Festival Cinema Autor Barcelona 2015 cartel

«La vida es diferente cuando se vive que cuando se la examina después», dice, durante un interrogatorio, el protagonista de La chambre bleue (2014), última película que ha dirigido (y también protagonizado) Mathieu Amalric, adaptando esta vez una novela de Georges Simenon. La de Amalric es una de las más de setenta películas —sin contar la retrospectiva integral de Alain Resnais que sigue teniendo lugar en la Filmoteca de Catalunya— que pudieron verse a lo largo de diez exiguos días en las pantallas del Aribau Club y el CCCB, durante la quinta edición del D’A 2015, el ya consolidado Festival Internacional de Cinema d’Autor de Catalunya. Exiguos porque la programación iba cargada de títulos que, a priori, nos apetecía ver y porque, a diferencia de otros festivales que tienen sesiones durante todo el día, aquí el horario de ver películas era, más o menos, de las 4 o las 5 hasta las doce de la noche. Y sólo hay tres salas. Y poco espacio entre película y película. Y el hambre y la sed y la vida, pidiendo permiso entre película y película. La puerta del cielo (Heaven’s Gate, Michael Cimino, 1980), versión restaurada e íntegra, en Phenomena, justo en el ecuador del festival, y el calor que llegó para quedarse el último fin de semana, obligando a la organización a disculparse en las proyecciones del Aribau porque no funcionaban los ventiladores.

Y luego está el problema de vivir y recordar, y el olvidarse de las caras y las cosas, como Resnais se empeñó en recordarnos a lo largo de toda su filmografía. Y está el escribir y que lo que cuentes le haga justicia a lo vivido, como sugería el personaje de Amalric en una estimulante película, la suya, que trata sobre alguien al que, desde distintos flancos, le obligan a recordar, a desembuchar, a desplegar una narración coherente de lo que ha sido su vida en los últimos meses, so pena de ir a la cárcel si no puede demostrar que no es un asesino. Y él mismo dirá, en la película, que no se acuerda bien, caray, que fueron unos días confusos. Por fuerza, los nuestros, los de Antoni Peris y Toni Junyent, también lo fueron un poco. Uno de nosotros iba de jurado y el otro simplemente se metía en las salas a menudo. Ya han pasado unos cuantos días. Pero ahora estamos aquí y vamos a tratar de contároslo por turnos y que valga un poco la pena, que podáis matar el rato, que os interese alguna película o alguna de las cosas que decimos sobre las películas. Y si no, tampoco pasará nada, la vida sigue esperando ahí fuera. Por lo pronto, os diremos que hasta el año que viene.

Direccions

Bird People (Pascale Ferran, 2014)

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Bird People (Pascal Ferran, 2014)

Sin duda, una de las más extrañas y apasionantes propuestas del Festival. Una vez más, retrato de soledades, contempla la decisión de dos personajes, anclados en el hotel del aeropuerto, de cambiar de destino. Por un lado, un ejecutivo (poco) agresivo, harto de su profesión, de volar de un punto a otro del globo, y de su matrimonio, que, súbitamente, comunica por teléfono y videoconferencia a socios y pareja que decide romper con todo y echar a volar. Se acabó, todo se acabó. Y les dice adiós con la misma determinación con que Tom Hardy lo hacía en Locke (íd., Steven Knight, 2013). Rien va plus, la decisión está tomada… a partir de ahora, volará, libre, por su cuenta… y, a continuación, o tal vez simultáneamente, una camarera de habitaciones del mismo hotel se echa a volar, literalmente. Se transforma en un gorrión y alza el vuelo, planeando, a los sones de Space Oddity. No hay justificación alguna del fenómeno, más allá del ansia de libertad. No hay conclusión terminante, no hay explicación. Pero Ferran nos ofrece una auténtica experiencia sensorial que, tras la larga secuencia de la separación via Skype, resulta altamente relajante y liberadora, para dejarnos flotando.

