Happy Neeson Year

Liam Neeson es un tipo que le va al pelo la frase “los viejos rockeros nunca mueren”. Este año que dejamos atrás ha cumplido el centenar de películas en algo más de treinta y cinco años de carrera. Provocando filias y fobias. Despertando pasiones encontradas, porque intercala personajes memorables y películas para olvidar. Haciendo bueno el término versatilidad, porque tan pronto le encontramos en un actioner como en una comedia romántica o poniendo su profunda voz a un dibujo animado. Lo de Liam Neeson es pura perseverancia. Y mucho oficio.

En este 2014 he tenido la suerte de encontrarle en multitud de ocasiones: cuatro películas que se han estrenado este año y otras tantas recientes que aún no había visto. E incluso, a última hora y gracias a la intermediación de nuestro jefe y amigo Sergio Vargas, he recibido el regalo de un tráiler magnífico, lleno de sentido del humor y con toda la potencia de las últimas —y, por supuesto, mejores— aportaciones de este actor al género: el trepidante avance de Taken 3 (Olivier Megaton, 2015). Prácticamente no ha habido un mes en el que Neeson no se me haya aparecido en alguna pantalla. Su portentosa presencia y su inconfundible voz me han acompañado en este intenso año —todos lo son, según se viven y se recuerdan—, protegiéndome en algunos momentos muy duros. Me ha enseñado a parar algunos golpes y ponerme de nuevo en pie, a no dar el primer puñetazo o desenfundar el arma hasta estar totalmente seguro, a no perder la esperanza y soportar lo que soy —mi presente y mi pasado—, a mirar a los demás con respeto o desconfianza —según lo merezcan—.

Non-Stop

Non-Stop (Sin escalas)

Creo que Liam Neeson lleva toda una vida gestando a un mismo personaje, paseándole por algunas películas con la intención de pulirlo, limando aquellas aristas que permitan encajarle en un número cada vez mayor de argumentos. Está forjando el prototipo del macho beta, líder en las sombras de un ejército de perdedores y castigados, tipos que han de soportar una penitencia que saben que es justa, porque en un momento de sus vidas cometieron una terrible equivocación. Y han de pagar, claro, porque muchos se la tenían jurada. Pienso incluso que aquel Qui-Gon Jinn de Star Wars: Episodio I – La amenaza fantasma (Star Wars: Episode I – The Phantom Menace, George Lucas, 1999) contenía todos estos elementos: díscolo, rebelde, contestatario, solitario, sabio y poderoso. Y con muchos palos a sus espaldas.

Liam Neeson se está convirtiendo en el jefe de todo esto, y este año nos ha regalado dos interpretaciones fascinantes, encarnando dos personajes que son uno solo, porque ambos hablan el mismo idioma y dialogan de tú a tú. Tanto en Non-Stop (Sin escalas) (Non-Stop, Jaume Collet-Serra, 2014) como en Caminando entre las tumbas (A Walk Among the Tombstones, Scott Frank, 2014) Neeson ha configurado un tipo atormentado por sus fragilidades, con un pasado del que no sentirse orgulloso, instalado en el purgatorio de la redención y en pleno acto de ponerse en pie después de la paliza. Dos personajes comprometidos con el servicio a la ley y en perpetua alerta, que no necesitan de una placa que les autorice en su cruzada contra los criminales. Dos cuerpos que se mueven con una inaudita agilidad a pesar de su edad y su gigantismo. Dos enormes masas dispuestas a parar cualquier puñetazo o, incluso, alguna que otra bala. Dos miuras que se han tatuado entre las cejas a su objetivo, y no cejarán hasta trincharle como a un pincho moruno.

Caminando entre las tumbas

Caminando entre las tumbas

Hay una imagen que me ha dejado personalmente tocado, que me está acompañando desde el momento en el que la contemplé, que no deja de acudir a mí para interrogarme sobre el estado del hombre de la última década: el skyline de Nueva York al amanecer, el plano que cierra Caminando entre las tumbas. Un Nueva York que despide al siglo XX y el segundo milenio de nuestra era. Un Nueva York que ya no existe. Un Nueva York que presiente lo que algunos meses después se le vendrá encima. Una sociedad y una cultura a punto de transformarse, de dejar atrás la inocencia, de ofrecer su imagen más solidaria y su rostro más despreciable. En ese paisaje, este hombre habla al resto de los hombres, soportando la carga de un género despreciado, desplazado y desarmado, carente de identidad, desorientado y desnortado, abocado a la extinción, preguntándose aún qué es lo que ha sucedido. Sobre sus espaldas recaen todas las dudas, todas las incertidumbres, toda la fragilidad de la orfandad, toda la soledad del perro abandonado, toda la tristeza del desahucio. No lo supimos ver venir o, peor aún, creíamos que sería pasajero.

Neeson se inserta en el fotograma como una figura más de entre los millones de seres que habitan la ciudad. Se mueve a la perfección en el anonimato de la vulgaridad, disfrazándose de tipo corriente y anodino, como un Clark Kent, pero sin disfraz ni superpoderes debajo de su gabardina. Surge de las sombras, de algún oscuro rincón, del portal de algún edificio amenazado de ruina, de un restaurante open24 en el que se ha pasado la noche acodado, leyendo parsimoniosamente la sección de sucesos. Es el espejo del hombre agotado, el reflejo de la derrota definitiva. Y nos da mucha pena porque, con todos sus defectos, el tipo —cualquier tipo al que encarne— nos cae bien. No lloraremos en público para no mostrar debilidad, pero por dentro algo nos empezará a devorar. Tan solo nos quedará ponernos tras él y seguir su camino, formando la manada de machos beta a la que, no nos engañemos, muchos de nosotros pertenecemos.