Nombre en clave: Operación Atlántida

Llevo más de dos horas retenido en un oscuro despacho situado en las tripas de Scotland Yard, a la espera de recibir órdenes para una operación encubierta. Miro mi reloj a cada poco, consciente de que sus manecillas no pueden avanzar más deprisa. Así hasta que una de las puertas se abre y un débil hilo de luz me indica el camino a seguir hasta la oficina del intendente. Tras un pasillo desnudo, en el que parece amontonarse el ruido de mis pisadas, entro en el despacho. Marlowe —así le llamaré— está sentado al final de una larga mesa rectangular; al principio de esta descansa un pequeño dossier que, con su mano, me invita a leer.

—¿Qué puede decirme a propósito de la crítica cinematográfica? Inquiere, con un tono algo desdeñoso, Marlowe. Antes de balbucear una respuesta, me encojo de hombros; en realidad, no sé qué decir. Leo poco. Así que dejo que el silencio, cada vez más incómodo, permita a Marlowe retomar su argumento.

—Mi querido Inspector, hace años que la crítica cinematográfica vive en conflicto permanente entre sus numerosas facciones; los medios tradicionales contra las publicaciones online; lo viejo contra lo nuevo. ¿Acaso no lee Twitter? ¡Aquello es la guerra!

Antes de que el rostro del Intendente se coloree un poco más, se me ocurre terciar en la polémica:

—Sin embargo, su grado de influencia ha disminuido, ¿no es cierto? Tal vez exista esa pelea, pero a santo de qué puede suponer un problema de interés nacional si entre todas esas facciones apenas logran llamar la atención de la opinión pública.

Casi no he acabado de soltar las últimas palabras cuando Marlowe, impulsivamente, recoge mi insinuación.

—No se equivoque, joven. La crítica, como cualquier otra manifestación cultural, sigue siendo de utilidad; ¿cree usted que sería capaz de ver si me quitase estos anteojos? Pues eso mismo piensa el Ministerio sobre la crítica. Sin ese ejercicio de creatividad, sin sus lecturas incisivas, sin su capacidad para traducir las imágenes en sentimientos, nos quedamos tan ciegos como sin unas buenas gafas. El problema, claro está, es que esas facciones a las que aludía se han empeñado en dinamitarla; en corromperla y convertirla en un disparate que amenaza con romper el tejido cultural de nuestra gloriosa nación. Por eso, el Ministro nos ha encomendado una operación especial.

Entonces, Marlowe me invita a tomar asiento y, ya de paso, servir un poco de té a los dos. El humo de las tazas es lo más parecido a un rastro de vida en mitad de esa habitación de iluminación crepuscular.

—Como habrá leído en el dossier, Scotland Yard ha detectado en la celebración de un inminente festival de cine una oportunidad inmejorable para zanjar, de manera precisa y rápida, este incidente de la crítica. Allí se encontrará una muestra representativa de personajes a los que necesitamos mantener bajo vigilancia; gente peligrosa, parapetada tras sus ordenadores portátiles, cuyas opiniones son rigurosamente clasificadas según su daño potencial. Gente a la que conviene neutralizar, cuyos textos no pueden bajo ningún concepto ver la luz. Su misión consistirá en infiltrarse, bajo una serie de identidades que le proporcionaremos, en cuantos grupúsculos críticos pueda localizar y acabar con cada uno de ellos. De raíz.

Tragué el último sorbo de té y, a continuación, intenté levantar un poco la voz.

—¿De verdad creen que es esa la mejor solución para contrarrestar ese brote de, qué sé yo, bolchevismo crítico? No sé si voy a ser capaz de ocultarme sin que nadie se percate del disfraz.

—No sea idiota, si la situación ha rebasado los límites de lo tolerable ha sido, fundamentalmente, porque cualquiera se ha creído con el derecho a escribir. Bastará con que diga cuatro tonterías, capture pensamientos de estos y de otros y mantenga su impostura con la suficiente convicción para que el plan salga según lo previsto. Además, Scotland Yard le va a proporcionar las mejores coartadas, nuestro Imperio sabe cómo velar por sus súbditos.

