Los días en Sevilla pasaron como las páginas de un calendario en una película de los años cuarenta, y el tiempo nos atravesó sin que fuesemos capaces de hacer poco más que ver cine por huir de sus garras. Los conciertos del SEFF nos marcaron el ritmo de modo que al día siguiente éramos y no éramos los mismos, pues ya pesaban sobre nosotros las secretas y abominables experiencias de la noche, que decía Sábato. Solo que aquí no eran abominables (exceptuando la única cerveza que servían en la sala, que prácticamente obligaba a beber cualquier otra cosa), ni tampoco secretas, cualquiera que vaya a la sala X donde se celebran los conciertos se dará cuenta de que todo es transparente. Nos hubiésemos quedado en ese oasis que es Sevilla para siempre, disfrutando de la retrospectiva de un outsider como Paul Vecchiali, riendo a carcajadas con gratas sorpresas nacionales como Berserker o Amor tóxico en compañía, es un decir, siempre está rodeada, de la omnipresente sevillana de ascendencia sueca Ingrid Garcia Jonsson, que este año además de presentar película venía como jurado; con The Childhood of a Leader en las retinas y su música de obertura en la cabeza, compartiendo espacio con canciones como esta o como esta en compañía de gente maravillosa, comiendo flamenquines y salmorejo, porque este festival y esta ciudad tienen mucho que ofrecer y no nos gusta dejarnos nada en el camino.

Two Friends (Les deux amis; Louis Garrel, 2015. Francia) Sección Oficial / Une histoire américaine (Stubborn; Armel Hostiou, 2015. Francia) Las Nuevas Olas

Y voy a comenzar hablando de Vincent Macaigne, que también andaba suelto por allí presentando dos largometrajes, y que corre el riesgo de encasillarse en el papel de pagafanteur acometiendo estas dos películas seguidas, en las que casualmente su personaje se llama también Vincent. En la primera se enamora de Mona (Golshifteh Farahani), que disfruta de un permiso penitenciario que le permite tener un trabajo y una vida normal durante el día, con el pequeño inconveniente de que tiene que regresar a la cárcel por la noche. Como en toda comedia romántica “de enredo” (me encanta el término, soy un poco viejuno, seguro que a día de hoy tiene otro nombre más actual), el lío viene de algo tan simple que se podría solucionar con que uno de los protagonistas contase un pequeño detalle al otro, pero eso nunca ocurre, y así empiezan estas cosas. ¿De verdad se puede seguir haciendo películas con estas premisas y esos códigos genéricos? ¿Quien es el viejuno ahora, Louis Garrel? Pues se puede. En lugar de decir la verdad, Mona se la guarda para sí, y como no quiere ver a Vincent, no por miedo al compromiso sino porque en realidad no le gusta pero no se lo dice abiertamente, y Vincent es casi tan insistente como el Vincent de la segunda película, acaba, involucrando a su amigo (Garrel, que se hace el interesante, pues para eso es el director) para que le ayude a derribar la defensa rival, del que Mona, que está un poco loca, se enamorará para poner en bandeja el citado enredo. La película se revuelca en el ridículo en más de una ocasión (la secuencia del baile en la cafetería o el momento en que meten a Mona en el coche patrulla son un par de ejemplos meridianos al respecto), y aunque tiene algún detalle cómico ocurrente en conjunto resulta un trabajo muy irregular. Me pareció mucho más interesante la segunda propuesta, Stubborn (Une histoire américaine), en la que el otro Vincent, que en realidad es el mismo Vincent (Macaigne, que coescribe el guion, menudo jaleo), ha viajado de Francia a Nueva York a recuperar el amor de Barbara (Kate Moran) que le larga a paseo con palabras amables, aunque esta no está loca como la de la película anterior y le deja las cosas muy claritas. Él se resiste, y en lugar de volverse a Francia, que está muy lejos, decide quedarse en NY y sin importarle que ella haya rehecho su vida, decide seguir intentándolo con la testarudez que proclama el título, ciego como un ñu en sus embestidas, en el caso de que los ñus embistan. Enfocada en todo momento también como una comedia romántica, se salta muchos convencionalismos a los que al principio aparenta ceñirse, tantos, todos, que al final acaba resultando gratamente sorprendente, y también algo amarga y abrupta, incluso descorazonadora, por ese mismo motivo.

