Sección anti-propaganda

I.

Con repercusión más bien discreta incluso entre los colaboradores de la publicación, lo que no deja de ser significativo —¿un alivio?—, Miradas de Cine habilitó a principios de 2015 una sección que, como indica su nombre, Politikós, ha pretendido convertirse en «observatorio de la realidad sociopolítica, tanto española como mundial, tomando como sustrato el audiovisual». Y es que la recesión socioeconómica ha puesto de moda la política. O, mejor dicho, lo que se tilda de política en las esferas privada y pública para acotar a dicho ámbito aquellos debates sobre nuestra manera de estar en el mundo que soslayamos de continuo en nuestras actividades y relaciones cotidianas.

Con el mismo talante oportuno, oportunista, el Atlántida Film Fest ha decidido consagrar en su quinta edición una de sus secciones flotantes al «documental político» y, más en concreto, a «las nuevas posibilidades del género». La palabrería típica del programador de festival, una de las ocupaciones culturales más exigentes en cuanto a las cualidades mistificadoras que requiere, esta vez ha resultado estar más o menos justificada: la susodicha sección, (Anti)Propaganda, albergó nueve largometrajes y un corto que redundaron en la decadencia del documental supuestamente objetivo y fiador de los bustos parlantes, en favor de las expresiones rabiosamente subjetivas y abonadas al juego desprejuiciado con las imágenes propias y ajenas. Lo documental ya no pretende residir en la sumisión a un principio de realidad, sino en la plasmación sin complejos de nuestra interacción creativa con ella.

II.

No faltaron documentales apreciables de trazas clásicas. Así, Downloaded (2013), con el que el actor y director Alex Winter cambia de tercio a fin de seguir ganándose la vida en Hollywood, tras haber disfrutado de una popularidad coyuntural como actor infantil y juvenil gracias a títulos como Jóvenes ocultos (The Lost Boys, Joel Schumacher, 1987) y Las alucinantes aventuras de Bill y Ted (Bill and Ted’s Excellent Adventures, Stephen Herek, 1989), y de haber realizado episodios de series televisivas varias y dos largometrajes irrelevantes de ficción. Downloaded, producción de un canal televisivo por cable, VH1, centrado en la música pop, aborda el impacto en ese universo de la creación en 1999 por parte de Sean Parker y Shawn Fanning de Napster, la primera gran red alegal para el intercambio de archivos —canciones— entre internautas; modelo, pese a tener que clausurar sus actividades en 2001 tras pugnas infinitas con las discográficas, de la piratería digital que hoy todavía campa a sus anchas.

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Downloaded se articula a través del repaso estereotípico a los antecedentes de la situación, fragmentos mediáticos de la época, y entrevistas actuales con implicados en el asunto. Lo más atractivo de un relato divulgativo en toda regla, con su planteamiento, nudo, desenlace y moraleja, es cómo se trata de mantener un equilibrio entre la versión oficial de que Napster y, por extensión, las descargas ilegales, han sido un cáncer para la industria cultural, y la evidencia de que la industria cultural era previamente un cáncer para la cultura y, hoy por hoy, ya se ha amoldado y resignificado el escenario digital a toda la velocidad que le ha permitido el intento de preservar sus privilegios anteriores. Winter ha prorrogado su interés por Internet y lo que está suponiendo para todo un orden político y socioeconómico con Deep Web (2015).

También convencional, y también relacionado con los potenciales sediciosos de Internet, es Children 404 (2014), de Pavel Loparev y Askold Kurov; un collage de videodiarios y entrevistas anónimas que protagonizan adolescentes rusos de orientación LGTB, abocados por una ley impulsada en 2013 por Vladimir Putin a la invisibilidad y la desatención psicológica e institucional. Para remediar esa situación, la trabajadora social y activista Elena Klimova creó un foro online donde los jóvenes podían expresarse y encontrar apoyo. La breve película (76 minutos) de Loparev y Kurov no aspira más que a dar publicidad internacional a la labor de Klimova y brindar más eco a testimonios aterradores.

Un ejercicio cinematográfico, en definitiva, testimonial, como el que representa asimismo Maidan (2014), del prestigioso documentalista ucraniano Sergei Loznitsa, conocido paradójicamente por quien esto firma vía los dos únicos largometrajes de ficción que ha dirigido, My Joy (Schaste moe, 2010), programada en la XLIII edición del Festival de Sitges, y En la niebla (In the Fog, 2012), estrenada comercialmente en España. La labor durante veinte años de Loznitsa en el ámbito de los documentales la hemos conocido de cara a escribir esta crónica gracias a YouTube (donde se encuentran la mayoría de ellos), con las limitaciones y posibilidades de errores interpretativos que ello conlleva.