Salí de Scotland Yard algo mareado por el ambiente claustrofóbico del despacho de Marlowe. El aire de Londres me sacudió varios tortazos en la cara, así que decidí refugiarme en una cafetería para revisar las anotaciones del dossier. Tal y como leí, el Festival se iba a desarrollar durante un mes, reuniría los talentos más destacados de la cinematografía internacional y era, a ojos del Intendente, la clase de reclamo al que acudirían los representantes de la crítica actual. Debía prepararme para ser, yo también, uno de ellos. Así que cerré el dossier, seguí las instrucciones y lo quemé en una papelera cercana. Lo último que vieron mis ojos fue el nombre en código de la operación: Atlántida.  

Capítulo 1. Sección oficial

Llegué a la ciudad donde se celebraba el festival. Hacía un frío de mil demonios y el aire llevaba lluvia incompleta y humedad variable. Me acerqué a la habitación de airbnb que compartiría con alguno de los críticos de la tendencia más joven (los consolidados estaban en hoteles y no compartían habitación, así que fue imposible) y me acredité en una especie de palacio de congresos donde niñas guapas vestidas de negro hacían prácticas o contactos. Para no levantar sospechas se me proporcionó documentación con nombre de crítico (Charlie Drover en este caso), gafas de montura negra, un ordenador de marca apple con una pegatina de mi medio (CinergíaNuclear.com) y tabaco de liar marca Pueblo. Tendría que fumar a escondidas con mi pipa, pero ese se había convertido en el menor de mis problemas. En mi casillero alguien de Scotland Yard había dejado un maletín con la información sobre la primera parte de mi misión: se llamaba Sección Oficial, lo que no me quedaba nada claro siendo mi misión de incógnito.

Me encontré con mi compañero de habitación, un chico espigado y algo tímido. Me dio la mano de manera blanda, cosa que siempre me hace sospechar. Me dijo que no había tiempo para comer (que ya comeríamos cuando estuviera muerto ¿?) porque nos íbamos a perder una de las películas del festival (esto me lo dijo varias veces a lo largo del mes) y que ya sus amigos nos estaban cogiendo sitio en la cola. Llegamos allí y me sentí mal al ver la cara de los que estaban por detrás nuestro a pesar de haber esperado media hora más. El sentimiento se me quitó cuando vi pasar a un melenudo anclado en los 90s que por lo visto a principios de esa década grabó un par de videoclips para un grupo que nunca llegó a sacar ningún disco, y aún seguía viviendo de ello.

Vimos una película francesa que se desarrollaba en un camping y donde la sexualidad era algo perenne y aleatorio. Aguanté despierto los 15 primeros minutos, el tiempo justo que duraban las carcajadas de mis acompañantes. Luego ya se reían menos y yo aproveché para descansar ya que la noche anterior había estado leyendo información adicional sobre el mundillo en el que me tenía que introducir. Una era que se reían mucho los primeros 15 minutos. La película se llamaba Fort Buchanan y según me contaron mis acompañantes en la cola de la siguiente película, era la primera película de un tal Benjamin Crotty y en ella demostraba un gusto periférico por el encuadre y por la sensualidad de la incertidumbre, y nuestra propia indefensión ante la ruptura de roles, rutinas y creencias sobre lo íntimo, lo público y lo privado. Yo creí que alguien estaba mintiendo y que realmente les había hecho gracia que al principio no se enteraban de nada y luego ya no le encontraron chiste cuando se enteraron de todo.

Fui al servicio y cuando entré en el baño a aliviarme y tomar un respiro se me abalanzó de un salto un chico bajito, gordito y con gafas. No pude reaccionar y escapó por la puerta mascullando entre diente algo así como banzant o banzai o algo así. Al observar la escena de tan raro encontro
nazo vi que había huellas marcadas de sus zapatillas (unas Adidas Stan Smith como las que utilizaba mi abuelo para jugar al tenis en el club privado de Norwich) en la tapa del inodoro. Intenté repetir sus movimientos y me subí arriba para ver que en el interior de la cisterna había escondido una nota. La cogí y la leí por si eso podía darme alguna pista. Decía así: “No aguanto más, tengo que decirlo aunque no pueda decirlo. Violet de Bas Devos me aburre, me enfada y me anula. No se puede ser Van Sant imitando lo que ya hizo Van Sant. Eso es como querer copia el estilo de Goya con un filtro de instagram. ¿Pero estamos loco o qué? Que muy bien las camaritas y el silencio cómplice de la violencia, pero ya la hizo Haneke antes de comprarse la sotana. Que muy bien grabar a gente con flequillo desde atrás mientras van en un vehículo sin motor, pero ¿por qué todos estos memos hablan de Paranoid Park si no le llega ni a los dos ruedecillas del skate? Porque la culpa, porque los padres, porque la puta madre del plano sostenido durante cinco minutos benditos. Ahora ahí fuera diré que soy feliz, que se me estremece el tiempo y el espacio y la noche reflejada en las líneas de la carretera que nos somete y juzga, pero no creeré en ello. No.” Pensé en buscar a ese muchacho para evitar el suicidio o la matanza a lo Columbine, pero una chica muy guapa de pelo corto me dijo que llevaba la bragueta abierta.

