Desgranados ordenadamente los primeros 8 episodios de esta última temporada, continuamos con el espectáculo… Como siempre, NO se recomienda seguir leyendo si no has visto alguno de los capítulos. Aviso: los textos que siguen pueden contener SPOILERS.

6.15 – What They Died For (dir.: P. Edwards; gui.: E. Kitsis & A. Horowitz & E. Sarnoff)

Algunas de las mejores obras de Brian de Palma muestran detalladamente el proceso de (des)montaje de sus ficciones. En su penúltimo escalón, Perdidos funciona como la construcción de ese entramado dramático que coagulará en el finale. De un lado, Desmond reúne —o provoca su unión— a todos los protagonistas. En la isla, el otro Locke vacía el relato de intereses periféricos —la subtrama de Widmore y su expedición— para preparar el decorado de lo que siempre ha sido una lucha de contrastes. Y en su entrecruzamiento, ambos espacios dan cuenta de los prolegómenos para una conclusión que, como la fiesta benéfica organizada por Eloise Hawking, se prevee un acontecimiento. En este sentido, What They Died For es un episodio valioso en su forma de articular acciones y sucesos; Ben se identifica al mismo tiempo como lo más cercano a una figura paterna para Alex y como el padre que termina vengando su muerte asesinando a Widmore; Desmond aprovecha su condición de anomalía para agrupar a los losties y, simultáneamente, erigirse en arma de destrucción masiva para la isla. Y mientras se desarrolla la deliciosa especulación de lo que sucederá —Jack como nuevo Jacob, Locke culminando su plan de escape, etc.—, la ficción concluye depalmianamente una vez los preparativos para la fiesta han terminado.

Óscar Brox

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6.14 – Across the Sea (dir.: Tucker Gates; gui.: D. Lindelof & C. Cuse)

Se acerca el final de la serie y llega el momento de decepcionar a su público para Lindelof y Cuse. Implicar tanto al espectador en la evolución de la serie —todos hemos formulado teorías sobre lo que ocurría en la isla— tiene el efecto positivo de conseguir unos fans fieles, pero también el negativo de que cada uno pretenda que se cumplan sus propias expectativas. No es casual que sean los propios showrunners los que firmen este capítulo, a priori el que tenía que mostrar de forma más profunda la mitología de Perdidos, y que en cambio ha resultado ser —como, al fin y al cabo, ha ocurrido durante toda la serie— un viaje personal, una experiencia íntima, que ha rellenado algunos huecos pero ha dejado otros tantos abiertos. Algo que, demasiado a menudo, olvidamos que es la clave de la mayor parte de los mitos: que suelen dejar espacio para la imaginación, sugiriendo mediante la elipsis la amplitud de un universo que, sobre el papel, a la hora de la verdad, no es tal. Lindelof y Cuse vuelven a los símiles religiosos, y los paralelismos bíblicos de las figuras de Jacob y de Flocke —¿o realmente deberíamos llamarle Esaú?— son cada vez más evidentes. La fidelidad del primero hacia su madre adoptiva, con actitud silenciosa y pasiva —como es, por otro lado, la religión católica—, refleja su propia relación con los que después serán sus seguidores; en cambio, la actitud activa, aventurera del segundo, prefigura también su relación mucho más física, más directa, con los supervivientes. De la misma forma, se establecen intencionados símiles con los protagonistas principales de la serie: Jack es, como Jacob, un héroe humano que debe asumir una misión por encima de sus posibilidades a base de fe ciega, de confianza; y Locke era/es, como ‘Esaú’, un héroe primordial, un «niño especial» —¡otro más! — con una conexión especial con la isla pero que, finalmente, no puede cumplir las expectativas puestas en sus capacidades. De todas maneras, lo más fascinante del episodio es cómo los creadores emborronan, ya definitivamente, los límites entre el bien y el mal, entre la luz y la oscuridad: en Perdidos no hay valores morales absolutos, sino decisiones humanas, subjetivas y, en demasiadas ocasiones, erróneas.

Tonio L. Alarcón

6.13 – The Candidate (dir.: J. Bender; gui.: E. Sarnoff & J. Galasso)

En un momento del episodio, Jack visita la residencia donde está internado Anthony Cooper para conocer quién es John Locke. Más adelante, es Locke quien desvela la causa de su resistencia a ser arreglado: el único momento en su gris existencia que se acercó al perfil del Locke que conocimos durante la serie —intrépido, decidido— fue el que le condenó a vivir en una silla de ruedas. Como un reflejo de su fantasmal presencia en la isla, Locke ha dejado de ser el hombre de fe para convertirse en un individuo sin pasado que, precisamente, conserva todo lo que ama negando esa parte de su interior con la que alguna vez recaló en la isla. Todo lo contrario que Jack, quien es a través de sus decisiones límite, errores y humanidad como, paulatinamente, siente esa tensión que amenaza con colapsar ambas realidades. Lo bonito del episodio es la forma en que, a partir de una serie de pérdidas —la del recuerdo de un Locke definitivamente vampirizado por su némesis, la de la separación inevitable de los Oceanic Six, la de unas manos que se alejan lentamente—, surge un candidato para erigirse como líder de una isla, una realidad que apela a nuestra humanidad como única manera de sobrevivir en el interior de su corazón. Es el único contexto en el que no podemos negar lo que somos, en el que la acción de Locke tiene su efecto en la reacción de Jack.