La sapienza (Eugène Green, 2014)

Ella es psicóloga. Él, un arquitecto de éxito a quien los patrones rechazan sus proyectos sociales. Ambos una pareja burguesa en crisis que decide viajar por Italia. Si a las resonancias clásicas (o modernas, perdón) añadimos que la interpretación sigue una línea bressoniana, de rigidez e inexpresividad, La sapienza produce, a priori, cierto temor. La obra de Eugène Green, sin embargo, resulta una de las más estimulantes y bellas de las vistas durante el D’A. La decisión de ella de quedarse en el norte de Italia con una joven melancólica mientras él viaja hacia el sur con el hermano de la joven, aspirante a arquitecto, desencadena una peculiar catarsis. La sapienza seguirá el trayecto de un hombre triste tras los pasos de otro triste creador, Borromini, contraponiendo la belleza de sus obras con su fallida trayectoria personal. Como en Te querré siempre (Viaggio in Italia, R. Rosselini, 1958), el descenso hacia Roma y el espejo que supone el adolescente que empieza la vida con expectativas, permitirá aflorar los sentimientos del protagonista que acabará confesando su drama íntimo para, finalmente, reconocer que aun hay futuro. Explicada así, ciertamente, La Sapienza no parece muy original. Sin embargo, el tratamiento sutil de drama y comedia, junto a las bellas obras arquitectónicas y la peculiar interpretación, dotan a la obra de un insólito atractivo.

Hill of Freedom (Ja-yu-eui eon-deok, Hong Sangsoo, 2014)

¿Es Hill of Freedom una obra menor del maestro coreano? ¿O un Hong Sangsoo en proceso de desintoxicación, porque los personajes parecen estar menos tristes que lo habitual y beben menos que en otras obras del autor? De nuevo, personajes buscando pareja que no encontrarán y que, como chez Rohmer, atrapan al vuelo azarosos amores de modo puntual. Idas y venidas, puertas que se cierran e intercambio de idiomas para una obra agradable. Menor tal vez, pero notable por su naturalidad y por su contemplación de las veleidades del corazón.

In the Basement (Im keller, Ulrich Seidl, 2014)

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In the Basement (Ulrich Seidl, 2014)

Finalmente, las soledades escondidas. Los temores ocultos. Las fobias y las desviaciones. En In the Basement vemos aquello que los austriacos querían pero nunca se atrevieron a contar, hasta ahora. Una película sorprendente, hilarante y terrible a partes iguales. Seidl mantiene su estilo, impasible, atrevido a ratos, insuficiente a veces, colocando la cámara ante personajes que lucen sus rarezas, sus extravagancias o sus delitos. Posan para él, para nosotros, orgullosos, sin temor. Como si las imágenes recogidas por la cámara no fueran nunca a divulgar aquello que ellos ocultan bajo tierra, en sótanos a los que no desearía bajar. Seidl muestra bestias enjauladas que comen animales ante la contemplación, ex
tasiada, de sus dueños. Abuelas que desempolvan viejos muñecos para tratarlos como auténticos bebes. Ancianos con peluca que despotrican de los turcos mientras desenfundan sus armas. Parejas sadomaso en muy doloroso éxtasis. Y nazis enfervorecidos lanzando “heil, führer”… Son soledades, ahora sí, absolutamente deseadas. Soledades que no queremos ver. Soledades que dejarían de serlo si les diéramos la mano. Pero nos producen temor, repugnancia. Y deseamos que sigan estando abajo, solos, aislados, en el sótano. Ya tenemos bastante con que Seidl nos lo haya contado.

Antoni Peris

La chambre bleue (Mathieu Amalric, 2014)

Empecemos, por qué no, con la película de Amalric, que se había colado en los párrafos introductorios y así la crónica comienza algo hilada. Confieso que no me llamaba especialmente la atención: la veía como una película más (en realidad, lo es, es una película más), un thriller competente, funcional, tampoco había leído gran cosa al respecto, y resulta que me topé con un filme hecho de recuerdos, de las imágenes que le van brotando con más fuerza a Julien Gahyde, el personaje al que interpreta Amalric, acechado por distintos interrogadores (entre ellos, nosotros, el público) que le piden que explique los últimos meses, ya que se le acusa de un crimen. El sol reflejándose en el rostro de la mujer que lo arrastrará a la perdición, en una carretera cualquiera; la otra mujer, su esposa, mirándole y preguntándole si la ama; una habitación de paredes azules, el mismo color del tapiz que recubrirá parte de los muros de la sala donde le van a juzgar. Y ahora que lo pienso, el día antes de escribir estas líneas estuve viendo Te amo, te amo (Je t’aime, je t’aime, 1968) de Resnais en la Filmoteca y algo tienen en común estas dos películas, esquivas, fragmentarias, intensas. En ambas, el viaje a los confines de la memoria parece tener un final infranqueable y definitivo.