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Me fui a la casa para analizar la nota y me quedé dormido tras la tercera lectura. Un pitido intermitente interrumpió mi sueño de manera súbita. Mire mi móvil y estaba apagado. El pitido de repente fue acompañado por un plácido aroma a café que me hizo a volver en mí mismo. Sería mucho pedirle a unos jóvenes españoles que bebieran té y no quería que mi sugerencia se volviera contraproducente. El café lo estaba haciendo el mismo chico que había huido del cuarto de baño.

—Hola me llamo Charlie —le dije mientras le ofrecía mi mano a modo de presentación.

—Hola, White (nombre en clave), encantado, tu cara me suena.

—A lo mejor del festival —dije disimulando.

—Creo que no, ¿estuviste en Locarno? Es lo más.

Estuve en Locarno resolviendo un crimen pasional a principios de 1999, así decidí mejor darle largas y cambiarle de tema

—Nunca estuve pero me encantaría ir. Cambiando de tema, ¿has visto algo interesante hoy?

—Sí, Violet, muy Van Sant meets Haneke. Cool. Y Traffic Deparment, una película polaca que tal vez se deje llevar demasiado por tener una historia que contar. Demasiado horizontal, demasiada sumisión a un argumento que transmite más en sus fisuras, en el hedor continuo o en sus texturas intermitentes, que en una trama demasiado convencional. Se ve que Wojciech Smarzowski, su director, tiene talento, ideas sugerentes de planificación y pulso y corazón, pero tal vez falle en cerrar sobre círculos morales una puesta en escena expandible. O algo así.

Esas palabras me acompañarían siempre (las grabé con un micrófono que había puesto entre la licuadora y la tarima de las especias) porque me golpearon por su rareza. Me bajé a ver la siguiente película y White me acompañó. Nos encontramos con el chico alto, espigado y algo tímido que había visto tres películas seguidas de un mismo autor y venía entre la admiración, el delirio y el desnortamiento. El tipo es un crítico australiano, Mark Cousins (al que recomiendo investigar a partir de ahora como sospechoso o inductor) y sus películas se agrupaban bajo el nombre de Hibrow Trilogy. Otra forma de mirar es otra forma de filmar, me decía el alto mientras yo intentaba recordar si era Mark o Mike el Cousins de mi clase en primaria.

Los dos se enzarzaron en una discusión sobre si el crítico es tan protagonista como para convertirse en el centro de sus propios argumentos. De las carencias emocionales que puede ocultar la cinefilia o el completismo. Sobre las derivas del éxito y el naufragio de los siguientes procesos. De si es necesario, de si es preciso, de si es pertinente. De si es. De que un crítico es una pieza del engranaje, no el sentido de la máquina, ni el combustible del motor. De la importancia de alguien que nos guíe o nos retuitee. Ahí se calentaron y empezaron a discutir de algo que había pasado en otro festival con una bloguera que les gustaba a los dos.

Aproveché para leer el programa del festival y descubrir que Cousins había hechos 3 ejercicios diferentes: Here Be Dragons sobre un director llamado Chris Marker, al que todo el mundo admira aunque casi nadie ha visto sus películas; 6 desires, DH Lawrence and Sardinia, la búsqueda del autor de un escritor ya muerto y de las imágenes que habría rodado si hubiera sido cineasta; y, por último, Life may be, un intercambio de cartas filmadas entre la actriz iraní Mania Akbari y el propio Cousins. Como un skype pero así en artístico. Eso me recordó que tenía que conectarme y hablar con mi jefe sobre mis últimas pesquisas.

