Condenado a ser héroe

Camina entre nosotros, pero no es uno de nosotros». Eso es lo que le escribió Achara, su fugaz amante tailandesa, en el tatuaje que, al menos en teoría, reflejaba su esencia más profunda. No es casual, en ese sentido, que Jack apareciera en la ficción de Perdidos solo, entre los juncos de la isla, y haya acabado muriendo de la misma forma —produciéndose así un estremecedor sentido cíclico de la historia—. Su naturaleza de héroe, de salvador compulsivo, lo convierte en un eje fundamental dentro de la estructura argumental de la serie —es uno de los personajes que más contribuyen a mover adelante las tramas, en hacer avanzar la acción—, pero también en alguien condenado al sacrificio, a la renuncia, en favor de aquellos que le rodean.

Darle interés y peso dramático a un héroe clásico como el que representa el cirujano dentro del entramado dramático de Perdidos es auténtico encaje de bolillos. Resulta fácil caer en la simpleza y en la ingenuidad —y si no, que se lo digan a George Lucas: ¿qué habría sido de Luke Skywalker de no haber mediado la intervención de Lawrence Kasdan?—, así que la cantidad de matices y de aristas con los que Damon Lindelof y Carlton Cuse han dotado a Jack definen muy bien sus habilidades como guionistas. Su conflictividad, su continuo rechazo hacia la confianza en él que tienen los demás, no hacen más que humanizar y hacer comprensible —¿quién no se agobiaría ante tamaña responsabilidad? — a un personaje que, como bien dijo Jacob sobre todos los losties, antes de llegar a la isla era profundamente infeliz en su obsesiva carrera por estar a la altura de las exigencias de su padre Christian.

Lo más interesante es, de hecho, que Jack viene a ser una especie de metáfora viviente de la propia serie: no sólo porque esté siempre en continua evolución, en proceso de adaptación a sus extraordinarias circunstancias vitales, sino porque, temporada a temporada, también ha ido pasando de ser un hombre de ciencia a un hombre de fe —de la misma manera que las iniciales excusas científicas de Perdidos han ido dejando paso a un concepto mucho más fantástico, más metafísico, de la ciencia-ficción—. La muerte de Locke, y la caída en picado que provoca en el personaje, es clave para su posterior resurrección y su transformación definitiva, que le lleva a aceptar su papel dentro de la isla y asumir como propio el legado de su antiguo contrincante —cabría aquí hablar del proceso de iluminación que concluye el itinerario clásico del héroe definido por Joseph Campbell—… Pero también le impulsa a darse cuenta de que no necesita asumir sus responsabilidades en solitario, aislándose de los demás, sino que puede apoyarse en los que le rodean para hacer más ligera su carga. La definitiva confesión de sus sentimientos hacia Kate, justo antes de adentrarse en el «corazón de la isla» para salvarla, es un indicativo fundamental de que, por fin, el cirujano ha entendido que sacrificarse por los demás no tiene por qué significar renunciar a sus sentimientos, lo que establece un contraste significativo con el momento de la tercera temporada en que Jack le ofrece una vía de escape junto a Sawyer del campamento de los Otros. Lo que hace especialmente trágico que esté condenado a morir por la isla.

Como ocurría con el propio Jacob con respecto a su superdotado hermano, Jack no tiene, a diferencia de Hurley o Locke, capacidades especiales. Su asunción del papel de líder se basa en la pura voluntad humana, y aunque eso le hace imperfecto y, en muchas ocasiones, irritante —de ahí que tantos aficionados a la serie le tengan, injustamente, tanta manía—, también le convierte en alguien especialmente admirable, sobre todo cuando, antes de llevar a cabo su inmolación definitiva, tiene la sabiduría de pasarle el testigo a alguien que sabe mucho más preparado para asumir el control de la isla como el propio Hugo. Algo que ni Jacob, en su obsesión por el libre albedrío, fue capaz de hacer por voluntad propia. ¿Cómo no emocionarse, pues, no sentir como una pérdida real, cuando el plano detalle de su ojo cerrándose nos transmite, con un lirismo conmovedor, que jamás volverá a encontrarse —al menos en este plano de existencia— con sus seres queridos?