En cualquier caso, ficción y documental en el caso de Loznitsa semejan haz y envés de una misma hoja de ruta, la que marca su afán por plasmar, apelando al silencio del sonido ambiente, el momento ahora, desligado de coordenadas ideológicas que hagan de las imágenes espejismos historicistas o de progreso. En esa atención paisajística a los rostros cualquiera y las actividades nimias anida una honda intención política, subversiva, antiutópica, que en su propuesta más reciente da paso a un fanatismo por desgracia de poco alcance e interés. Maidan se constituye en eso que suele tacharse de crónica de urgencia, sobre la crisis sociopolítica y militar que sacude Ucrania desde 2013 y, más en concreto, sobre las manifestaciones y disturbios iniciados en Kiev en noviembre de aquel año, que precipitarían en febrero de 2014 la huida (sic) del país del presidente Víktor Yanukóvich. El retrato de las movilizaciones por parte de Loznitsa es elegíaco, poco reflexivo, en ocasiones expresamente partidista, algo poco habitual en él y que le ha costado numerosas críticas. Los planos fijos, distantes y de muy larga duración transmiten una idea de monumentalidad, de presente conjugado en pasado de libro de texto, no demasiado afortunada, susceptible incluso de provocar en el espectador desazón y tristeza.

III.

Menos sectario, por tanto más cinematográfico, es The UK Gold (2013), del periodista británico Mark Donne, pese a tratarse de una película de hechuras formales tan modestas —se sufragó en parte gracias a Kickstarter; el actor Dominic West presta su voz en off y Thom Yorke sus talentos musicales por simpatía hacia el argumento—, como para que su espacio natural de difusión lo constituyan programas televisivos como La Noche Temática de La 2. The UK Gold se limita a exponer las estrategias para evitar impuestos que aplican legalmente en Gran Bretaña grandes corporaciones e industrias, lo que basta para suscitar el escándalo de cualquier espectador con un mínimo de inteligencia. El recurso de Donne a los bustos parlantes —economistas, financieros, políticos, informadores, asesores— es vulgar, como lo es su tendencia a rellenar metraje con vistas diurnas y nocturnas espectaculares de la monstruosa Londres de hoy; pero, por un lado, las expresiones de los entrevistados mientras intentan explicar y explicarse la desvergüenza del poder establecido, no tienen precio, y, por
otro, la mirada sobre Knightsbridge y la City tiene su contraste en las idas y venidas por las zonas más desfavorecidas de la ciudad de un abnegado religioso, William Taylor, que acaba convirtiéndose sin demasiada manipulación por parte de Donne en uno de esos grandes personajes que a veces es capaz de brindarnos lo documental.

También es un personaje a estas alturas Richard Nixon, quien fuese presidente de los Estados Unidos desde 1969 hasta que se vio obligado a dimitir en 1974 por el escándalo Watergate. Anthony Summers en su biografía de 2000 y Oliver Stone en Nixon (íd., 1995), intentaron dar al mandatario un espesor mínimo que le alejase de la caricatura. Pero los años transcurridos desde entonces demuestran que no consiguieron nada. Nixon es en 2015 a nivel periodístico y cultural un histrión, un villano, el emperador Ming.

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Our Nixon (2013), primer largo documental de la norteamericana Penny Lane, producido por la CNN, se esfuerza nuevamente por comprender al presidente apelando a la cara B de su figura mediática: una cantidad inmensa de películas en super 8 sobre Nixon grabadas por algunos de sus más cercanos colaboradores —H.R. Haldeman, John Ehrlichman, Dwight Chapin, todos ellos implicados en el Watergate—, que no se habían mostrado hasta la fecha y de las que Lane incluye fragmentos junto a imágenes y sonidos de la época más oficiales. El efecto oscila entre lo impresionista y lo perturbador; no nos facilita el conocer nada nuevo de Nixon —la lección hay que traerla aprendida—, pero sí a apreciar en sus justos términos la chapucería y la ruindad que caracterizaron su presidencia, y la inseguridad y los complejos terribles del ser humano, de los que derivarían todos sus problemas. La dialéctica entre los registros caseros y los públicos es fascinante.

