Se hizo esperar y nos hemos hecho esperar, tanto que la ahora recuperada reseña del capítulo 6.15 Why They Died For no llegamos a publicarla debidamente. Sea como fuere, en esta coda al especial Perdidos ofrecemos los siguientes cinco comentarios sobre el capítulo 6.16 The End, que continúan, auunque levemente (4-1), la polémica que originó su emisión-estreno simultáneo en varios países. Aviso: los textos que siguen pueden contener SPOILERS.

Catábasis (y anábasis), por Tonio L. Alarcón

Durante cinco temporadas, Damon Lindelof y Carlton Cuse han hecho sentir a los fans de Perdidos que estaban viendo una serie hecha por y para ellos, siempre pendiente de sus derivas y de sus deseos. Un producto retroalimentado por su propia repercusión en internet, por su eco en foros, blogs y webs especializadas. Pero en esta sexta y última temporada, los showrunners han cometido la osadía de tomar por fin las riendas de la narración, ignorar los rumores de fondo y llevar el producto a su propio terreno, dándole a éste la trascendencia y la profundidad que pretendían. De ahí que se hayan dejado de explicaciones seudocientíficas —de ello provienen los mayores enfados de muchos fans: vivimos en una sociedad tan mediocre, tan reduccionista, que confunde el ateísmo con la cerrazón frente a los matices religiosos del género fantástico— y hayan apostado por darle un giro místico a las desventuras de los supervivientes del Oceanic 815 que, por otro lado, resulta perfectamente coherente con la evolución íntima que ha vivido su personaje principal: Jack. Su transformación de hombre de ciencia en hombre de fe, asumido el legado que le transmitió Locke —no deja de ser irónico, en ese sentido, que su némesis sea también una mixtura con el ex paralítico—, le lleva a asumir la necesidad de ejecutar su propia catábasis, es decir, un descenso al infierno que es el corazón de la isla, con el único objetivo de salvar a todos sus seres queridos. Que su recompensa por ese sacrificio, ante la imposibilidad de su salvación física, sea acceder a otro nivel de existencia —¿es un limbo o, como proclama la religión hindú, simplemente un estado diferente del alma humana?— en la que su karma marca la deriva de los distintos personajes, no deja de ser una forma muy hermosa de honrar la inmolación y los sufrimientos de todos ellos. Además de una forma reconfortante de suavizar el golpe que esconde este capítulo final de Perdidos, en ese sentido similar en intenciones al de A dos metros bajo tierra (Six Feet Under. Alan Ball, 2001-2005. HBO): que todos, antes o después, acabaremos muriendo. Lo que está claro, pese al despiste de analistas y periodistas, es que los losties no lo estaban desde el principio.

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Morir juntos, por Antoni Peris i Grao

Jack Sheppard, no me digas que fue un sueño. En un abrir y un cerrar de ojos pueden vivirse muchas vidas. Si soy adicto a Lost fue, posiblemente, por el espíritu de aventura con el aroma de las odiseas de Verne, HG Wells o Moebius (tal vez, también, por que mi situación precisaba la redención que la Isla prometía a los personajes).

Todos queremos a Hugo. La inocencia de Hurley es la nuestra y habla por nosotros: todo es tan confuso como los razonamientos de Yoda.. Desorientados por las piruetas de los guionistas, nos hemos perdido, como los personajes. El problema radica en que más que desarrollarse como un palimpsesto, el argumento de Lost evoluciona como un tirabuzón en espirales vertiginosas que anulan y pretender hacernos olvidar, uno tras otro, los giros previos. El trabajo de Lindeloff y Cuse es reivindicado por ellos mismos en voz de Miles. Si creen en algo, es en la cinta aislante (la genuina cinta americana). Tan buena para un barrido como para un pegado…Un pegado, ¿un pegote? A la vista del resultado final me temo que ambos guionistas fallecieran en la explosión final de la quinta temporada. La estructura se prolongaba del flashback al flashforward, pasando por los saltos temporales, para llegar a lo que creíamos un universo paralelo. Lamentablemente, la temporada tiende a la emotividad y la lagrimita fácil. Abrams, Lindelof y Cuse concluyen la historia de la isla de modo harto satisfactorio, no incurriendo en explicaciones innecesarias que echarían excesiva luz a los claroscuros esencia de la trama. Sin embargo renuncian a interrelacionar dos realidades que podían resolverse una en otra (no cejaré de quejarme de la oportunidad perdida que yo ansiaba). La trama complementaria deviene una suerte de fiesta sorpresa de fantasmas que rememoran los viejos buenos tiempos. Buenos sentimientos, buenos propósitos, totalmente incoherentes con una trama caracterizada por tener pocas concesiones al buenismo. Recompensa para losties fieles a la serie desde sus inicios. Recompensa no apreciada tal vez por los fan de última generación, llegados a la isla en los dos últimos años. Aun así, cabe recordar como todos maldecimos las blancas fantasmadas de Ghost (id, Jerry Zucker, 1990). ¿Debemos condescender con un final de cuento de hadas de tres al cuarto?

