…Y rezamos para no volver jamás

«Caminamos por colinas de cebollas y metal,
Por recuerdos de otras vidas,
Cosas que han pasado ya.
Y aunque los huesos duelen,
Cada paso duele más,
Algo así no debería terminar
»
(Toxicosmos, Los Planetas)

Haciendo bien las cuentas, todos llevamos pisando miles de islas a lo largo de nuestra vida. Espacios que nos permiten acercarnos a ese ideal del yo o a ese ideal del . Espacios donde nos perdemos y dejamos de ser lo que siempre hemos sido para convertirnos en lo mejor (o lo peor) que podemos ser. Espacios que le dieron libertad a Sayid para curar sus heridas, a Locke para encontrar un sentido a una existencia aciaga, a Jack para arreglarlo todo, o a Sawyer de formar parte de una apacible vida en una poco díscola comunidad hippie.

Yo llegué a mi isla casi de casualidad, de forma escogida pero también preso de una gran dosis de arbitrariedad, como si se tratase de un camino que pudieron ser otros tantos. Mi isla no estaba en el Pacífico: radicaba en Somosaguas y su núcleo no era una luz brillante sino un aula tirando a cutre de un Master (dicen que con pedigrí) de Psicología. Esa isla lo cambió todo porque después ya nada fue igual. Mi Oceanic 815 fue un autobús con una A estampada en su cristal, y Moncloa como anclaje a una vida de cuyos restos me fui despojando a medida que las conversaciones nocturnas iban dejando un legado indeleble…y abriendo un futuro enigmático. Sí, a mi isla llegué casi por accidente, aunque haya otros que eligen las suyas.

Tonio, por ejemplo, optó por una bella isla en Agosto del año pasado, un espacio con retorno desde el ’82 y donde espero no tenga problemas para concebir nuevos retoños. Lolo la escogió hace ya bastantes años, cambiando el malecón por una isla de cemento donde ha echado raíces sin perder las suyas. José David y Sergio han abandonado el cabo por la península, y les ha quedado la Renfe como viaducto cuando la soledad aprieta y los lazos afectivos escuecen. Y David también renunció a una isla que no se llamaba Hydra sino Laura, apostando por un trayecto que le ha permitido ser más libre y valiente y al mismo tiempo sentirse más solo.

Otros, no obstante, se convierten en intérpretes inesperados de una película cuyo rol nunca pensaron en desempeñar. A Lía, por ejemplo, la empujaron sin que ella decidiese nada, sin sutura que fixear ni pecados que redimir: la isla fue cruel en el momento en que Jacob se equivocó de candidata. Y Laura jamás imaginó que lo que separaba la Autónoma de la Complu, aparte de la N-VI, era un vasto océano que la convertiría en protagonista de un hermoso tsunami emocional cambiándola para siempre. Todos y cada uno de ellos, al igual que todos y cada uno de vosotros, han encontrado en Perdidos una evocación diríase mítica, un espejo deformado de los vaivenes que la vida nos depara, de las decisiones que tomamos (o a las que nos vemos empujados) en un intento por alcanzar la felicidad. Perdidos es, entonces, la aceptación de lo que somos y la firme voluntad por llegar a ser lo mejor que podamos.

Una isla

Si la isla es conflicto, la isla es el self. Y la luz el último secreto de la existencia, de ahí la incapacidad para poseerla sin que ésta nos destruya antes. Y los personajes, aquellos aspectos de nuestra personalidad que luchan a diario por alcanzar un equilibrio. El océano es un cuerpo que nos impide salir de una isla. Una isla como psique que lucha por hallar una homeostasis que nos permita enfrentarnos con destreza a los retos del futuro.

Y Jack la ofuscada voluntad de ayudar cuando es uno el que necesita ayuda.

Y Locke la abyecta perseverancia de quien no tiene nada por lo que luchar.

Y Sawyer la arrogancia que esconde tantas carencias afectivas.

Y Jin y Sun la ausencia de comunicación que emerge ante la dificultad para ponernos en la piel del otro.

Y Kate la falsa seguridad del que no sabe realmente quién es.

Y Hugo el altruismo patológico que hace que nos olvidemos de ocuparnos de nosotros mismos.

Y Sayid la búsqueda de otro yo que pueda redimir lo que me han obligado a ser.

Y Ben la enfermiza necesidad de formar parte de un espacio al no pertenecer a ninguno.

Y Charlie la lucha entre el éxtasis juvenil y la necesidad de asumir responsabilidades.

Y Desmond la desesperanza última que aparece cuando queremos dar sentido a algo que nunca lo tendrá.

Y Richard el sacrificio, el martirio, la agotadora tarea de asumir una carga que no es nuestra.

Y Jacob como la voluntad de ordenar el caos.

Y la isla como el espacio donde reordenarlo todo.

Un epílogo

Pese a su abierto carácter de entretenimiento cultural, Perdidos me ha transmitido (o activado) conceptos que otros productos audiovisuales no han conseguido, debido en parte a una particular vinculación emocional, debido a la empatía generada por unos personajes en los que me he visto reflejado, y cuyos valores (sean superfluos, new age, torpes, tramposos, etc…) se han adherido a mi sistema de constructos en base a la solvencia de unos creadores que han manejado sus ingredientes con un envidiable acierto. Poco importa que sus recursos hayan sido directos y evidentes, subrayados hasta la náusea (de hecho, ¿cuáles ya no lo son?), si por el camino nuestros sentidos se han despertado y nuestra psique se ha enriquecido; si mis neuronas se han estrujado cada sábado noche y mi amígdala ha disparado incontables cantidades de neurotransmisores.

Así, Perdidos, como si se tratase en el fondo de una terapia de larga duración, me ha recordado que a duras penas podemos controlar las cosas por mucho que planifiquemos el próximo fin de semana; me ha recordado lo difícil pero valioso que es vivir aceptando las inseguridades del día a día; me ha ayudado a convivir diariamente con ese misterio último que es la existencia; y he comprobado (también en este periplo) que los obstáculos inesperados no son trabas sino oportunidades que la vida nos brinda para poder crecer. En resumen, Perdidos me ha hecho tomar conciencia que detrás de una puerta que se cierra, por muy doloroso que esto sea, hay otras muchas que se van abriendo.

Moving on pues, nos veremos en la próxima isla.