Dos casos (distintos, ¿opuestos?): ‘Guardianes de la galaxia’ y ‘Dos tontos todavía más tontos’

La segunda mitad de 2014 fue testigo del estreno de un par de películas norteamericanas que inducen a reflexionar sobre el concepto de infantilismo, definido por la R.A.E., en su acepción no médica, como la «persistencia en la adolescencia o en la edad adulta de los caracteres físicos y mentales propios de la infancia». Mucho se ha hablado y escrito ya sobre el infantilismo de la sociedad contemporánea, la instalación de sus individuos en la perpetua inmadurez o la incapacidad de asumir responsabilidades adultas de las nuevas generaciones humanas. También del llamado “síndrome de Peter Pan”, del que el infantilismo sería una de sus manifestaciones más extendidas. Pero lo interesante en realidad es el pensamiento de que cierto infantilismo puede atesorar una vertiente subversiva, en tanto rehúsa aceptar algunas de las normas o valores (asimismo también infantiles o infantiloides en muchos casos) arraigados en la sociedad. Podríamos hablar tal vez, entonces, de un infantilismo manso, del niño obediente que acata todo lo que le es impuesto (un Forrest Gump), insertándose de forma apacible en la cotidianeidad; y de otro infantilismo más punzante y ácrata, el del enfant terrible que desafía el comportamiento mayoritario aunque sea a través de actos de suma gilipollez (un Gord Brody), y condenado por ello a ser un perenne outsider.

Forrest Gump (Tom Hanks) y Gord Brody (Tom Green)

Forrest Gump (Tom Hanks) y Gord Brody (Tom Green)

Pero mejor comenzar dejando claro algo que es una obviedad: Ni Guardianes de la galaxia (Guardians of the Galaxy; James Gunn, 2014) ni Dos tontos todavía más tontos (Dumb and Dumber To; Peter & Bobby Farrelly, 2014) son un dechado de originalidad. La primera remite a muchas cosas, comenzando, claro está, por la saga Star Wars, con un héroe humano, Peter Quill (Chris Pratt), que, cinematográficamente, no pasa de ser un sosias de Han Solo, infinitamente menos bravucón y pícaro que aquel (por no hablar del carisma); con una heroína ambigua desaprovechada (un director como Joss Whedon seguramente habría sabido dotar de mayor entidad al personaje encarnado por Zoe Saldana), y con la sempiterna parejita de criaturas secundarias habitual de cualquier producto Disney, como son Rocket Racoon y Groot (el último vendría a ocupar, siguiendo la analogía con Star Wars, el lugar de Chewbacca, y guarda además evidentes concomitancias con los ents creados por J. R. R. Tolkien). Por su parte, la película de los hermanos Farrelly bebe con fruición del primer film de 1994, con unos Jim Carrey y Jeff Daniels ya talluditos repitiendo sus respectivos papeles y varias de las rutinas de la primera parte. En los noventa, los Farrelly dinamitaron los límites de la incorrección política en la comedia estadounidense comercial, aquello que estaba o no estaba permitido mostrar (el semen en el pelo de Cameron Díaz no es solo una de sus imágenes más celebradas, sino también un hito en la historia –del cine– estadounidense). En esta segunda parte, se plantean el difícil reto de llevar aún más lejos los gags originales, si bien muchos de ellos están reciclados de su opera prima (la alusión equívoca homosexual, la furgoneta perruna, el chiste final, etc.), e incluso alguno está fusilado de otras comedias (el efecto cómico del brevísimo trayecto filmado en travelling lateral fue usado en la infravalorada No es otra estúpida película americana / Not Another Teen Movie, 2001, de Joel Gallen), por no hablar de la deuda del personaje de Carrey con Moe Howard, uno de los componentes del trío cómico The Three Stooges.

Guardianes de la galaxia se postula como un espectáculo que guiña el ojo a la modernidad y/o al mundo freak/geek, poniendo en evidencia una cierta “consciencia del pasado” e inoculando un aroma vintage a un contexto hipertecnológico. Apenas hay planos en el film que no contengan algún FX, hasta el punto de que en determinadas secuencias no caben virtualmente más rayos láser en pantalla. El ruido y el montaje frenético (“fruit salad editing”, como lo bautizó Roman Polanski hace años) provocan que que el espectador se desoriente durante las batallas, que por otra parte tampoco alcanzan la tosca desfachatez de un Michael Bay (por lo que no es posible aplicarle los argumentos del indispensable artículo de Kent Jones sobre Bay publicado en Film Comment a principios de la década pasada, pues todo está tan mesurado y pulido que ni siquiera permite que surjan desastres gloriosos). Una vez más, cierto espíritu del cine popular de los 80 parece ser invocado, aunque el guiño diferenciador (respecto a otras películas) lo encontramos en la selección de música de los 60 y 70 contenida en una musicassette legada a Peter por parte de su madre moribunda y etiquetada como “Awesome Music”. Ello propicia algunos inesperados momentos musicales (una de las marcas de fábrica de una parte del reciente cine que se mueve –o pretende moverse– en los circuitos festivaleros y de “cine de autor”), si bien muchas de estas canciones son ultraconocidos hits, algunos tan manidos y utilizados ya anteriormente en publicidad como Hooked on a Feeling (en la versión de Blue Swede empleada por Tarantino en Reservoir Dogs en 1992) o la a estas alturas ya inaudible Ain’t no Mountain High Enough, interpretada por Marvin Gaye y Tammi Terrell.

