jmlatorre-celebracioncarneAlgunos de los responsables de Miradas, siendo bastante más jóvenes veíamos muchas películas y leíamos demasiado sobre ellas en toda clase de revistas primero y en Internet (poco) después. Miradas existe porque leer de cine se convirtió en un descubrimiento: no solo se trataba de ver, pensar y comentar una película, ahora se abrían nuevas posibilidades que realmente parecen infinitas, incluso a día de hoy. La revista Dirigido nos impresionó desde el principio. Es obvio que Miradas nació muy influido por ella y por sus planteamientos. Independientemente de las filias y fobias generadas por los especialistas que han pasado por sus páginas, la figura de José María Latorre (1945-2014) destacaba porque cualquiera de sus textos aseguraba buenas dosis de disfrute y aprendizaje. Ahora bien, Latorre no solo fue el responsable de Dirigido durante cerca de treinta años y un crítico de cine fuera de lo común. Su obra literaria es muy amplia y de una gran calidad (en alguna ocasión hemos tenido la oportunidad de comentarla y darle voz sin necesidad de que el cine fuera la excusa). Publicó varios ensayos relacionados con el cine. Por ejemplo el esencial El cine fantástico (Ed. Dirigido por, 1987); la monografía sobre su compositor favorito: Nino Rota (Montesinos, 1989); o las espléndidas contribuciones a aquella colección Programa Doble caso de Amarcord / Blade Runner (Ed. Dirigido por, 1993). Colaboró en numerosas publicaciones colectivas de cine y literarias. Es el caso de Nosferatu (primero revista y luego libros, siempre editados por Donostia Kultura), algunas inolvidables ediciones de Valdemar para el Festival de Sitges, En las ciudades (Notorious, 2009). Escribió novelas y cuentos de largo alcance entre lo fantástico, lo gótico, lo detectivesco, lo aventurero, lo juvenil, lo caricaturesco. Apetece mucho volver a leer Las trece campanadas (Montesinos, 1989), Fiesta perpetua (Olifante, 1991; edición digital en 2011), El año de la celebración de la carne (Prames, 1999) o La noche de Cagliostro y otros relatos (Valdemar, 2006). Más todavía los que dejamos pendientes. Mientras hacemos hueco en nuestra cabeza y encontramos la manera de reengancharnos a ese universo, sirvan los siguientes textos, emocionantes y emocionados, de lectores, compañeros y/o amigos de Latorre para recordarle.

Otro género literario

Antes de que sus problemas crónicos de espalda le dificultaran el simple hecho de salir de su casa, siempre que celebrábamos un consejo de redacción de Dirigido, José María Latorre se acercaba a mí para hablar de las películas de terror modernas que había logrado, a veces, de forma alegal. Era, en parte, su forma de decir “eh, estoy aquí, todavía tengo mucho que decir como crítico”, pero también un síntoma de su inagotable curiosidad cinematográfica, que iba más allá de la etiqueta de especialista en cine clásico con las que se ha acostumbrado a clasificarle. Además, claro está, de un ligero esfuerzo de acercamiento hacia mí, un pequeño momento compartido antes de desaparecer detrás de sus gafas de sol, observándonos a todos, siempre con una sonrisa pícara, mientras discutíamos los contenidos del próximo número.

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Guardo como oro en paño los consejos que me dio sobre esta profesión. No respecto a la mejor forma de escribir, en lo que era extremadamente respetuoso, sino sobre la manera de abordarla, de vivirla. Él siempre fue muy discreto, siempre mantuvo las distancias respecto a la parte pública del oficio de crítico, porque prefería que fuera su obra la que hablara por él, la que transmitiera su idea sobre el cine. Y eso es algo que, en el desarrollo de esta profesión, me ha influido casi tanto como su impecable estilo de escritura, igual de claro, de elegante —siempre me ha parecido mucho más difícil escribir con esa sencillez casi innata que llenar las frases de palabras esdrújulas y, a veces, ininteligibles—, cuando hablaba de Fellini y de Rota que cuando desarrollaba alguna de sus tramas de ficción. Al fin y al cabo, para Latorre, la crítica de cine era un género literario más —una afirmación que algunos de nosotros seguimos y seguiremos defendiendo—, de ahí que en ella también encadenara de forma exquisita las frases, que las dotara de un ritmo y de una cadencia muy concretas: como él, a mí me parece imprescindible darle una determinada musicalidad a las frases, ser capaz de conciliar el desarrollo de ideas con un cierto gusto —y algo de riesgo— en la construcción de las oraciones.