The Forbidden Room (Guy Maddin, 2015)

A Maddin le tenía algo abandonado: había disfrutado con My Winnipeg (2007) y The Saddest Music in the World (2003), ambas descubiertas en Sitges, y con alguna otra que luego había ido recuperando por mi cuenta. Mientras veía esto que ha presentado en el D’A, una desbordante retahíla de escenas sueltas sacadas de una especie de instalación que hizo para el Centre Pompidou de París, no lo acababa de tener claro. Quiero decir, a mero nivel estético, y a poco que uno comparta también su marciano sentido del humor, The Forbidden Room es una experiencia muy disfrutable. También agotadora, porque no deja de ser una especie de reel, como si Maddin simplemente estuviera demostrando todo lo que sabe hacer. El asunto es que yo ya sé lo que hace, ya sé de su gusto por las texturas del cine antiguo, por los sueños y las fantasmagorías, por el surrealismo. Luego termina y piensas un poco que vale, que ha estado bien, pero es un puro divertimento, comparada con otras películas suyas. Lo cual tampoco es negativo: a juzgar por las palabras del orondo narrador que nos introduce en la película y luego nos despide de ella, el mismo Maddin concibió esta historia de historias como un baño de espuma, para airearse un poco del mundo real. De ahí que empiece pareciendo una película perdida de aventuras submarinas de alguna década ignota, no contemplada en el calendario, y acabe mutando en cuarenta mil películas más, algunas de ellas la mar de jocosas, con una larga lista de cameos. Recuerdo ese momento en que aparece el busto de Jano, el dios de los sueños y de las transiciones y también de mil cosas, y ahí parece que Maddin quiera proporcionarnos una clave para interpretar The Forbidden Room y, a la vez, se ría de nosotros por intentar semejante bajeza.

La princesa de Francia (Matias Piñeiro, 2014)

“Es asquerosamente brillante”, soltó Jorge-Mauro de Pedro, de camino al metro, tras habernos quedado los dos un poco tontos saliendo de ver la nueva película de Matias Piñeiro. A las dos personas que también nos acompañaban no les había hecho mucha gracia la última pirueta de este cineasta de Buenos Aires al que suele bastarle poco más de una hora para rodar intrincadísimas intrigas amorosas tan difíciles de seguir, de captar con precisión, como ese partido de fútbol que está teniendo lugar al inicio de la película. El teatro, y su idiosincrasia de dobles personalidades (actor/personaje), está muy presente en esta película, igual que en Viola (2012), que vimos en el D’A hace dos años, porque Piñeiro parece pensar que nunca o casi nunca hacemos lo que queremos o decimos lo que pensamos y que la vida no es sólo esta de aquí, la de verdad, la que duele más, sino aquellas que imaginamos y soñamos o planeamos. En su cine estas dimensiones se mezclan y confunden, tienen algo de ilusión escheriana, como en ese momento en el que veremos cuatro veces seguidas una misma escena reinterpretada con ligeras diferencias. Un libro contiene un mensaje y el otro no, por lo demás son idénticos. Peter está aquí y Olivia al otro lado. El sentimiento puede brotar la tercera vez que digas esa frase. Ocurren cosas extrañas en las películas de Piñeiro, y uno no acaba de saber cómo valorarlas, hasta qué punto son buenas o valiosas, pero, desde luego, tiene algo magnético ver a estas chicas hablando aunque no entendamos gran cosa. “Es asquerosamente brillante”, dijo Jorge-Mauro de Pedro. Luego también dijo que, en unos años, Piñeiro podría convertirse en el nuevo Iñárritu, pero ahí ya creo que estuvo algo desafortunado. Él me sabrá perdonar, espero.