Morir solos, morir juntos. El equipo y los espectadores hemos vivido una parte intensa de nuestras vidas, juntos. Es difícil que este final pueda condenar una serie excepcional. Jack, cerrando los ojos, solo en el bambú, corre el telón de la narrativa, en coherente círculo estético, a la par que permite construir numerosas teorías. Y aunque muchas de ellas acabaran por perderse como lágrimas en la lluvia, no digamos que fue un sueño.

 

Emoción / Inquietud / Liberación, por Israel de Francisco

¿Cómo resumir lo que para mí ha supuesto The End? Emoción: será la edad, que me está volviendo un blando… pero nunca había llorado tanto (ahora agradezco no haberme apuntado a alguno de esos maratones para seguir el capítulo final en público). Con cada reencuentro de cada una de las parejas lloré, aplaudí y pataleé como un niño: ver cómo el amor vence a la muerte, superando su riguroso contrato, me hizo estremecer. Pero con ninguna como con Sawyer y Juliet: el subidón fue de escándalo. Inquietud: en los misterios de la isla radica su propia belleza. Su cercanía al sueño nos aproxima a la configuración de nuestra propia realidad, donde todo se confunde y nada es lo que parece. En sus valles, sus montañas, sus playas y sus poblados habitará por siempre nuestro deseo de dejarnos fascinar. Liberación: nunca como antes se había puesto en escena un concepto como el de la trascendencia de una forma tan explícita, didáctica y hermosa. Las experiencias compartidas forman sinergias difíciles de desunir, tan poderosos son sus lazos. Todos esos personajes, perdidos en sus vidas particulares, han convergido en un vínculo natural (los semejantes se reconocen entre sí) para conformar la misma unidad espiritual: cruzar juntos el umbral, iniciar la aventura de sus vidas (la grande y única) cogidos de la mano. Los autores de la serie nos han retirado de los ojos una venda llena de temores, reticencias y prejuicios.

The End es la muerte, por supuesto, pero también es lo que nos puede esperar más allá de ella. La isla ha sido nuestro refugio durante más de seis años. Y hemos quedado atrapados en ella. ¿Qué puede haber más allá de su salvaje virginidad? Su alma en forma de misteriosa luz no dejará de alumbrarnos. Será nuestro faro, la guía que nos indique el camino hacia la redención. A partir de ahora dejaremos de preguntarnos dónde y cuándo estamos, pues eso carecerá de importancia. Nunca más estaremos solos, pues perderemos el miedo de mirar a nuestro alrededor y encontraremos todo aquello que necesitemos para comenzar a caminar: la convicción en nuestros sueños, el rigor de la amistad, la esperanza de que siempre, pase lo que pase, una luz guiará nuestros pasos.

 

