a Xela, cuadrante solar entre sombras y noche

Es sin duda un instante dichoso para cualquier ciné-fils aquel en el que, tras un cambio de programación en el último minuto —y no es que no apreciemos Vacanza permanente (2006), todo lo contrario, filme de emoción estival, ejercicio de autobiografía contemplativa que da por bueno aquello de “hacer de la vista una ocupación”, LA ocupación, sin más preocupación, sin otra labor—, se encuentra uno inesperadamente, de sopetón, ante una nueva película de un maestro (también amigo), recién nacida, tal como dejó apenas una semana antes la sala de montaje. Y la criatura respira. 

Su título es François-Marie Banier filmé par A. Arrietta (2015) y en principio es una película sencilla pero que nos gana ipso facto. Ni el descaro y la frescura habituales, ni ese fascinante Banier (un personaje arrettiano a más no poder; o, como precisa el propio Arrietta: “un personaje como de una novela de Banier”), ni la presencia envolvente y hechicera de Adolpho Arrietta desde la retaguardia, concurrente en cada imagen, son ya necesarias para convencernos de que lo que estamos viendo es un filme que será fundamental en su filmografía. De ahí que no sea aventurado sino oportunísimo eso del «Arrietta Mañana» que le sirve de epíteto a la sesión de Filmadrid en la que fue proyectada. Desde luego, en ese juego constante de actualización, de remontajes, revisiones y puestas a punto, sus películas se proyectan siempre hacia el futuro, como si hubiesen sido concebidas para verse con el paso de los años. Ayer, hoy, mañana se confunden, o son un poco la misma cosa. Algo recurrente en sus obras, que parten de un aquí y un ahora precisos para acabar transitando, sin cronología, libres, por una temporalidad imprecisa en la que están todos los tiempos verbales. Este retrato de François-Marie Banier (que tiene a un tiempo mucho de autorretrato desconocido, me parece) también. Sin miedo a descompresión alguna, ambos son submarinistas avezados, se lanzan en pos de personas —nómina dignísima, por cierto, de Bresson y Rohmer a Aragon,  Horowitz, Beckett, Marie-Laure de Noailles, etc.— y momentos. Las fotos son un alibi perfecto, y detrás de ellas se atrincheran Banier y Arrietta, pero, no nos engañemos, no hay nostalgia alguna en todo ello: solo dos amigos que hace tiempo que no se ven y se reencuentran, charlan, pasan el rato juntos. Tanta comodidad se siente que es perfectamente natural que el cineasta grabe los pies de Banier tanto como su cara, o que su voz, en off, tarareando ensimismadamente melodías, acompañe musicalmente a las imágenes. Así es como algunos planos-detalle de las fotografías de Banier se convierten, como por arte de magia en planos de reacción al hacerse audible un Arrietta —con una risita, algún comentario, un bostezo— observador y participante a un tiempo. Una espontaneidad tal a la que me he referido en otras ocasiones como la de un amateur en scène.

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Manuel Asín ha expresado todo esto con esa nitidez celeste a la que nos tiene acostumbrados, así que tomo prestadas sus palabras: “François-Marie Banier filmé par A. Arrietta es un retrato sereno, infinitamente detaché (o sea arriettiano) de un viejo amigo en su estudio, comentando las fotos, los cuadros… Lo que ocurre es que todo resuena (y no se puede decir que allí no esté también Arrietta) con el referente y el punto fijo de algo tan tremendo, tan desproporcionado, como lo que acabo de describir. Es como si por primera vez las películas de Arrietta hubieran encontrado un verdadero referente en la vida con el que medirse, su metro de platino iridiado, y que este fuera verdaderamente bigger than life. No estoy pensando en vidas individuales, claro, sino en algo prácticamente generacional, algo que nos atañe un poco a todos nosotros. Uf, no sabía bien Severo Sarduy hasta qué punto podía ser punk eso del punk à la française”. 

Solo queda felicitar a todos los que compartimos un momento portentoso y recomendar al resto que acuda como sea allí donde la programen.