Queen of Earth (Alex Ross Perry, 2015)

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Queen of Earth (Alex Ross Perry, 2015)

Aunque en apenas unos meses, sin haberlo planeado, me he visto prácticamente toda la corta filmografía del norteamericano Alex Ross Perry, no me importa revelar que, en parte, tenía ganas de ver esta película para reencontrarme con el rostro y la sinuosa figura de Katherine Waterston, la novia desvanecida de Doc Sportello en Puro vicio (Inherent Vice, Paul Thomas Anderson, 2014). Y si allí era una presencia puesta en entredicho, que parecía emerger del humo de la marihuana que fumaba Sportello, en Queen of Earth, sobre todo cuando la vemos por las mañanas, con esa especie de indumentaria neutra que usa para salir a correr o a pasear, tiene algo de extraterrestre. Y es que esta es casi una película de extraterrestres, un relato femenino a dos voces por el que flota, insistente, nauseabunda, una atmósfera como de sangre coagulándose, de cañerías rotas, de emisoras de radio muertas. El problema de este relato de neurosis femeninas es que, cuando se pone turbio y extraño, sus intenciones y referentes no pueden ser más evidentes: en un plano llegamos a ver al personaje de Waterston leyendo un libro titulado Madness & Women. Intermitentemente hipnótica, lánguida el resto del tiempo, esta es otra película de rostros de Alex Ross Perry; lástima que nunca deje de dar la sensación de ser algo como muy escrito, muy constreñido a unas dinámicas concretas. El cine de Cassavetes, con quien a veces emparentan a Perry, era todo lo contrario.

Aunque también es cierto que ha pasado el tiempo y sigo acordándome de Elizabeth Moss, diciendo que no sabe por qué pero le duele la cara, como si alguien le apretara los huesos desde dentro, como si alguien quisiera meterse dentro de ella. Y me acuerdo de Jane, la hija de Louie C.K. en el quinto
capítulo de la quinta temporada de su serie, haciéndole una confesión muy extraña a un médico, que también tiene que ver con su rostro. Y recuerdo un relato de Ray Bradbury en el que el protagonista temía que sus propios huesos le estuvieran devorando la carne. Y me recuerdo a mí mismo conversando con alguien y diciéndole que es una tontería cuando dices eso de “se te nota en la cara”, porque en realidad ya nos gustaría que las cosas se notara en la cara, porque la verdad es que no siempre se notan.

Toni Junyent

Talents

No todo es vigilia (Hermes Paralluelo, 2014)

Una pareja de ancianos. La vejez, la soledad, la enfermedad. ¿Es la soledad en pareja menos soledad? No todo es vigilia no acaba de responder a esta pregunta. De hecho, ni a esta ni a ninguna otra pregunta, alejándose de aseveraciones, rotundidades y discursos. Esta pequeña gran película tiene en su modestia una de sus principales bazas. En el rechazo de sentimentalismo y dramatismo, otra. Alejada de obras que exploran la muerte y otras que pretenden ignorarla, esta docuficción desarrolla una mirada sobre la cotidianidad de una pareja octogenaria. En primer lugar, en las idas y venidas por los pasillos del hospital, a lomos de una camilla o de un caminador. Espacios y tiempos vacíos que se llenan, súbita, intermitentemente, de recuerdos en la inesperada coincidencia con otro superviviente de los viejos tiempos. Breves instantes para recordar a los que ya se fueron, a tiempos felices de juventud; aunque son recuerdos alegres, sin atisbo de desgarro. Luego, la soledad compartida en la casa rural. Solitarios en un pueblo solitario. El director, nieto de la pareja protagonista, fuerza la repetición de las escenas, compone el encuadre, ilumina los rostros y consigue, con todo el artificio, la más natural, más viva recreación, de la cotidianidad de los ancianos. Una obra imperdible.

El incendio (Juan Schnitman, 2015)

Si los abuelos de Hervé alcanzan la vejez juntos, no será este el caso de la joven pareja de El incendio. A punto de comprar un hogar que compartir, una contrariedad enciende una chispa que abrasa la relación: desconfianza, menosprecio, egocentrismo, violencia, orgullo… todos los factores necesarios para hundir una pareja se revelan ante una pequeña crisis que (lo dice el refranero) es una oportunidad… para empezar de nuevo, sin el otro. Demasiado milimetrada, con un guion que se esfuerza en mantener la igualdad (de culpas) entre géneros, El incendio (que ganó el premio de la crítica otorgado a esta sección), pese a su gran calidad, no llega a ser la gran película que pudo ser. A mí, al menos, me pesa demasiado la sensación de guion de fórmula. Y es una lástima porque merece la pena admirar a la pareja de actores que cargan el peso en todo momento y a una dirección que domina cámara y encuadre, brillante y vibrante, que mantiene la tensión de las muchas y constantes llamaradas.