Dead Slow Ahead (Mauro Herce, 2015. España) Las Nuevas Olas / Resistencias

Mauro Herce, director de fotografía en Arraianos o A Puerta fría entre otras, se embarcó durante un tiempo en un carguero filipino para rodar su primer largometraje como director. Dead Slow Ahead es una propuesta no narrativa, de un esteticismo muy cuidado donde la belleza repleta de contrastes de color se mezcla, contaminándose, con la oscuridad del sonido repetitivo, embuclado, de los motores y las maquinarias. En medio de esos paisajes sonoros, el interior del barco se transforma en un entorno opresivo del que a veces nos vemos liberados con largos travellings por el mar en medio de una neblinosa luz diurna, envuelto en otro paisaje sonoro bien distinto esta vez, que no es otro que el rumor del oleaje, para después volver a la claustrofobia que desemboca en algo parecido al terror en secuencias como aquella en la que mientras vemos a los marinos cantando en un karaoke, lo único que escuchamos son los fantasmagóricos sonidos que provienen del viento y las tuberías. Los tripulantes del barco, los humanos, los que normalmente estarían llamados a ser los personajes, son testimoniales en la historia, e incluso hay fragmentos en los que solo escuchamos sus voces, sin importar quienes son, conversando por teléfono con sus familias, mientras lo que vemos son largos y lentos desplazamientos de cámara por el interior de ese enorme amasijo de hierro que es el Fair Lady. El anuncio de inundación en una de las cubiertas, un ojo de buey a través del que solo vemos agua, el corte abrupto de una llamada, y la atmósfera que se va construyendo a lo largo de la película, pueden interpretarse como las metáforas de un hundimiento, el de nuestra civilización a manos de las máquinas.

Afterthought (Hayored Lema’ala; Helad Keydan, 2015. Francia) Selección EFA

Una conversación de bar en mitad de la película nos revela que su título hace referencia a aquellas cosas que se piensan a posteriori, cuando ya no hay solución, cuando ya hiciste o dijiste aquello que no debías, o peor aún, no dijiste o hiciste nada porque no se te ocurrió la respuesta o la acción que ahora, tan solo unos minutos después, sabes que era la correcta. Y hay ocasiones en que incluso no existe la respuesta correcta. La vida consiste en tomar decisiones y equivocarse es parte del camino, pero el amargor no se lo puede ahorrar nadie. Los dos protagonistas de la película viven en Haifa, donde hay unas enormes escaleras, kilométricas me atrevería a decir, que llevan desde la cima del Monte Carmelo a la costa y que se pueden contemplar en el largo plano secuencia inicial que no hace otra cosa que recorrer la ladera de la ciudad con la calma del que no tiene prisa porque sabe que terminará llegando a su destino. Uno de ellos las recorre hacia arriba en busca de un pendiente de su mujer. El otro, las baja para recoger la novela que había escrito a medias con su ahora ex pareja, un manifiesto new age antirreligioso según los adolescentes que tienen ocasión de ojearla, y a continuación salir del país en barco para evitar su reclutamiento. Sus caminos se cruzarán, y antes y después tomarán varias decisiones que i
nfluirán en el devenir de la historia, de sus historias. El humor, a ratos muy negro, puntea la narración de Helad Keidan, donde la amargura brota en los momentos más insospechados y se clava donde más duele, sin posibilidad de sutura ni olvido.

Cemetery of Splendor (Rak Ti Khon Kaen; Apichatpong Weerashetakul, 2015. Francia) Special Screening

La última película del director de Tropical Malady cuenta la historia de una mujer que se presenta como voluntaria en un hospital de soldados que padecen una extraña narcolepsia casi permanente y su relación con uno de ellos, a quien nadie visita, y con una joven medium que se comunica con los espíritus a través de los pacientes mientras estos duermen. Apichatpong rueda en escenarios naturales, sin recurrir a figurantes, con la gente de la calle, casi siempre con planos fijos, dejando la cámara quieta y a sus personajes que hablen, ya sea en el hospital, en un puesto de comida callejero, o en una cabaña en medio del bosque, lo que impregna la narración de realismo. Así, a pesar de que la historia se va contagiando poco a poco de un halo sobrenatural, es abordada paradójicamente por los personajes con toda la naturalidad del mundo, ya sea la sola presencia de los fantasmas, el tránsito por el mundo de los espíritus o la propia naturaleza de la enfermedad. En pocas palabras, Apichatpong rueda lo que le da la real gana. Y le queda fenomenal. No se trata ya de que se permita la inclusión de chistes sobre eyaculaciones, erecciones o un piernilingus (podríamos llamarlo así) a medio camino entre lo erótico, lo grotesco y lo directamente asqueroso. Es que nos muestra un plano de un señor cagando en medio del bosque, un plano totalmente porno, donde se ve perfectamente como sale el excremento de su ano, la mierda de su culo, los zurullos de su ojete, la caca de su esfínter (no sabía decidirme por una), para caer en la tierra. Un plano de dos minutos de un señor que no tiene nada que ver con la historia, que de hecho no sabemos quien es porque se le ve de espaldas, y que sí, es a lo que iba, es totalmente gratuito. Bravo por Apichatpong.

