemos.

No-lugar

Veo, seguidas, Jauja, de Lisandro Alonso, y Cavalo Dinheiro, de Pedro Costa. Es mi primer contacto con el cine de ambos realizadores. Después no me apetece esperar un autobús y decido ir a pie hasta el concierto que se celebra esa noche. El paseo resulta ser algo más largo de lo que había imaginado y, dado que tengo aun en la cabeza los espacios casi abstractos y fantasmagóricos en los que se desarrollan las dos películas, decido sentarme un momento en un bordillo y escribir algo en mi libreta. En ese momento tampoco sé exactamente lo que quiero escribir, y tan sólo anoto “no-lugar”. Me levanto y sigo caminando. Descubro, apenas a unos pasos de dónde me había sentado, una galería de arte llamada, precisamente, No-Lugar. Estoy en la calle Trajano, número 16, de Sevilla.

SEFF 2014 Anecdotario - Cavalo dinheiro

Cavalo dinheiro

En la ciudad blanca

Salgo de ver el último cortometraje de Manoel de Oliveira, tras correr para llegar a tiempo, y decido que iré a darme una ducha. A los pocos minutos experimento uno de esos genuinos momentos de soledad. Un tipo con corbata con pinta de vendedor me aborda, tratando de ofrecerme un panfleto, diciéndome que trata “sobre si todo va a ir mejor”. Le ignoro. No quiero regresar al lugar donde me alojo por el mismo camino que he andado hace media hora, así que cojo un autobús. Desciendo dos paradas después. Trato de encontrar un recorrido alternativo hacia mi habitación, pero termino perdiéndome, diría que voluntariamente, entre estrechas callejuelas, algunas adoquinadas. Tomo fotografías de carteles y lugares. Me encuentro, de repente, ante la iglesia de San Ildefonso, y la luz que ilumina su fachada se me antoja irreal, casi milagrosa; es como si ese color se hubiera presentado sin avisar en la noche que se cierne sobre mí y mi soledad. Es un color como el de la luz que ilumina durante un instante la estancia en la que le van a dar un premio a Aria Bernadotte (Giulia Salerno) en Incompresa (Asia Argento, 2014). Aria fantasea con que su padre haga acto de aparición en el evento, pero no será así y la luz recuperará su tonalidad habitual. En cuanto a mí, penetro en el interior de la capilla. Una vez dentro, no siento “la presencia” de la que pronto oiré hablar en La sapienza (Eugène Green, 2014), así que vuelvo a salir. Me siento un poco como Bruno Ganz en En la ciudad blanca (Dans la ville blanche, Alain Tanner, 1983). Esa ciudad blanca llamada Lisboa, por cierto, contiene en su interior otra ciudad, un suburbio negro de la memoria y el fracaso, sumido en una noche perpetua y filmado por Pedro Costa en Cavalo Dinheiro. Las luces nocturnas de Lisboa pueden llegar a ser increíblemente hermosas.

Clementine

Otra casualidad fortuita: una tarde, tumbado en la cama, descansando entre películas, escuché en Youtube “Oh my darling Clementine”, canción que aparece en Pasión de los fuertes (My Darling Clementine, John Ford, 1946). Pese a que cuenta una historia definitivamente triste, esta canción tiende a ponerme de buen humor y lograr que la tararee durante unos cuantos días, siempre en la intimidad. Cuando ya la había medio olvidado, reaparece fugazmente, farfullada por un personaje, en Tonight and the People (Neil Beloufa, 2014). Ello no impide que termine abandonando la proyección de la película antes de que termine, por segunda y última vez durante el festival.

El Polo Sur

Jauja me recuerda un poco a El polo sur (2014), un cómic en el que mi amigo Alexis Nolla narra el trágico destino de la expedición de Scott al mismo Polo Sur, esa a la que Mecano le cantó en “Los héroes de la Antártida”. También es la crónica de un desplazamiento hacia lo incierto. Le comento a Alexis, ya en Barcelona, que quizás le mencionaré y me dice que le da mucha vergüenza la comparación, pero luego confiesa que una de sus inspiraciones mientras dibujaba el cómic fue precisamente la película Liverpool (2008), también de Lisandro Alonso.

