La vida y los sueños

Las cosas que hiciste. Las cosas que nunca hiciste. Las cosas que soñaste. Tras un tiempo se mezclan.

(Canadá, Richard Ford)

Boyhood. Los recuerdos y la vida misma

La vida no me ha hecho más sabio. Me ha otorgado, eso sí, la capacidad de ver las cosas de modo distinto a cómo las contemplaba o las valoraba años atrás. Tal vez no sea una oportunidad sino una necesidad. Seleccionamos los recuerdos por obligación, por evitar los que nos duelen o, quizás, porque en determinado momento de nuestras vidas damos mayor peso, mayor relevancia, a aspectos que, en otros tiempos, no tenían significancia especial para nosotros. Cada nueva etapa vital suele rechazar los gustos y las aficiones de la inmediatamente anterior. Y con nuestra evolución rescatamos del poso de recuerdos y vivencias algunas que parecían descartadas. Vivencias que se sitúan en contexto distinto al que pertenecían. Recuerdos que se moldean, se recortan, se adaptan a nuestro momento.

Soy consciente de la diferencia de edad que me separa de los compañeros (y tal vez de muchos lectores) de Miradas de Cine. Y este acúmulo de tiempo (no se decir si a mi favor o en mi contra) me fuerza a valorar, en ocasiones,  las películas de modo distinto. En la misma medida en que el tiempo nos hace valorar determinadas películas a de modo diferente a como lo hicimos en un primer visionado[1] , también modula nuestros recuerdos o aquello que consideramos como tales. Así, veo mi primera infancia en breves flashes: las incontables construcciones de edificios que tenían lugar ante el balcón en el que jugaba; cómo me ocultaba bajo un mueble del comedor en el momento en que concluía la transmisión televisiva de sobremesa; el avance del coche de mis padres entre túneles por un desfiladero pirenaico… Sin embargo, bien pensado, el recuerdo del balcón tal vez corresponde a una experiencia única, el escondite bajo el mueble es negado por las memorias de mi madre y la visión en picado panorámico del vehículo transitando por la carretera corresponde más a una película vista posteriormente que suplanta mis propios recuerdos vividos en el interior del coche… .

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Vaya todo ello no como preámbulo sino como parte de la argumentación en  reivindicación de Boyhood (íd., Richard Linklater, 2014), una cinta construida durante más de una década sobre los (supuestos) recuerdos, sobre las vivencias, sobre la vida misma, de una familia común. Recurriendo a actores profesionales (Patricia Arquette y Ethan Hawke a la cabeza), a semi profesionales y a familiares propios, Linklater ha rodado durante más de una docena de años una historia que se grababa durante poco más de un par de semanas cada año. El hilo argumental seguía el crecimiento de un niño, Mason, y la evolución de su entorno hasta alcanzar la adolescencia. El guion era modulado en sus diálogos por los propios intérpretes y por la maduración de estos y del proyecto en sí mismo, limitándose a puntuales acotaciones temporales. Tras la fascinación inicial, parte de la crítica se ha dedicado a denostar la obra misma y al propio Linklater, sea por considerar que se trata de una obra trivial, falta de potencia dramática y con una historia mil veces contada, sea por insuficiente, inconclusa o mal construida.  Argumentaciones razonables si Boyhood pretendiera ser simplemente una obra de ingeniería cinematográfica, que reivindicase por encima de todo la (superada) complejidad de rodar con los mismos actores a lo largo de una docena de años. O si fuera una versión sui generis de docudrama. Pero no es eso lo que plantea Richard Linklater. Su intención, su mérito, es retratar, literalmente, la vida, el fluir de la vida. Y lo consigue plenamente. No tanto por la capacidad de recoger los cambios físicos, corporales, faciales, de sus intérpretes (profesionales y no profesionales) por mostrar en Ellar Coltrane y en Patricia  Arquette [2] las marcas que la vida nos deja, como por la colección de momentos intrascendentes que también nos marcan. De hecho Boyhood no encadena solo secuencias sino que encadena  elipsis. Es el espacio entre fotogramas el que articula la vida y, ante la imposibilidad de filmarla completa, Linklater opta por rodar pasajes. Algunos nos parecen, en primera instancia, decisivos, definitivos. Sin embargo es el paso del tiempo el que deja claro por una parte aquello que rige nuestra personalidad y nuestra vida y, por otra parte, todo lo demás, que pudo parecer esencial en un momento dado pero que acaba siendo trivial con el tamiz de los años . La reaparición del ex marido puede sugerir,  a priori, que la relación se va a retomar; pero todo queda en una pequeña discusión y en un día de diversión que, al cabo del tiempo, tal vez se olvide, tal vez se recuerde con una mezcla de añoranza y escepticismo. Un nuevo, atractivo, conocido puede determinar un breve romance o una relación estable; pero el tiempo, una vez más, nos da una nueva bofetada, otro desengaño, otro camino sin aparente salida. El amor de adolescencia no será nunca olvidado; pero es, a menudo, el mayor desengaño que, a la corta, a la larga, nos llevará a relaciones más interesantes…