Recopilatorias e hipnóticas son asimismo las imágenes que componen Forbidden Films (Verbotene Filme, 2014), realización del escritor, guionista y director alemán Felix Moeller, artífice previo de otros cuatro documentales y ensayos, algunos de los cuales —The Film Minister – Goebbels and the Cinema in the Third Reich (2002), Harlan – Im Schatten von Jud Süss (2008)— ya abordaban lo que Forbidden Films; es decir, las ficciones cinematográficas producidas durante el nazismo y, en este caso, las filmadas directamente por el Ministerio de Propaganda de Joseph Goebbels, algunas tan agresivas en sus postulados ideológicos como para haber sido puestas a buen recaudo durante setenta años. Moeller ha tenido acceso a cuarenta de esos títulos, agrupa por temas algunas de sus secuencias clave, y muestra estas puntuadas a cada tanto por opiniones emitidas por historiadores, críticos, supervivientes al Holocausto y hasta algún que otro neonazi, en torno a la pertinencia o no de “liberar” esas películas y confiar en la madurez del público contemporáneo.

Forbidden Films transmite continuamente la sensación de estar viéndola con un preservativo intelectual puesto, dado el ánimo grave, didáctico, aleccionador y lleno de advertencias con que se nos permite acceder en plan cobaya a imágenes llenas de maldad, transmutada en ficción con habilidad en algunos casos extraordinaria. En esto, Felix Moeller se desvela un poco hipócrita, puesto que ha hecho lo posible y lo imposible por tener acceso a esas películas malditas, y sabe perfectamente que el espectador también siente una curiosidad morbosa —dicho esto sin ánimo denigrante ni censor alguno— por asomarse al abismo hecho cine. De hecho, Forbidden Films es un documental mecánico y plomizo, de recursos formales muy pobres, salvo cuando se nos deja a merced de títulos tan expresivos y tan alucinados/alucinantes a tenor de los fragmentos escogidos como El flecha Quex (Hitlerjunge Quex: Ein Film vom Opfergeist der deutschen Jugend, Hans Steinhoff, 1933), hagiografía de un miembro pionero de las juventudes hitlerianas; Der ewige Jude (Fritz Hippler, 1940), sobre el problema judío; o Ich klage an (Wolfgang Liebeneiner, 1941), apología de la eutanasia.

IV.

Siendo honestos, el hechizo que despiertan regímenes como el nazi sigue ahí, y así lo pusieron de manifiesto las restantes cuatro películas que compusieron (Anti)Propaganda, cuya premisa no fue otra que Corea del Norte. La dictadura asiática ha tenido una presencia sociocultural progresiva en Occidente a lo largo de los últimos años —de la que dan cuenta cómics como Pyongyang (Guy Delisle, 2003), programas humorísticos como Muchachada Nui (2007-2010),  novelas como Bari, la princesa abandonada (Hwang Sok-yong, 2006) y El huérfano (Adam Johnson, 2012), películas como A State of Mind (Daniel Gordon, 2004) y The Interview (íd., Evan Goldberg y Seth Rogen, 2014), y ensayos como Sin ti no hay nosotros (Suki Kim, 2014)—, hasta el punto de que la crítica hacia el régimen comunista regido a fecha de hoy por Kim Jong-un ha dado paso a un cierto hechizo.

“Si Corea del Norte es un fenómeno pop es que nos hemos vuelto locos”, se lamentaba el pasado mes de mayo Xavi Sánchez. Pero el problema es más complejo y delicado, en nuestra opinión. ¿Y si aquel país nos atrae en virtud de su silencio hermético, su misterio, su invisibilidad? Y si el regocijo superficial, culpable, que nos despiertan las anécdotas ditirámbicas provenientes de aquellas tierras no esconden nuestra vislumbre de que son el único lugar donde la ficción, la fábula, aún tienen el hueco que la sociedad de la transparencia les ha negado? Si algo comparten los cuatro títulos que vamos a comentar, es su condición de ensoñaciones, proyecciones, recuerdos de la imaginación.

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El más obvio, Aim High in Creation (2013), de la australiana nacida en Japón Anna Broinowski; un ejemplo de voluntad, dado que persiste en su vocación de documentalista al margen pese a que en dos décadas de carrera apenas ha podido materializar seis largometrajes, de los cuales solo uno, Forbidden Lie$ (2007), puede considerarse un éxito auténtico. En Aim High in Creation, Broinowski explora nuevamente la percepción occidental de los países asiáticos, una de sus inquietudes, deviniendo un sosias femenino del Michael Moore de Sicko (2007): tras dos años de negociaciones, logra viajar a Corea del Norte para que cineastas locales le enseñen a rodar una soflama audiovisual efectiva contra la instalación en la localidad australiana donde reside de una industra de fracking.