Óscar Brox

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6.12 – The Last Recruit (dir.: Stephen Semel; gui.: P. Zbyszewski & G. Roland)

Mientras en Los Angeles todos los reencuentros siguen su curso (Jack conoce a su hermana Claire y está a punto de operar a John Locke mientras Sun da a luz en el mismo hospital), como siempre está ocurriendo en los últimos capítulos, todo es nuevo (como reescritura de la historia) y a la vez conocido (en lo tocante a los personajes), en la isla es donde empiezan a aclararse algunos misterios. Y a dejarse abiertas nuevas incógnitas, probablemente fundamentales en el devenir y que no tardarán en despejarse. Para empezar, Sayid se queda solo apuntando a Desmond pero el posible asesinato de este es elíptico (lo cual es un bonito detalle), y no es nada nuevo que los personajes de Lost digan mentiras, así que cuando le dice al Locke malvado que lo ha finiquitado, no solo ningún espectador tiene la certeza de que sea así, sino que además guardan la esperanza. Sun y Jin se reencuentran en la playa, pero ¿Quién sabe lo que les aguarda a partir de ahí? Uno de los dos es un candidato, pero ¿Tiene algo de bueno serlo? Queda poco, y lo que se avecina es de traca, pronto sabremos las intenciones del Locke falso, que a veces, hasta parecen buenas, como cuando promete a Sayid el reencuentro con su amada, y a veces se nos pasa por la cabeza si no será esa otra vida paralela lo que se han ganado (o merecido) los protagonistas en función de a qué bando se arrimen en la isla. Pero las cosas cambian tan deprisa de un capítulo a otro que nunca se puede estar seguro de nada. Y eso es muy bueno.

Sergio Vargas

6.11 – Everybody Loves Hugo (dir.: Daniel Attias; gui.: E. Kitsis & A. Horowitz)

En un momento, en unos episodios, en los que la Isla amenaza con anularnos, atraparnos, a todos (personajes, guionistas, espectadores) hay que recurrir a valores seguros. Y, aunque inicialmente puedan parecer acciones desesperadas, tal vez sean las más racionales y coherentes que se puedan decidir. Everybody Loves Hugo nos evidencia que todos somos Hugo. Cuando el mal se ha reencarnado en Locke, ha dejado a Claire y Sayid como un par de zombis, cuando Jack y Ben ya no son lo que eran, cuando el hilo argumental parece enredarse en las escaramuzas en el bosque o batallas de temporadas pasadas, siempre es necesario volver a Hugo. Por que Hugo es, aun en su locura, aun con su capacidad paranormal de hablar con los muertos, el personaje más sensato de todos ellos. Podemos empatizar con Hugo. Entender sus flaquezas, sus temores y, sobretodo, compartir sus dudas. Por ello, mientras Hugo triunfa en la vida alternativa (montando McPollos en las Pirámides y siendo premiado por el Dr. Chang), los espectadores podemos aproximarnos al Hugo de la Isla, con sus «hey, dude«, sus temores, sus referencias a Star Wars o sus improvisadas e imprevistas reacciones. Hugo es el valor seguro de Lost y sabemos que todos los episodios en los que juega un papel relevante son episodios destacados. Everybody Loves Hugo no lo es menos y, aun manteniendo el duelo entre el Mal y los supervivientes (con explosivo homenaje a Arzt), va más allá de las fascinantes piruetas que Happily Ever After elaboraba entre las realidades paralelas para hacer un doble salto mortal sin red. El salto deslumbrante que revela mucho más que la identidad de los susurros. El salto que revela la intrincada construcción argumental urdida por J.J. y que ya intuíamos en episodios previos. La filigrana que engarza con precisión la vida alternativa y la Isla. Anna Petrus (ver más abajo comentario capítulo anterior) nos recordaba cómo Faraday anotó que «si todo va mal, Desmond será mi constante». Todo lo visto en el episodio previo, en la serie en su totalidad, consolida en este episodio a través de Desmond, personaje consciente de la doble realidad y decidido a actuar en ambas vidas para resolver el enroque, sea con la ayuda de terceros o con acciones ejecutivas enfrentándose, cara a cara, al mismísimo Mal. Queda la sospecha de que él sea, realmente, la única constante de la historia y que pudiera estar, como Ulises, condenado a vagar, a repetir, eternamente el mismo ciclo de una vida a otra, de tierra firme al infierno de la Isla, para salvar a la Humanidad de la destrucción. Quedan pocos episodios para saberlo con exactitud.