Guardianes de la Galaxia

Guardianes de la Galaxia

La irrupción de los mencionados exabruptos musicales en momentos de tensión de la trama no parece tener más objetivo que calmar al espectador y borrar todo atisbo de inquietud u oscuridad, afianzando el carácter familiar y para todos los públicos del producto, sin que quede el más mínimo resquicio para pensar que alguna desgracia puede ocurrirles a los a su vez ya descafeinados, fotocopiados (y armados hasta los dientes) héroes. Cierto es que el film parece llevar a cabo una apología de la amistad y de la importancia de la colaboración colectiva ante las amenazas, pero se trataría de la unión de unos pocos elegidos, dotados del poderes extraordinarios, no de cualquier persona, pues la red solidaria que tejen las pequeñas naves fracasa estrepitosamente, siendo finalmente el poder devuelto a las instituciones “oficiales”. Pero, lecturas políticas aparte, lo que nos interesa aquí es que el infantilismo hace acto de presencia en el film para favorecer la simplificación (auto)complaciente, para reunir a las familias ante el cine y la TV sin alarmas ni sobresaltos. Nadie muere, por supuesto, excepto contadas excepciones que incluyen al malo (sigue habiendo un malo con apariencia de malo, ¿acaso lo dudaban?) y el film ofrece un espectáculo diseñado al milímetro pero con pretensiones de no serlo, o al menos de no parecerlo, sino de etiquetarse a sí mismo como película de superhéroes cool, moderna, deslenguada y provocadora. Y como una película no meramente infantil, sino un producto dirigido también al público adulto.

El prólogo de Dos tontos todavía más tontos explica cómo los personajes protagonistas han permanecido en un limbo, fuera de la realidad, durante dos décadas, siendo incapaces de evolucionar o interactuar con normalidad en el mundo, y sin dejar de vivir en ningún momento en el suyo propio. Donde Guardianes de la galaxia recubre todo de efectos especiales, la película de los Farrelly hace lo propio con continuos golpes de humor y una interminable colección de muecas desatadas. En este caso el infantilismo de los personajes, que vuelven, como en la primera parte, a interferir en una trama ajena (en la línea de las películas de la última etapa de los Hermanos Marx) con la que en realidad no tienen ninguna relación real, se contrapone de nuevo al mundo adulto, y su extrema puerilidad atenta contra todo lo establecido como serio o importante en el orden imperante. Y resulta subversivo no solo por los elementos más deliberadamente soeces/brutos puestos en juego, sino por el hecho de que los personajes continúan negándose a crecer, y sigue anidando en ellos una extraña inocencia, que casi podría llegar a conmover en algunos instantes (cf. la revelación sobre su primera experiencia sexual) si no fuesen tan rematadamente imbéciles (todo aquello que Forrest Gump –Robert Zemeckis, 1994– escondía bajo ínfulas de trascendencia lacrimógena aquí se ofrece en bruto, sin dobleces).

Los protagonistas de las dos películas de los hermanos Farrely

Lloyd (Jim Carrey) y Harry (Jeff Daniels), los tontos creados por los hermanos Farrelly, en 1994 y en 2014

Las dos películas de los Farrelly juegan al equívoco desde sus títulos, pues más que tontos, la mayor parte de las veces los protagonistas resultan cargantemente infantiles (algo que el paso del tiempo vuelve más grotesco en esta segunda entrega). Y se trata de un infantilismo que no esconde lo peor de esa edad: El egoísmo, el egocentrismo, los caprichos, la crueldad…. La nueva película sigue sin ser ingenua, y se muestra cruel con los personajes protagonistas, aunque no menos de lo que ellos son en muchas ocasiones con los demás (y entre ellos). Y respira una retorcida melancolía (¿comedia crepuscular?), pues los personajes ya no parecen encajar en el género ni en el mundo (si bien en realidad nunca han podido llegar a hacerlo). No se puede negar que el film es (y se hace) demasiado largo, con una parte final que juega a la contraposición facilona entre listos y tontos, o entre seriedad adulta e inanidad infantil (¿aunque cómo reprochar esto a quien hace de la sandez y el ludibrio su bandera?), pero lo verdaderamente interesante es que en esa parte final no se produce lo que uno podría temer, vistas las derivaciones argumentales: Que los personajes se rediman de su estulticia pueril y alcancen la madurez, mediante la asunción de responsabilidades paternales. Nada de eso acontece, pues jamás llegarán a entenderse con los personajes serios, sino que se mantendrán en su particular Babia until the very end, ahorrándonos los Farrelly cualquier asunción del “espíritu de la pesadez” nietzscheano por parte de estos dos antihéroes quijotescos ante los que, finalmente, es difícil no desarrollar algún tipo de empatía.

Corolario #1

Ambas películas quedan abiertas para su segunda y tercera parte respectivamente. En el caso de Guardianes de la Galaxia, 2017 es el año previsto para el estreno de su ya confirmada secuela. Empero, no hay fecha para una hipotética nueva entrega de la saga de los Farrelly, pero en caso de esperar otras dos décadas para rodarla, tanto Carrey como Daniels y los propios Farrelly superarían los setenta años de edad, acercándose algunos de ellos a la ochentena. Solo el tiempo dirá si podrán/querrán completar su respuesta dumb y estática (¡no hay evolución!) a la serie Before filmada por el gran Richard Linklater.

Corolario #2

Actualmente, The Walt Disney Company imprime su muy perceptible sello a los productos de Pixar, Lucasfilm, los Muppets y Marvel. Solo espero no llegar a ver nunca el logo de Disney encima de los Looney Tunes. Ese día tendría un motivo menos para no creer en el fin de la Historia de Hegel y Fukuyama.