Cuando el destino nos alcance

En una entrevista —recogida en Conversaciones, 1972-1990, Pre-Textos, 1995— con Gilbert Cabasso y Fabrice Revault d’Allones, Gilles Deleuze reflexiona sobre la relación entre cuerpo y pensamiento, y utiliza a Dreyer y Kierkegaard como respaldo. Este último pensaba, como Dreyer, «que todo consiste en ‘hacer’ el movimiento, que sólo la ‘elección’ podía hacerlo: esta decisión espiritual se ha convertido en un objeto apropiado para el cine». O, para decirlo más simplificado, «lo que el cine narra es sólo aquello que le permiten narrar los movimientos y los tiempos de la imagen». Depende de la regulación del movimiento que éste produzca una historia o, por el contrario, una sucesión de devenires. En definitiva, «la narración es, en el cine, como lo imaginario».

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La mayoría de las ficciones urdidas por J.J. Abrams giran en torno a las elecciones individuales y las situaciones que se derivan de éstas. En ellas, todo está abierto a la contingencia, a la desorientación que implica estar ante un manojo de alternativas y sentir que optar por una cualquiera puede alterar la vida de sus protagonistas. Pero ese deambular acaba derivando en un sentido de autorrevelación de la naturaleza de sus personajes. Como si vagar, regresar al punto de partida o perderse en la jungla reflejase el carácter abierto de la narración de Abrams, que prefiere reconstruir la nave en alta mar antes que llegar definitivamente a puerto. Una decisión que Abrams aprovecha para retratar a sus espectadores como exploradores de la imaginación de lo imposible.

Desde este punto de vista, Perdidos (Lost, 2004-2010) podría ser una narración sobre nuestro deseo de hallar una ficción que rellene los huecos presentes en nuestra realidad. Un artificio que nos ha venido explicando de qué manera el cine apela a nuestra propia responsabilidad como constructores de todo relato. Y cómo esta última idea acaba filtrada en nuestra propia vida, en la encrucijada de nuestras decisiones y en la relación que hilvanamos entre elegir y hacer, eligiendo entre una vida constituida por devenires o por una historia descrita en movimiento uniforme y, tal vez, acelerado. Perdidos es, con su narrativa atravesada en forma de loop espaciotemporal, un vehículo ideal para observar de qué manera el tiempo afecta a las decisiones que tomamos, a nuestra identidad y al sentido de un mundo que configuramos con cada nuevo gesto. De ahí que sea tan importante analizar el destino de unos personajes extraviados entre el pasado y el futuro, para los que el auténtico reto es hacer de su presente una realidad tangible. Como cada una de nuestras decisiones.

La repetición

Kierkegaard señaló que lo que para los antiguos griegos representaba la anamnesis o reminiscencia —todo conocimiento es recuerdo—, en la Modernidad sería sustituido por la repetición. ¿En qué lugar nos deja esto? Para el filósofo danés, «Repetición y recuerdo constituyen el mismo movimiento […] lo que se recuerda es algo que fue, y en cuanto tal se repite en sentido retroactivo. La auténtica repetición, suponiendo que sea posible, hace al hombre feliz, mientras lo hace desgraciado, en el caso, claro está, de que se conceda tiempo suficiente para vivir y no busque, apenas nacido, un pretexto para evadirse nuevamente de la vida, el pretexto, por ejemplo, de que ha olvidado algo» (Kierkegaard, Søren, La repetición, Alianza ed., 2009).

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La relación entre Daniel Faraday (Jeremy Davies) y su madre, Eloise Hawking (Fionnula Flannagan), es extraordinaria en su manera de construir los sentimientos de ambos con carácter retroactivo. Sólo cuando la narración (episodio 5×14, The Variable) alterna fragmentos del pasado de ambos con el encuentro imposible entre una Eloise embarazada y su futuro hijo, se despliega el amor que ha permanecido oculto en la dedicatoria manuscrita del cuaderno de Daniel. Así, entendemos la dedicatoria como el viaje hacia un pasado atravesado por el recuerdo —de lo que nunca fue— y la repetición —de lo que siempre, indefectiblemente, será. O cómo la decisión de Eloise acaba priorizando la deliciosa seguridad del instante —¿cuántas veces tomarán Daniel y Eloise el mismo camino?—, sin tiempo para la melancolía propia del recuerdo.

