Lo que el cine debe a la realidad

“No es admisible plantearse que el sistema falla, porque entonces hay que cambiar el sistema” – Gonzalo Boye

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Ciutat Morta (íd., Xavier Artigas y Xapo Ortega, 2014) no es una película. No lo es al menos en el sentido del discurso cinematográfico dominante. Este documental no responde a los mecanismos de producción y difusión comercial de la industria. Tampoco comparte el elitismo distintivo, la alienación o la desvinculación social que ha caracterizado al arte cooptado por el sistema capitalista. Ciutat Morta trasciende su condición fílmica, uniendo forma y fondo con la intención de abrir una brecha en la dictadura de la imagen al servicio del lenguaje soberano que nos llega a través de los medios de comunicación. El documental, pues, rehúye cualquier vinculación con círculos de poder económicos y mediáticos con la intención de convertirse en un arma contestataria que haga quebrarse el discurso de poder dominante, en todos sus niveles. No en vano comienza Ciutat Morta con el pase de una primera versión del documental en un cine abandonado del centro de Barcelona. Se trata de una proyección no permitida legalmente, y por tanto, de un acto de desobediencia civil que todos los espectadores deben asumir. Con este inicio, la película reflexiona ya sobre su propia condición fílmica contra-sistémica. Tal hecho supone a su vez el preludio de todos los escollos que encontrará para introducirse en el circuito de imágenes mediáticas soberanas, batalla parcialmente ganada con la definitiva emisión (aunque con 5 minutos de censura) de la misma en TV3.

Después de la Segunda Guerra Mundial, el cine encontró en el realismo la forma expresiva redentora que podía restituir a la humanidad aquello que la guerra le había arrebatado. El cine tenía una deuda moral con la realidad, y a través de su fidedigna mostración podía evitar que el horror vivido volviese a ocurrir. Una ética similar se encuentra en las bases de Ciutat Morta, que reconcilia al cine con lo social y salda su deuda con la realidad ahora en términos documentales. El realismo de entonces se convierte hoy en documental, el único género que en contexto actual parece poder destapar una verdad que ya no es evidente, sino que se encuentra escondida bajo una apariencia de democracia e igualdad. Ciutat Morta se convierte, pues, en la caja de pandora que pretende despertar a las multitudes de la apatía dominante, con la delación del carácter corrupto del sistema en el que vivimos.

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Las imágenes de Alemania, año cero (Germania anno zero, Roberto Rossellini, 1948) mostraban un Berlín devastado por la guerra. Las de Ciutat Morta muestran una Barcelona modélica, soleada y turística, convertida en un paradisíaco parque temático. La moral fílmica ya no puede venir dada como en el realismo de la posguerra a través de la puesta en escena, porque la puesta en escena forma parte de una gran ficción de bienestar propia del neoliberalismo. Contrariamente, Ciutat Morta expone una clara dicotomía entre apariencia y realidad, entre la imagen casi disneyana de la Barcelona paradisíaca y la podredumbre que subyace bajo la misma. Ciutat Morta pretende, pues, hacer caer esa máscara y destapar la cara más negra de una España clasista, homófoba, racista y violenta. En definitiva, propone la incursión en una realidad invisible que ni TV3, ni la Guardia Urbana, ni el juzgado de instrucción, ni la Audiencia Nacional, ni el Ayuntamiento de Barcelona quieren que se sepa.

Foucault describía la producción de verdad como la herramienta básica para el ejercicio del poder. Es entonces cuando Ciutat Morta deviene una verdadera arma de contra-producción de verdad y, por tanto, de contra-poder. En medio del silencio y la ocultación informativa, el documental ordena y hace visible una realidad hasta el momento en las sombras para la mayoría, quebrando los discursos de verdad sobre los que se sustentan la totalidad de los círculos de poder. En efecto, la grandeza de Ciutat Morta estriba en su capacidad de trascender la concreción y la coyuntura del caso 4F, para mostrar una totalidad de prácticas corruptas que no se dan de forma aislada sino sistemática. A través de esos diez puntos con que el guion de Ciutat Morta estructura el filme, se hace caer cada uno de los pilares interrelacionados del sistema. De lo individual y aislado se pasa a lo universal y a lo colectivo, relacionando el caso 4F con procesos clasistas de gentrificación, torturas policiales, encubrimiento informativo de los medios, corrupción judicial y política, estigmatización de la estética disidente, etc.

En medio de toda esta degeneración, surge en el filme la figura de Patri, la mujer y poeta de sensibilidad desbordante. Como el Edmund de Alemania, año cero sumido en una vorágine de desgracia y pobreza, Patri, su dolorosa versión contemporánea en carne y hueso, decide igualmente acabar con su vida, tras vivir bajo la asfixia y la falta de libertad del Tercer Grado. Edmund y Patricia, criaturas inocentes, demasiado puras para seguir habitando un mundo que las juzga, las oprime y las desprecia. Ciutat Morta es también un homenaje a ellos, a su valentía, a su sensibilidad, a su poesía, a su pureza.