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Amor tóxico (Norberto Ramos del Val)

 

Amor tóxico (Norberto Ramos del Val; 2015. España) Resistencias

En la actualidad ya es una realidad que no se liga como antaño. Ni como en los noventa, ni como lo hacían nuestros padres o abuelos. Ligar por internet y concertar citas con desconocidos está a la orden del día y lo que se casi con toda probabilidad se proponen Norberto Ramos del Val y sus guionistas Toni Junyent y Pablo Vázquez es acercar a las viejas generaciones a lo que es una cita normal y corriente en el mundo actual, como espectadores de lujo, como si la viviesen ellos mismos, pobres. Irene (Ann Perelló, que probablemente aparecerá en mis pesadillas rompiendo un vaso de un mordisco) y Toni (Eduardo Ferrés, que ahora se ha dejado perilla para que no le confundan con su personaje, y con razón) quedan por primera vez en un parque para dirigirse al bar en el que se desarrollará prácticamente la película completa, una auténtica inmersión en los abismos de la locura que desde el momento en que, en un pequeño prólogo, Toni arroja a una chica, que intenta besarle pero de la que él no se acuerda, dentro de un contenedor de basura, no hace sino ir para arriba. Lo que comienza con un camarero tocapelotas, zumo de piña, una tarta de zanahoria y conversación banal e intranscendente, sigue por el encadenado de cubalibres y la charla, aunque cada vez con un habla más estropajosa, se eleva al nivel de los pedos, el colón irritable, el sexo anal (en lógica secuencia), el poder del sexo y quién hace mejor uso de ese poder, el sabor de la regla de Rihanna, de lo locas que están ellas, de lo idiotas que somos nosotros. También se trivializa sobre la violación («si me violan, estaré mal unos días, unos meses, o un año, pero luego se pasa»), momento que se produjo un pequeño pico ascendente de evasiones de la sala, porque sí, la cosa también va de provocar un poco, y en definitiva, se abre una guerra de sexos en la que, como en toda guerra, más tarde o más temprano, habrá violencia y habrá víctimas. Ya dentro del bar, el espectador se siente atado a la situación como si fuera uno de ellos, porque de una cita uno no se puede escapar. O no se debe. Aunque se puede aprovechar una excursión al baño del acompañante, no estaría bien. Aquí el director la aprovecha, la excursión al baño, para meter un videoclip en toda regla en el que Irene se hace dueña de la mesa de billar y se marca un sexy dance totalmente hipnótico al compás de una versión muy libre y pegadiza de Starless expresamente compuesta por Caballero Reynaldo para la película. Amor tóxico, que también se podría titular como el primer disco de La Costa Brava, es un curioso experimento, a ratos salvaje y muy divertido, que tiene el buen pulso narrativo que hay que tener para llevar el peso de la historia casi exclusivamente con dos actores, y que creo que cumple su objetivo, si es que era el que presuponía yo al principio, pues un señor cercano a los sesenta que se jactaba ante sus amigos en la cola de entrada de ser un cinéfilo y que se metía a ver “una española” y que a cuarto día de festival solo le había gustado la de Hitchcock/Truffaut, salía de la sala con una sonrisa. Quizá se divirtió o quizá pensase que se había librado de una buena naciendo en los cincuenta, pero desde luego parecía contento.

Sergio Vargas

Suite armoricaine (Pascale Breton; 2015. Francia) Sección Oficial

Breton no esconde el espíritu proustiano que anida en su film, explicitando las referencias en su particular búsqueda del tiempo perdido, en la conjura de una arcadia olvidada a recuperar. Para Françoise, profesora de arte, significa regresar a su Bretaña natal, alejarse de su asfixiante vida en París, recuperar la memoria y el misterio de su infancia y juventud. Para Ion, quizás el mero hecho de ingresar en la facultad, de sentirse libre e integrado, normal, escapar de un pasado familiar problemático que le persigue. En realidad es un movimiento inverso al de Françoise, pero igual de necesario. Así, la película se bifurca en dos hilos narrativos que se alternan y convergen ocasionalmente, en escenas que se repiten desde diferentes puntos de vista. Bretón establece un diálogo entre la pintura (los cuadros que vemos y/o analiza Françoise) y la geografía (la especialidad de Ion) con el recorrido físico y emocional de sus personajes. De hecho, el film puede pecar de un exceso de cálculo narrativo, pero evita caer en la obviedad. Sin embargo sí que se echa en falta magia y misterio en las escenas evocadoras de la infancia, aquellas que supondrían el clímax narrativo de una obra, por otro lado, ciertamente estimulante.

