Añoranza de lo que fuimos

En demasiadas ocasiones se apodera de mí la inquietud, rayana en certeza ante la evidencia que aportan los hechos consumados, de que nuestra sociedad ha dejado de considerar la inocencia como un elemento deseable; y lo que es aún peor, hace valer a través de sus altavoces más estridentes la necesidad de acorralar a nuestro niño en aras de la necesaria —¡inevitable!— madurez. Convertir en categorías mutuamente excluyentes dos dimensiones en el fondo inextricablemente unidas, por mucho que se nos impela a cuartearlas, constituye una estupidez tal que sólo es comprensible en una realidad que impone su égida homogeneizadora a pasos agigantados… si hay una etapa vital en la que triunfen libertad, ensoñación y libre albedrío esa es, con sus mieles y sus hieles, la infancia: ¿Cómo no tratar de arrasar con su legado a toda costa?

En un mundo donde la uniformización ha devenido ley, da igual la vía para asentarla, y en el que incluso los domesticados simulacros para escapar a tanto lugar común se encuentran al servicio del sistema, o bien son por este arteramente asimilados —esto es, adulterados— no puedo evitar emocionarme ante esos actos de afirmación de la subjetividad pura y dura que, muy de vez en cuando, suceden —¡benditos sean!— a mi alrededor. Y si bien los llevados a cabo por personas de nuestro ámbito privado atesoran el valor de un bálsamo reconfortante, la notoriedad que estos alcanzan cuando tienen lugar en la esfera pública, inclusive mass-mediática, nos permite a los que todavía no hemos sucumbido al pertinaz descreimiento seguir confiando en que esto todavía puede remediarse. Aún es posible encontrar un oasis en pleno desierto…

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¿Quizá en la Cultura y su poderosa impronta movilizadora? Por más que resulte netamente humano ilusionarse ante las promesas de cambio de tanto lampedusiano profeta como ha surgido al albur de la crisis, el carácter cíclico de la Historia debería llevarnos, cuando menos, a no dejarnos arrastrar acríticamente por la vehemencia con que se (com)prometen parcelas de libertad futuras. Constituyan —o no— cantos de sirena preelectorales, mejor depositar nuestra confianza en la vertiente genuinamente creativa, libre e impermeable a los apriorismos del Arte; pero para poder abrirnos a las excelencias de aquellas obras que apelan a la estimulación pura de nuestros sentidos debemos llevar a cabo nuestro propio trabajo de depuración personal, cuestionando todos y cada uno de los dogmas inoculados por aquellas mentes preclaras a las que otorgamos el poder de establecer el valor de un determinado producto cultural.

Un esfuerzo este que, siendo imprescindible en el espectador raso —que somos todos—, deviene aún más necesario en el erudito, que precisamente por haberse aplicado en adquirir un criterio fundamentado —en el peor de los casos, directamente asimilado del pope de turno— presentará mayores dificultades para poner el contador a cero: esto es, dejar de lado las consabidas abstracciones críticas, que tanto tienen que ver con el tamaño de nuestros… egos respectivos, haciendo el esfuerzo de situarse ante la condición estimular presentada con la mirada más pura y virginal posible. Yo, que he sido cocinero antes que fraile, estoy perseverando en ello, y puedo afirmar desde mi propia experiencia que el desgaste inevitable que conlleva adquirir esta perspectiva, primero, para después defenderla, merece mucho la pena. ¿El premio? En una disciplina artística como el Cine, donde confluyen tantas modalidades sensoriales diferentes, abrirse plenamente a una experiencia inmersiva, lúdica.  Subyugante y/o sobrecogedora. Si tiene que enjuiciarse, que sea una vez finalizados los títulos de crédito.

Mesías de sí mismos

Pocos cineastas del panorama actual plantean su poética cinematográfica desde una apertura a lo cinético-experiencial tan honesta, y por ende problemática, como los Hermanos Wachowski: Andy y Lana, Lana y Andy; más aún, la evolución de su filmografía desde que Matrix (The Matrix, 1999) les situara en el centro de todas las miradas ha erigido anarquía temática, ligereza narrativa y exuberancia estética como puntales irrenunciables de su cine, lo que han llevado a un paroxístico punto de no retorno con El destino de Jupiter (Jupiter Ascending, 2014), título al que epítetos tales como abrumador, bellísimo, risible o trasnochado apenas le hacen justicia: ¿Cómo elaborar una media ponderada ante calificativos tan extremos como merecidos? Asumiendo de partida la futilidad del empeño, equiparable a pretender hacer pasar por el ojo de las categorías críticas al uso una obra que las ningunea con envidiable desvergüenza, mejor alabar el arrojo mostrado y, tratando de no sucumbir a la sobredosis de filtros cromáticos, validar su aportación en el contexto de un corpus creativo que navega en la actualidad decididamente a la deriva.

