Del suspense a las aventuras, del romanticismo al divertimento juvenil

Look, Abe, look, I’m not going to pretend like I know anything, okay, about paradoxes, you know, or what follows them. And, honestly, I really don’t believe in any of that group anyway, you know, kill your mom before you’re born, whatever. It must work itself out, somehow.

 

Primer (íd., Shane Carruth, 2004)

 

project_almanac-cartel

¿quién no ha querido alguna vez modificar el pasado? Arreglar un malentendido, o provocar deliberadamente un suceso para conseguir sus propios fines. Hacer desaparecer al que se convertirá en un asesino despiadado o un represivo dictador. Si fuésemos los amos del tiempo, ¿qué decidiríamos?, ¿hacer el bien para nosotros mismos, o intentar ayudar al máximo de personas posible? Seríamos creadores de Un Mundo Feliz a base de autoengaños premeditados, porque, ¿cuándo dejaríamos de viajar atrás? ¿No pensaríamos siempre que podría mejorarse cualquier evento que ya hubiésemos “tocado” de antemano? Cambio sobre cambio sobre cambio, ¿dejaríamos incluso de reconocernos a nosotros mismos? Y si ese “poder” fuese a gran escala, si desarrollásemos una tecnología al alcance de muchos, ¿no deberíamos establecer leyes para regularla? ¿Y qué consecuencias tendría ejecutar esas alteraciones? Las utopías no existen por definición, pero el destino… ¡Ah! La tercera Ley de Newton: “con toda acción ocurre siempre una reacción igual y contraria”. Si no queremos que las cosas empeoren, mejor no tocarlas. Pero, ¿hasta qué punto? El hombre, por naturaleza, querrá investigar hasta dónde es capaz de llegar. Hasta dónde puede cambiar algo sin que las consecuencias sean demasiado adversas. 

De toda la ciencia ficción, el subgénero de viajes en el tiempo es seguramente uno de los más agradecidos. Porque acepta (sin ánimo de convertir este texto en una enumeración random de los filmes más recomendables) desde inquietantes thrillers —como la que personalmente considero la mejor de la historia del cine hasta la fecha, Primer  o la argumentalmente menos sofisticada pero igual de interesante La puerta (Die Tür, Anno Saul, 2009)— hasta comedias de aventuras, citando ineludiblemente a Regreso al Futuro (Back to the Future, Robert Zemeckis, 1985), comedias romanticonas como Una cuestión de tiempo (About Time, Richard Curtis, 2013), combinaciones kitsch inclasificables del tipo En algún lugar del tiempo (Somewhere in Time, Jeannot Szawrc, 1980) o Los pasajeros del tiempo (Time After Time, Nicholas Meyer, 1979) e incluso rarezas de culto como la reciente Predestination (íd., Michael y Peter Spierig, 2014), Donnie Darko (íd., Richard Kelly, 20001) o Las vidas posibles de Mr. Nobody (Mr. Nobody, Jaco Van Dormael, 2009). Está bien, estas dos últimas no pueden entrar legítimamente en la categoría del subgénero, pero explotan el concepto como ninguna otra… En cualquier caso, tanto da: el interés por la cuarta dimensión es común. Que no las ganas de explorar su significado y/o relación con el ser humano, todo sea dicho. Y aunque no siempre esperamos interpretaciones sobre su sentido a lo Interstellar (íd., Christopher Nolan, 2014), la llegada de cualquier nueva incursión en el subgénero es, por lo menos, interesante. Y este Enero nos topamos con el estreno de Project Almanac.

Project Almanac 2

Cuando en un filme de viajes en el tiempo las referencias a las que hacen alusión sus protagonistas son Looper (íd., Rian Johnson, 2012) Terminator (The Terminator, James Cameron, 1984) o Timecop (íd., Peter Hyams, 1994), resultan un buen indicativo de lo que nos vamos a encontrar: entretenimiento y acción, y muy baja exigencia de atención, digamos, intelectual, sobre la cuarta dimensión. Ojo, que esto no empeora el filme. En absoluto.