John From (Joao Nicolau y Mariana Ricardo; 2015. Portugal) Las Nuevas Olas

En su segundo largometraje, Joao Nicolau vuelve a ofrecernos una fantasía cinematográfica acudiendo a uno de sus más básicos fundamentos, la capacidad del medio para convertir sueños y anhelos en realidades. Esto que es el abc del cine espectacularizado que busca al consumidor a cualquier precio, suena casi a provocación en el contexto del cine de autor. La adolescente Rita que languidece enamorada no está muy lejos del Manuel de A Espada e a Rosa atrapado en la rutina diaria, o del niño de Gambozinos que se mueve en el agresivo entorno de un campamento de verano. En Rita ya habitan una serie de códigos que evocan esa necesidad de fantasía, como los mensajes que intercambia en el as
censor con su amiga o el “oráculo” que comparten. A pesar de fenómenos en principio ajenos que se van filtrando en la pantalla, tenemos que pensar que ella es la verdadera demiurgo del relato, aquella cuya voluntad termina imponiéndose. Quizás la resolución no esté a la altura del resto del film, lastrada por unos pobres efectos digitales, pero es realmente difícil no empatizar con una propuesta de tanto encanto. El universo adolescente que propone Nicolau combina humor y ternura, siempre guardando una respetuosa distancia con los personajes a través de una puesta en escena estilizada que escapa al naturalismo.

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Las mil y una noches (Miguel Gomes)

 

Las mil y una noches (Miguel Gomes; 2015. Portugal)

Para un autor obsesionado con la fabulación y los niveles narrativos, acudir a esta mítica colección de relatos como soporte estructural de su nueva obra supone una operación tan lógica como estimulante, ya no digamos si el resultado es una trilogía. En el contenido, sólo se mantiene contacto con su referente literario en lo concerniente a Sherezade, la esposa del sultán que necesita mantenerle en vilo encadenando historias para detener su dinámica sanguinaria. Por encima, Gomes añade otro nivel metanarrativo e introductorio del que es protagonista, en cierto sentido como ya había hecho en Aquel querido mes de Agosto. Pero el núcleo del film lo compone la recopilación de historias inspiradas en hechos reales del Portugal actual y servidas en diferente grado fabulador. Así, Gomes erige un fresco del rescate económico, navegando entre la ficción y el documental, la fantasía y el reflejo de la realidad, desde la metanarratividad y una muy jugosa libertad de tono. En un trayecto que va desde la oralidad hacia el texto sobreimpreso, Gomes da salida a la trilogía poniendo en crisis el relato y su vorágine, reflejo de la que sufre la propia Sherezade al principio de la última entrega, y de esta manera se termina disolviendo la narración. Podría ser también una manera de sugerir la marginación de los relatos socio-económicos alternativos al oficial y dominante. Como resulta lógico en una propuesta de este tipo, en la que se juntan materiales de muy diversa naturaleza, la irregularidad es inevitable, pero el global muestra una gran consistencia. Desde luego Gomes va sobrado de audacia y ambición, y seguramente estemos ante la obra cinematográfica de referencia sobre la crisis del euro.

Rabin, The Last Day (Amos Gitai; 2015. Israel)

El asesinato de Isaac Rabin perpetrado hace ya dos décadas continua siendo una herida abierta en Israel, indefectiblemente ligada a la perennemente irresoluble “cuestión palestina”. Mezclando imagen documental con la recreación de una comisión de investigación de los sucesos, Amos Gitai se adentra en los pormenores del magnicidio, en una operación que hasta cierto punto nos puede hacer pensar en el J.F.K. de Oliver Stone. Seguramente estemos ante lo que comúnmente se denomina como un film necesario, que deja en evidencia las miserias de una sociedad y un sistema político que no andan escasos de ellas. Pero precisamente el problema es esa evidencia, la obviedad y el énfasis, todo ello despachado desde la solemnidad discursiva. Se configura así una obra maniquea, lo cual no significa que falte a la verdad. En sus mejores momentos dramatizados, que Gitai ilustra con largos planos secuencia combinados con el clásico plano-contraplano en los interrogatorios, se sugiere la teoría del complot, hasta qué punto sería imposible salirse de los postulados del sionismo radical en Israel sea cual sea la voluntad popular reflejada en las urnas. Pero la representación del odio, el fanatismo y la manipulación resulta en esta ocasión tan poco estimulante en pantalla como lo suele ser en la vida real.

Luis Fernández