Los riesgos de la cetoacidosis diabética

I.

El pasado sábado 5 de septiembre se produjo en nuestro país un pequeño fenómeno que me atrevería a calificar de histórico dentro de nuestra televisión y que, sin embargo, más allá de cierto desconcierto y algo de cachondeo en las redes sociales, no levantó demasiada polvareda. Me refiero a la emisión en Telecinco, en horario de sobremesa, de Adopción peligrosa (A Deadly Adoption; Rachel Lee Goldeberg, 2015), brillante parodia del producto tipo de la cadena de televisión por cable Lifetime —eso que en nuestro país viene a conocerse como telefilme de Antena 3— auspiciada por Will Ferrell y Adam McKay… Sin que los propios programadores de la «cadena amiga» fueran conscientes de que lo que tenían entre manos era un experimento humorístico —ni tan siquiera los dobladores, que se toman muy en serio su función— que, ya a su paso por Estados Unidos, dejó desconcertado al público al evidenciar la fina línea entre el horterismo típico de Lifetime y la autoparodia.

Ni los propios responsables de Adopción peligrosa podían esperar un homenaje tan puro (y tan inconsciente) a sus auténticas intenciones, y la falta de filtro por parte de los programadores de Telecinco —que, es muy probable, adquirieron el telefilme al grueso, junto a otros productos similares— seguramente proporcionó una de las tardes más gloriosas de la televisión patria reciente. Casi vale la pena que Mediaset boicoteara, por supuesto de forma inconsciente, mi intención de presentar dicha obra dentro de la sección Convergencias del Festival de Gijón —para, de alguna manera, darle una pequeña sacudida a la misma: incluso me llegué a plantear hablar de ella totalmente en serio, siguiéndole el juego al proyecto: seguramente habría tenido algo más de trascendencia mediática de la que ha tenido a su paso por nuestros televisores, pero, desde luego, no habría provocado un momento tan arrebatadoramente meta.

 

tuits adopcion peligrosa

II.

Si me interesaba, más allá de la provocación que suponía, llevar Adopción peligrosa a Gijón era para ilustrar un asunto que, creo, en nuestro país no se está abordando con la profundidad que merece: el actual momento de transición de la comedia estadounidense contemporánea. De un tiempo hasta aquí, se ha producido una especie de retracción creativa de los miembros más activos de ese movimiento bautizado, al menos entre nosotros, como nueva comedia americana. No es que Judd Apatow, Adam Sandler, Ben Stiller, Vince Vaughn, Sacha Baron Cohen o, por supuesto, McKay y Ferrell, entre otros, se hayan cansado de hacer reír, sino que se han cansado de hacerlo de la misma manera. Son conscientes de que su concepción del humor tiene que evolucionar para que el género no se estanque, así que, excepto los que siguen un tanto inmóviles —quizás al que le está costando más alejarse de sus propios esquemas es a Sandler—, todos están intentando, en mayor o menor medida, con más o menos éxito, sorprender, innovar, refrescar… Y, en general, pillar a su propio público con el pie cambiado.

Dos de los miembros más inquietos de esta generación —o movimiento, o grupo de cineastas, como quiera considerarse— son, precisamente, los fundadores de Gary Sanchez Productions. Creadores de la web de vídeos humorísticos Funny or Die, auténtica cantera de nuevos valores que, además, les ha servido para experimentar con nuevos formatos de comedia, McKay y Ferrell se han atrevido a proponer ideas tan audaces como Drunk History (Id., 2008-) —parodia de las reconstrucciones históricas en las que una voz en off supuestamente borracha (sic) «reinterpreta» los hechos reales que narra— o, sobre todo, el díptico paródico que forman el largometraje Casa de mi Padre (2012) y la miniserie The Spoils of Babylon (2014) —obra del mismo equipo de director y guionista, Matt Piedmont y Andrew Steele, y en el que se ríen del subgénero de los culebrones televisivos, en un caso de su vertiente latinoamericana, y en el otro de su versión «de lujo»—.

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Tanto Casa de mi Padre como The Spoils of Babylon subrayan su sentido paródico a través de la interpretación abiertamente humorística de los actores, y sobre todo el tono pasadísimo de vueltas que le imprime Piedmont a ambas ficciones. A diferencia de los spoofs más incongruentes y más anárquicos, inspirados —en general, para mal— en el humor ZAZ, ambas propuestas construyen su discurso humorístico en función de sus modelos narrativos, dejando que el gag surja a partir de esa fricción base, y no a pesar de ella, de manera artificial. Pero lo cierto es que, aun así, todavía conservan un acercamiento totalmente abierto, directo, a su propia comicidad: en otras palabras, siguen subrayando su naturaleza de parodias.

Sin embargo, McKay y Ferrell dan un paso adelante en cuanto a atrevimiento formal con Adopción peligrosa. Con guion, de nuevo, de Steele, lo que proponen es, como apuntaba al principio, una relectura irónica de los telefilmes de Lifetime —que, a pesar de ello, ha participado, demostrando gran sentido del humor, en la producción— que se niega a obviar su naturaleza de parodia. No hay guiños a cámara, ni exageración en el gesto de los protagonistas, que abordan el propio Ferrell y Kristen Wiig. La esencia humorística del proyecto es mucho más sutil, y obliga al espectador a seguir el juego de sus responsables, conectando con la reducción al absurdo que Adopción peligrosa propone respecto al tipo de producto de consumo inmediato en el que se basa. Algo que enfatiza su directora, Rachel Lee Goldenberg, fogueada en producciones The Asylum, mediante una puesta en escena, por momentos, deliberadamente kitsch, cutre, imitando el descuido formal de este tipo de producciones catódicas.

Así, aunque Piedmont y Steele hayan estrenado ya The Spoils Before Dying (2015) —como su nombre indica, una secuela de The Spoils of Babylon—, da la impresión de que, con Adopción peligrosa, McKay y Ferrell han querido llevar a cabo una radicalización todavía mayor de sus propuestas anteriores, provocando así a su público habitual y poniéndole difícil el hecho de reírse de lo que está viendo. En esa voluntad de obligar al espectador a reflexionar, a tener que decidir, según su propio criterio, si ha visto una comedia, se esconde también un acercamiento estimulante, incluso diría que revolucionario, a un género que tiende en demasiadas ocasiones a la comodidad formal y argumental.

III.

Estoy convencido de que una de las características principales de la buena comedia es la capacidad de desconcertar al espectador. Desde el momento en el que el público sale con una sonrisa en los labios, en paz consigo mismo, tras acceder a la obra de un determinado humorista, es que éste no ha hecho bien su trabajo. Si hay algo que nos han enseñado series como Larry David (Curb Your Enthusiasm, 2000-2011) o Louie (Id.
, 2010-) es la necesidad de seguir jugando con los límites del humor —y no precisamente de esa manera gazmoña, despistada, que algunos han explorado en nuestro país—, incomodando, removiendo con(s)ciencias. No es que Adopción peligrosa juegue en esa misma liga —tampoco lo pretende—, pero desde el momento en el que se cuestiona las formas de la comedia, y sobre todo su relación, a veces demasiado directa, con el público, también está jugando con esa incomodidad, le está pidiendo al consumidor que dé un paso más allá, que se salga de sus propios conceptos marcados y abrace lo atípico, lo que se aleja de lo convencional. ¡Cuánto necesita el género de un sentido del riesgo semejante!

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