Broinowski, mentalidad progresista de manual, perfectamente aclimatada a nuestro estilo de vida pero ansiosa por jugar a subvertirlo vencida por el complejo de culpa, la cultura del resentimiento y la vindicación de sí misma, asiste con sonrisa benevolente a los consejos de los venerables cineastas norcoreanos, ecos de los plasmados por el dictador Kim Jong-il (1942-2011) en varios de sus escritos sobre el tema, y regresa a casa para ponerlos en práctica. Sintomáticamente, lo que en Corea del Norte son películas propagandísticas de la peor especie, se transmuta vía el constructo cultural y audiovisual de Broinowski en algo muy parecido a un anuncio de automóviles… Aim High in Creation vale la pena por cuanto ha logrado colar una cámara en el país hoy en manos del hijo de Jo
ng-il, Kim Jong-un; una cámara, por supuesto, sometida a bridas y bozal. Pero todo lo referido al universo Broinowski es algo patético, una fantasía ideológica que recurre a un escenario teñido de connotaciones alternativas, revolucionarias, para adornar la ansiedad egomaniaca propia.

En este sentido, Propaganda (2012), falso documental de Slavko Martinov producido en la vecina Nueva Zelanda, es más radical. Hasta el punto de haberle costado a Martinov nueve años completarlo y que, tras su exhibición en YouTube, él y otros implicados en la aventura hayan sido víctimas del ostracismo social en su país. Y es que Propaganda simula ser con mucha convicción un documento pergeñado en Corea del Norte que denunciase todos los defectos de Occidente. La maniobra de ficcionar una voz norcoreana, y emplear la misma para atacar la globalización, el consumismo desaforado, la manipulación de la democracia, el culto a las celebridades y otros males, vuelve a incidir en la idea del país asiático como última reserva moral (imaginaria) del mundo; pero, a diferencia de Anna Broinowski, Martinov es muy consciente de que está usando un espantajo para soltar su discurso, y este no hace prisioneros: los 96 minutos de Propaganda pasan volando por la agresividad irrebatible de lo que nos echa en cara un falso académico norcoreano, y las imágenes no hacen más que confirmarlo y ruborizarnos.

En cuanto a Songs from the North (2014), Leopardo de Oro a la mejor ópera prima en la edición 2014 del Festival de Locarno, supone el debut en el ámbito del largo de la surcoreana Soon-Mi Yoo, autora hasta la fecha de varias piezas breves. Y Songs from the North tiene precisamente las hechuras heterogéneas de un collage, de un diario: fragmentos derivados de tres visitas de la directora a Corea del Norte, fotogramas oficialistas de archivo sobre eventos culturales y artísticos de aquel país, y una entrevista de Yoo a su propio padre, hijo de la separación de las dos Coreas acontecida en 1948.

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El efecto de estos tres hilos audiovisuales entretejidos es de una profunda melancolía. Yoo trata de aprehender Corea del Norte, pues al fin y al cabo la Historia del país forma parte del ADN de su historia personal, y por el camino se va aprehendiendo a sí misma, condensado de recuerdos y herencias y experiencias, tan fantasmales y difíciles de racionalizar como una nación envuelta en niebla. Songs from the North es tosca, las imágenes —en especial las tomadas por la propia Yoo durante sus viajes a Corea del Norte— pecan en muchas ocasiones de banales. Y, sin embargo, todo ello redunda en una sensación de verdad, bien que perfilada a tientas.

En cualquier caso, la película más oportuna de entre las programadas en (Anti)Propaganda con Corea del Norte como epicentro, puede que fuera Village Modèle, cortometraje de apenas diez minutos obra de la artista multimedia, también surcoreana, Hayoun Kwon. ¿Cómo afrontar el retrato de un país que no es sino quimera, fábula y mentira, atracción de feria y total oscuridad? Kwon, que ha ligado el concepto de todos sus trabajos hasta la fecha a la relevancia de la construcción y la invención a la hora de definir y definirnos nuestra identidad, opta por mostrarnos en su trabajo en vídeo —parte de una instalación galerística— la maqueta translúcida de una construcción que fue, a su vez, montaje: Kijong-dong, un recinto urbano de lujo falso, deshabitado, que construyó en los años cincuenta del pasado siglo el gobierno norcoreano cerca de la zona desmilitarizada con Corea del Sur, para que sus enemigos creyesen que los habitantes del país podían acceder a todos los lujos. La cámara de Kwon sobrevuela pausadamente el diorama de aquellas instalaciones fachada, mientras escuchamos viejas grabaciones propagandísticas: tonadillas, arengas, proclamas. La imaginación y la paranoia del espectador se disparan ante un decorado espectral que es un estado de la mente. En definitiva, Corea del Norte, el país que no se puede enfocar, el país que no se deja exponer, el país que hoy por hoy solo refleja nuestros miedos y prejuicios, somos todos.