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Él me dijo que lo de la actriz iraní era interesante porque creía que una de las cosas que separaba a la nueva de la vieja crítica podía tener que ver sobre el cine de ese país. Así que me recomendó que estuviera muy atento a Fish & Cat, una película iraní de este festival dirigida por un debutante llamado Shahram Mokri. Casi ninguno de mis nuevos amigos jóvenes me quisieron acompañar, me dijeron que tenían que comer, que iban a aprovechar para escribir, que ponían noséqué en noséqué sala, que ya la habían visto, que tenían que hacer una llamada a la novia, que hacía varios días que no lo hacían. Me sonó todo a excusa porque nunca los vi ni comer, ni escribir, ni tener novia. La película te atrapa desde el principio porque no te da muchas pistas de lo que está haciendo. Es de miedo pero solo se ve sangre en una bolsa sacada de un restaurante que se pasea por un camping donde los jóvenes vuelan cometas y entierran frustraciones. Dos horas sin cortar, de puro cine raro puro, donde el tiempo y el espacio son dos personajes más, tan desorientados y tan lúcidos como los demás. A mi me encantó y elaboré un poco mis conclusiones escuchando a las personas que se iban en la oscuridad con los ojos brillantes.

Me crucé con la chica del pelo corto que me felicitó por llevar la bragueta cerrada. Yo me reí e hice ademán de abrírmela, lo que le hizo sonrojar mientras sonreía. Me preguntó si iba con ella a ver una de las películas del festival. Se llamaba Blind Dates y la dirigía Levan Koguashvili (tenía que ser un nombre clave, nadie puede llamarse así) y me pareció una oportunidad para tener una cita a ciegas en el festival (desde que Margaret se divorció de mí, las únicas citas que tenía eran con mi psicóloga). A los 5 minutos de empezar la película vi que de mi compañera irradiaba una luz como mágica y blanquecina. Llevba un bolígrafo con luz y estaba apuntando cosas. Leí alguna con disimulo: “Kaurismäki no bebe de eso, sino al contrario”, “la tristeza es realmente la carcajada de dios””¿se acuerda alguien de Otar Iosellani?¿Está vivo o tuerto?””Cuando se tiende a ser naturalista, lo natural es un yogur con químicos””el cine negro georgiano es muy blanquito” o “¿Qué hace el gilipollas este leyendo todo lo que escribo?”

Tras la película me presentó a un amigo suyo que había conocido la noche anterior en una fiesta del festival. Creo que venía sin dormir y que a ella le gustaba. Este chico escribía para una revista muy famosa, en plena y desgraciada decadencia, y lo de escribir para él parecía que era lo de menos. Me contó que le gus
taba mucho el cine español y que iba a todas las fiestas. Que le invitaban, que le hacían la pelota, que podía intentar tocarle una teta a alguna actriz (sic) y además podía ir a la gala y votar en los Premios Furor o algo así, que era lo más in, que es donde estaba la gente más trendy y los lobby más cool. Que si quería me presentaba a Maxi Iglesias o Natalia Verbeke, que eso ya dependía de mis gustos. Por un momento pensé que podrían ser sospechosos y por eso decidí acompañarlo a ver películas en español (idioma que me cuesta entender) y que dudaba de que pudiera disfrutar.

Vi 3 en las que no importaba el idioma porque casi no hablaban. Una se llama Pas à Gèneve y la dirigía alguien con un nombre muy raro: lacasinegra. Rara era la película también porque intentaba captar un sinsentido de esos que les da sentido a todo. Como el amor a un equipo. Como el odio a una canción que fue muy importante para ti. El sinsentido que contempla la imposibilidad de rodar el momento rodando justamente  ese momento. El sinsentido de atrapara lo inasible y asirlo así. Eso me parece interesante porque a veces los casos criminales más complicados también son así. Donde ya me perdí es cuando quieren hacer una lectura política también. Ay estos jóvenes intentando abarcar siempre lo inabarcable. ¿O es realmente eso el secreto de esta película cortita pero permanente? Luego también vi una argentina llamada Favula, filmada por un tal Raúl Perrone y que me recordó a la vez que esa chica rara de la universidad me llevó a un museo a ver videoarte. No volvió a llamarme. Yo es que soy inspector y cuando no encuentro pistas pues me despisto y me aburro. Y eso que las imágenes tenían algo adictivo, un sentido de la abstracción.