Hace apenas unos meses, cuando en Dirigido preparamos un dossier sobre Francis Ford Coppola, al primero que se le ofreció escribir (otra vez) sobre la trilogía El Padrino fue a Latorre. No quiso repetirse, así que el encargo acabé heredándolo yo, y confieso aquí por primera vez que, en mi análisis más duro de lo habitual con la considerada opus magna de Coppola, había un punto de provocación, de jugueteo, hacia su habitual defensa de la misma. Nunca llegamos a comentarlo, pero quiero pensar que entendió el guiño, y que le hizo lanzar una de sus enigmáticas sonrisas.

Tonio L. Alarcón

Agradecimiento

Durante mucho tiempo me dediqué a abrir los números de la revista Imágenes de Actualidad por la página 120, que comprendía la sección de libros de José María Latorre. De libros y de recomendaciones, que apuntaba con una letra ilegible en un pequeño cuadernito que aún conservo. Puedo decir, sin exagerar, que aquel rincón minúsculo entre secciones de cine constituye gran parte de mi educación literaria, el que pulió los primeros intereses y abrió las puertas a autores desconocidos. Algo, por cierto, que se cifra en nombres, ahora indispensables, como los de Vasco Pratolini o Arthur Schnitzler.

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Al Latorre crítico llegué un poco más tarde, primero con sus libros para Dirigido o su monografía sobre Nino Rota; más adelante, con la repesca de números antiguos de la revista. De los libros, sobre todo de El cine fantástico, solo puedo decir que forman parte de ese grupo de obras de formación (otro ejemplo sería El cine “fantástico”, de Gérard Lenne) que tienen esa cualidad tan difícil de encontrar como la de dotar de fundamentos, ayudar al lector a construir una mirada sobre el cine. Sus críticas, incluso si se discrepaba, eran una versión encapsulada de ese sentimiento. Ahí queda, para quien le interese buscarlo, su maravilloso análisis de Eyes Wide Shut, un cuerpo a cuerpo entre Kubrick, el Relato soñado y la mirada crítica.

Resulta extraño eso de llorar a un crítico de aquí, a pesar de que con Robin Wood, Andrew Sarris, incluso con Roger Ebert, llenamos unas cuantas páginas en su recuerdo. Con Latorre es diferente. Al menos, en mi caso, se trata de una voz y unas palabras que me han enseñado a entender la escritura casi desde el mismo momento en el que desee empezar a escribir. Todas esas cápsulas que aparecían en la página 120 de Imágenes de Actualidad, todos esos textos sobre el cine de Terence Fisher, toda esa paciencia en los tiempos en los que su foro era un hervidero de nombres y autores, constituyen una parte elemental de mi educación. Ahora, más que en cualquier otra ocasión, necesito escribir el agradecimiento que nunca pude darle en persona. Que este texto sirva para volver su obra con una mirada diferente, siempre atenta, siempre apasionada, sobre una labor crítica que no ha perdido su vigencia.

Óscar Brox

Contra el lugar común

A los veinte años era un feroz cahierista, pero conversando con José María Latorre sobre dos películas en concreto empecé a relativizar, sin perder de vista las enseñanzas de Rivette y Godard, la tan taxativa política de los autores por lo que hacía referencia a la responsabilidad absolutista del director sobre una película. Estos dos títulos eran Simbad y la princesa y A pleno sol. José María, quien se había formado en una revista de postulados bastante Cahiers, “Film Ideal”, me hizo ver la espléndida conjunción que había entre todas los participantes de cada uno de estos dos films.

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Quim Casas

Elegía a una especie en vías de extinción

El viernes 14 de Noviembre, en su casa barcelonesa, a los 69 años, falleció José María Latorre. Le conocía desde hace más de 40 años y fuimos amigos durante todo este tiempo aunque los avatares del destino hicieron que el zaragozano y yo viviéramos durante numerosos años en ciudades diferentes. José María fue un ejemplo preclaro de lo que durante un tiempo era una profesión, tan digna como mal pagada, que se conocía como crítico de cine, algo que en la actualidad es casi una reliquia (…)  quiero alzar mi voz, y procurar que se oiga lo más posible, tanto en memoria y loor del amigo muerto, como sobre todo de una forma de entender la crítica de cine en absoluta vía de extinción, especie perseguida sañudamente y cuya desaparición fue cuidadosamente planeada y fríamente ejecutada.