Transición

Como con Jesús Vázquez, otro dibujante de cómics. Últimamente, me comenta, no dibuja tanto como le gustaría. Hablamos sobre amigos comunes, también sobre dibujar y escribir. Me explica que lleva tiempo dándole vueltas a una novela gráfica que empezaría relatando anécdotas y situaciones que ha vivido y le parecen graciosas, historias cotidianas, hasta que, sin previo aviso, empezarían a ocurrir cosas raras. Está describiendo uno de los tipos de narraciones que me gustan. Pero es difícil, me dice, hacer la transición hacia lo que sea que vendrá después y que quede bien, que no parezca un pegote. Otra película vista en Sevilla, Hungry Hearts (2014), de Saverio Constanzo, intenta algo similar y no le acaba de salir bien.

Paradero desconocido

B., C., J., T. y V. bailan y conversan en un lugar llamado Sala X. J. es el único al que los demás no conocen. V. advierte que J. mira a B. más de lo que es habitual entre desconocidos y decide que podría estar bien hacer que se conozcan. Lanza a B. contra J. y estos hablan durante un momento. En lo estrictamente visual, C. se ha convertido en una extensión de la barra del antro, como si alguna parte de su cuerpo estuviera pegada a la misma con pegamento, pero él sabe que no es así y que podrá abandonar esa posición cuando quiera. Poco después, C. hablará con J. De qué, nadie lo sabe. Ni siquiera ellos. T. baila, tratando de disimular que está allí y queriendo estar, al mismo tiempo, exactamente donde está. B. le dice que no baila mal, y él piensa que, por esta vez, le dará la razón. La historia de J. y B. parece terminar aquí.

Pasan algunos años. En varias ciudades, y más o menos a la misma hora, B., C., T. y V. se despiertan en mitad de la noche. Los ha despertado J., cuyo rostro han entrevisto en un sueño. Algunos ni siquiera recordaban haber llegado a cruzarse con esa persona. El rostro de J. rápidamente deja paso a los suyos propios, que por un momento vuelven a hallarse todos juntos en esa encrucijada de recuerdos.

Aquella noche, en la Sala X, hubo instantes en los que fueron conscientes de estar haciéndose mayores. Pero no les importaba. Recuerdan intensamente esa sensación: les daba igual crecer y progresar y tener una idea o tener mil o tenerse tan sólo a ellos mismos, y eso los hacía felices. No tardarán en volverse a dormir. El paradero de J., el responsable de haberlos reunido de nuevo a todos, es desconocido y seguirá siéndolo.

Liquidez

Es mi último día. De camino al cine, para ver la que será mi última película, La sapienza, me detengo a un banco a escribir alguna cosa sobre Mercuriales (Virgil Vernier, 2014), que vi la noche anterior. Justo cuando me siento y abro la libreta, se pone a llover. Cierro la libreta y busco el paraguas. De todas formas, tenía pensado escribir: “vidas líquidas”.

SEFF 2014 Anecdotario - Mercuriales

Mercuriales

Presagio

No puedo quitarme de la cabeza la sensación de esperanza que impregna el desenlace de La sapienza. A esas cuatro personas, algo les ha dicho que las cosas van a ir bien. Probablemente los presagios estén hechos de un material parecido al de los sueños.

Vivir o contar

En otro momento de Incompresa, Aria está leyéndole a la clase una redacción que trata sobre su mejor amiga, Angelica. Se me queda grabada una frase, que ahora no puedo traducir literalmente pero decía algo así: “Cuando hago alguna travesura, rápidamente corro a contárselo a mi amiga. Si no, es como si no lo hubiera hecho”.