Self Made (Boreg, Shira Geffen, 2014)

Otra obra sobre soledades, sobre aislacionistas. Esta parábola sobre la situación árabe-israelí arrancó más puyas que vítores. Sin embargo, pese a subrayados, a arbitrariedades y a una dirección plana, la considero una de las obras más interesantes de la sección. Dirigida por una artista multimedia en su debut en solitario en la realización cinematográfica, retrata en su desorientación a dos personajes, uno de ellos una artista conceptual hebrea, el otro una obrera palestina. La cinta, oscilando entre lo surreal y el absurdo, arranca con la súbita, espectacular, caída de la cama de la artista ante la indiferencia de su marido. La búsqueda de un lecho substituto en una suerte de IKEA desencadena una pesadilla para ella y una situación errática para su contraparte, despedida por la sospecha de escamotear piezas a los muebles perfectos. Desconozco si en hebreo existe la expresión “le falta un tornillo”, pero tal sería la metáfora del desconcierto vital de ambas mujeres. La primera, totalmente desorientada por su postura radical en contra de la maternidad; la segunda, absolutamente perdida por su postura decidida en pos de la misma. Como en el conflicto de Oriente Medio, la lógica parece perderse. La mujer israelí, amnésica respecto a una reciente intervención llevada a cabo con fines artísticos, recibe diversas visitas en su domicilio, todas ellas rozando el absurdo o el despropósito, con constante aire de extrañeza. La palestina se mantiene indiferente a la opresión militar pero busca la maternidad aunque sea con un terrorista al que menosprecia. Después de diversas peripecias que incluyen a las soldados de un control de carretera donde se humilla a los palestinos en una espera bajo el sol, a un amenazador equipo de televisión alemán y a un yihadista, ambas mujeres intercambian su personalidad, de modo inexplicado e inapreciado para el resto de personajes. Un brillante golpe de guion más propio de Buñuel que de Lynch y que las dejará perderse en su incertidumbre.

Vincent (Vincent n’a pas d’ecailles, Thomas Salvador, 2014) / Juana a los 12 (Miguel Shanly, 2014)

Vincent es un buen hombre con una gran responsabilidad. No sabría decir hasta qué punto se trata de un gran poder. Cuando se moja, cuando se baña, adquiere una enorme potencia que le permite nadar, navegar, como un delfín, encaramarse a los edificios o levantar grandes pesos. Y aunque se esconda como obrero de la construcción, será, como todo buen mutante, identificado y acosado. Película pequeña y simpática, Vincent supera con estas cualidades la sencillez e ingenuidad de su guion y arranca risas en la (prolongada) fuga de Vincent en su esfuerzo por huir de los gendarmes y reunirse con su amada.

Juana a los 12, la ganadora del otro premio concedido en esta sección, es otra película pequeña y sobria. Contempla a una niña que crece y a la que el entorno le resulta menos agradable de lo esperado. Desarrollando más envidia y celos que otra cosa, Juana manifiesta de modo disimulado la soledad que siente al verse desplazada por otra niña en las preferencias de su amiga. Jugando con la ambigüedad en cuanto a su salud mental, se construye una obra sencilla pero efectiva, con un personaje que en su fragilidad y soledad me recordó a la joven protagonista de Wendy and Lucy (Kelly Reichardt, 2008).

Antoni Peris

Catch Me Daddy (Daniel Wolfe, 2014)

El debut en el largo del inglés Daniel Wolfe, que proviene del campo del videoclip, se mueve entre dos tipos muy concretos de iluminación: en exteriores, durante mayor parte de la película es noche cerrada, e impera la oscuridad y los contrastes localizados entre esa oscuridad y los colores de las luces de los establecimientos. Luego está la iluminación artificial de algunos de esos establecimientos cuando entra en ellos algún personaje, o el piso de los jóvenes protagonistas, que albergará un poderoso momento musical, coreografiado por FKA Twigs, al ritmo del tema Land de Patti Smith. El azul y el rojo del amor insano se turnan, según convenga, en la atractiva paleta cromática de Catch Me Daddy, cuyas imágenes friegan la abstracción por momentos, cuando tan sólo tenemos coches que se deslizan en la noche o a los jóvenes protagonistas huyendo campo a través. Una huida que, por lo demás, nunca terminó de interesarme, narrativamente hablando, aunque logra crear cierta sensación de asfixia, encerrando progresivamente a sus protagonistas en el plano, y su cierre nos deja, literalmente, colgados.