Resulta difícil atisbar en Lazos ardientes (Bound, 1996) el germen de la evolución posterior, pero en este conciso ejercicio de estilo que concilia con gusto temática noir y homo-erotismo si se adivinan diversos elementos estéticos que prefiguran el concepto visual de Matrix: cubículos opresivos, negros contrastados y cuero, brillante y bien ceñido. Incidir a estas alturas en las bondades de una película fundamental para entender el cine de nuestro tiempo —y por ende, nuestra identidad como sociedad— resulta redundante, máxime cuando ya se han vertido ríos de tinta a este respecto, pero si hay un elemento sobre el que me parece interesante situar el foco: más que por su celebrado batiburrillo conceptual, que alinea espiritualidad new age y existencialismo radical en un todo armónico, Matrix plantea una visión insobornablemente pesimista de nuestro porvenir desde una sensibilidad marcadamente milenarista, la del momento en que fue concebida. Pese al marchamo de filme revolucionario, rupturista que la acompaña desde su estreno lo cierto es que, vista con la perspectiva que dan los años, el recurso al morphingbullet time y demás filigranas visuales que tanto se ensalzaron en su día se nos antojan hoy periclitados tropos digitales cuya contribución a tono y concepto general, inapelable hoy como ayer, resulta escasa.

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El error emana entonces de seguir considerándola el canon respecto del cual deben ser valorados los títulos posteriores de la filmografía de los Hermanos Wachowski, un traje en exceso apretado del que, en cuanto tuvieron ocasión, hicieron saltar hasta la última costura: tanto Matrix Reloaded (The Matrix Reloaded, 2003) como Matrix Revolutions (The Matrix Revolutions, 2003) —huelga decir que con un presupuesto mucho más generoso— expanden acríticamente el universo ficcional meticulosamente diseñado para su predecesora, relegando a los roles protagonistas a una condición aún más arquetípica que en aquella y amalgamando alrededor de ellos un conglomerado de estructuras narrativamente autónomas que, en el caso de Matrix Reloaded, resultan en su práctica totalidad decepcionantes tanto a nivel descriptivo como puramente evasivo. Si bien el escrupuloso respeto a las reglas del ciclo heroico —por no hablar de la derivativa, cargante repetición de hallazgos formales previos— penaliza en demasía su condición de tránsito hacia el gran final, al menos este sí se sitúa a la altura de las expectativas generadas por su inmediato precedente: un descomunal, grandilocuente espectáculo.

Toda vez que la disyuntiva planteada a Neo (Keanu Reeves) se resuelve en sentido opuesto al predeterminado por los algoritmos lógicos de la IA, poniendo de relieve su condición de mesías netamente humano, esto es individualista, llega inevitablemente la hora del sacrificio: acorde con esta premisa Matrix Revolutions está impregnada de principio a fin de un hálito terminal, que emponzoña su atmósfera confiriendo espesor a la sucesión de set pieces a cual más esplendorosamente desatada. En muchos aspectos relectura hipertrofiada de Matrix, estructurada a partir de una sucesión de secuencias concebidas a modo de revisión anabolizada de otras precedentes, su razón última de ser es la de someter al espectador a una frenética sucesión de estímulos visuales y auditivos, constituidos en elementos válidos por si mismos dada su potencia representativa, elicitadora de emociones de diversa índole: el climax que enfrenta al Neo virtual con la entidad viral que se ha apoderado del reflejo especular que creíamos nuestra realidad, mientras todo a su alrededor se derrumba bajo la lluvia incesante, no puede resultar más ilustrativo a este respecto.

Mientras todo arde

Con Matrix Revolutions los Hermanos Wachowski extienden su tablero de juego, invitando al potencial espectador a disfrutar junto a ellos de la experiencia lúdica ofrecida; una desprejuiciada apelación al exceso que, sólidamente pertrechada en el dominio de unos recursos tecnológicos aplicados a la imagen de los que carecían en el inicio de su carrera, tendrá continuidad en su siguiente trabajo, aumentando exponencialmente la cualidad netamente pirotécnica, circense de su estilo; a buen seguro la opera prima con la que hubieran deseado debutar como cineastas de habérselo permitido su estatus en la industria allá por 1996, Speed Racer (íd., 2008)  es un onanista homenaje al anime homónimo, y pese a verse aquejada por las estridencias previsibles en la traslación del original japonés al gran espectáculo hollywoodiense, mantiene intacta esa cualidad de vibrante ejercicio cinético que muchos no supimos valorar en el momento de su estreno: ¿Qué derroteros hubiera seguido la filmografía de los Wachowski de no haber sucumbido Speed Racer al abrazo del oso conjunto de esos arcanos que denominamos crítica y público? Estoy razonablemente convencido de que hubieran seguido apostando por el gran angular al abrigo de Warner Bros Pictures, quien sabe si en contra de su propio deseo, y en modo alguno habrían propiciado la entente creativa con Tom Tykwer que confluye en El atlas de las nubes (Cloud Atlas, 2012).