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Tampoco hablaban demasiado en Dos disparos, pero el principio me hizo no querer que se terminara nunca. Un chico llega de fiesta, se pega dos tiros y no le pasa nada. Un caso magnífico. Si su “no muerte” no tiene sentido imaginaos su “no vida”. Y la de los que le rodean. De su hermano, de su novia, del cuarteto de cuerda, de su madre, de los invitados a las vacaciones, de las vacaciones. Del absurdo de la existencia y de lo divertido de nuestra insistencia. El director de la película, Martín Rejtman, es un tipo listo, endiabladamente listo, listo como un demonio. Se lo comenté a una chica que me presentaron en la proyección, pero me dijo que no le encajaba nada en su visión de cine de género, porque ella era feminista y el feminismo era una manera de trepar en la crítica o al revés otra vez en el cine.n y me metóy el feminismo era una manera de trepar en la cris todo el tiempo hasta que al final te lo explcés (disculpen, la transcripción se escuchaba entrecortada), y que yo era un hombre y que me fuera al carajo, que no fuera al quinto coño, sino al primer carajo. Eso no lo entendí muy bien y me metí otra vez en el cine.

En la última que vi hablaban más pero casi entendí menos. Todo parecía perfecto, dirigida por Alejo Levis, una comedia donde pasan cosas raras y bonitas todo el tiempo hasta que al final te lo explican rápidamente. Y cuando se entiendí todo es cuando yo no entendí otra vez en el cine.n y me metóy el feminismo era una manera de trepar en la cris todo el tiempo hasta que al final te lo explc´ii nada (otra vez la dichosa transcripción), cuando me estaba empezando a gustar mucho. La gente al salir me decía “olvídate de mí” y yo dije a quién habré jodido para que todos se hayan enfadado tanto.

Capítulo 2. Sección Atlas

Tenía miedo de salir de la habitación del hotel. Scotland Yard no me había vuelto a contactar y debo admitir que la primera parte de mi investigación me sumió en el desconcierto total; ¿acaso ese tipo, White, era también otro agente encubierto? Y la chica del pelo corto, ¿se trataba de uno de los objetivos a neutralizar? Todavía sigo sin entenderlo, sin saber qué pudo salir mal. Pero la investigación continuaba y debía asumir una nueva identidad para tratar de desenmascarar a los cabecillas de ese grupúsculo.

Con los nervios de la noche anterior aún presentes, abrí el doble cierre del segundo maletín y extraje de su interior el dossier preparado por la investigación de Scotland Yard. Dentro había un pequeño kit para trabajar en el aspecto que tendría este crítico, una acreditación falsa a nombre de Alan West y varias mudas de ropa. Está claro que Marlowe no quería que la operación se demorase por mucho tiempo. Así que, antes de salir del hotel, ensayé mi entonación, repetí aquellas frases que el dossier recalcaba como importantes y, finalmente, quemé en la papelera toda la información referida a esta nueva identidad. Nadie debía saber quién se oculta bajo mi nuevo rostro.

En la cola del cine, alguien creyó reconocerme —pese a que su cara no figuraba entre los rostros señalados en el nuevo informe—; se trataba de un hombre menudo y algo rechoncho (maldita sea, ¿era la misma persona a la que intenté detener por fraude en Cannes en la primavera de 2010?) que hablaba para que le escuchase el resto de la gente que aguardaba haciendo cola. Sin que se diese cuenta, me fijé en el nombre que figuraba en su acreditación. Como no sé hasta qué punto podía estar comprometida la investigación, le llamaré Black (nombre en clave).