Dado el clarísimo público objetivo, podemos decir que Project Almanac es a los viajes en el tiempo lo que Los juegos del hambre (The Hunger Games, 2012) fue a las distopías en el cine: un buen intento de explorar aquellos géneros más alejados de los adolescentes hasta la fecha, sin pretender sea el descubrimiento hacia este tipo de filmes. De esta forma, Project Almanac decide, se nos antoja que de forma completamente consciente, ser el cocktail perfecto tanto argumental como técnicamente hablando para asegurar su éxito entre los veinteañeros. ¿Por qué?

Argumentalmente, no se incluye ninguna novedad, ninguna nueva visión que haga despertar nuestra curiosidad. Para viajar en el tiempo es necesario algo físico construido por el hombre; el tiempo es lineal, por tanto sólo puedo moverme en un mismo plano temporal hacia atrás y hacia adelante; si cambio algo en el pasado volveré a un futuro distinto al conocido, no podré acceder a “mi vida” sino a una nueva línea temporal que yo mismo habré creado pero, no obstante, no tengo por qué recordar algo que yo no he hecho; si cambio algo, por insignificante que parezca, puede tener consecuencias a escala mundial, si no Universal… .  Y un largo etcétera por todos conocido. Todas las situaciones que plantea la película son siempre desde el punto de vista más simple por el que encarar el estudio del tiempo y su alteración, y las hemos visto como tema principal o referenciado en otros filmes del subgénero. Ni tan siquiera se plantea aquí la posibilidad de viajar hacia adelante más allá de las propias vivencias. No obstante, parece que la premisa de los guionistas sea precisamente que, ya que no se va a aportar, al menos que se reúna lo mejor de otras películas que fueron indiscutiblemente exitosas. Gran acierto porque, de esta forma, beben de los mismos filmes de culto que presentan sus protagonistas en algunos diálogos, y sus guiños son fácilmente identificables para un espectador con ganas de revivir lo que sintió al verlas por primera vez. Además, se agradece nos hagan recordar Las alucinantes aventuras de Bill y Ted (Bill & Ted’s Excellent Adventure, Stephen Herek, 1989), un filme tan entrañable por su irreverencia como por su sin sentido (hay que fijarse, uno de los protagonistas la está viendo en la pantalla del ordenador…).  En cualquier caso, quizá aquí ya es mejor echar un vistazo a las que no se hace alusión de forma directa por ser las de verdadera inspiración, las que también defienden esa premisa básica de construir «una máquina de segundas oportunidades».  

Tal y como abríamos este texto… ¿quién no ha querido modificar el pasado?

En la compleja Primer veíamos a sus protagonistas viajar al pasado para hacerse ricos, primera idea de los jóvenes de Project Almanac —junto con la de aprobar los exámenes. Y qué podemos decir de Atrapado en el Tiempo (Groundhog Day, Harold Ramis, 1993), de la que además de recuperar esos continuos y cortos viajes atrás para revivir y mejorar repetidamente algunas situaciones (algo que también hará Una cuestión de tiempo, y, como en el caso de Project Almanac, con fines románticos… preocupación prioritaria a estas edades), también rescata de ella un atisbo de moralidad (que pasa, eso sí, fugazmente por el filme de Dean Israelite) al reflexionar, tras un acontecimiento trágico, sobre las consecuencias de los egoístas actos del protagonista. En este sentido y hablando de consecuencias y moralidad, también se nutre mucho de la idea y mensaje final de (cómo no, ¡otra película reciente!) El efecto mariposa (The Butterfly Effect, Eric Bress, J. Mackye Gruber, 2004), canalizado a través de la reflexión final del protagonista. Y es que es un acierto hacer ver a los más jóvenes que cualquier decisión no únicamente les puede afectar a ellos y a sus allegados, sino que puede perjudicar, siguiendo la teoría que da nombre al filme, a personas que ni tan siquiera conozcan. De esta forma encontramos cómo el conseguir un beso de la chica que le gusta puede hacer que su madre consiga trabajo. ¿Cómo? Cadena de consecuencias. Se explica perfectamente en Las vidas posibles de Mr. Nobody: el chico pierde el teléfono de su amada porque un brasileño hirvió un huevo. 