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Antonio Castro

Profesional del escepticismo

(…) Un escéptico que se miraba con respeto, pero también con prudente distancia, la creencia en la vida ultraterrena, algo que dejó en evidencia en una necrológica que escribió para Dirigido por… sobre su admirado (y admirable) Peter Cushing, a quien le dedicó su libro de cine fantástico, donde se hacía eco de la famosa creencia del actor según la cual confiaba que, cuando muriera, se iba a reencontrar con su querida esposa y su viejo amigo Terence Fisher (realizador que, huelga decirlo, debe no poco a Latorre su posterior reconocimiento entre la crítica de cine de nuestro país). ¿Se imaginan ustedes un encuentro en el otro barrio entre Latorre y Rota? Caso de haberse producido —chi lo sa?—, seguro que tienen cuerda para rato.

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Tomás Fdez. Valentí

La escritura revelada

Me enteré de la muerte de José Maria Latorre un lunes por la mañana, tres días después de que hubiera sucedido. Tras oír un mensaje en el contestado del móvil, de camino a casa, al llegar me senté frente al ordenador y, por casualidad, desplacé la vista hacia un montón de revistas apiladas en el suelo. La primera era un ejemplar de Dirigido de enero de 1976, dedicado a Ingmar Bergman, uno de los primeros números que compré. Recuerdo que era un día frío y desagradable. Recuerdo que abrí la revista y allí estaba Bergman, de quien solo había visto, en aquella época, un par de películas, pero que ya me fascinaba. Y recuerdo la firma al lado del nombre del cineasta: José María Latorre. Ya había leído textos suyos, pero aquel fue una verdadera revolución para mis atribuladas fantasías de cinéfilo primerizo. ¡Se podía hablar de un director de cine como quien habla de un poeta, o de un novelista, o de un pintor! Poco tiempo antes de que conociera la “política de los autores”, Latorre me hacía sentir partícipe de un sentimiento exultante: el cine, las películas, la carrera de un director, también se pueden narrar. La narración narrada.

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Carlos Losilla

No hables de Peter Weir si no has visto sus primeras películas

Cuando terminé la carrera eran otros tiempos. Conseguí organizar junto a un profesor amigo mío un seminario sobre cine y teníamos un cheque en blanco. Podíamos traer a quien quisiéramos de donde quisiéramos o al menos esa fue la impresión que me dio a mí. Yo por aquel entonces no tenía ni idea de presupuestos y juraría que ni siquiera conocía el significado de la palabra austeridad. De todos modos, tampoco me fui muy lejos. Mi primera opción, lo tenía muy claro, era José María Latorre, un crítico, ensayista, escritor y guionista natural de Zaragoza pero afincado en Barcelona. Yo, como toda mi generación de cinéfilos, nos alimentamos durante años de sus críticas y de sus libros. Todo el que alguna vez había leído la revista Dirigido sabía quién era José María Latorre. Una institución, una catedral de la crítica cinematográfica, un referente obligado y un autor indispensable. Algunos libros suyos son, sin excusa, imprescindibles en la estantería de todo cinéfilo que se precie.

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No recuerdo cómo, pero el caso es que me puse en contacto con él por correo electrónico. En realidad no tenía demasiadas esperanzas de que se detuviera a leer mi correo y mucho menos que me respondiera. Yo no era más que un pardillo recién licenciado que deseaba con todas sus fuerzas tener cerca a alguién de su talento por si se me pegaba algo. Pero sí, me respondió. Con toda cordialidad Latorre me dijo que habría venido encantado pero que su salud se lo hacía bastante difícil.

Nunca supe qué dolencia aquejaba a Latorre. Desde entonces, y estamos en el año 2003 si no recuerdo mal, le invité a venir a Murcia en cuatro ocasiones más. Quería conocer en persona a aquel hombre. Pero siempre la respuesta era la misma, la salud, la maldita salud. Aún cuando tiré la toalla y ya di por sentado que nunca conseguiría traer a Latorre, continué manteniendo el contacto con él. Pensaba que si un día me dejaba caer por Barcelona podría invitarlo a vernos. Siempre se acordaba de mí, tuvo el detalle de responder a mis preguntas e impertinencias y no se crean, a veces que le contesten a uno, aunque sea por mail, es todo un logro.

El otro día empezaron a llegarme correos electrónicos confusos, una conversación que pillé a medio en la que todos lamentaban la muerte de alguien. Entonces leí su nombre, José María Latorre. Me inundó el vació. Aprendí mucho cine gracias a sus textos. Latorre es un pedazo de la cinefilia que me corre por las venas. Nunca lo conocí en persona pero me hablaron mucho de él aquellos que sí tuvieron esa suerte. Durante su etapa como responsable de Dirigido decía que no pasaba una coma mal puesta. Defendía con uñas y dientes a El hombre que mató a Liberty Vallance aunque consideraba que Centauros del desierto era mejor película —ambas de John Ford— y solía decir “no hables de Peter Weir si no has visto las primeras películas de Peter Weir”.