Los quince minutos que pasaron hasta que nos permitieron entrar en la sala se me hicieron eternos; Black no paraba de largar sobre las películas que había visto la noche anterior y yo, mientras tanto, trataba de divisar en la cola los rostros de aquellos objetivos señalados en el informe. Pero no había manera. Black me explicaba su entusiasmo por In order of disappearance, un thriller noruego protagonizado por Stellan Skarsgard. Me decía que lo habían vendido como la clase de película que los hermanos Coen rodarían en un paisaje escandinavo, pero que realmente lo bueno del filme es cómo autoparodiaba la vida sencilla, ordenada y hasta cierto punto monótona que define a Noruega. Casi como una reacción a esa masacre de 2011 en Utøya que percutió contra la fachada de civismo y normalidad que proyectaba el país. De ahí, seguía Black, que la película coquetease con la ironía (¿quién puede creer que el mayor gangster de Oslo es un vegano con problemas paternofiliales?) sin renunciar a la violencia más frontal. Sin ambages. En la que su director aprovechaba cada plano para construir un thriller a la antigua usanza, directo a desencajar la mandíbula, mientras apelaba a la sorna como único vehículo para sonsacarle las miserias a la población noruega.

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Black hablaba y hablaba, hasta el punto de que empezaba a sentirme mareado. Así que aproveché la estampida que se produjo cuando se abrieron las puertas de la sala para darle esquinazo y buscar un lugar estratégico, últimas filas en la parte izquierda, desde el que controlar la situación. Había demasiada gente, cada cual con su acreditación de un color diferente; un crisol de identificaciones de plástico que aguardaba al comienzo de la película. De pronto, mis dos vecinos de fila, un par de muchachos desgarbados que no dejaban de recolocarse una y otra vez sus gruesas gafas, empezaron a hablar entre ellos de otra de las películas que pasaron por el festival. Se llamaba Still, la dirigía Simon Blake y narraba la odisea de un fotógrafo divorciado que intenta, como puede, colmar el dolor tras la muerte de su único hijo. Aunque intentaba no distraerme con su conversación, no pude evitar captar pedazos de esta, como por ejemplo que su director confiaba ciegamente en la labor interpretativa de Aidan Gillen y en la suficiencia de su rostro para plasmar e
se paisaje devastador que sucede a la muerte de alguien cercano. O, también, que a pesar de que resultase algo lenta, Still recreaba muy bien ese lento proceso de demolición interior que sacude a la vida de su protagonista, cosa que evidencia la casa familiar que poco a poco, entre alcohol, drogas y violencia, va degradándose hasta convertirse en un vertedero. Quizá porque ese padre al que interpreta Gillen no es capaz de aceptar que su hijo, al que tanto creía conocer, era en verdad otro subproducto del entorno hostil de las barriadas del norte de Londres. La imagen de una familia fracturada, entregada a sus demonios interiores para no hacer frente a la realidad de la muerte del hijo.

Ahora que las luces se apagaban, creí que podría descansar. Comenzaba la proyección de una de las películas a concurso, pero en lo único que pensaba es en lo difícil que resulta ser crítico.

Tras la sesión de la mañana, salí de uno de los lavabos —donde repasaba mis apuntes— con la intención de acortar las distancias con mi objetivo. Todavía no lo he dicho, pero se trataba de una mujer, una tal Pixie (nombre en clave). Según Scotland Yard dirigía un panfleto crítico, los guerrilleros de Siam, que solo tenía por finalidad socavar la autoridad de los mediadores culturales tradicionales y las grandes publicaciones de prensa; unos insurgentes, terroristas a los que convenía detener antes de que publicasen más reseñas del festival. Al parecer, según tengo entendido, sus primeras crónicas habían desatado el fervor contra los medios oficialistas. Y, sin duda, esta institución fue creada para vigilar cualquier conato de rebeldía. Pasase lo que pasase, había que acabar con ellos.

Sin embargo, cuando estaba a punto de recortar distancia con el grupo de los guerrilleros, otra chica se interpuso en mi camino (¿habrían descubierto mi coartada? ¿Estaría comprometida mi posición en la operación?). Aparentemente, se había perdido en este laberinto de colas y salas y me pedía indicaciones para llegar a la sesión que arrancaba en poco más de veinte minutos. Accedí a acompañarla porque iba en la misma dirección del grupúsculo y, bien pensado, un poco de interacción con otros críticos me serviría para reforzar mi coartada. La chica me preguntó mi nombre, y para evitar que girase la acreditación y lo repitiese (nunca se sabe quién puede estar escuchando) se lo dije rápido y entre dientes: me llamo Alan West.

