En Vicio Propio (Inherent Vice, 2009), la novela de Thomas Pynchon, Doc Sportello, Sortilège y un personaje llamado “El Flaco” hablan de Lemuria, el continente del Pacífico que desapareció hace milenios. El Flaco habla de la posibilidad de que, en esos años setenta durante los que transcurre la novela, la isla vuelva a aparecer. «No es tan raro, siempre se ha predicho que Lemuria volvería a emerger algún día y qué mejor momento que ahora, con Neptuno saliendo por fin del viaje mortal de Escorpión». Lemuria, esa arcadia hippie que Pynchon va haciendo aparecer paulatinamente, emerge en los sueños de los surferos californianos que aún esperan la llegada de ese nuevo tiempo que todos, de algún modo, llevan años intentando vivir. Sortilège, la compañera de Doc, confiesa más adelante que se está obsesionando con la desaparición de la isla y sus últimos días: «No sabemos encontrar el camino de regreso a Lemuria, así que ella regresa a nosotros. Elevándose del océano». Muchos personajes dan por hecho el retorno de esa extraña isla, supuesto lugar de nacimiento de Ho Chi Minh y tierra que separa a Vietnam de California. Doc, tan escéptico y maleable ante todo lo que le rodea, parece ver el nacimiento de una isla hacia el final de la novela, mientras conduce junto al Pacífico. «¿De qué les serviría Lemuria?», se pregunta.

Lemuria, la metáfora que Pynchon utiliza para dibujar el desencanto hippie, esa eterna espera de un tiempo perfecto imaginado, no aparece en la adaptación que Paul Thomas Anderson ha hecho de la novela. Mientras veía la película de Anderson esperaba que en algún momento hablasen de ella, que incluso la isla pudiese aparecer de alguna forma en la mente alocada de tantos personajes. Pero no. Cierto es que el director norteamericano ha trasladado impecablemente la verborrea visual de la novela de Pynchon y ese dislocado imaginario hippie, con tantos seres hilarantes y desquiciados no sólo por la droga, también por el espíritu rebelde que gobernaba en cierta manera aquella California. Pero hay matices entre ambas obras. Mientras que Pynchon cae en ciertas citas extemporáneas, hechas desde la perspectiva lejana del escritor y que dibujan una reflexión en torno a aquella década (la propia Lemuria, los asesinatos de Charlie Manson y la imagen de una piscina llena de sangre), Paul Thomas Anderson las obvia y se ciñe a la acción de la novela, a esa enrevesada trama que envuelve al fumado trasunto de Philip Marlowe. Parece que sólo partiendo del argumento laberíntico le basta para realizar esa embriagadora traslación visual del universo pynchoniano, y cierto es que no es poco. Las imágenes de la película, donde abundan los primeros planos, están cargadas de expresividad: el negativo en 35mm saturado, los cambios de velocidad en la imagen, los diálogos precisos, la omnipresente banda sonora… La novela de Pynchon era un viaje trepidante y la película de Anderson también lo es; ambas juegan y zarandean el legado hippie que ha quedado con el paso de los años, y quizás en esto resida el principal mérito de la adaptación de Paul Thomas Anderson.

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La versión cinematográfica no sólo resta, también suma elementos. La voz narrativa de la novela es sustituida en la película por la de Sortilège, quizás porque el director norteamericano necesitase apropiarse de un personaje que le ayudase a hilar de alguna forma el extraño MacGuffin que es toda la historia detectivesca. La voz de Sortilège no solo remite a hechos, también divaga en torno a viajes, sueños y anhelos, lo que sirve para añadir otra capa más a ese dibujo del ocaso hippie que es la película.

Esta voz no es la única novedad que presenta la película de Paul Thomas Anderson. Hay matices importantes en el personaje de Doc, que parece por momentos querer desviarse de su sosias en la novela. Existen dos ejemplos muy claros. Hacia el final, sorprende que su petición para entregar el alijo del Colmillo Dorado sea que pueda devolver a Coy Harlingen a su familia. Un gesto que parece querer cerrar de manera noble una trama que en la novela quedaba flotando, como tantas otras. Doc contempla desde el coche la imagen feliz del reencuentro familiar, una estampa de raigambre norteamericana que en la película destaca sobremanera, quizás por su inoportunidad. Porque Puro Vicio (Inherent Vice, 2014) la película, vista como espléndido ejercicio de desviación de tantos iconos arquetípicos —ya sea del universo hippie o del cine noir—, quizás no necesita de esa secuencia tan de catálogo en su entramado. El otro ejemplo nos sirve para cerrar este texto y volver de nuevo a Lemuria: la última escena de la película, con Doc conduciendo por Gordita Beach junto a Shasta, es una clausura que parece querer hacer desembocar la película hacia la imposible historia de amor de ambos. Este final, pretendidamente abierto pero evidentemente conclusivo, en la novela se plantea de otra manera. El Doc Sportello de Pynchon también conduce su coche, pero está solo. La ciudad está atrapada en una noche de niebla que podría prolongarse durante días. Doc anhela por un momento conducir hasta quedarse sin gasolina y, así, tener que «esperar. Esperar que pasara alguna cosa, lo que fuera». Mientras que el personaje de Joaquin Phoenix vive el final de la película en compañía —aunque sea con su amor imposible— y con el caso cerrado en apariencia, el detective pynchoniano prefiere seguir viviendo solo, mientras espera sin saber el qué. Apuesta por quedarse tirado en mitad del camino, y esperar que llegue alguien y que sucedan nuevos acontecimientos. Es el hermoso subrayado de esa misma espera que otros tantos personajes de la novela viven, encarnada en la imposible isla llamada Lemuria.