Al menos se va habiendo reseñado mi primer libro. Habló bien de él. Eso me lo llevo para mí.

Ramón Monedero

Nuestro Skorecki

Ha muerto José María Latorre. Su lectura del cine fue siempre de la emoción a la forma, aunando pasión y pensamiento, ratificando la máxima wildeana de que «donde no hay estilo no hay idea». Los críticos que construyen un pensamiento, abundan; no así los que, además, transmiten un sentimiento, el del verdadero amor por el cine. Un artículo suyo en Film Ideal –uno de sus primeros textos–, leído en algún momento a mediados de los años 90, dirigió nuestra atención hacia ese cineasta errante que fue Hugo Fregonese. Dos décadas más tarde, pensamos dedicarle un largo artículo sobre el paso del argentino por Hollywood: de él surgió la chispa. Más allá de los gustos comunes, de la defensa obstinada de ésta o aquella película desdeñada, muchos de sus escritos –en Dirigido, en sus libros, leídos y releídos una y mil veces–, guiaron nuestros primeros pasos cinéfilos, convirtiéndole, con los Juan Cobos, Miguel Rubio, Francisco Llinás, José Luis Garci, Manolo Marinero, Miguel Marías, Antonio Castro y algún otro que se queda rezagado en este momento de tristeza, en una suerte de passeur personal. No sé si por esnobismo, o por un sentimiento de inferioridad congénito, quizá ambos, apreciamos colosalmente lo de fuera. Es normal: la vecina Francia es una nación de críticos de cine y cine-fils. Pues bien, Latorre fue nuestro Skorecki (Les violons ont toujours raison tiene un regusto indudablemente latorreano), nuestro Lourcelles. Como las de ellos, sus palabras no fueron nunca solo el eco de una bella música, el débil reflejo de una imagen de brillantes contornos, sino música e imágenes en mismas. Su obra manifiesta que la mejor crítica puede resultar, más allá de la simple glosa, un arte creador.

Rubín de Celis (Santiago & Andrés)

Un escritor tiene que escribir

Cuando se ha leído a alguien mes a mes durante treinta años, es inevitable que su muerte despierte emoción. Más, cuando la voz crítica y literaria de ese escritor ha ejercido influencia sobre la propia. No importa lo que argumentase José María Latorre a propósito de Terence Fisher o Tony Scott. Su voz, como sucede siempre en la expresión creativa de quien merece la pena, tejía su propio argumento. El único argumento. El zibaldone de pensamientos y ensoñaciones del autor. Al fin y al cabo, como manifestó Latorre en más de una ocasión, “un escritor tiene que escribir”.

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Cuando le descubrí, allá por los años ochenta, fue casi a la vez en sus labores como crítico y como novelista. Mis primeras lecturas de la Dirigido se solaparon con las de Huida de la ciudad araña (1981) y Osario (1987), halladas en una biblioteca pública que frecuenté durante años. Por entonces, ambas facetas me parecieron complementarias. Hoy las considero indisociables. Las palabras de Latorre reverberaban en las páginas de la revista que acababa de comprar, en las de la novela que leía en un rincón de la biblioteca, con entonación pausada, firme; en ocasiones, severa; en ocasiones, desesperanzada. Inconfundible, en cualquier caso. Teñida de modulaciones sutiles que buscan suscitar en el lector «una atmósfera», su obsesión.

Y no solo en sus ficciones, ricas en presagios, vislumbres, sugerencias y puntos suspensivos. También en sus críticas. Cuando Latorre desgrana de qué trata una película, está infiltrando al lector en sus imágenes, y desde una perspectiva insoslayable. La suya. «Si Booth inspira inquietud no es por su depravación y su violencia, sino por el horror que cubre con su mascarilla. Si Dorothy es una mujer con secretos, estos quedan desvelados cuando Lynch fragmenta su rostro en manchas de colores enfermizos». Con el tiempo, la voz propia ha seguido otros derroteros. Pero, valga o no la pena, debe a la de Latorre su compromiso con la escritura y algunas certezas: «No tengo una visión académica de la vida ni de la literatura (…) Detesto los discursos excluyentes y los caminos marcados por otros para los autores (…) La literatura es maravillosa y, sin embargo, el mundo que la rodea es otra cosa (…) Pertenezco a ese tipo de novelistas que escriben lo que creen que deben escribir». Suficiente como para tener que agradecerle mucho.

Diego Salgado

José María Latorre - Il Cassanova, de Federico Fellini (1976)

Fotograma de Il Casanova (Federico Fellini, 1976)