Boyhood evita recoger, por imposibilidad física (de los protagonistas y director en primera instancia, también del espectador) la vida entera, tal vez porque no todo puede ser recogido por una cámara. Por ello, elabora un esquema sobre el que improvisan actores que remedan la vida y, a partir de ahí, desarrolla una inmensa, admirable, actividad de edición. Ahí radica el mayor mérito de Linklater. La decisión de seleccionar fragmentos de vida evitando aquellos supuestos “grandes momentos” que, como espectadores, identificaríamos más con la pantalla que con la realidad. Linklater recoge así el fluir de la historia. No nos cuenta una serie de situaciones mil veces ya (mejor) narradas, como algunos han lamentado. Linklater nos presenta la vida misma en plena evolución. Las elipsis reflejan el paso del tiempo y las secuencias que vemos (seleccionadas algo aleatoriamente, algo premeditadamente) definen el flujo de la vida. Una historia sobre la Humanidad entera a partir de una pequeña historia de amores (y desamores). Una película hecha con pasión y con amor al cine.

Interstellar. Las leyendas y la vida misma

Vida cotidiana, anodina, esforzada o resignada. Vida que transcurre inevitable mientras alguien desarrolla una épica propia. Sin embargo, el mundo se define tanto por las acciones heroicas como por las pequeñas historias. Y unas no existen sin las otras. Los sueños premonitorios (¿los recuerdos?) del granjero Cooper, perseguidor de drones a la deriva, diseñador de programas para cosechadoras, definirán no solo su futuro sino el de toda la Humanidad. Pero mientras Cooper lleva a cabo una acción heroica, zambulléndose en el espacio exterior buscando un nuevo mundo, la vida transcurre en la Tierra tan rutinaria como inexorable. Christopher Nolan contrapone la aventura espacial con la evolución en la tierra reflejando el cruel paso del tiempo al que el físico, el organismo, de los astronautas son relativamente ajenos. Director y guionista nos ponen en una situación peculiar. Al presentarnos durante el metraje inicial a los personajes en su entorno terrestre, nos permite familiarizarnos con ellos, con sus rutinas en un mundo que se acaba y sus cuitas por salvar la vida, día a día y a largo plazo. Cuando compartimos con los exploradores espaciales sus incursiones en distintos planetas nos mantenemos a su ritmo temporal, su cronología, pero nuestra experiencia vital nos acerca sin embargo a la vivencia de Murph y Tom, los hijos que quedaron en la Tierra. Podemos admirar a Cooper y estar fascinados por la Odisea espacial pero lo que la hace realmente importante es la relevancia que puede tener sobre la gente como nosotros. En ello tienen su punto de contacto Interstellar (íd., Christopher Nolan, 2014) y Boyhood. Las elipsis que confieren sentido a Boyhood se corresponden con las enormes elipsis temporales que no vemos en Interstellar. En tanto que en Boyhood Mason crece de una secuencia a otra, Murph y Tom van envejeciendo a lo largo de la sucesión de mensajes recibidos en la nave espacial. Mientras Linklater nos hace sentir la maduración, Nolan nos muestra el camino hacia la vejez.