Toni Junyent

Futurs (im)possibles

Crumbs (Miguel Llansó, 2015)

Festival Cinem
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Crumbs (Miguel Llansó, 2015)

Diría, sin demasiado temor a equivocarme, que la de Miguel Llansó fue la película más divertida que vi en el D’A. Si en sus narraciones, Philip K. Dick habló a menudo de la devaluación de los objetos y su sustitución por copias de copias, Llansó recoge esa idea y nos traslada a un mundo en el que significados y significantes están totalmente desarticulados: Michael Jordan es una divinidad y Carrefour la quintaesencia del arte, por poner dos ejemplos. Y Papá Noel un viejo decrépito al que ningún niño se acercaría. Rodada en Etiopía y con el sentido de la aventura, el hacer cine por hacer cine, como leitmotiv, Llansó juega constantemente a descolocarnos, a subvertir referencias y colocarlas en los lugares más exóticos, para venir a decirnos que la modernidad, en esencia, viene a ser esto: el no saber en qué mundo extraño vivimos. A mí, ver a Daniel Tadasse, el actor protagonista, recorriendo esas localizaciones de fantasía extraña me retrotrajo por momentos a la época en la que jugaba a aventuras gráficas y tenía que buscarles usos inesperados a los objetos más variopintos. No habría desentonado, entonces, usar el Dangerous de Michael Jackson, edición vinilo, como trueque para que me leyeran la fortuna. Ni el tener que visitar a un anticuario cultivado y guasón, tener que regatear con él, y soñar con descubrir el interior de una nave a la que no sabes si los responsables del videojuego te dejarán subir. Tengo la impresión de que estoy desvariando y que no tenéis ni idea de qué diablos va la película, así que mejor la veis, y si no os lo pasáis tan bien como yo, pues ya hablaremos.

El hombre congelado (Carolina Campo-Lupo, 2014)

Mientras me dirigía al CCCB para ver esta película, me vino a la cabeza La esfinge de los hielos, la narración con la que Julio Verne quiso buscar a Arthur Gordon Pym, el aventurero al que Poe abandonó en el Polo Sur en su única y enigmática novela, de abrupto final. Regresar, de pasada, a esas tardes de la infancia terminó resultándome más provechoso que la película en sí, a la que entré medio dormido y con la que nunca terminé de empatizar. Entiendo que conlleva riesgos, asumidos por parte de quien la hace y quien la ve, una película que lo que hace es filmar el paisaje, la travesía de un barco hacia un lugar cada vez más blanco, engarzando planos del barco y de las tareas de sus tripulantes. Pero en ocasiones uno se topa con una especie de fuerza motriz, una especie de energía que hace avanzar los fotogramas de formas que a veces pueden explicarse y a veces no tanto. Pero aquí sólo encontré una monotonía de la que nunca me pude reponer y que tan sólo repuntó algo hacia el final, cuando el barco llega a su destino y tan sólo quedan la nieve, el cielo y las manchas de roca en la nieve.

La maladie blanche y Madeleine et les deux apaches (Christelle Lheureux, 2011 y 2014)

Cuando uno se acerca a ciertas películas denominadas “experimentales” —aunque las dos piezas que componían esta sesión se acercaban bastante a lo narrativo— ocurre que es difícil hacer juicios, digamos, contundentes sobre si lo que se ha visto es bueno o malo, términos limitados para hablar de películas que son, por naturaleza, frágiles. Decía Christelle Lheureux, que presentó la sesión y habló después con los asistentes, que con estas piezas tan sólo aspiraba a tratar de comunicar algo al espectador, ni que sea una sensación, una imagen que se te queda, un recuerdo, ya que el resto, el acto mismo de filmar, de capturar cierta disposición de la luz, no se puede comunicar más que mostrando el resultado. En La maladie blanche, el primero de los dos cortos, lo primero con lo que me quedé fue con las sombras, el reflejo en la pared de los niños que se cuentan historias en un rincón de un pueblo que está de fiesta mayor, aquellas fiestas mayores de los pueblos en las que suena música de esta de toda la vida y, si te alejas lo suficiente, puedes oír a los grillos. Lheureux captura eso, la celebración, la noche en el pueblo, en pocos pero bien escogidos planos, dando preponderancia a la atmósfera, filmando en un blanco y negro como de cuento. Al rato, nos quedaremos con una niña que oye un cuento sobre una cueva y sobre los recuerdos que se borran y, a partir de ahí, nos sumergiremos con ella en un viaje guiado por el inconsciente hacia esa cueva que simboliza lo que no se ve, lo que no se sabe, y también lo que llegaremos a ver y a saber y luego a olvidar.