Resulta sintomática de la valoración crítica que merecen sus artífices la poca atención que se ha venido prestando a la preeminencia que ostenta el amor como concepto central de su imaginario, emoción total que erosiona hasta arrasar con el determinismo que aboca al grueso de sus criaturas a padecer existencias en las que no quieren vivir —recordemos la saga Matrix, sin ir más lejos. Pues bien, haciendo de la necesidad virtud esta evocadora, lúcida y valiente película se constituye en arrebatado acto de amor: a la plástica fílmica, el trabajo actoral, los géneros cinematográficos… y en suma a la posmodernidad asumida como substrato definitorio del arte en pleno siglo XXI, paradigma a partir del cual debe erigirse una mirada revulsiva, netamente contemporánea. Así la sucesión de secuencias de tono diverso, de la miniatura de época a la épica futurista pasando por el (chirriante) apunte paródico van tejiendo cadenciosamente un tenue hilo narrativo, concatenación sincopada de añoranzas, odios y anhelos de trascendencia al son de una melodía de inmarchitable belleza, compuesta para evocar sentimientos allende el espacio-tiempo. El atlas de las nubes exige al espectador el esfuerzo de minimizar el impacto de sus numerosas arbitrariedades y salidas de tono, cierto; pero resulta pecata minuta dada la magnitud de la experiencia que nos invita a vivenciar. A flor de piel.

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Si a sus máximos responsables les interesó alguna vez la narrativa canónica, parece evidente que este empeño no sobrevivió a la multiplicidad de líneas de fuga derivadas del universo creativo de Matrix. Antes bien, empecinados como están en que nosotros mismos construyamos la historia a partir de los retazos que nos sirven, emocionándonos, divirtiéndonos y/o desesperándonos en el proceso, los proteicos artefactos fílmicos que han devenido santo y seña de su filmografía dan viva muestra de la sabiduría con que han sabido interpretar Andy y Lana Wachowski hacia donde se dirige el audiovisual del siglo XXI, su deriva digital, mestiza y recapituladora. Es desde esta óptica que El destino de Jupiter —sin duda el título en el que más claramente han buscado la inspiración en su fértil imaginario creativo— resulta de sumo interés, pero no sería justo relegar sus virtudes exclusivamente al ámbito de la teoría crítica: este abigarrado, festivo acercamiento a la space opera en su vertiente más arbitrariamente escapista, despojado de toda pretensión de complejidad y/o trascendencia más allá de la torrencial catarata de imágenes que se suceden, vertiginosas, ante nuestros ojos, hace suya la (i)lógica fracturada del juego infantil: los sobrecargados escenarios se alternan sin orden ni concierto, los personajes entran y salen del relato a capricho de sus hiperactivos demiurgos y las naves espaciales, plasmadas con auténtica delectación por el detalle, explosionan del modo más espectacular posible. La ceremonia de la destrucción masiva, mesmerizante sublimación de nuestro thanatos reptiliano, paroxístico marco para el culmen de pasiones desatadas.

Como una improbable Alicia al otro lado del espejo, Jupiter (Mila Kunis) nos descubrirá impertérrita un universo fascinante, tan ajeno a sus ojos como a los nuestros, al que regresar cuando deseemos dejando volar nuestra imaginación, rellenando los ominosos vacíos; quizá generando otros nuevos. El cine de los Hermanos Wachowski navega imparable, mucho me temo, hacia el ostracismo de los grandes estudios, previsible sentencia de muerte de aquellos que requieren del músculo económico de Hollywood para erigir ficciones totales, movilizando recursos técnicos a la manera en que los pintores de corte aglutinaban pinceles bajo su égida. Suceda finalmente o no, resulte más o menos inminente, nadie puede quitarles el mérito de haber entendido como nadie la convulsión que aqueja al arte definitorio de la contemporaneidad, devenido en work in progress hacia un pasado-mañana abiertamente experiencial, dislocado, hibridación de formatos, estéticas y emociones-límite. Un producto creativo 3.0, en conclusión, que nos impele a generar nuevas categorías críticas, sino directamente a renunciar a ellas. Sea como fuere, recuperar la inocencia que nunca debimos perder.