Y es la misma cotidianeidad y las relaciones humanas que vemos en Boyhood las que dan sentido a la aventura de Interstellar. Aunque Boyhood sigue la trayectoria vital de Mason, no es tanto una cinta sobre la niñez o adolescencia como una obra sobre la vida misma, sobre todos nosotros. El itinerario vital y geográfico se corresponde con las idas y venidas de una madre separada que busca la mejor situación para ella y la familia que ama, Mason y Sam. Cooper, como Ulises, se embarca en una errancia de dudoso éxito. Pero su afán no es descubrir otros planetas, sino que pretende  salvar el Mundo, encontrar la clave que le permita ayudar a la Humanidad porque sus hijos son parte de ella. Cooper no se lanza al vacío por añoranza de una profesión anterior ni por espíritu aventurero, sino que lo hace por amor.  No obstante la clave del enigma (un McGuffin absoluto) no radicará en los planetas preseleccionados para colonizar sino en el ansiado y supuesto camino de retorno. No son las naves espaciales o los experimentos tecnológicos los que permiten la salvación de la humanidad sino que será algo tan elemental como el amor paterno filial lo que consiga aquello tan deseado… ¿La solución en lo cotidiano? ¿El amor lo arregla todo? ¿Un arbitrario giro de guion? Simple, sin duda. Pero no tan lejano a la sencillez con que se planteaba que una fuerza o una divinidad ajena a la Tierra, materializada en monolito, confiriese a la Humanidad su capacidad de dar saltos evolutivos o tecnológicos. La brillantez de Interstellar no radica solo en la excelente capacidad visual de Nolan [3] sino en la idea de que la evolución surge de nosotros mismos, del contacto humano realizado a través del espacio–tiempo, a través de una estantería llena de libros. No hay “ellos”. La otredad somos nosotros y el heroísmo surge de la cotidianeidad.

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Tal vez por ello la mayor insatisfacción que se desprende de Interstellar aparece en sus secuencias finales, en el momento en el que dicha cotidianeidad se desvanece, junto con Murph, ya anciana, en una suerte de panteón o memorial, para ceder el paso, ahora definitivamente, a la Leyenda. Pero nos podemos permitir un juego de la memoria, mezclando recuerdos, sueños y deseos. Podemos plantearnos que, en la terrestre y angustiada cotidianeidad, nunca más se supo de Cooper. Podemos pensar que él y sus compañeros se desvanecieron en el Infinito mientras Murph, heredera de su perseverancia y su inteligencia, resolvió el enigma por sí misma y salvó a la Humanidad. Pero, como en Jauja (íd., Lisandro Alonso, 2014), otra historia de amor paternofilial, otra búsqueda onírica en un espacio sin límites,  podemos soñar que Cooper jugó un gran papel en la salvación, aunque fuera viajando por el espacio y el tiempo, aunque fuera enlazando universos paralelos. Viggo Mortensen parece desvanecerse en la Patagonia infinita. McConaughey, no obstante, atraviesa el mar del tiempo y mediante libros, relojes y sombras da las claves de la supervivencia. En el cine todo es posible. ¿Y en la vida?, nos preguntaremos… En la vida podemos mezclar los recuerdos y los deseos, la realidad y las probabilidades. Y puesto que, de Homero a Ford,  conocemos la recomendación de los sabios, entre la verdad y la leyenda recordaremos la leyenda. Ella mantiene viva nuestra realidad. Tal vez en unas décadas recordemos la historia de Boyhood como la de alguien que conocimos, identifiquemos al personaje de Jauja como parte de un pasaje histórico y a Cooper y Murph como héroes contemporáneos.

1. Y muy específicamente las cintas de Alain Resnais, el autor que mejor ha modulado en cine el paso del tiempo, la memoria y los recuerdos.
2. Sería interesante saber si en unos años los actores de Boyhood identifican las secuencias de la obra como lo que son o como recuerdos, vivencias, propios.
3. Dominio visual que no se limita a las excelentes secuencias en el espacio (en ambos planetas hostiles o en el intento de abordaje de la nave espacial por parte del personaje de Damon) sino que ya está presente de modo tan brillante como argumentalmente útil en la persecución del drone, las secuencias de las cosechadoras o la tormenta de arena.