Tendremos que volver a la isla, por Sergio Vargas

En seis años pueden ocurrir muchas cosas. Hace casi ese tiempo que empecé a trabajar en la empresa que inexplicablemente sigue pagándome la nómina mes tras mes. Aunque sigo sentado en uno de esos cubículos delante de un ordenador como el primer día, hoy es el primer día en estos seis años en el que no me dedico a trabajar (no tengo ganas, he preferido escribir esto), y no puedo evitar acordarme de John Locke, sentado en un sitio parecido mientras un jefe idiota le dice lo que tiene que hacer (es lo que no mola de trabajar). También recuerdo su frase: “No me digas lo que no puedo hacer”. Mañana cojo un avión rumbo a otra isla lejana, y tampoco puedo evitar el acordarme del Oceanic 815 y de sus pasajeros. Tengo miedo de que el avión se estrelle y yo sobreviva. Tengo miedo de que al cruzarme con alguien en el aeropuerto, o en el pasillo del avión, me venga un flash con recuerdos de mi vida anterior (la auténtica, la que no recuerdo). Me afeité la barba anteayer, y también temo que dentro de dos meses me encuentre, con barba nuevamente y al borde del suicidio, preguntándome porque abandoné la isla, cogiendo un avión tras otro a ver si se estrellan y regreso. Pero en realidad sería alucinante poder revivir todas esas experiencias. Al levantarme al baño me he topado con Hugo, o alguien que se le parecía mucho. En el metro antes me pareció ver a Juliet. Tengo una compañera embarazada de seis meses que me recuerda a Claire. La intento convencer de que llame a su hijo Aaron, y se lo piensa cuando descubre que le quiere nombrar igual que nuestro jefe, que no nos cae demasiado bien, y que se da un aire a Ben Linus, aunque no tenga ni su carisma ni su inteligencia, y eso sí, es igual de segundón. Si bien el desenlace de la tercera temporada me parece insuperable, el final de Perdidos pone fin a una etapa de seis años maravillosa, y lo hace como nunca, sin cliffhangers ni hostias en vinagre, cerrando las cosas, de una forma entrañable, como no podía ser de otra forma, dejando más que misterios, cosas veladas (esto no sé por qué pero me recuerda a Bolaño), y, por supuesto, una enorme tristeza y una auténtica sensación de pérdida. Tendremos que volver a la isla.

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Círculos concéntricos, por J.D. Cáceres Tapia

En el capítulo que cierra la quinta temporada, cuando Juliet (maravillosa Elizabeth Mitchell) antes de caer al vacío apacigua a un desconsolado Sawyer diciéndole “it worked / funcionó”, se podía pensar, en mi caso fue desde el principio un reclamo vehemente, que quizá el futuro volvería a unir a la pareja haciendo buenas en la práctica las teorías temporales de Faraday, rehaciendo / corrigiendo todo o parte de lo malo que ha sucedido en la isla. El memorable arranque de la sexta temporada alimentaba con fuerza esta idea con sus derivaciones, ampliaciones y complicaciones. En este bellísimo desenlace se cumple el deseo: Sawyer y Juliet se reencuentran; ella le ayuda con una máquina expendedora explicándole que el truco consiste en apagar y volver a encender; la frase se repite; se abrazan al tiempo que él se reconforta: “I got you, I got you baby / te tengo, te tengo cariño”; se besan entre sollozos… El problema, si es que se trata de uno, es que ambos, al igual que el resto de personajes, viven ahora una especie de limbo existencial: el reencuentro, el de todos ellos, se produce después de su muerte. Una realidad tan escalofriante como perentoria, afín al epílogo de Inteligencia artificial (AI. Steven Spielberg, 2001) y antes incluso al de 2001. Una odisea del espacio (2001: A Space Odyssey. Stanley Kubrick, 1968), que, manteniendo una coherencia narrativa, expositiva y dramática admirable, avanza la serie y sus significados a niveles trascendentales, elidiendo con arrojo e inteligencia finales presumibles (y probablemente más universalmente satisfactorios para la audiencia, entre la que nos incluimos, claro), ya sea el cliffhanger definitivo, la resolución para-científica de cada misterio, o el soporte completo a la cosmogonía, aun cuando estos elementos siguen presentes de alguna manera en una configuración absoluta. En The End, conviene destacarlo aunque sea una obviedad, las emociones más auténticas se filtran con naturalidad porque antes hemos hecho un largo recorrido muy de cerca de las vidas de Jack, Kate, Ben, John, Desmond, Hugo, Libby, Charlie, Claire, Richard, Sayid, Sawyer, Juliet… Y su estruendo es tan grande en nuestros sentidos por la excepcional escritura audiovisual (esta vez mención especial para la soberbia realización de Jack Bender y la genial inspiración del gran músico Michael  Giacchino), en el que las precisas imágenes de la revelación, de nuevo compartida en vivo entre personajes y espectadores, se monta en paralelo con los sobrecogedores acontecimientos que ocurrieron en la isla, que cierran el círculo, o mejor dicho uno de los círculos concéntricos del serial, en Jack, cuya muerte agónica (antológico el enfrentamiento entre él y el falso Locke) es el sacrifico que faltaba cumplir para conseguir ser verdaderamente el héroe, hasta entonces imposible, que salva el mundo.