Antoni Peris i Grao

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6.10 – Happily Ever After (dir.: J. Bender; gui.: D. Lindelof & C. Cuse)

Ya era hora que un capítulo de la sexta temporada de Perdidos nos hiciera vibrar como hemos vibrado a lo largo de las cinco primeras etapas de la serie. Y tiene todo el sentido que haya sido un capítulo dedicado a Desmond Hume el que haya vuelto a tensar los hilos de una trama que, afortunadamente, aún está lejos de haber sido resuelta. Como ya ocurriera en el famoso capítulo La constante (4X05), Desmond parece ser el único personaje de la serie que posee la capacidad de entender cuáles son las consecuencias del verdadero misterio resguardado en la isla, incluso como si poseyera un conocimiento mayor que el propio Jacob o su Némesis. «La isla no ha acabado aún contigo», le espeta Charles Widemore al inicio del capítulo, haciéndole saber que lo ha traído de vuelta a la isla en contra de su voluntad. Una frase que los seguidores de la serie reconocemos al instante y que, de un modo u otro, nos adentra de nuevo en el laberinto de la incertidumbre que, para nuestro gozo, parece que la vuelve a dominar. Aunque lo interesante del capítulo no se encuentra, por supuesto, en los fragmentos que transcurren en la isla sino en aquellos que discurren en Los Ángeles. ¿Cómo volver a unir a los personajes en un lugar-tiempo en el cuál se supone que nada de lo que vimos en las cinco temporadas precedentes ocurrió y, por tanto, ninguno de los personajes llegó nunca a conocerse? Sin duda, parte de la pérdida de interés de la sexta temporada de Lost, al menos por lo que respecta a los capítulos vistos hasta el momento, reside en el temor de los guionistas a abandonar el espacio de la isla como eje gravitatorio de la serie. Y, de hecho, la narración que transcurre en ella es demasiado átona, a menudo disciplinada y excesivamente recurrente; agotada hasta el punto que las motivaciones de los personajes se nos antojan débiles e inverosímiles. En cambio, todo lo que ocurre en Los Ángeles, o lo que imaginamos que pudiera llegar a ocurrir, se encuentra en la esencia misma de la serie. Aquello por la cual sus seguidores la seguimos. En los fragmentos de Los Ángeles de Happily ever after, Charlie explica que sintió el verdadero amor al poder imaginar a una mujer rubia preciosa a quien no conoce (Claire) justo en el momento en que pensaba que iba a morir durante el vuelo Oceanic 815. Por su parte Desmond es capaz de ver en sueños, tras haber sufrido un accidente de coche, su vida «ahora no vivida» al lado de Penny. Y, como no podía ser de otro modo, justo en este momento llega Faraday, auspiciado por su inquietante madre Eloïse, para insinuarle que quizás existe una vida que le pertenece y que él no es capaz de recordar. Deberemos esperar para saber cómo acaban confluyendo las dos vidas, la nueva y la ya vivida aunque no recordada. Aunque llegados a este punto no deberíamos olvidar lo que Faraday escribió en su cuaderno científico en el transcurso de la cuarta temporada: «Si algo va mal, Desmond Hume será mi constante».

Anna Petrus

6.09 – The Package (dir.: P. Edwards; gui.: P. Zbyszewski & G. Roland)

Parecen querer dar la razón los creadores de Lost a mi gran amigo Enrique Pérez Romero cuando éste me dice que en cada uno de nosotros impera la condición humana sobre cualquier influencia externa. Vamos, que somos quienes somos sean cuales sean las circunstancias que nos rodeen: leales o traidores, amantes o enemigos… líderes o seguidores. Nuestra naturaleza parece ser incorruptible a pesar de la influencia del espacio y el tiempo. En ese cronopaisajeque es Perdidos sólo faltaba saber cómo serían las vidas de sus protagonistas en un presente paralelo: la explosión que remata la 5ª temporada ha abierto una brecha en el tiempo en el que cada personaje es proyectado a una serie infinita de dimensiones. Nosotros vemos sólo una de ellas. Asistimos a las convergencias vitales de unos seres más allá del feliz aterrizaje, sin accidente de por medio. Pero ellos parecen seguir igual: Sun también está embarazada (a pesar de que Jin no es su marido, sino sólo su guardaespaldas… y amante, claro: su naturaleza es la de estar juntos a pesar de las fuerzas que intentan separarlos), e incluso la sorprendente aparición de Mikhail (un nuevo molesto cameo de los que habla el compañero Antoni Peris, aunque empecemos a atisbar que la mano negra de Charles Widmore es más larga y más oscura de lo que suponíamos, relacionando en el mismo plano al tal Bakunin con el mercenario Martin Keamy) remata su presencia con un tiro en el mismo ojo en el que lucía un parche en la estación llamada La Llama. Las dimensiones se contaminan y distorsionan como en Alicia a través del espejo, y la Isla cada vez más se configura como un espacio irreal, de pesadilla, resonando con más fuerza su carácter infernal: una Caja de Pandora, que, una vez abierta, desata su furia más allá de la realidad tangible que creíamos habitar.

Israel de Francisco