Repetir significa primar un instante por encima del resto; aislar la seguridad que implica volver a vivir ese pedazo de tiempo y experimentar el placer de regresar a él continuamente. En Perdidos, sus protagonistas no paran de saltar en el tiempo. La imposibilidad de representar un presente alternativo es lo que dispara su melancolía, el recuerdo de todo lo que ha sido borrado y, sin embargo, todavía sienten en su interior como  inextinguible. Tal vez, porque a diferencia de Faraday, Jack (Matthew Fox) o Sawyer (Josh Holloway) se ven a sí mismos como individuos de pasado traumático, y es la experiencia sufrida en la isla la que ha despertado su conciencia. Como si su destino consistiese en permanecer en tránsito, sin un lugar donde asentarse hasta conseguir entender su naturaleza, hasta hacer del recuerdo el fundamento de la decisión que les ha llevado a ese lugar. Por eso, es interesante observar la forma en que la lucha entre repetición y recuerdo marca el destino de los personajes. Elegir la seguridad del instante o sacrificarla por el rumbo incierto que adquiera tintes de autorrevelación, que nos sitúe en un mundo al que nunca supimos acceder.

Interpretar un futuro incierto

Uno de los atractivos de Perdidos radica en presentar el juego entre flashbacks y flashforwards como la tensión que atenaza a unos personajes que desean colmar una realidad incompleta. En Ji Yeon (episodio 4×7), el parto de Sun (Yunjin Kim) se intercala con la búsqueda del oso panda de peluche que emprende Jin (Daniel Dae Kim) desde el inicio del capítulo. Pero lo que a nuestros ojos adquiere una línea narrativa clara, es finalmente presentado como una ruptura entre pasado y futuro que interpreta el deseo de Sun de reunirse con su marido, al que la última secuencia niega la posibilidad de regresar. Por otro lado, en The Constant (episodio 4×5), Desmond (Henry Ian Cusick) confiere un carácter homérico —superar una serie de pruebas— a la empresa de reunirse con su novia, Penny (Sonya Walger), mientras el salto constante entre un tiempo y otro revela la inestabilidad/dificultad de un deseo que ansía hasta el sacrificio.

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La peculiar visión del tiempo hace de Perdidos una ficción que reflexiona sobre la base de nuestra vida: las elecciones y sus consecuencias, pero, sobre todo, la imagen que estas últimas proyectan de nosotros mismos. La velocidad con que pasamos de héroes a villanos, la fragilidad de nuestros sentimientos, la caducidad de los sistemas morales. En otras palabras, la vulnerabilidad de los seres humanos; una vulnerabilidad que repercute sobre nuestro futuro, que no cesamos de construir con cada nueva decisión. Por eso, una de las más bellas imágenes de ese desorden se produce durante los primeros capítulos de la quinta temporada, en los que el grupo de supervivientes salta de un tiempo a otro, alterando cada uno de ellos, y participando de la sensación de no pertenecer a una realidad y, a la vez, pertenecer a todas.

Si hay una idea interesante que atraviesa la obra de Deleuze es, sin duda, la de desentrañar las fuerzas que actúan bajo la representación de lo idéntico. Al fin y al cabo, la Modernidad ilustró la pérdida de las identidades y descubrió toda esa multiplicidad, cuyo eco podemos retomar apelando a su representación en esa narración hecha de devenires. A su manera, Perdidos se erige como gran metáfora de ese sentimiento de pérdida, de esa tensión entre nuestro deseo de remodelar —tal y como hacemos con el cine— una realidad que no colma nuestras necesidades en todos los aspectos. El tiempo es aquí un material blando, moldeado por nuestra imaginación para dibujar lo que somos —individuos que cada vez juzgan más difícil hablar de identidad— y callar lo que sentimos —el anhelo de un futuro que, como la repetición, prime ese instante de seguridad y bienestar; que permita detener la búsqueda de un nosotros, de un yo, porque por fin lo hayamos encontrado.  En definitiva, la relación entre elegir y hacer. O, en el contexto de una relación sentimental, «en el alborear de la pasión amorosa luchan entre sí el presente y el futuro para alcanzar una expresión eternizadora». Ser nosotros mismos.