Por otro lado, y puestos a seleccionar lo mejor de otras películas, es una lástima que de El efecto mariposa no se haya escogido también su interesante tratamiento de los viajes en el tiempo (no porque en la citada no se necesite una máquina física, sino porque, algo que personalmente me falla en otros filmes, en la protagonizada por Ashton Kutcher se decide que se agolpen en el cerebro del viajero nuevos recuerdos generados tras cada incursión temporal. Aunque quizá en este sentido sea mucho mejor la interpretación de Looper: puedo tener esos recuerdos porque soy la misma persona, pero al tratarse también de un idéntico tiempo lineal, “mi” futuro alternativo acaba desapareciendo de mi memoria, “porque ya no es real”).

Pero es en Regreso al Futuro en la que encontramos, ahora sí, la explotación argumental más importante, la que origina la reflexión moralista en Project Almanac. Recordemos las palabras del Dr. Emmett Brown, al hablar con McFly sobre las consecuencias de encontrarse con uno mismo y el mismo espacio-tiempo:

El encuentro provocaría una paradoja temporal, lo que produciría una reacción en cadena que seguramente desarticularía el continuo espacio-tiempo y destruiría todo el universo… Claro, que eso sería en el peor de los casos. La destrucción podría estar localizada y reducida solamente a nuestra galaxia.

Interesante que precisamente Project Almanac haya escogido esta visión y, no obstante, no es exactamente igual a la que planteaba Zemeckis: aquí se opta, otra vez, por mezclar: si unimos qué ocurre cuando involuntariamente nos encontramos con uno mismo, con la idea de Looper de que desaparezcan los dos “yo” de forma voluntaria… tenemos la idea de Project Almanac.

Precisamente la película falla cuando intenta desmarcarse de la fórmula mágica que tanto le funciona, queriendo labrar una introducción relativamente propia: sorprende se haya optado por un montaje que prima la construcción de la máquina frente a la historia de amor. La trama tarda demasiado en llegar, más atendiendo al formato por el que se apuesta, y que podríamos denominar de forma muy gráfica como found footage histriónico.

Que bebe de Chronicle (íd., Josh Trank, 2012) es innegable, pero la frescura que en aquel momento supo aportar el filme de Trank se convierte aquí en exceso absoluto, que sin ir en detrimento del filme, sí llega a molestar. Un ritmo frenético de cámara es la impactante carta de presentación de una película que quiere basar todo el metraje en las vivencias filmadas directamente por parte de sus protagonistas, y que hará las delicias de una generación que está creciendo devorando los vídeos subidos a vimeo o youtube. Un movimiento compulsivo que únicamente nos dejará descansar cuando se deje la cámara en una mesa o en el suelo, no sin el casi continuo grito «no dejes de grabar, ¿eh?», no vaya a ser que nos olvidemos de que se pretende todo sea metraje encontrado.

Entonces, ¿qué busca Project Almanac? Puro entretenimiento para una generación que se conforma con una adrenalítica historia de amor y disfrutar de un festival de música tan emblemático como el Lollapalooza, con un papel protagonista más que destacable. Los viajes en el tiempo son circunstanciales, quizá el único imposible para estas nuevas generaciones, la única excusa para introducir algo de tensión en el filme. No sabemos si Michael Bay se ha subido a esta aventura por lo mismo que nosotros, pero una cosa sí está clara: rezuma una frescura quinceañera que atrapa, que consigue que durante algo menos de dos horas nos sintamos tan jóvenes e invencibles como sus protagonistas. Nostalgia de nuestros ochenta, la película actualiza nuestras recordadas farras de antaño. Y aunque consiga únicamente esto, yo ya la defiendo. Pese a que yo fuese buscando teorías sobre la cuarta dimensión.