De camino a la sala, me dijo que la última película que había visto era El ardor, de Pablo Fendrick. ¿Si la había visto yo? Sí, me pareció un buen neowestern crepuscular. Ella enarcó las cejas, supongo que porque se había percatado de lo absurda que era mi salida; absurda o apurada. Así que intenté meterme mejor en el papel y le dije que, más allá de las etiquetas, lo que me había gustado de El ardor era que su trabajo de cámara, de ambientación y de actores se dirigía a la explotación de esas sensaciones únicas que acoge la selva del Paraná. Quizá el esqueleto argumental fuese mínimo, habitado por lo poco que queda de aquellos estereotipos del cine del oeste, pero resultaba hermosa la forma de abordarlos de Fendrick; esa cámara que descendía por las matas de los árboles, que se arrastraba por el barro y adquiría el movimiento sinuoso de un animal, tal y como hace el personaje interpretado por Gael García Bernal; ese atavismo que impulsaba el comportamiento humano más básico, trufado de instintos primarios y de sed de violencia. Tal vez no fuese una película perfecta, le digo, pero sí una que al menos parecía viva, que te transportaba hacia esa remota región selvática para luchar con los más bajos instintos por ese amor, quizá más sensible, que despertaba una extraña en el corazón del bosque.  

Tras dejar a la chica en la cola del cine, aceleré el paso en dirección a un puesto de comida rápido en el que había localizado al grupo de Pixie. Convenía no acercarse demasiado, solo lo suficiente como para escuchar de qué estaban hablando. Así que, mientras disimulaba bebiendo un refresco, pegué la oreja a la discusión acalorada que mantenían entre ellos. Hablaban del último proyecto de Larry Clark, The Smell of Us, y de su querencia por esos adolescentes a los que llevaba retratando toda su vida. Escuché a uno de sus amigos decir que Clark se había dulcificado, que sus películas eran demasiado condescendientes y conservadoras, pese a la apariencia que sus maneras feístas le intentasen conceder en lo visual. Pixie saltó, casi a la yugular, para echarle en cara que Clark es uno de los pocos cineastas que entienden la adolescencia como la clase de momento sagrado que el mundo de la moral y de las prescripciones adultas intentan aniquilar. Por eso, cada uno de sus personajes se revuelve contra las normas para vivir así su vida. Y Clark, atento a cada detalle, construye con su cámara, con sus escenarios marginales o mínimos, el perfecto ecosistema para que puedan vivirla.

Sé por mis informes que el credo que defienden los guerrilleros es, prácticamente, un manifiesto futurista de la crítica. Y lo cierto es que no acabo de entender por qué Scotland Yard tenía tanto interés en neutralizarlos; ¿acaso la vehemencia es una herramienta menos valiosa para juzgar una obra? Estaba leyendo algunas de las crónicas que los medios oficiales habían publicado, algunas citando fuentes del propio festival, y parecía que la guerra continuaba abierta, los cruces de acusaciones al rojo vivo y la bayoneta calada para proceder al ataque. Así que me acerqué hacia ellos para, una vez calmada la trifulca, intentar ganarme su confianza.

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Acabo de leer vuestra crítica de The World of Kanako —les dije. Parecieron sorprendidos, como si la reacción furibunda sobre y contra la película fuese más la artimaña de un poder superior para mantener caldeado el ambiente del festival. Pixie me explicó que lo que le gustaba de Tetsuya Nakashima (al que descubrió por Confessions) era el descaro con el que absorbía el relato cinematográfico. Se puede ser un auténtico mentiroso, pero lo importante es no querer disimularlo. Y Kanako nunca lo disimulaba, al contrario. Se parapetaba tras la rotundidad de sus imágenes, que bebían tanto del cine contemporáneo como del anime y la histeria para poner en escena la negra historia de un padre y su hija, de una Alicia que escarbaba para penetrar en el País de las drogas y la prostitución, y un padre alterado e insoportable que, poco a poco, percibía hasta qué punto era responsabilidad suya el destino de su hija. Aunque Nakashima parecía más interesado por agitar cada imagen hasta lo indecible, por conducir su relato al paroxismo y desbordarlo una y otra vez con guiños, detalles e hipérboles en busca de ese impacto casi olvidado. Sin la condescendencia del último Sono Sion, pero con esa mala baba que inyectaba en cada uno de sus pasajes. A través de unos personajes que sangraban por sus heridas interiores, acosados y destruidos, en un mundo demencial que parecía situarse al otro lado del espejo. Entre suicidas, abusadores y asesinos histriónicos.