Y de esa materia huidiza del recuerdo, de las paredes que ya vemos desnudas incluso en los sueños, está hecho Madeleine et les deux apaches, el segundo cortometraje de la sesión, quizá más exuberante y menos primitivo que el primero, porque pone en imágenes un sueño y esas imágenes quizá le restan algo del misterio que sobrevolaba la primera pieza, ese misterio por otra parte inherente a la infancia. Pero sí que logra transmitir esa especie de desubicación particular de cuando sueñas y sientes que estás con alguien pero ese alguien tiene una cara distinta o percibes un lugar sin verlo, o lo ves ligeramente distinto… No lo sé. Una cosa que recuerdo que pensé entonces, también, es que el plano con el que termina La maladie blanche, con la niña desvaneciéndose en la oscuridad, se me juntó con el de otra película vista recientemente, L’amour à mort (Alain Resnais, 1984), en la que vemos desaparecer también, fundirse con la noche, a Elisabeth Sutter (Sabine Azéma), que ya es mayor y, sin embargo, tampoco obtiene respuestas satisfactorias a las preguntas que la atormentan.

Transicions

Les combattants (Thomas Cailley, 2014)

«Es extraña», musita Arnaud (Kevin Azaïs) mientras mira a Madeleine (Adèle Haenel), que acaba de zambullirse en la piscina con una mochila en la espalda, en la que previamente ha introducido un par de pesadas tejas. Madeleine nada, quizá, para demostrar algo, a ella misma o a los dos muchachos que la miran. Y la lacónica observación de Arnaud encajaría también a la perfección con otro plano que tendrá lugar más adelante, uno de los más desconcertantes del filme, cuando esta chica de armas tomar que quiere estar preparada para el fin del mundo introduce un pescado en una batidora, la enciende y vemos cómo el pez se desintegra en trizas y sangre, que ella se beberá a morro. Esta vez, nadie la mira, tan sólo nosotros. Tiene Les combattants, la opera prima del francés Thomas Cailley, ADN de comedia romántica rara, de esas que generan recelo entre los cinéfilos más aterciopelados, mientras que aquellos que devoraban toda comedia rara que hubiera en el videoclub experimentarán cierta duda razonable. Ni para los unos, ni para los otros: atípico, pero sin pasarse, este cuento de amor iniciático tiene su gran baza en la singular cabezonería de su protagonista femenina, que comparte con Erin, la heroína de Tú eres el siguiente (You’re Next, Adam Wingard, 2011) el haberse criado en un campo de entrenamiento, por si las cosas en el mundo terminan por ponerse feas y hay que ganarse el pan y la vida a zarpa limpia.

Clausura

Eden (Mia Hansen-Love, 2014)

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Eden (Mia Hansen-Love, 2014)

Hasta ahora, la filmografía de Mia Hansen-Love se había centrado en núcleos familiares o conyugales para contar, sin estridencias, pequeñas
historias sobre la pérdida y el desgarro. Aquí, como me dijo Eulàlia Iglesias en la fiesta de clausura del D’A, la diferencia estriba en que el objeto amado, aquello que se pierde y se vuelve a encontrar, aquello que mueve al protagonista de la película, es la música. Ocurrió, durante el visionado de la película, no sé si era por llevar ya una semana viendo películas, que Eden simplemente iba pasando, discurriendo fluida, ligera: se suceden los años y Paul (Felix de Givry), su protagonista, se hace más mayor y más triste y un poco más pobre de espíritu, nunca termina de encontrar shelter from the storm, un lugar donde estar a gusto; es más, parece que vuelve al punto de partida y tiene que volverse a enamorar. De la música, de alguna mujer. Y la narración termina y piensas que no se te ha pegado gran cosa, igual que a los personajes, que han pasado veinte años de un plumazo y ya está, y todo sigue igual, hay que seguir ganando las batallas, hay que seguir buscando. Diría que es cuando Eden termina, y la piensas, y te acuerdas de este y de aquel momento, de dos personas en una playa desierta y desesperada, que ya no es aquel bosque oscuro del principio donde todo era posible, diría que es entonces cuando decides que no está nada mal, que te ha gustado la película.

Toni Junyent