Pixie y yo acudimos al último pase del día, Bird People, el filme de Pascale Ferran. Algo no marchaba bien, soy lo suficientemente espabilado como para deducir que sospechaba que les estaba investigando. De otra forma, se me hace raro que hubiese roto esa barrera de seguridad que marcaba con su grupo de amistades para dejarme acceder. En todo caso, las luces se apagaron y la película comenzó. No iba a perderles de vista.

Qué extraña la sensación que me produjo Bird People. Creo que resultaría algo simplista definirla como una fábula humanista, pese a que ambas palabras encajan perfectamente en la línea de la película. Lo que inicialmente comien
za como una historia a retazos, en la que la cámara sigue caprichosamente las vidas anónimas de un puñado de personajes que confluyen en un hotel al lado del aeropuerto, pronto se transforma en esa vida interior que, precisamente por anónima, cada personaje necesita explorar. Tanto da si se trata de un hombre de negocios americano o de una mujer de la limpieza del hotel. Lo hermoso de la película de Ferran es cómo se vale de esa transformación fabulosa en ave para describir la necesidad de romper, de echar a volar (como apuntaba Birdman), en otra dirección o hacia otro destino. O simplemente, en busca de un destino. De ese que los entornos grises, posindustriales y capitalistas, niegan a los personajes mientras los amoldan a una vida de pocas expectativas y válvulas de escape cada vez más limitadas. En la que el encanto perdido de la aventura es, en fin, lo que funciona como línea de demarcación entre lo que se es (porque no se ha podido ser nada mejor) y lo que nos gustaría ser.

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A la salida de la sesión, traté de entablar un diálogo con Pixie; una conversación, algo que me acercase al objetivo para el que había sido enviado. Pero, de pronto, casi sin darme tiempo para reaccionar, me había inmovilizado mientras gritaba, en un tono amenazador, que era una agente enviada por Scotland Yard. Pero, ¿qué demonios? ¿Se trata de una broma de mal gusto? Yo soy el agente enviado, a es a quien ha exigido Marlowe que acabe con ese rebrote de críticos disidentes que amenazan con destruir el precario equilibrio que sostiene a la profesión. No lo puedo creer —decía Pixie mirando a sus guerrilleros. Parece que la oficina ha involucrado a más de un agente encubierto en la operación. Pero, si eso es así, ¿qué sentido tenía que ella fuese uno de mis objetivos? ¿Quería decir eso que podía ser el objetivo de algún otro agente enviado al festival? No entendía nada, y ella (que en realidad se llamaba Susan Prescott, agente veterana en la caza de críticos revolucionarios; había protagonizado una de las misiones más importantes en Venecia en 1994) aprovechó la confusión para desaparecer. Empecé a pensar que Scotland Yard no me había enviado para detener ese extraño brote, sino más bien para jalearlo. Para ofrecerle una excusa al parlamento, las altas esferas y los poderes fácticos que alentase la prohibición y la persecución de la crítica. La destrucción de ese pequeño paraíso de publicaciones digitales triturado por la fuerza bruta de los grandes medios globales.

Estaba siendo utilizado. Ahora que lo sé, esta identidad ha llegado a su fin, debo volver a la habitación del hotel para cambiar mi aspecto. La sección Atlas de la operación Atlántida ha terminado y no he podido descifrar el enigma en el que me hallo envuelto; el porqué de esa pugna, quiénes eran los objetivos y nombres en clave con los que me he tropezado; qué esconde Scotland Yard detrás de este programa. La lucha silenciosa entre el mundo de la crítica y el de la producción audiovisual continúa. Quizá no viva para saber qué sucederá en los próximos días. Es verdad eso que alguien dijo hace tiempo: todos somos prisioneros.

Transcripción recuperada de los archivos de Scotland Yard por los detectives Manuel Brox y Óscar Ortega

Domingo 4 de octubre de 2015